Brújulas y mapas

José Luis Muñoz

Juan Madrid y Andreu Martin en Barcelona Negra.

Juan Madrid y Andreu Martin en Barcelona Negra.

Una de las satisfacciones colaterales que te da esta profesión—yo hablaría más bien de un sacerdocio—, es la cantidad de escritores que conoces a lo largo de tu vida y de cuya relación uno sale más sabio (espero que yo también les aporte algo de mi experiencia a ellos).

He tenido la suerte de frecuentar este año que se cerró, y al que sobrevivimos el que escribe y los que me lean, y en este que empieza, a dos buenos escritores de novela negra y mejores amigos— entre los novelistas de un género tan sangriento y violento como éste no suele haber rencillas: los muertos los reservamos para la ficción; en cambio me han dicho que entre los escritores de literatura infantil las dagas silban por el aire—con los que he tenido ocasión de intercambiar palabras y experiencias, además de apretones de manos, algunas comidas y no pocas bebidas de diversa gradación alcohólica.

Al amigo Juan Madrid hacía tres años que no lo veía, desde que dejé el sur para irme a instalar al norte de la península ibérica en una zona montañosa y solitaria. Lo encontré como siempre, tierno y amigable bajo un aspecto de cascarrabias huraño que se queja de todo, una apariencia que a mí no me engaña. Me contó que sigue practicando boxeo, en su casa, pero que ya no suele practicarlo en la calle después de su último encontronazo con un tipo más chulo que él. Es que, Juan, le dije, ya no estamos para estas cosas, ni tú que eres muy gallito. Es que yo soy muy chulo, Muñoz, me dijo, bajo una gorra que siempre le acompaña y con esa mirada pícara que se filtra a través de sus gafas, y el otro sabía kung-fu y las patadas no sabía de dónde me venían. Estuvimos toda una tarde comiendo y bebiendo en Granada mientras se acercaba la hora de la presentación de mi novela Ciudad en llamas, que había leído y le había gustado. Me habló, con unos cuantos orujos de hierbas en el estómago, de su secreto a la hora de reproducir su argot carcelario, una de sus muchas virtudes literarias, y de la creación de algunos personajes que pueblan sus novelas: la cárcel. Estuvo encerrado por política, en unos años, los del franquismo, en que todo demócrata era carne de cañón carcelaria. Juan Madrid, hombre de calle, periodista sin despacho, trabó profundas relaciones con los encarcelados de toda ralea y de esa experiencia negativa, porque perder la libertad siempre lo es, se llevó personajes y forma de hablar que luego utilizó en infinidad de novelas que se mueven por el submundo madrileño y sus garitos nocturnos y que tan realistas nos suenan. Claro, eran bocados de realidad, porque sin vivir difícilmente puede existir la literatura. Le dije, una vez más, lo mucho que siempre me había gustado su novela Días contados, para mí la mejor de todas las que ha escrito, y la buena adaptación que hizo de la ella el director de cine vasco Imanol Uribe en la película homónima. Me lo agradeció de corazón. También hablamos de amigos desaparecidos y entrañables, que empieza a haberlos, como Manuel Vázquez Montalbán y el argentino Raúl Núñez, al que el sida se lo llevó muy pronto, sin tiempo a desarrollar su carrera. Y de otros asuntos irreproducibles.

Ya en 2014 me he encontrado un par de veces con Andreu Martín. Una, en una doble presentación con merienda en el Librerío de la Plata, un original templo de libros de Sabadell, Barcelona: él presentaba mi novela Ciudad en llamas y yo la suya Cabaret Pompeya. Y luego en una cena literaria.

En un intento por revitalizar la literatura y hacerla más agradable, estamos organizando un grupo de gente vinculada al mundo de los libros una fórmula que quizá tenga futuro y éxito en estos tiempos difíciles: juntar en un mismo escenario libros y comida. Se alquila el reservado de un restaurante, se pacta el pago de un menú más o menos asequible y acuden los comensales y lectores al socaire de la salida a la luz de un nuevo libro. El que ha abierto esta modalidad ha sido mi buen amigo Andreu Martín que no cesa de sacar libros a la calle. La cena, agradable y concurrida, dio paso a una serie de preguntas de los curiosos lectores comensales, muy felices de compartir mesa con un autor de la talla de Andreu. Le preguntaban de dónde sacaba las ideas de las novelas.  De lo que veía y oía en la calle, o leía en la prensa, mayoritariamente, contestó, porque la realidad no hace más que ofrecernos historias, muchas tan increíbles que resulta forzado ponerlas en novela tal como son por el riesgo de que el lector no se las crea.  Y la otra pregunta que le hicieron fue si planificaba sus novelas una vez que tenía la idea en la cabeza. Contestó con cierta rotundidad que sus historias estaban muy planificadas, que se servía de una escaleta o guion, como si fuera un director de cine—lo fue, por cierto, con una película erótica llamada Sauna—para no perderse por el camino y llegar a puerto.

Cada uno tiene su sistema de escritura. Cada novela que uno escribe es una aventura apasionante, el trabajo de un orfebre que pule las palabras después de encontrar las adecuadas que se adaptan a la historia. Alguno de los libros que escribí los hice mediante ese sistema que glorificaba Andreu, la escaleta, más por imposición editorial que por voluntad propia, pero mi sistema habitual es más anárquico; me dejo llevar por la corriente que no sé adónde me conducirá; suelo empezar una historia sin tener idea de cómo terminará; nacen los personajes según vayan apareciendo en la narración, y muchas veces estos cobran vida propia y se resisten a morir o adquieren un rol imprevisto; me pierdo en los vericuetos de la narración, y todo eso es para mí la magia del acto literario, en que hay momentos que uno se sienta ante el ordenador y escribe al dictado de no se sabe bien quien, quizá de los que fuimos anteriormente y quieren que sus historias se hagan públicas. Soy un escritor de brújula que me echo al mar, frente a un escritor de mapas como Andreu y otros muchos que saben exactamente el rumbo que van a tomar cuando escriben la primera página. Pero lo importante, como suele decir Juan Madrid, es que escribimos para que nos quieran, que somos como Scherezade contando uno y otro cuento para seducir a nuestros lectores y vivir unos cuantos días más, aunque sea en sus mentes.