Camino del olvido

Pedro Crenes Castro

Empezamos cambiando los cuentos infantiles, endulzándolos con princesitas y príncipes bobos y empalagosos,  y terminamos pervirtiendo la Historia. Si bien es cierto que cada uno cuenta la feria según le va en ella y que son los vencedores los que escriben la historia, no lo es menos que son los que se niegan a contar la feria y los ociosos vencidos los que muchas veces contribuyen con su silencio a perpetuar la desmemoria y permiten el olvido.

La victimización de los vencidos o la desidia de los que no quieren contar, son parte de la estrategia de los poderosos para el establecimiento de una verdad oficial que impone los recuerdos que hemos de tener. Si no nos obstinamos en recordar, si no ponemos empeño en trabajar cada recuerdo, otros vendrán a recordar por nosotros. Recordar no es vivir, eso puede ser hasta patológico, recordar es asegurarnos de no tropezar con la misma piedra, y si lo hacemos es porque esta vez, en las mismas circunstancias, nos han plantado un meteorito en el camino, lo cual revela la verdadera intención de las piedras y de los que detrás de ellas nos salen al encuentro.

Creo que esa es una de las lecciones que nos sigue dando Cien años de soledad. La novela de Gabriel García Márquez, que cumple este año cincuenta años, nos lleva hacia una reflexión sobre la memoria, sobre obstinarse en recordar, sobre la necesidad en muchas ocasiones de levantarnos contra el olvido que se impone a fuerza de contarnos un relato que nunca fue así.

¿Existió o no la compañía bananera? Cuando estamos en la época en la que la mano todopoderosa de los estadounidenses instala a las afueras de Macondo aquella modernidad que era la compañía bananera –de la que se derivan tantos beneficios y tanto juego dan al relato–, ocurre un hecho terrible: la matanza de los trabajadores. Luego, una extraña desmemoria se apodera del resto de los personajes, del resto relato. Solo Aureliano recuerda, y encuentra en Gabriel, una noche en la que hablaba del coronel Aureliano Buendía, un vínculo que nos redime y advierte como lectores sobre el olvido: la memoria obstinada. Hasta la dueña del burdel donde estaban “discutió con rabiosa pasión” la memoria de Aureliano e incluso, personas mayores que esta mujer, “repudiaban la patraña de los trabajadores” (el asesinato de estos delante de la estación del tren) y, “se obstinaban en lo que después de todo había quedado establecido en expedientes judiciales y en los textos de la escuela primaria: que la compañía bananera no había existido nunca”.

He puesto en cursiva la génesis del olvido estructural: los textos de la escuela primaria. Se enseña el olvido, se transmite en un medio dócil e inocente para que las generaciones futuras ni siquiera sean capaces de distinguir entre leyendas y hechos. Pregunten a los jóvenes de entre veinte y veinticinco años por hechos ocurridos hace diez o veinte años. No serían capaces, muchos de ellos, de situar en la historia reciente aquellos hechos. Y si preguntan a los mayores, prefieren hacer como si no saben, dan carpetazo al pasado por que ya se pasó y “nada, a seguir para delante que es lo que hace falta…” El secreto vínculo entre Aureliano y Gabriel al final de la novela, está fundado en su común creencia en “hechos reales en los que nadie cree”. Viven “en la resaca de un mundo acabado, del cual sólo quedaba la nostalgia”.

Y en esa resaca estamos. Nos quedamos viendo llover nostalgia sobre nuestra memoria.

Desde el interior, el olvido avanza hasta las costas de nuestra existencia y nuestra memoria. Ya somos el olvido que Borges decía en su poema y que titula la excelente novela de otro gran escritor colombiano, Héctor Abad Faciolince: El olvido que seremos. Ya lo somos, y esa es una de las piedras angulares de la soledad de América: la bien aprendida lección de los textos de la escuela primaria.

Contra lo que se nos viene encima, más nos vale tener una memoria obstinada. Estos son días para recordar y actuar en consecuencia, son días para dejar las viejas lecciones de olvido y comenzar a preguntar y a retomar el camino del recuerdo preciso. Ya no nos podemos permitir que otros nos recuerden, porque nos recuerdan mal, porque nos recuerdan como ellos quieren. Así siempre seremos sus esclavos, así olvidaremos que una tarde remota, nosotros, sí, nosotros, conocimos el hielo.

Del Autor

pedro-crenes-castro

Pedro Crenes Castro
(Panamá, 1972). Desde 1990 vive en Madrid donde publica críticas y reseñas literarias en la revista digital Papel en blanco además de colaborar con el diario digital El Librepensador. Forma parte del equipo docente de los Talleres Literarios en Panamá.  Ha sido incluido en la antología “Los recién llegados” (2013) en Panamá y en Francia, en la antología “Lectures du Panama” de la Universidad de Poitiers (2014). Ha publicado la colección de cuentos “El boxeador catequista” (2013) en la Editorial Foro/taller Sagitario de Panamá. Mantiene una columna semanal, “Desde Madrid”, en el suplemento literario “Día D” del periódico Panamá América. Acaba de publicar el libro de microrrelatos “Microndo” en la editorial Casa de Cartón de Madrid.