Fabulaciones en torno al género cuento

Carlos Enrique Cabrera

 

A Mila, mi milagro

 

1

EL mejor de los cuentos posible es aquél  que nos envuelve  con su rítmico y sonoro oleaje como una agua benéfica como un magma nutricio y nos deja plenamente fertilizados como las aguas del Nilo lo hacen cada año con  las amplias tierras de sus márgenes.

 

2

EL mejor de los cuentos posibles es aquél  que  nos hunde en mayor incertidumbre y desasosiego que cuando emprendimos su lectura y  nos  lleva de desazón en desazón  y  de perplejidad en perplejidad hacia interrogantes y cuestionamientos sin fin que jamás tendrán respuesta.

 

3

EL mejor de los cuentos posibles es aquél que nunca concluye y de manera sistemática y persistente se va regenerando a sí mismo  sin llegar jamás a término y con la intensidad de un Maelstrom nos mantiene atrapados en su vórtice o recurrente trama concéntrica hasta el momento mismo de nuestra muerte…

 

4

EL mejor de los cuentos posibles es aquél que conforme lo leemos con avidez y voracidad crecientes se va deshaciendo ante nuestros ojos como niebla o humo o finísimo polvo micronizado y nos lleva irremisiblemente al silencio  a la nada al vacío primigenios sin que jamás podamos alcanzar  su sentido  indescifrable…

El  socavón –¡ávida boca!– que finalmente opera bajo nuestros pies  todo  lo engulle y succiona  y por él caemos vertiginosamente ya durante toda la Eternidad…

 

6

EL mejor de los cuentos posibles es aquel que refleja  escueta fulgurantemente  en toda su compleja y  desgarradora  realidad  el dolor humano…

 

7

Estragado por el insomnio leía en la alta noche en la cama. Era un cuento, era sin  duda el mejor de los cuentos posibles. Conforme devoraba su subyugante trama (porque literalmente la devoraba) éste se deshacía en el aire como humo y en igual proporción y medida su propio cuerpo se consumía.  Cuando llegó al final de la prodigiosa historia (¿cómo iba él a sospechar que ambos estaban hechos de la misma, idéntica sustancia?) desapareció…

 

8

El primer cuento pudo brotar como una flor de forma espontánea y nada premeditada ante el impacto de las maravillas de la naturaleza, ante el asombro y el arrobamiento del ser ante la fulgurante belleza del mundo.

Pudo  surgir para atenuar el dolor inmenso de una herida, para colmar una sensible, desgarradora carencia, llenar un hueco, un insondable vacío.

Pudo nacer asimismo ante la imperiosa necesidad de exorcizar miedos, temores e incertidumbres (ya en los oscuros tiempos de las cavernas y   siglos adelante alrededor del danzante fuego, cuando  el mágico elemento  había sido venturosamente domesticado por el homo sapiens) o ante un terrible fracaso o una humillante y desoladora derrota –de labios, por tanto, de un fracasado o de un derrotado.

Pero también (es otra  conjetura) pudo surgir del asombro ante los triunfos   rutilantes e incuestionables del héroe, los cuales, a su vez,  fueron minuciosa y laboriosamente adornados y enriquecidos (es decir,  exagerados) a lo largo de centurias para ser exaltados a mito y leyenda.

Hay que tener presente (si es que queremos  entender a fondo y cabalmente el prodigioso y complejo fenómeno que nos ocupa) que sin cuento (sin relato) no hay  Estado, no hay Nación. Ahí están algunos notables ejemplos de ello entre muchos posibles que lo demuestran de forma fehaciente. En España el Poema del Mio Cid y la Chason de Roland en Francia.

Más próximo en el tiempo y en la geografía, ya de este lado del Atlántico, los jóvenes norteamericanos empeñados en tener a toda costa una Nación elaboraron  sus trepidantes historias del Far West pobladas de héroes y villanos a caballo y con pistolas y sombreros y las plasmaron en grandes pantallas en cinemascope y en tecnicolor.

Los argentinos, por su parte, construyeron asimismo su propio relato nacional: la literatura gauchesca que nos donó, entre otros singulares personajes de leyenda, el bravo y corajudo y feroz Martin Fierro.

El cuento, el relato, crea, funda, explica  interpreta y reinterpreta y finalmente  sostiene la realidad.

Bibliografía

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Del Autor

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Carlos Enrique Cabrera
(La Vega, República Dominicana). Se licenció en Filología Hispánica en la Universidad Autónoma de Madrid (España) y realizó estudios de Bibliotecología y Documentación en instituciones educativas de esa capital europea. Durante años se desempeñó como funcionario de la Red de Bibliotecas Públicas de la Comunidad Autónoma de Madrid y como colaborador externo de importantes editoriales españolas (Editora Nacional, Plaza y Janés, Alfaguara, Playor). En 2001 fundó la revista de letras, artes y pensamiento Caudal, que bajo su dirección dio a la luz, de forma ininterrumpida, 29 números. Ensayos y cuentos suyos han aparecido en diversos medios impresos y digitales y son de su autoría los libros Reflexiones de bolsillo (2002), Tiempos difíciles (2010) –recopilación de ensayos– y el conjunto de microrrelatos: Conjuros y otros microcuentos (INTEC, 2013). Es también coautor de la obra didáctica Español Universitario (Santillana Universitaria, 2006) y el de información turística Ciudad Colonial Santo Domingo (Tando Editora, 2011). Asimismo, mantiene en la Red varios blogs: Conjuros en “La Comunidad” del diario madrileño El País, y en Blogger el personal Carlos Enrique Cabrera (CEC) y el promocional de la revista Caudal, así como el educativo: Español CEC. Desde 1994 es profesor a tiempo completo del Área de Ciencias Sociales y Humanidades del Instituto Tecnológico de Santo Domingo (INTEC).