Efecto post: tribulaciones de un cubano común

Edgar London

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La noticia estaba ahí. Y cuando digo ahí, me refiero a todos los medios de comunicación posibles. Ya lo sabía. Todos lo sabíamos. Mi jefe, incluso, bien temprano me había pedido un texto —otro texto— sobre el asunto para el periódico. Pero quise hacer como si nada. Un día normal, me dije.

Así que salí a pasear con mi perro y, primero el vecino, luego el dueño de la tienda de la esquina, me dicen ¡eh, se murió Castro! Afirmo con la cabeza y regreso con mi perro —el único verdaderamente afectado con la primicia pues perdió su recorrido matutino—. Un rápido cálculo pone en evidencia que la salida podría tornarse un infierno. Dos alusiones a Fidel en menos de veinte metros. Si camino el barrio entero, ¿cuántas veces más me recordarán la noticia? Advierto, a mí y sólo a mí. Al cubano de “por acá”.

Basta vivir en el extranjero para cerciorarnos de que Cuba, a los ojos de los extranjeros, antes que sol, ron y mulatas, es (era, supongo) Fidel Castro. Podemos despotricar, chillar, maldecir, listar nuestras peores ofensas o escribir densos ensayos que demuestran que Cuba, es decir, los cubanos, somos más que un nombre labrado y presentado de mil maneras distintas, que abarcaban desde la romántica y anodina imagen del héroe revolucionario hasta la del despiadado e infame asesino —no desecho ninguna—, pero nada, repito, nada de lo que hagamos, evitará que el imaginario foráneo nos encasille y sintetice en un pesado apellido que, confío, ha de comenzar a exaltarnos con su ausencia, —de cara a la historia, Raúl no pasa de ser un alfeñique al lado de su hermano—. Los cubanos no somos Castro. Y asumo que la inmensa mayoría jamás quisimos serlo. Sin embargo, una vez cruzado el charco, adonde quiera que vayamos alguien no los  recuerda. Nos guste o nos pese.

Es por eso que ahora me inquieta no lograr definir lo que siento o, tanto peor, ni siquiera ser capaz de definir si realmente siento algo. Preferiría, no lo niego, estar entre los que lo amaron y todavía lo aman, para llorarlo y describir cuánto extrañaré su ausencia. Preferiría, insisto, estar entre los que lo odiaron y todavía lo odian, para festejar su partida y mostrarme en fotos con la sonrisa de oreja a oreja. Preferiría, por qué no, aceptar que no siento nada, si no fuera porque el mundo entero se empecina en echarme en cara mi apatía. Un vistazo a las redes sociales lo demuestra. Llueven blasfemias, insultos, sarcasmos que se entremezclan elocuentemente con himnos revolucionarios, añejas consignas y lamentos que mucho le deben a liturgias ochenteras. No puedo evitar la sorpresa. ¡Cuánta vida se ha desatado por una muerte! Y el corolario me duele porque me reconozco ajeno a tanto frenesí.

Sólo pretendo ser un cubano normal, uno que intenta —sin éxito— escabullirse entre el montón para pasear a su perro. Y no puedo. Porque mi desidia no parece estar a tono con el momento, cuando los ánimos de uno y otro lado se caldean y otra vez volvemos a ser, ante el mundo y ante nosotros mismos, los hombres y mujeres gritones y revoltosos que, eufemísticamente, son presentados en las revistas de turismo como gente cálida y espontánea.

Nada me queda por hacer. Nada me nace hacer. Nada que no sea continuar en mi casa, mientras los demás se desgarran, y esperar a que caiga la noche para dar una vuelta con mi mascota. La oscuridad ha de salvarme. Seguramente todos me confundirán con quien deseo ser, un tipo común y corriente.

Del Autor

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Edgar London
(Cuba, 1975). Escritor. Ha recibido el Premio Internacional de Ensayo Agustín Espinoza, México, 2008; Premio Nacional de Cuento Criaturas de la noche, México, 2007; Premio Nacional Eliseo Diego en Narrativa, Cuba, 1998; Premio Nacional 13 de Marzo en Narrativa, Cuba, 1998 y el Premio Nacional Fronesis en Narrativa, Cuba, 1997. Actualmente es profesor en varias universidades de México y columnista del periódico “10 minutos”. Ha publicado los libros de cuentos: A escondidas de la memoria (2008), (Pen) últimas palabras (2002) y El nieto del lobo (2000).