La muerte en la era virtual

Veronica Pamoukaghlian

Ayer mi amigo Federico estaba en línea. Tuve el impulso de decirle algo en el chat. No lo hice. Estaba su cuerpo de gigante que me recuerda a Cortázar, estaban sus ojos tristes y profundos, su gesto irreverente y su gato gris como la noche. Yo quería hablar con Federico otra vez. Solo había un problema: Federico ya no está en el mundo de los vivos.

¿Quién osaba usurpar su identidad? ¿Quién estaría leyendo los mensajes que nos mandábamos cuando éramos algo más que amigos? Pensé en comentárselo a alguien, averiguar qué estaba pasando. ¿Un hacker? ¿Alguien cercano buscando recuperar recuerdos? ¿Un pariente que había heredado su computadora?

También pensé que Federico tal vez había orquestado una falsa muerte, un acto artístico, una macabra performance. El ataúd estaba lleno de heno y Fede descansaba en un lugar alejado, donde los problemas cotidianos ya no podían atormentarlo. Llegué a considerar seriamente esa posibilidad, aún sabiendo que no era cierta.

Nadie con aquella fina sensibilidad nos habría hecho pasar gratuitamente por el tormento de esos días, enterarnos de su muerte, de que no habíamos podido hacer nada para detenerlo. Muerto por voluntad propia a los 31 años con un talento para la escritura raro de ver, un talento sin pretensiones, y un disco seguramente hermoso a punto de ver la luz.

Sigo sin saber quién era el que estaba online ese día. Quizás nunca lo sepa. En algún sentido, fue una bendición. Pude ver a Fede de vuelta. Por un momento, pude pretender que seguía entre nosotros, que si le hablaba, me iba a contestar, con su inteligencia, ironía y pesimismo. Creo que no nos merecemos la capacidad de enamorarnos más de una vez en la vida, escribió alguna vez.

En esta época en que la mayor parte de nuestras vidas acaba por ser virtual, ¿adónde va todo eso cuando nos morimos? El día que Fede se fue, y durante varios días más, abrí varias veces un mensaje de gmail, puse su dirección en el destinatario y me quedé hipnotizada mirando la pantalla. Si le escribía, ¿quién lo recibiría? Tal vez me hiciera bien decirle todas las cosas que me habían quedado pendientes, aunque nadie las escuchara.

Hace poco vi ese capítulo de la serie británica Black Mirror, en donde una mujer que pierde a su esposo contrata un servicio que crea una memoria virtual a partir de emails, audios, redes sociales y videos. En un principio, la mujer puede llamar a su esposo por teléfono, y su réplica virtual le contesta, tal y como lo habría hecho él en la realidad. Eventualmente, la mujer recibe una especie de robot idéntico a su esposo y la cosa no termina demasiado bien.

Cuando Fede partió, deseé que existiera algo similar, que su memoria, sus ideas, su personalidad estuvieran de alguna manera disponibles, poder llamarlo por teléfono o mandarle un email. En teoría, lo que propone Black Mirror no está muy alejado de la realidad. Considerando la cantidad de información sobre nosotros mismos que existe en las redes sociales, en nuestras computadoras y teléfonos celulares, es fácil imaginar una permanencia virtual más allá de la muerte.

A diferencia de la mujer del episodio de Black Mirror, yo no tenía el teléfono de una misteriosa compañía dedicada a crear versiones virtuales de los seres queridos que hemos perdido. Sin embargo, me dediqué a leer todos los mensajes que había intercambiado con Fede, sus blogs, los Google chats, los Facebook chats, emails, a escuchar una bella y triste canción que dejó en bandcamp. Tratándose de un gran artista, el contenido era amplio e infinitamente interesante. Me perdí ahí durante días, semanas. Deseé soñarlo, era mi manera de condensar toda esa información en alguna versión de Fede, y lo hice varias veces.

Cuando muere alguien con quien hemos tenido una relación física, el cuerpo perdido adquiere una relevancia especial. En el velorio de Fede temía acercarme al féretro. Sabía que me iba a afectar mucho si estaba abierto y podía verlo una vez más. Al mismo tiempo, ansiaba poder verlo una vez más. La muerte se había llevado ese cuerpo que alguna vez había sido uno con mi cuerpo, y eso lo hacía todo aún más doloroso.

El ser virtual que se perpetúa en la Internet no incluye al cuerpo, solo espejos distorsionados que lo reflejan insuficientemente. Selfies, fotos con amores perdidos, con amigos del pasado, lugares que alguna vez visitamos. El frío y macabro muñeco de Black Mirror no podría satisfacer el deseo de que ese cuerpo existiera de nuevo. Ni el cuerpo ni el alma volverán, pero tal vez los restos del alma que han quedado desperdigados por ahí se parecen más al alma que un robot programado con la voz y las palabras del ser perdido.

Fede solo estuvo online durante una media hora. Fue tiempo suficiente para escuchar su desgarradora versión de “True love will find you in the end”, leer sus últimos posts, mirar dentro de sus ojos unas cuantas veces y hacer de cuenta que seguía ahí, del otro lado de ese muro insondable.

Cuando él tomó la decisión de silenciar el mundo, desactivó su cuenta de Facebook. Quiso desaparecer. Para mí esos minutos que estuvo online fueron como una especie de resurrección. Como no cerré la ventana del navegador, en mi computadora, Fede sigue online. Porque sus huellas en mi vida son indelebles, él se ha vuelto eterno.

Algún día los perfiles virtuales de los muertos superarán en número a los de los vivos. La virtualidad ha, de alguna manera, resignificado la muerte. ¿Adónde van los emails que les enviamos a los que ya no están? Esa permanencia virtual es algo con lo que nuestros padres no han tenido que lidiar. Porque las personas ya no son solo cuerpo, voz, olor, sino también texto, audio, video, tweet, foto de perfil, blog. Y esa otra existencia tiene un cierto potencial de eternidad. Nunca llegué a escribirle un mensaje póstumo a Fede, pero sí le escribí un poema en mi otra lengua:

Where did you go
my blue-eyed boy?
Or perhaps they were brown
I saw them blue
it was the force
of you
and all the things
we did
together
and all the plans
that never were
Closeted love
it was
before
or when you showed me
your room
for the first time
and then you said
Goodbye,
I am
too good
for this world
and now I’m gone
You were so real
You wanted to disappear
I didn’t see
Keep waiting for someone to call
say it was all a hoax
the coffin full of hay
practical joker
that you were
But no
and no
I’m stuck
inside your song
your low-fi love
I’m glad I invited you in
for coffee
that first night
looked in your bright blue eyes
and said
I have never done this
before
(the coffee, not the rest)
The lid was closed
I’ll never see
your face again
You took with you
all of the things
that never were
First, bodies
later souls
Our closet love
was never whole
The peace you craved
has broken me
My blue-eyed boy
our bedtime talk
our morningness
Came back to me
in different shape
and stole away
in the middle of something
Your low-fi soul
is higher than the moon
you’ve always been
the worthiest of the lot
I won’t forget
how happy it made me
to see you eat
with childlike glee
the bread I baked
for you
my boy
I hope you miss me too
unfinished soul
and so complete
the geeky shows you loved
your contempt for Brazil
your love of darkness
I remember seeing you
in the dark basement
and thinking
I wish I could bring you
into the light
pero no pude

Del Autor

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Veronica Pamoukaghlian
Escritora y cineasta, máster en guión por la UIMP de Valencia. Verónica es colaboradora habitual de la revista LENTO y varios medios en lengua inglesa. Su poesía, ficción y ensayos han aparecido en Prism, Naked Punch, Letralia, The Big Times News, Sentinel Literary Quarterly, Antología Zapatos Rojos, Poesía en el subte, The Southern Pacific Review, y The Acentos Review, entre otras publicaciones. Puedes visitarla en VeronicaPamoukaghlian.com, Thewanderlife.com y facebook.com/musicpoetry.