La canción de Úna Fingal

Sobre la novela La canción del bardo, de Úna Fingal.

Eva María Medina

Durante la presentación de la novela. De izquierda a derecha: el escritor Lorenzo Silva, la autora Úna Fingal, la editora Noemí Trujillo y el abogado Joan Ignasi Elena.

Durante la presentación de la novela. De izquierda a derecha: el escritor Lorenzo Silva, la autora Úna Fingal, la editora Noemí Trujillo y el abogado Joan Ignasi Elena.

 

Dublín, 28 de abril de 1916. Es de noche, hace frío, y Olcán Finnegan, hijo de Neil y Molly, maestro de la escuela San Enda, se encuentra en lo alto de Sackville Street (O’Connell Street hoy) agazapado tras una ardiente barricada frente al monumento de Parnell, participando en el Levantamiento de la Pascua de Irlanda.

Desde el comienzo de la novela, Úna Fingal nos mete en la piel de sus personajes. La descripción de ese Dublín de edificios devastados, barricadas, cascotes, cristales rotos y polvo nos hace adentrarnos en la historia formando parte de ella, sintiendo que el tío Daniel es nuestro tío, y que los cuatro amigos, Seán, Pheadar, Pádraig y Olcán, primero voluntarios de la Irish Republican Brotherhood, luego miembros de la Irish Republican Army, son amigos nuestros. Corremos tras ellos intentando escapar de la muerte, y a través de sus diálogos y de los recuerdos de la infancia del protagonista, Olcán Finnegan, vamos reconstruyendo el Dublín de aquellos años.

Eva-Maria-Medina-2-columna-otrolunes37Como si de una película se tratase, las escenas de La canción del bardo se suceden y la historia te va atrapando sin ser muy consciente de ello. La acción es trepidante; en menos de cuarenta páginas hemos dejado el Dublín revolucionario y viajamos con Olcán en barco rumbo a Inglaterra hasta llegar a la cárcel de Kingston donde estará preso un tiempo. Allí se empieza a fraguar ese bardo que lleva dentro. «Estirpe desde los primeros sueños de la humanidad. Los bardos». Olcán tiene que sobrellevar la reclusión, la falta de libertad, y aquí es donde la escritura —en lucha contra la soledad, huyendo de lo cotidiano,   de lo atroz— se convierte en necesidad; para soñar, para reinventarse. Finnegan nos relata esos días en la cárcel con estas palabras:

Llevaba aquella voz gruesa y afilada pegada a la nuca, como si un centenar de alfileres se hubieran clavado allí. El sobresalto me provocaba náuseas. El despertar era siniestro y aún peor. Al anochecer, aprovechando los últimos resquicios de luz escribía y soñaba. Soñaba y releía. Y así me dormía y volaba por mi mundo en feliz libertad. Y luego, cada mañana lo mismo, arrancado a la fuerza de aquellos bellos sueños convertidos en canciones, era secuestrado hacia unos días absurdos de estúpidos y agotadores ejercicios sin sentido, dónde la monotonía de no hacer nada era el mayor anhelo. (Páginas 40 y 41).

La decisión de Olcán de servir en el Ejército Británico a cambio del indulto marca un punto de inflexión en la novela. El viernes 29 de junio de 1916 se presenta ante el comandante Meanwhile del 9º de los Reales Fusileros Dublineses adscritos a la 48ª Brigada de la 16ª División Irlandesa. Úna Fingal nos narra, de manera magistral, ese primer contacto de Olcán con la Gran Guerra; ficción e historia en simetría perfecta. Datos del avance de las batallas, de sus caídos junto a los detalles del entrenamiento de Finnegan como correo junto a Charles, un Wolfhound irlandés, del que se hace inseparable.

La camaradería entre los soldados empieza a fraguarse, sin que importe mucho el rango. El temor a la muerte los hermana. Y la escritura —esa necesidad del ser humano que nos ayuda a sobrevivir— estará siempre presente. También las canciones.

La guerra no solo se ve, también se huele, se escucha, se palpa: «caminar sobre aquellas tablas a lo largo del entresijo interminable de angostos pasadizos de lodo y barro»; «todo desprendía olor a putrefacción, era nauseabundo, envolvente y perenne»; «un cadáver irreconocible infestado de moscardas». «A pesar de estar cubiertos de sangre los sacudí por ver si despertaban». «Las balas silbaban horriblemente por todas partes. Las ametralladoras no descansaban en su ronquido infernal».

Úna Fingal hace una descripción del ambiente de guerra tan preciso que nos arrastramos con Olcán Finnegan en momentos como estos:

Cuando la rama destrozada de un pobre esqueleto de árbol me golpeó en la espalda quedé aturdido y tambaleante caí sin equilibrio al fin. Ya sobre el suelo aún tropecé con una bota por la que salía una extremidad arrancada. El instinto de supervivencia evitó la repugnancia. Miré al frente, casi distinguía mi madriguera y gateé y serpenteé. Me animé. Faltaba poco, lo conseguiría, ya la distinguía. Poco, dos metros quizá. Entonces sentí el aguijonazo. Primero fue el impacto, un golpe pequeño y brusco. Fue una sensación sorprendente y extraña pues al golpe le siguió un frío helado que se adueñaba de toda mi piel y musculatura para continuar con un escozor que bajo la piel se apoderaba de la carne entera. Y después la falta de respiración, se cortaba. Di la vuelta para mirar al cielo y aún fue peor. El dolor me subió desde la mitad de la espalda hacia el pecho. Por instinto posé la mano en el costado izquierdo. Allí estaba, en la última costilla y no quise mirar. No hacía falta, ya notaba cómo la sangre pegajosa y caliente manaba con fuerza. Comprendí que no podía permanecer allí, el estallido de una granada cerca de la oreja advirtió que la única solución sería ganar aquellos míseros dos metros lo antes posible. (Página 73).

El protagonista es herido y evacuado a un hospital. Durante su recuperación, entabla amistad con Violet, una enfermera con quien descubrirá y vivirá el verdadero amor.

Cuando Olcán Finnegan se recupera, tiene que volver a Dublín. Allí se siente extraño. Westland Row, Merrion Square, el Parlamento, St. Stephen Green. Grafton Street, Bewleys café, Trinity College, Queen’s Theater. Si hasta la Oficina General de Correos ha perdido su antiguo esplendor, han improvisado mostradores y taquillas para atender al público; ¡y ese reloj sigue marcando las 2:30!

Del Autor

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Eva María Medina
(Madrid, 1971) Es licenciada en Filología Inglesa por la Universidad Complutense de Madrid. Autora del libro de relatos Sombras (Editorial Groenlandia, 2013) y coautora de Relatos en Libertad (Editado por Anuesca, 2014) y de Letras Adolescentes (Colección Especiales, Editorial Letralia, 2012). Ha obtenido diversos premios literarios por sus cuentos, que han sido publicados en distintas revistas literarias, española y latinoamericanas (Letralia, OtroLunes, Cinosargo, Entropía, Almiar, Narrativas...), y en diversas antologías. La revista La Ira de Morfeo editó un número especial con algunos de sus relatos. Relojes muertos es su primera novela. En la actualidad está ultimando la escritura de su segunda novela, Asesinos de palomas.