El amor y la muerte

Sobre la novela homónima

Beatriz Meyer

el-amor-y-la-muerte-otrolunes30Un inevitable desconcierto sorprenderá al lector ante el título de la nueva novela de Marco Tulio Aguilera Garramuño: El amor y la muerte. Ni más ni menos que los dos únicos temas, según Rulfo, de la épica humana. Absolutos entre cuyos extremos transitan la voluntad, el temor y el deseo. Límites y origen, caras de la misma moneda, misterios insondables, fuerzas que convergen en un mismo punto: la anulación del tiempo y sus criaturas, que en el vértigo de la destrucción hablan, nos hablan de una vida, la de Edith Viscontini, una mujer que se negó a explicar, a la hora de la muerte, “la más leve sombra del misterio —de los misterios— de su vida llena de tropiezos y bifurcaciones, de cambios feroces, de derroches y aparentes fracasos”. Pero, ¿qué vida, de hombre o mujer, no está llena de cambios feroces, derroches y aparentes fracasos? La vida de Edith Viscontini deviene enigma gracias al relato, a la construcción o reconstrucción de una suerte de memoria colectiva que la coloca en el centro de una vorágine de voces: hijos, hermanos, personajes que la acompañaron por el desigual sendero de sus pasiones. Testigos maravillados, sus siete hijos, un hermano, la recuerdan, la explican, la vuelven relato en una sucesión de cuadros que intentan conformar un solo mural donde quedan una infancia en la argentina de Perón, la adolescencia y matrimonio en la Colombia de entreguerras y la madurez en Costa Rica y Nicaragua. Una voz destaca entre todas: Ricardo, alter ego del autor, un hombre que no resiste la tentación de perseguir los pasos de su madre en una novela (escrita dentro de la novela) que a su vez es otra voz, otra mirada dentro del conjunto. La voz de doña Edith, a excepción de pequeños fragmentos de cartas, misivas y una grabación que uno de sus hijos logra obtener, queda en la niebla de los recuerdos, en la intimidad de la memoria de cada narrador. Rara vez se escucha el acento argentino de esa mujer, quizá porque el autor entrevera su propio acento, su voz y su emoción de hijo apabullado por el fenómeno de la muerte y la vida sui generis de su madre. Una multiplicidad de voces plantea un nada desdeñable desafío técnico: la diferenciación de esas voces, un coro en el cual resalte cada tono, cada vibración individual. Y el lector queda atrapado en el remolino que lo lleva de un punto geográfico a otro, de una mirada a otra. Por medio de capítulos breves, el autor recorre el camino de regreso en la vida de doña Edith: la huida de casa, los primeros años de matrimonio, la infancia y adolescencia de los hijos, los amantes, las mudanzas. Sin embargo, no basta un personaje interesante, una historia digna de contarse, la ambición totalizadora del novelista: se necesita desgarrar la piel de las buenas intenciones para permitir que la verdad asome. El juego de distancias que establece la propuesta estructural esconde no una falta de recursos sino un exceso de prudencia a la hora de desmenuzar los instantes de una biografía. Edith Viscontini, la “presencia del mundo”, lo otro, lo distinto, la negación del autor-hijo. La presencia enigmática de la madre, del placer erótico, el abismo al cual se arriesga el hombre (el varón) como parte de la experiencia vital. Sin embargo, aunque Marco Tulio Aguilera ha hecho de la mujer el eje de su escritura en las casi dos decenas de títulos de su producción literaria —entre los que destacan Breve historia de todas las cosas (1975), Cuentos para después de hacer el amor (1988) y Las noches de Ventura (1992)—, en esta nueva novela parece decidido a elevar a la categoría de heroína a una mujer cuya definición de sí misma era la de haber sido “una sombra de los demás”. La pasividad, la condición servil, en el caso de Edith Viscontini, son meras circunstancias que paradójicamente se convierten en garantía de supervivencia. Porque doña Edith rompe reglas, transgrede, sigue adelante con sus hijos, sus perros y sus amantes hasta que las circunstancias la obligan a refrenar sus impulsos y someterse al arbitrio del otro, el hombre controlador, réplica del padre y el primer esposo, un hombre casi 30 años mayor, que casó con ella en circunstancias anómalas y la llevó a vivir a Colombia, donde se encargó de tenerla encinta durante varios años. A su muerte Edith empieza un periplo que dura hasta que el cáncer la detiene y la lleva por Florida, Texas, México, Guatemala, Honduras, El Salvador, Nicaragua, Costa Rica y de vuelta a Colombia, donde muere.

Pero esta vida aventurera sólo cobra cariz de leyenda cuando el empeño del narrador construye el pedestal donde coloca la historia de su madre y, de paso, la historia de la familia. Las diferentes voces, los distintos puntos de vista saltan de un acontecimiento al otro, fragmentan el tiempo, zurcen la leyenda que doña Edith se niega a confirmar. Y en torno de este enigma se revelan las vidas de otros personajes, la historia de una familia, que, como la historia de todas las familias, esconde secretos, odios, verdades insoportables.

Ruggiero fue el único que se atrevió a mantener vivo el vínculo con su hermana, después de sus travesuras. Una vez que la niña (tendría dieciséis años) huyó con el conde ruso… su padre, un hombre de severidad militar, sacó todas las cosas de la niña al patio, las bañó en bencina, llamó a su familia y le dijo: Ésta es la última vez que se menciona el nombre de Edith en el hogar de los Viscontini. Para nosotros ella está muerta. Pero Ruggiero, que amaba en Edith ese espíritu rebelde hasta la raíz que tuvo él mismo, logró investigar su paradero año tras año, aunque su hermana se empeñara en extraviarlo.

Espíritu rebelde, afirma el narrador, ese Ricardo escritor, el autor vergonzante de una novela sobre una mujer que se entregaba en brazos de “entidades inferiores”, parásitos que conmovían su corazón de madre y se colaban entre sus sábanas para espanto de los hijos, en particular Alejandro-Ricardo, “el hombre que lloraba en la oscuridad porque su madre había traicionado su apellido al entregarse a unos tipos deplorables”. Y mientras todo el mundo parece sufrir y maravillarse y asustarse con su conducta, Edith canta “Rien de rien, je ne regrette rien”, y se convierte en hipnotista, musa radiofónica, maestra de francés y Madre de la revolución nicaragüense al lado del comandante Buenrostro, su último amante, con el cual permaneció diez años en una especie de regreso a los tiempos de su padre o su primer esposo, el doctor Rivera Castillo. Del espanto de la guerra y de sus propios impulsos la salva su vocación libertaria, y, sobre todo, su enorme capacidad de amar: Edith Viscontini es un personaje inquietante porque le mueve la fuerza de una maldición: el amor, esa pasión íntima, personal que inventa mundos mejores o que al menos disiente del que le presentan como el único posible. Por eso alcanza la muerte como una conquista, último bastión arrebatado por esta mujer que conquistó incluso sus derrotas, que no supo de un tiempo distinto al del cuerpo y el presente. Doña Edith enfrenta a la muerte con una sonrisa porque sabe que detrás no se halla la vida eterna, sólo el último, glorioso instante final.

Dice Ricardo:

Días antes quise mover a mi madre a que hablara sobre la muerte. Ella eludió el tema con una mirada de cansancio.

—Ruca, tengo una idea sobre la muerte.

—Puedes decirla, aunque no te la voy a creer. Sobre la muerte ningún vivo puede escribir o decir nada que valga la pena. Ni el pobre de Dante.

La enorme cantidad de datos sobre los personajes que rodean a Edith hace de esta novela un mosaico de repente abigarrado, donde las reflexiones de corte filosófico se mezclan incesantes con las obsesiones, dudas, acontecimientos de un pasado ya acariciado por la nostalgia, ya por la exasperación.

—¿Cómo le va, mamá? —pregunta Iñigo.

—Como decía mi general Pancho Villa: A mí me va bien. Sólo a los pendejos les va mal.

Es su forma de eludir cualquier investigación. Doña Edith no quiere comentar sobre la ruptura con su marido, la dolorosa despedida, cerrar la puerta de su Villa en Nicaragua y saber que nunca volvería a ver las cosas que la acompañaron por tantos años, las flores cuyo esplendor atisbó por meses, la gente que quiso, los paisajes que disfrutó; luego cerrar la puerta de su otra casa, en Desamparados, ¡sus perros!, ¡su jardín!, ¡sus libros!, ¡sus discos!, todo lo abandonó cuando tuvo que optar entre morirse al lado del ex comandante sandinista o terminar sus días rodeada por sus hijos.

Al final, doña Edith no se arrepiente de nada. Como muchas otras mujeres (de ficción o reales) sus mayores logros permanecen ocultos incluso para la mirada de taxidermista de su hijo escritor. Son los logros del amor, de la entrega y la generosidad. En esa medida doña Edith no es muy diferente de otras mujeres, las cuales viven odiseas apasionadas, huyen y se debaten entre los convencionalismos y la libertad de elección, entre el temor y el deseo. Quizá lo único que cambia sean las circunstancias. Lo interesante es la forma en que Marco Tulio Aguilera se asoma a la vida de una mujer como tal vez no había hecho antes: con enorme respeto pero a la vez con la curiosidad de un entomólogo a la vista de un insecto desconocido. Porque Edith, como muchas otras mujeres, mantuvo relaciones desastrosas con los hombres más inconvenientes, trabajó hasta catorce horas diarias para mantener a sus siete hijos, amantes y entenados, sucumbió ante los halagos cuando menos debía, se entregó a causas perdidas, peleó revoluciones que ni le iban ni le venían, se solidarizó con los caídos y, sobre todo, amó hasta el cansancio, hasta quedar exhausta, hasta gritar desde el fondo de sus convicciones: ¡Non! Rien de rien, je ne regrette rien… El personaje se convierte en mero pretexto para el despliegue técnico y la precisión lingüística: la mirada del autor se precipita, se desplaza de un ángulo a otro, salta en el tiempo y los espacios para crear la cuerda floja por donde transitará el lector atraído por el barullo de voces. Abajo, el abismo, la derrota. Sólo el amor, las bocas que dicen su nombre y cuentan su historia pueden salvarla del olvido. Porque Edith no se arrepiente de nada pero tampoco aspira a nada. Tuvo su parte. El asombro es para los otros, testigos azorados de su vida y su muerte. Las voces cuentan, señalan. No les importa que Edith, capaz de crear epopeyas, se deje llevar simplemente por las circunstancias. Ni tampoco que se lance al camino sólo cuando es posible hacerlo, cuando el primer marido muere, no antes; cuando sus hijos son pequeños y no les queda más que seguir a la madre en sus constantes cambios de residencia. Mujer preparada, consigue trabajo, se las ingenia para convencer, guapa, seduce, encanta a los hombres y se codea con el poder. Sus atributos físicos e intelectuales la colocan a salvo incluso de sus propios errores. Aun la muerte le llega cuando ella ya no aspira a la belleza. Ahí deja el recuerdo, la leyenda que sus allegados tejen en una especie de romance con las sombras. Hasta en eso es una mujer privilegiada, que logra evadir con inmensa elegancia el juicio de los hijos y en una de esas hasta el juicio divino. Su gloria estuvo en la tierra, concluye el narrador.

Marco Tulio Aguilera Garramuño no dice nada nuevo, no crea una heroína, no consigna situaciones desconocidas para muchas mujeres. Su ambición es otra: más allá de la fanática mirada del testigo, la historia de Edith deviene historia colectiva, el encuentro con el origen. La extraordinaria eficacia narrativa hace de la lectura de El amor y la muerte un monumento a la más secreta de las convicciones humanas: el reconocimiento de que el tiempo, o su sinrazón, sólo se convierte en derrota si deviene olvido. Donde antes hubo un cuerpo, un gesto o una risa ahora queda la pasión que los alentó. “Para tan largo amor, tan corta vida”, dijo Camôens. Y a los lectores nos deja la esperanza de que, con un poco de suerte al final de nuestra vida, como a doña Edith, nuestra memoria nos revelará el momento exacto en que —quizás alguna noche luminosa— se abrirán para nosotros las puertas del Paraíso.