La resaca

Los territorios desconocidos

Uriel Quesada

En Costa Rica y El Salvador se le llama “goma”; en México, “cruda”,  los colombianos dicen “guayabo” y es probable que haya más localismos, pero ahora se me escapan. En fin, me gustaría hablar de la resaca,  pero no aquella que el diccionario define como “malestar que padece al despertar quien ha bebido alcohol en exceso”, sino más bien “situación o estado que sigue a un acontecimiento importante”.   No, tal vez sería más justo mezclar ambas definiciones de la siguiente manera: “malestar que padece al despertar quien ha vivido un acontecimiento importante”.  Así nos hemos sentido muchísimos desde el 8 de noviembre, y lo peor es que la resaca ha aumentado su perversa intensidad desde el 20 de enero, cuando Donald Trump asumió finalmente la función de presidente de los Estados Unidos.

Hemos despertado de ocho años de creer que el país iba por mejor camino, que salir de una de las peores recesiones en la historia del país y estabilizar la economía serían suficientes para protegernos de los extremismos.  Hemos también vuelto a poner pies sobre la tierra cuando hemos visto que la política migratoria podía empeorar y no como creíamos –perdón, soñábamos– que un compromiso con los indocumentados se honraría una normalización de su estatus legal.  Obama se fue de la Casa Blanca con el peor record en materia de deportaciones,  pero la nueva administración se ha planteado superar esa marca en sus primeros cien días. Pero hay algunas cosas más cercanas que hacen esta crisis de guayabo más seria: el miedo.  Para quienes venimos de América Latina la sola sospecha de que hay en el poder un grupo autoritario nos revuelve muchas cosas.  Si además de eso las primeras acciones del gobierno son el desmantelamiento de derechos civiles,  sentimos ese vacío de cuando algo que se creyó cosa del pasado vuelve a espantarnos.

Algo que me impresiona mucho de la sociedad norteamericana es su capacidad de reflexión.  Se intenta condensar el estado de las cosas en unas pocas definiciones tan pronto como sea posible para darle sentido a esta modernidad líquida (parafraseando al sociólogo polaco Bauman) que cambia constantemente y es casi imposible de aprehender.  Es una primera lectura de la realidad inmediata,  y muchas veces peca de ingenua o excesivamente emocional, sea hacia el optimismo o sus contrarios. Así, en el 2008 se empezó a hablar de una sociedad post-racial por el hecho significativo aunque incompleto de tener un presidente negro.   Ahora sabemos que la misma noche en enero del 2009 cuando Barack Obama y su esposa presidían la gala de celebración de la nueva administración, al otro lado de la ciudad de Washington un grupo de congresistas republicanos (todos hombres blancos, por cierto,  el grupo tradicionalmente ligado al poder) empezó a planear los pasos para desmantelar las iniciativas del presidente y volver a controlar la Cámara Baja y el Senado.  En un revelador documental de la televisión pública (“Divided States of America”, Frontline,  17 y 18 de enero del 2017), el tema racial no se menciona directamente, es más: los legisladores que se reúnen en ese restaurante  jamás expresan nada en referencia a Barack Obama como hombre negro en el poder, pero el tema está implícito. Pareciera que ya no importa que el país y el mundo se estén sumidos en su peor recesión en décadas y que muchos de los legisladores que confabulan hayan sido responsables de esa crisis. Convenientemente el pasado ha dejado de existir.  Quienes hacen el trabajo sucio se encuentran en las emisoras de radio, tv y los periódicos de la extrema derecha.  Entre las personalidades visibles destaca Donald Trump, quien lanza la duda de si Barack Obama es realmente americano y exige al mandatario que muestre su certificado de nacimiento. Cuestionar la nacionalidad del presidente en ejercicio solamente busca minar su legitimidad, servir como la excusa para que nada de su programa de gobierno sea considerado “americano” y por lo tanto posible o aceptable.  Dicha controversia no se resolverá hasta el año 2010 con un triunfo amargo para Obama: mostrará el documento que lo acredita como estadunidense.  Pero ya la semilla está planteada, y ha afectado la primera mitad de su administración, cuando con el apoyo de los congresistas y senadores demócratas se aprueba la nueva ley de salud, conocida como Obamacare.  Los republicanos votan en bloque contra ella.

Paralelamente se organiza un movimiento de ultra-derecha, el Tea Party, cuya visión es tan extremista que cualquier negociación con la administración Obama se considera una traición. Así, incluso algunos de los conspiradores del 2008 pierden su puesto en el senado o la cámara de representantes cuando intentan un acercamiento con la Casa Blanca;  los más notables son Eric Cantor y John Boehner. El primero pierde las primarias en  su estado en 2014; el segundo renuncia como presidente de la cámara baja o speaker en el 2015.

El documental de Frontline ubica el conflicto racial en las calles, empezando con el asesinato del joven de 17 años Tryvon Martin en el 2012.  Es el momento más visible de que la idea de un país post-racial no pasaba de ser una fantasía.  El programa dedica buena parte a discutir otras muertes  de jóvenes negros y los dilemas morales que esos eventos le plantearon al presidente Obama. Sin embargo, la violencia racial de los enemigos políticos de Obama sigue en la sombra. No se hará evidente hasta que Trump, entonces candidato, ofrece a sus partidarios Law and Order,  una defensa a ultranza del status quo que está asesinando jóvenes de color –latinos incluidos– y a la vez protege la impunidad de los asesinos.  Para Trump, el problema de violencia que ha recrudecido  en ciudades como Chicago no es otra cosa que el producto de la incompetencia de las autoridades, quienes no han sido eficientes en reprimir el crimen; o para ser honestos, las minorías pobres. No hay discusión sobre los extremos a los que se ha llegado en términos de desigualdad, no se nombran los obscenos niveles de encarcelamiento de jóvenes de minorías, a fin de cuentas para la derecha más conservadora son las minorías mismas las culpables de la falta de seguridad.

Los motivos de la resaca no se pueden resumir en el espacio de esta columna. Hemos despertado, sin embargo, para ver a un presidente derrotado. Tuvo Obama que recurrir a los decretos presidenciales ante la inoperancia del congreso. Trump, quien quizás no le perdona a Obama los chistes que hizo a su costa luego del affair del certificado de nacimiento,  trabaja activamente en anular muchos de esos decretos.  De esta manera logros en materia como derechos humanos, el medio ambiente o migración pueden tener los días contados. Así de frágil puede ser el poder de un presidente de minorías.

Del Autor

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Uriel Quesada
(Costa Rica, 1962). Escritor. Estudió en la Universidad de Costa Rica, New Mexico State University y Tulane University, donde obtuvo un doctorado en Literatura Latinoamericana. Es autor de los libros Ese día de los temblores (cuentos, Editorial Costa Rica, 1985), El atardecer de los niños (cuentos, Editorial Costa Rica, 1990; Premio Editorial Costa Rica y Premio Nacional Aquileo J. Echeverría 1990), Larga vida al deseo (cuentos, EUNED, 1996), Si trina la canaria (novela, Editorial Cultural Cartaginesa 1999), Lejos, tan lejos (cuentos, Editorial Costa Rica, 2004; Premio Áncora de Literatura 2005) y El gato de sí mismo (novela, Editorial Costa Rica, 2005; Premio Nacional Aquileo J. Echeverría 2005). Actualmente vive en Baltimore, Maryland, y enseña en McDaniel College.