Garbo y trastorno de los desnudos

roger-vilarRoger Vilar (Holguín, Cuba, 1968) es escritor y periodista. Publicó dos libros de cuentos en Cuba, en la década del ochenta: Corceles en la pradera y Aguas de la noche. Fue incluido en dos antologías de la narrativa cubana. Vive en México desde 1993, donde editó La era del dragónEdamex, 1998. En 2004 la editorial argentina Bellvigraf incluyó su cuento “Asterius” en la antología Escritores hispanoamericanos en el mundo. Sus cuentos y ensayos aparecen en revistas y periódicos nacionales e internacionales. Se pueden citar, entre otros, revista Crítica, de la Universidad de Puebla; La Casa de Asterión, revista de la Universidad del Atlántico, Colombia, y Conspiratio, de Jus. En 2013, en Jus, saldrá su libro de cuentos Minutario de un viajero. Como periodista ha trabajado para TV Azteca, Televisa, Reforma, Reader’s Digest México, Milenio Diario, Milenio TV. Es creativo de la empresa radiofónica NRM Comunicaciones (Antiguo Núcleo Radio Mil), donde también conduce un programa de turismo nacional.

Desde que ciertos escritores sectarios, que lo fueron gracias al hecho de que también eran maravillosos sectarios en la lectura, toparon con las ojeras de Lady Ligeia, la figura Annabel Lee, las formas susurrantes de Morella, las manos afiladas de Millarca y, más acá, con Beardsley el exquisito, Lesbia Brandon la indefinible, Man Ray disfrazado de mujer y con un turbante marcado por una estrella de mar, y las fotos que hizo Günter Blum del Imperial Club, la metáfora del erotismo ha solido comportarse como una construcción tributaria de un tipo trascendente de conocimiento, un conocimiento que interroga a la identidad humana y explora sus arrabales, su periferia, como sucede en La leve gracia de los desnudos, novela erótica de Alberto Garrido. Leer más…

Las negras orillas del Atlántico

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Me han llegado a preguntar este año si algo grave me ocurría. No, estoy bien de salud, eso creo, todo lo bien que puede estar uno a los 65 años, una edad en la que no pensaba a los 33 años, cuando empecé a publicar. Así es que llevo publicando novelas, de género negro fundamentalmente, y también libros de relatos, durante nada menos que 32 años porque considero que todavía tengo muchas historias que contar antes de que enmudezca. Pero 2016 es atípico. Leer más…

Lo que no consume el fuego

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Una fe de erratas es tanto una cortesía como una decisión económica sobre el material publicado que enmienda. Se da “fe” o conocimiento de los errores menores que puedan poblar un texto. Es tanto una cortesía como es acto de honestidad. Leer más…

Príncipe de la poesía

frank-abel-dopico-opiniones-13-OtroLunes42“Príncipe de la poesía”, dijo alguien, quizás César López, llamando su atención y la de quienes aún no lo conocíamos . Era el primer día de la Jornada de la Poesía Cubana que se celebraba en Sancti Spíritus, y él había acabado de ganar el premio nacional a que aspiraban por entonces todos los poetas jóvenes, el “David” (1988), en una época en que la juventud poética empezaba a producir una separación definitiva del vasallaje representado por la poesía políticamente comprometida de generaciones anteriores. Llegó con su gran melena, su amplia sonrisa, y todo el tiempo estuvo causando admiración por su verso tan fluido, un discurso muy parabólico y lleno de intertextualidades.

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La fauna con púas

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El filosofo alemán Arthur Schopenhauer, temprano defensor de los derechos de los animales, dedicó una de sus famosas parábolas a los puerco espines.  En ella quiso mostrar cómo se practicaban las relaciones sociales entre esos animalitos espinados que, en el fondo, parecían ser el modelo a seguir en las relaciones humanas.  El minucioso pensador describió cómo en un fuerte invierno los miembros de una sociedad de puerco espines se arrejuntaban con mucho afán para protegerse mutuamente de un inminente enfriamiento; sin embargo, apenas cada quien empezaba a sentir las púas del otro, empezaban todos a separarse de nuevo un poco. Y así, repetidas veces, los puerco espines iban arrejuntándose y separándose hasta encontrar el punto medio en que el calor del vecino les calentara sin dañarse con las púas ajenas. Para Schopenhauer esa distancia promedio para mantener saludables las relaciones entre aquellos animales tenía su paralelo en nuestra sociedad: la cortesía y los buenos modales. Leer más…

Frank Abel Dopico, de El correo de la noche a Los puentes de Arcadia

no nos dejes, valor, vuelve a la vida
César Vallejo

frank-abel-dopico-opiniones-12-OtroLunes42En 1988 una noticia alegró unánimemente a la comunidad literaria villaclareña: el premio David de poesía lo ganó el libro titulado El correo de la noche, del entonces joven y popular Frank Abel Dopico. La alegría se duplicó al año siguiente, cuando ese mismo libro recibió uno de los Premios de la Crítica que se otorgan a los diez mejores títulos publicados en el año.

El correo de la noche, cuya gestación conocimos –gota a gota– los contertulios de Frank Abel en el taller literario “Juan Oscar Alvarado”, de Santa Clara, recorrió la vida literaria cubana con un consenso prácticamente generalizado de los poetas, la crítica, la academia, los lectores comunes, entre los cuales no faltaban nunca los estudiantes universitarios,del sexo femenino la mayoría. A todos el poeta los conquistó, en buena medida con unos sugestivos recitales de sus textos –actividades entonces frecuentes y nutridas–, pues sabía sacar notable provecho de su condición de actor e instructor de teatro.

Estábamos ante un libro que sintetizó con notable fuerza los códigos poéticos por los cuales su promoción luchó contra viento, dogmas estéticos, instituciones y marea, aun cuando se trata de un libro usufructuario del ingenio verbal y con notable cercanía al coloquialismo, corriente contra la cual reaccionaron los poetas de los 80’s. Hablamos de un volumen compuesto por unos textos donde la capacidad de fabulación se complementa con una abundante, inusitada y vigorosa tropología. La leyenda del poeta creció y se consolidó casi hasta el delirio, con poemas como los aún hoy degustables “Una historia de humor anaranjado” (Mi casa siempre se ha alimentado de los muertos. / En épocas de angustia padre los escondía en el trinar de los rincones / y los muertos se turnaban para dormir en el regazo de mi madre). “Tango a favor de las putas” (En resumen, / tú eres el inicio / y las palabras llegaron después, en un poema arrancado de la niebla. / Sentir o estar, eso fue todo y fue el semen como la luz, piadoso) o “La casa de rojo”, entre otros (Del pez se hizo el árbol, / del árbol el acta de nacimiento, / del acta de nacimiento nació la penumbra, / la penumbratuvo por hijo a su murciélago, / el murciélago chocó con los ojos de Eva, / con los ojos de Eva quemaron a Juana de Arco, / bajo el arco de triunfo un mendigo insultaba a las estrellas).

Por otra parte, la temprana coherencia de esa poética, cuyo apoyo se situaba entre el desparpajo lírico de un hablante casi marginal y una intención narrativa alucinante, unidos a las virtudes formales que antes señalé, dotó al conjunto de una amenidad encomiable. Poetas algo distanciados, por edad o estética, del modo de decir de Dopico reconocieron y hasta alabaron su destreza, pues tal vez estuviéramos presenciando el posible nacimiento de un fenómeno que el crítico Jesús David Curbelo años después denominó en sentido general –sin referirse en específico a este caso– como el síndrome de esperar eternamente a nuestro Rimbaud.

El carismático poeta, por aquellos días, recibía invitaciones de todas las provincias, para la mayor parte de los eventos poéticos que se celebraban: encuentros de talleres literarios (de cuyo evento nacional fue jurado), jornadas de la poesía, ferias provinciales del libro, giras nacionales, y muchos otros. En medio de aquella febril actividad colaboró conmigo en la fundación de las Ediciones Capiro en 1990, y en atención a que entonces escaseaban los originales, debido a que la credibilidad del naciente proyecto editorial era nula, o al menos dudosa –comenzaba el Período Especial con sus recortes en la frecuencia y tirada de las revistas, periódicos y libros–publicamos, como segundo título de la editora, su poemario Expediente del asesino, que al año siguiente alcanzó la categoría de finalista del Premio de la Crítica.

¿Qué más se le podía pedir a un poeta de 26 años? Sus dos primeros libros habían alcanzado el espaldarazo de la crítica, uno con el premio y el otro como finalista, además de que contaba con un copioso grupo de fans, lectores espontáneos y no pocos epígonos.

Con Expediente del asesino, desde el punto de vista creativo, Dopico continuó su línea ascendente, esta vez valiéndose de un sistema metafórico del mismo corte que el utilizado en El correo de la noche, pero acogido a un punto de vista singular: la voz de un supuesto asesino lírico, con la cual se despega aún más del sujeto lírico inefable que caracterizaba entonces a la mayor parte de la poesía cubana. Veamos algunos ejemplos, como el del poema “Habeas corpus” (No se lo vayas a decir a nadie / pero también creo que el hombre en un Error / aunque vaya de camisa blanca los domingos a su muerto / y huela a que respira, a que tose; a que es manso / y tenga predilección por el visillo de las puertas); o “Expulso al cura de mi celda” (El viento anda con su pata coja por detrás de las puertas. / Pájaros muy tristes beben la luz de los árboles. / Es la edad del destrozo, los hombres ya no viven con los muertos. / Pero los hombres aún cantan, aún es ayer y mañana será el ayer de los mañanas).Tanto en uno como en otro libro el poeta consiguió la empatía al usufructuar el idiolecto de los jóvenes junto a un hábil manejo de los códigos de la alta cultura desde un decir popular. El público universitario, uno de los cotos donde ganó más lectores (u oyentes), asimilaban como irreverentes y con aires de desacralización algunos de los versos de ambos libros, pues aún operaba con fuerza en el discurso oficial la utopía de una juventud pura, ideologizada, no cuestionadora, hologramas de los cuales se apartaban bastante los sujetos líricos de estos poemarios.

Un buen día de 1994 el poeta marchó a España y tanto su nombre como su poesía fueron desapareciendo de los espacios cubanos de promoción, de la vida pública, pese a que en 1999 la Editorial Capiro publicó Las islas del aire, su tercer poemario y a que hizo algunos viajes ocasionales a su ciudad natal, coyunturas en las que siempre se le organizó algún recital. No fue hasta 2008 que regresó definitivamente a la Isla y tras ese retorno apareció, en 2011, Los puentes de Arcadia; por el sello de Unión. Esos catorce años de vacío en la vida literaria cubana, no fueron llenados con las publicaciones del período que en España tal vez haya hecho, razón por la cual continúo mi algoritmo como si Las islas del aire fueran la continuidad de Expediente del asesino y Los puentes de Arcadia la de Las islas del aire.

Las islas del aire es portadora de una voz más sosegada, testimonio de la madurez que, por edad debía caracterizar al poeta, pues contaba a la sazón 35 años. Ya no estamos ante el sujeto lírico marginal, sino ante el poeta que persigue una expresión sapiente. De lo anterior se aparta el capítulo titulado “Algunas elegías por Huck Finn”, que es incluso anterior a El correo de la noche, pues Dopico, por recomendación del editor, accedió a incluirlo en el volumen. Pese a ser portador del espíritu de los primeros libros, dicho apartado no marca notable discordancia dentro del conjunto total. El abandono del discurso irreverente para dar paso a uno sentencioso marcó en su mayor parte a este poemario (Si no te gustara reconciliarte, alguna vez, / contigo mismo, contigo ella. / Si no te gustara tener algo que perdonar. Si uno de los dados con que juegas tu sueño no se llamara Dios. / ¿Amarías la eternidad?)

Algo similar podría decirse de Los puentes de Arcadia. Hay un aire reposado, aunque angustioso, una poesía que, si bien mantiene su riqueza metafórica, busca distancia con la oralidad, aspira, más que a un oyente, a un lector solitario y culto. Y este rasgo se acentúa al compararlo incluso con Las islas del aire. Mi opinión personal es que Dopico renunció –quizás madurez mediante, pero con costo comunicacional– a aquella poesía que además de convocar al lector lo conminaba al estallido lírico de su oralidad. Y pienso que tal actitud tiene que ver con el cambio de ámbito, de donde se deriva la pérdida de su público natural, coyuntura que le obligó a intentar la conquista de otro oído o posible lector ideal, movido por códigos culturales muy distantes de su formación. Pero no hay que equivocarse, estamos ante dos volúmenes coherentes, trabajados con oficio y maña, de los cuales el poeta no tendrá que arrepentirse.

Coincido con el comentarista que en la breve nota de la revista Amnios Nº 11-2012 se refiere a Los puentes de Arcadia en los siguientes términos: “…emociona y hace recapacitar al noble lector, por los altos valores éticos y gnoseológicos que atribuye a la experiencia poética en un mundo en que se reconoce su fragilidad, su mueca, su rabillo del ojo y se demoniza lo grande y justo humanos”. No obstante, considero que es también un libro concebido para la comunicación con un lector cuyos referentes distan mucho de los que le impulsaron a escribir sus dos primeros libros. Quizás el desdibujo de marcas específicamente cubanas le haya ganado lectores más universales, pero alejó a aquellos primeros seguidores de su poesía que en El correo de la noche y Expediente del asesino leyeron, como quien se mira a un espejo y reconoce un rostro parecido al suyo, vivencias y fabulaciones que les hubiera gustado expresar. Puede que de esto último se derive que tanto Las islas del aire como Los puentes de Arcadia hayan pasado (o estén pasando) por la vida literaria cubana –de manera injusta creo– bastante inadvertidos por la crítica.

Aunque hasta aquí he dividido en dos etapas de la poesía de Dopico conocida en Cuba, aclaro nuevamente que no hablo de una pérdida o disminución del oficio, sino del cambio de interlocutor que el poeta escoge, supongo que –dada su larga estancia en España– ganado por el desdibujo de fronteras que caracteriza a la globalización, traducida en muchos casos por una estandarización de los modos de decir. El poeta conserva su singularidad fabuladora, como ganancia estilística al parecer definitiva. Veamos sino un breve ejemplo del último de los libros aquí analizados: “El destino pone a Dios en sus rodillas, prepara sus nalgas y lo azota con el pelo recién lavado de una pastorcita. / Dios pone al destino en sus rodillas, prepara sus nalgas y lo azota con la pureza de sus manos cósmicas. / Yo pongo a mi hijo en mis rodillas, preparo sus nalgas y lo azoto con las ropas blancas de mi madre: las más limpias del barrio”. Hay en el libro una unidad de estilo y un sentido de la exactitud que les son innatos a Dopico desde sus primeros versos. El constante acudir a las referencias bíblicas, para someterlas a un reciclaje irreverente lo emparienta un tanto –aunque se dirija a otro posible lector– con la singularidad de sus dos primeros libros, especialmente el primero.

Cuando recientemente terminé de leer Los puentes de Arcadia y me propuse un balance total, ante la calidad sostenida de ese conjunto me surgió la pregunta de por qué el poeta ya no es recibido con el mismo fervor que antes, aun por sus antiguos lectores, fans y amigos. Pudiera obedecer a ciertas actitudes personales de Dopico, alejado de los escenarios y dedicado a actividades menos literarias. También a que los tiempos son otros, a que estuvo mucho tiempo ausente de una dinámica cultural un tanto alucinante –sobre todo del 2000 a la fecha— y a que en la vida literaria las plazas vacantes de las estrellas se cubren rápidamente, muchas veces de manera legítima –otras no tanto– por figuras nuevas o más constantes.

También a que su discurso poético se distanció un tanto de la veta popular que siempre, mezclada con las referencias cultas, le incorporó sutiles volúmenes comunicativos a su poesía. Sea cual sea la conclusión –si algo pudiéramos concluir– quiero finalizar convocando a los lectores a que olviden cualquier circunstancia de las antes citadas y enfrenten Los puentes de Arcadia de manera desprejuiciada. Si cruzamos por esas páginas con el alma limpia, podremos reencontrarnos nuevamente con un gran poeta que otrora nos sedujo con su capacidad de invención de espacios, personajes y situaciones insólitos, y que hoy, tras una evolución que no mermó su oficio, merece un lector más generoso.

Publicado originalmente en Cubaliteraria, 24 de octubre de 2013

Bladimir Zamora y Frank Abel Dopico, un abrazo aún posible

frank-abel-dopico-opiniones-11-OtroLunes42Varios golpes me ha dado ya el año, anunciando los fallecimientos de figuras y amigos que por mucho tiempo tuve por compañías de diverso tipo. En lo que va del 2016 han desaparecido David Bowie y Prince, dejando vacíos insalvables en la música contemporánea. Pensaba que ya estaba sobreponiéndome de la muerte de Bowie, hasta que al oírlo cantar su famoso “Starman” en la banda sonora de The Martian volví a sentir la pena que me dominó el día en que se difundió la noticia que nos avisaba de su ausencia en este mundo. Oigo una y otra vez “Purple Rain”, en las voces que la entonan para rendir tributo al creador de esa canción infinita, y tengo que irme haciendo a la idea de que por mucho que pase el tiempo, mientras tenga memoria de quienes nos regalaron esas estrofas, no me acostumbraré a tales despedidas. Lo mismo va a pasarme, en un orden incluso más íntimo, cuando regrese a los sitios y a las memorias donde Frank Abel Dopico y Bladimir Zamora compartieron conmigo un pedazo de Cuba, un instante en el cual la poesía o la música, el teatro o una pregunta mayor acerca del país nos hizo aparecer en la misma foto.

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Requiem por Frank Abel Dopico

frank-abel-dopico-opiniones-9-OtroLunes42La noticia llegó desde Santa Clara. Allí, en su casa de la Loma de Belén, ha muerto Frank Abel Dopico, un poeta que transitó desde la cima de la popularidad a finales de los ochenta a un inexplicable olvido en el que se mantuvo desde  su regreso de España en 2008, transformado ya en un desconocido para las nuevas generaciones de escritores.

Lo recuerdo irreverente, bohemio, aprovechando al máximo su condición de actor para leer ante una multitud de admiradores aquellos poemas de El correo de la noche con los que ganó el Premio David en 1988 y el de la Crítica ese mismo año.

A pesar de su cercanía con el coloquialismo, Dopico dinamitó el panorama lírico de los tiempos en que hizo entrada en la poesía cubana con un ingenio verbal, un poder de fabulación y unas insólitas metáforas que lo convirtieron en uno de los más populares poetas de la época,

Sus lectores se estremecían ante sus desplantes de sujeto marginal y desacralizador. He aquí un ejemplo, su Tango a favor de las Putas:

“En resumen, tú eres el inicio
y las palabras llegaron después, en un poema arrancado de la niebla.
Sentir o estar, eso fue todo y fue el semen como la luz, piadoso.
Los golpes en los pechos, la respiración enemiga de los pechos,
el ojo burlón de las iglesias.
Estábamos en un sitio adonde el viento se había llevado volando mi cabeza
y el mismo viento se habías llevado volando una de tus manos.
Eran las nueve de la noche y de pronto ya eran las seis de la mañana.
(…)
Érase un escándalo público a las dos de la mañana
y el público eras tú o yo según tocara, según tú encima y tenías veinte años o seis meses
o no habías nacido y érase que entonces brotabas de mis piernas,
yo, hombre paridor, me tragaba tus huesos de ciruela
y también retrocedía por los años, oh, puta de estilo,
qué bien eras mi madre pariéndome en espejos, qué bien eras mi doble entre la hierba,
cómo nacimos tanto de tanta muerte cursi.
(…)”

Como Ramón Fernández Larrea, Frank Abel no dejaba indiferente a nadie. Se apropió de la jerga de los jóvenes e hizo malabares con un lenguaje que conjugaba de manera espectacular la frescura de la oralidad con la brillantez de su tropología. Era un maldito y como tal vivía siempre presente en los eventos que congregaban a poetas en todos los puntos geográficos de una Isla que parecía reverenciar su desparpajo.

En 1990 fundó junto a Ricardo Riverón la editorial Capiro, de Villa Clara, y arriesgó en esa empresa de futuro incierto un original, Expediente del asesino, aún más transgresor que su primer poemario.

Dopico se volvió más ineludible, mas venerado, por aquellos que esperaban al Rimbaud cubano, al Baudelaire tropical, que con sus flores malignas y su desprejuiciado desenfado interpretara la sensibilidad de un tiempo donde las costumbres y las tradiciones comenzaban a resquebrajarse.

En 1994 marchó a vivir a España y entonces el poeta pasó a ser un fantasma, dejó de ser mencionado por la crítica y se ausentó de las antologías que hasta principios del dos mil proliferaron en Cuba y de las cuales su nombre fue totalmente borrado.

Esto, a pesar de sus frecuentes pasos por Cuba, específicamente por Santa Clara donde en 1999 Capiro le publicó  Las islas del aire, un libro inesperado donde la rebelión se vuelve sosiego, meditación, filosofía. Era un nuevo Frank Abel el que ahora se mostraba a los lectores cubanos.

Algunos atribuyen la pérdida de popularidad del poeta a este cambio significativo de sus modos de poetizar. Quizás el público prefería a aquel escritor maldito que con la madurez se tornó sentencioso sin abandonar del todo su estilo peculiar.

En 2008 retornó definitivamente a Santa Clara pero se alejó de los escenarios, se dedicó a actividades extraliterarias, cambió su manera de ver la vida y en 2011 publicó el que sería su último libro de versos: de Los puentes de Arcadia, editado por Ediciones Unión.

La última vez que estuve en Santa Clara se me acercó y no lo reconocí. Habían pasado muchos años sin vernos. Tuvo que decirme su nombre para que yo comprendiera que existía, que estaba de nuevo en Cuba. Algo había en él que lo distanciaba del Dopico original, aquel de las madrugadas interminables en los hoteles donde coincidimos participando en algún encuentro de poetas o invitados por alguna provincia a una presentación.

Según su amigo y coterráneo, el poeta Sigfredo Ariel, quien fuera su compañero de estudios, Frank Abel tuvo una vida muy difícil y sus últimos años fueron muy autodestructivos.”Daba pena verlo rodar hacia ese abismo que fue el alcohol, lo que seguramente acabó con su vida”.

La poetisa Soleida Ríos, amiga de muchos años lamentó la pérdida: “tan joven, tan creativo”.

Tengo su imagen dice, engrosada: con el sombrero y la sonrisa que siempre lo acompañan. Fue en el pasado verano, en Santa Clara. Estaba contento por la próxima reedición de El correo de la noche. Cuidado por una mujer y un sistema solidario de salud. No vi la llama del Dopico que conocí. Tendremos que buscarla en sus poemas.

Ahora que llega la noticia de su muerte, escueta, sin información sobre su causa, vuelven a mi memoria muchos momentos del pasado, de la carismática presencia de quien no era mi amigo pero sí un compañero de viaje, un ser luminoso que transformaba con su vitalidad a todo el que lo rodeaba.

Descanse en paz, Dopico y que, al menos en el momento de su muerte, vuelva a ocupar el lugar que siempre tuvo entre nosotros por su talento y por su modo de vivir tan alejado de convenciones e inhibiciones. Que en este grave momento vuelva a ser leído y recordado y ocupe el lugar que le corresponde en la historia más reciente de la poesía cubana contemporánea.

Publicado originalmente en OnCuba

 

Fructífero silencio

frank-abel-dopico-opiniones-8-OtroLunes42En 2008, su amigo, el poeta cubano residente en Estados Unidos, Heriberto Hernández Medina (Cuba, 1964 – Estados Unidos, 2012) escribió sobre Dopico:

Apenas había cumplido los 20 años y mostraba ya un discurso estructurado, trasgresor, que subvertía todo parámetro lógico y temporal para navegar en un universo imaginativo, a veces efectista y siempre atractivo por la riqueza de los giros y las situaciones dramáticas en que hace coexistir sus personajes y referencias.

Hemos rastreado sus huellas, sabemos las consecuencias de su fructífero silencio (dos libros: El País de los Caballos Ciegos (Premio Internacional de Poesía Ciudad de Santa Cruz de La Palma) y Contrarcadia) y hemos encontrado estos fragmentos de un texto, al parecer reciente, en el blog de una admiradora de su poesía, que no ofrece otras referencias. Los reproducimos acá como una invitación al poeta y amigo para que nos frecuente en este sitio y se reencuentre con sus lectores que ha tiempo lamentan, como yo, su prolongada ausencia.

El jinete y las soledades 
(fragmentos)

Era un diminuto poema de amor, tan pequeño que aún no tenía besos, ni desesperación, ni tan siquiera una sílaba bajo las estrellas. Nadie se fijó en él. Ningún poeta lo sedujo o lo maldijo. Ningún amante lo pidió prestado. El diminuto poema de amor recorrió las calles, las parejas y las noches. Fue atropellado, espantado y casi muerto. Hasta que Eros –nadie sabe cuándo- se lo bebió, como un antídoto, para salvarse.
Ella es esa mujer donde alguien silva. Su traje de persona es tan sencillo que una sonrisa y el azar son su persona. Como he visto que alguna vez quiere tenerme, me pongo bien el dedo y la pulgada. Ella es esa mujer donde yo tiemblo.
Soledad:
Perdona al visitante que juega con tus hijas. Perdona al que hizo la promesa de quedarse a cenar, jurando que no eras un castigo y que te prefería. Perdona haber sido el visitante y no quien vive en ti. Tienes que perdonarme. Quiero ir muchas veces a tomar el café, a acariciar tus manos y danzar con tus hijas sobre los arrecifes. Si hago el amor contigo, soledad, no te confíes; no cosas en tu viudez otro traje de novia. Tampoco me maldigas:
Yo te prefiero a veces cuando me traen una sombra que nunca había pedido. También yo te perdono. Tus ojos adivinos que todo lo desnudan. Pues tu también me eliges creo yo, cree mi miedo.
Aproximadamente una mujer es algo que está entre las manos y el horizonte. Es algo que tiene que ver con el horizonte y las palomas. Una mujer dobla la esquina y su virtud es ser el único animal que desaparece. No esta más. No volverás a arrodillarte a sus caderas. No gritara más tu nombre en el fugaz martirio de los sexos. Aproximadamente imaginaras qué pasa cuando está con otro hombre., pero te habrás equivocado. Otro hombre y esa mujer serán distintos como es ahora distinta tu manera de tenerla. Tu olvido es el olvido de quien entra a una catedral, entre las telarañas, persiguiendo una voz, un susurro, que al final no es sino un disco con aquellas canciones que escuchaban juntos. Aproximadamente tú estás sentado en el principio y ella no está contigo, exactamente.
Si tu mujer va dejando de mirar a las estrellas. Si tu vas dejando de mirar a tu mujer en las estrellas. Si los dos duermen de espaldas hacia estrellas distintas, no pienses que es la hora en que llego el olvido. Demasiado peor: ha llegado el recuerdo.
No, fuiste un misterio que no llegó al amor y ni siquiera al odio. Y ahora te pareces a los trenes que parten y a esa ventanilla cerrada, donde dicen que, en urgente asunto de negocios, parte dios.…

La muchacha que baja de la montaña dice que las piedras estaban tristes, que los árboles tenían una actitud muy seria y que lo que no tiene ojos tiene el nombre de montaña. Le contestamos que por eso íbamos a poner un pájaro en cada piedra, un columpio para el sueño en las ramas de los árboles y, para lo que no tiene ojos y tiene nombre de montaña, le llevamos algo así como una mezcla de vicarias y peces, para que pueda ver los gestos de las nubes, la mímica del sol.