El poder de la banalidad

Veronica Pamoukaghlian

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La globalización y la super-conexión nos han transformado en consumidores ávidos de cosas “nuevas” todo el tiempo, el último iPhone, el nuevo trending topic de Twitter, noticias frescas. Las elecciones se ganan en base a una estrategia de escándalos mediáticos creados para ocultar las discusiones de fondo acerca de la economía, la educación, la política internacional.

Hace un par de días, un bombardeo en Siria dejó a casi dos millones de personas sin acceso a agua potable. Esta tragedia humanitaria no le interesó a los encargados de diseñar la portada del diario El País de Montevideo, donde la noticia no ocupó ni una línea. En cambio, el diario le dedicó media página de su portada al inicio de un proceso legal contra el vicepresidente de la República, quien, al parecer, dejó que lo llamaran licenciado sin haber obtenido un título universitario.

Vivimos en la época de oro del escándalo. Un escándalo hoy tiene más poder que toda una vida de honestidad o toda una vida de corrupción. Mientras una madre siria abrazaba los restos de su hijo sepultado por los escombros,  millones de personas devoraban miles de kilómetros de palabras acerca de la separación de Brad Pitt y Angelina Jolie.

En realidad, no hay mucho que decir sobre la separación de la pareja de actores, pero los comentaristas de los diarios, blogs y TV no se cansan de revolver la nada. La creatividad para generar títulos en base a los mismos dos párrafos de información fidedigna es realmente sorprendente. Pero más sorprendente es que la supuesta información “seria” sea tratada de la misma manera que las noticias de la farándula.

El día después del primer debate entre Hillary Clinton y Donald Trump, yo, al igual que millones de personas alrededor del mundo, estaba sedienta de contenido sobre el tema. En CNN, vi como en un programa tras otro, diferentes comentaristas repetían las mismas ideas, pasaban los mismos fragmentos del debate. Hacía rato que no había nada que decir, pero había consumidores -yo era una de ellos- y la máquina tenía que seguir produciendo.

En este entretejido de la nada en el que nos vemos atrapados tanto en Estados Unidos como en América Latina, una denuncia penal con pocos fundamentos amplificada hasta niveles insospechados por la corporación mediática jugó un papel fundamental en las elecciones en Argentina. Y la cobertura del debate presidencial, en lugar de centrarse en los temas importantes, se centró en el gesto posiblemente cocainómano de Trump y en el hecho de que llamó Miss Piggy a una Miss Universo que había ganado un poco de peso.

La opinión pública manda. La opinión pública gana o pierde elecciones. Las banalidades y los escándalos armados con astucia de guionista publicitario sirven para distraer a las masas de los problemas realmente importantes y para llevarlos de las narices hacia la opinión más funcional al poder mediático y corporativo.

Los portavoces de ese poder no se cansan de llenar titulares de diarios con frases como “todos los políticos son corruptos” o “la política no sirve para nada”. Y luego arman sus discursos de campaña con frases hechas e historias guionadas acerca de la “gente común”. “Yo voy a crear empleo” dice Donald Trump, y no importa si las estrategias que propone parecen ideadas por alguien que desconoce completamente los conceptos más básicos acerca de la economía o la industria. Mientras tanto, Macri, millonario desde la cuna como Trump, se hace fotografiar en un colectivo, rodeado de extras, para dar una imagen de “pueblo”.

Las noticias importantes, como los dos millones de sirios sin agua potable, quedan relegadas a las páginas del diario que nadie lee, a los titulares más pequeños al final de las páginas de Internet. Lo que vende, lo que domina el imaginario popular, son las historias sensacionalistas, así se trate de políticos o de vedettes. Un plan de gobierno detallado, las ideas, el pensamiento, eso no vende. Pero si se descubre que un candidato a presidente fue infiel a su pareja, eso puede decidir una elección.

Para el próximo debate entre Trump y Hillary, se espera que el especialista en bancarrota (ha quebrado más de seis veces) increpe a Hillary sobre la infidelidad de su marido. Ya el circo mediático del primer debate fue el debate presidencial más visto en la historia de los Estados Unidos, pero seguramente los números crecerán, ante la promesa de que habrá sangre, y Trump y Clinton se desplumarán como dos vedettes peleando por el primer lugar en la cartelera de un espectáculo.

Aun hay personas que están interesadas en las ideas, pero cada vez son menos. Los titulares del diario de turno se transforman automáticamente en la verdad. Nadie busca segundas opiniones, otros puntos de vista. Un ejemplo claro de esto es la opinión pública uruguaya acerca del gobierno de Cristina Kirchner. Las señales de cable que llegan a Uruguay no incluyen ningún canal favorable a Kirchner, y los diarios siguen la misma línea. Entonces, el discurso de la gran mayoría de los uruguayos es básicamente el mismo que el del Diario Clarín y todos sus medios asociados.

Lo que dicen los medios dominantes se acepta como la verdad absoluta. Mientras tanto, la verdad sigue ahí, esperando que alguien escuche todas las voces, analice los hechos y saque sus propias conclusiones. Pero eso ya no está de moda. Según el Toronto Star, Trump mintió 34 veces durante el debate presidencial (serían 58 según hillaryclinton.com). Sin embargo, a pesar de que Trump se vio acorralado y tuvo que responder con frases como “yo tengo un temperamento ganador”, y la mayoría de los analistas políticos coincidieron en que Clinton tuvo una mejor performance, varias encuestas dieron como ganador a Trump.

Los simpatizantes de Trump miran canales que hablan bien de Trump, los simpatizantes de Cristina Kirchner miraban (porque Macri los sacó de circulación y, en su gran mayoría, ya no existen) programas que hablaban bien de Cristina. Los “informativos” no buscan informar, sino manipular la opinión pública con noticias sensacionalistas hacia uno u otro lado.

Lo único que puede salvarnos de todo esto es el pensamiento independiente, el pensamiento profundo. Los titulares no alcanzan, tenemos que leer buenos artículos, buenos libros. Leer de cabo a rabo un diario cuya orientación política conocemos de sobra no alcanza. Para enterarse mínimamente de algo hay que leer dos o tres visiones distintas de los hechos. Y ese ombliguismo de los diarios norteamericanos, uruguayos, argentinos tampoco nos ayuda. Hay que mirar la portada de BBC News o The Guardian de vez en cuando, medios de otras partes del mundo, para enterarse de algo de lo que pasa en el resto del planeta. A pesar de todo, debemos resistir. Y seguir pensando es la única forma de hacerlo que nos queda.

Del Autor

Veronica Pamoukaghlian
Escritora y cineasta, máster en guión por la UIMP de Valencia. Verónica es colaboradora habitual de la revista LENTO y varios medios en lengua inglesa. Su poesía, ficción y ensayos han aparecido en Prism, Naked Punch, Letralia, The Big Times News, Sentinel Literary Quarterly, Antología Zapatos Rojos, Poesía en el subte, The Southern Pacific Review, y The Acentos Review, entre otras publicaciones. Puedes visitarla en VeronicaPamoukaghlian.com, Thewanderlife.com y facebook.com/musicpoetry.