Cristina Rivera Garza

Una carta de amor de Cristina Rivera Garza a Juan Rulfo

Edmundo Paz Soldán

Todos los escritores tenemos un lugar sagrado especial para el escritor que nos ha cambiado la vida pero pocos somos capaces de escribirle una carta de amor tan elocuente como la de Cristina Rivera Garza a Juan Rulfo: Había mucha neblina o humo o no sé qué (Random) –título excepcional donde los haya— es una confesión completa, un asedio incesante que entrega un Rulfo a veces conocido y otras muy nuevo, pero siempre complejo y fascinante. Había mucha neblina es historia y crítica cultural, biografía a medias y crónica autobiográfica con momentos sublimes; es un gran modelo de crítica literaria híbrida, que indaga tanto en el texto como en las condiciones materiales que lo permiten y que de paso se convierte ella misma en literatura.

Tres son los principales puntos de ingreso de Rivera Garza a la escritura y a las condiciones materiales específicas de la vida de Rulfo: el histórico, que investiga al escritor de Jalisco en los años cuarenta y cincuenta, como agente contradictorio del proceso modernizador en el que estaba embarcado México; el de la crítica literaria, que relee la obra para apuntar nuevos caminos de lectura; y el de la escritura misma, que se apropia de escenas y frases de Rulfo como punta de lanza para la escritura de otros textos. El Rulfo de Rivera Garza es un “doble agente”, alguien que a fines de los cuarenta trabaja en una compañía trasnacional de llantas (la Goodrich-Euzkadi), y luego, a mediados de los cincuenta, es asesor e investigador de la Comisión del Papaloapan. Esos trabajos no son menores: a base de sus informes para la Comisión, el gobierno justificaba los desalojos de comunidades indígenas de los sitios donde se construiría la presa Miguel Alemán. Rulfo, así, es como el ángel de la historia de Benjamin: “un apasionado del progreso que va hacia adelante sobre los vientos de la Comisión del Papaloapan y, a la vez, el solidario defensor de las comunidades indígenas que, melancólicamente, mira la ruina, la miseria, la orfandad”.

El Rulfo de Rivera Garza enuncia no solo esa modernidad de mediados de siglo de la que él es uno de sus agentes, sino que también es capaz de desplazarse a nuestro presente, a “aquello que no sab[emos] pero avizoramos”. Rulfo incorpora el deseo sexual femenino como parte activa –aunque negada— de la modernización mexicana. Es también un Rulfo queer: “¿Dices que te llamas Doroteo?”, pregunta Juan Preciado en Pedro Páramo. “Da lo mismo”, es la respuesta, “aunque mi nombre sea Dorotea. Pero da lo mismo”. Estos momentos de “intermitencia genérica” permitirían una lectura alternativa de “los cuerpos de la modernidad mexicana”, al igual que otros momentos de sexualidad polimorfa: los hermanos incestuosos de Pedro Páramo, el niño de “Macario” obsesionado con los pechos de su nodriza, las congregantes de “características más bien viriles” de “Anacleto Morones”. De los cuentos de Rivera Garza inspirados por Rulfo, me quedo con el intenso “Allá te comerán las turicatas”, inspirado por la escena de los hermanos incestuosos en Pedro Páramo, a la que la autora vuelve una y otra vez y convierte en generadora de la escritura de su libro.

Como toda carta de amor que se respete, Había mucha neblina tiene sus exageraciones (“sólo un hombre de provincias, con esa atención desmedida ante su entorno, apegado hasta la médula a las cosas de la tierra, pudo haber traducido los murmullos cotidanos en pura escritura”), pero esas exageraciones son las que permiten las iluminaciones de la autora, que estallan en cada página, y el sublime final, con subida a la montaña y todo: “Nos desgastamos, es cierto, pero no para morir sino para vivir. Nos desgastamos no para llegar al punto del agotamiento, sino al punto de la devoción”.

Del Autor

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Edmundo Paz Soldán
(Bolivia, 1967). Escritor y profesor. Considerado una de las voces esenciales de la actual literatura latinoamericana. Profesor de Literatura Latinoamericana en la Universidad de Cornell. Ha publicado las colecciones de cuentos Las máscaras de la nada (1990), Desapariciones (1994) y Amores imperfectos (1998), y las novelas Días de papel (1992), Alrededor de la torre (1997), Río fugitivo (finalista en el Premio Internacional de Novela Rómulo Gallegos, 1998), Sueños digitales (2000), La materia del deseo(2002), Palacio Quemado (2006, 2007), Los vivos y los muertos (2009), Norte (2011) e Iris (2014), con la que incursiona en la ciencia ficción. Es coautor, junto a Alberto Fuguet, de la antología de nueva narrativa latinoamericana Se habla español (2000) y con Gustavo Faverón de Bolaño salvaje (2008). Entre sus premios se cuentan el Finalista de Letras de Oro 1991 con Días de papel (Estados Unidos), el Premio Erich Guttentag 1991 por Días de papel (Bolivia), Premio Juan Rulfo, 1997 por el cuento “Dochera”, el Premio Nacional de Novela de Bolivia 2002 por El delirio de Turing, la Beca Guggenheim (2006) y Finalista del Premio Hammett 2012 (Semana Negra de Gijón) con la novela Norte.. Su novela más reciente es Iris (Alfaguara, 2014).