Los cisnes cuello blanco

Ofelia Huamanchumo de la Cuba

Nunca me tragué el final del cuento de Hansel y Gretel. Que los dos niños se fueron volando a lomo de cisne hasta casa y todos fueron muy felices, había sido siempre para mí un final demasiado tirado de los pelos. Cuando era aún pequeña y no había visto un cisne en mi vida, yo creía —por categorización mental, o inercia cognitiva— que esas hermosas aves eran solo poco más grandes que un pato. Siendo así, no imaginaba que dos cisnes pudieran lo que se dice ‘volar’ alto —como los patos grandes y regordetes que había visto alzar vuelo con muchísimo esfuerzo en tierras iqueñas—, si encima tuvieran que llevar dos niños a cuestas. Hasta que un día, cuando ya era joven y no hacía mucho que acababa de instalarme en Múnich, experimenté una visión casi de cuento. Mientras estaba con la mirada perdida en dirección al tráfico de la avenida que se veía desde la ventana de mi piso, me distrajeron de ese ensimismamiento dos cisnes blancos que atravesaban el firmamento dando la impresión de que solo raspando irían a superar el edificio de cuatro pisos en el que me encontraba, o que se estrellarían contra él. Nada de eso ocurrió. Entonces me convencí, de la noche a la mañana, de que los cisnes sí podían ser tranquilamente héroes de historias imposibles.

Puede que esa realidad haya sido el motivo por el cual esas aves de cuello largo hayan mantenido larga trayectoria en la literatura, sobre todo infantil. Sin ir muy lejos, en otro cuento de origen europeo para niños —Europa es zona en la que se pueden apreciar cisnes semisalvajes en las ciudades— uno que se creía era un pato feo, porque no llevaba plumas coloridas o amarillas, sino que tenía el plumaje gris, de pronto crece y se da cuenta, al mirarse en el reflejo del agua de una laguna, que toda su vida había sido un cisne sin saberlo. ¿Cómo podía ser aquello? Había que hurgar en las enciclopedias de animales, para niños, sección aves, y descubrir que los pichones de cisne nacían con un plumaje oscuro que llegaban a cambiar bien entrada la juventud por otro blanquísimo. Y entonces el cuento del patito feo se volvía verosímil.

Lo cierto es que tan dulces y, por lo visto, tan pacíficas como una bandera blanca, no me resultaron estas aves anseriformes desde el momento en que las conocí de cerca y tuve tratos con ellas. En una primera oportunidad, yo pasaba por el único palacio que está en plena ciudad muniquense, el Schloss Nymphenburg, y observé cómo dos de esos blancos ejemplares, que casi se iban contra los cables del tranvía público, elevaban más su vuelo en último momento para que entre los transeúntes que habíamos visto la escena aérea todo no pasara de un simple susto. “¡Qué circenses!”, fue el pensamiento que atravesó mi mente esa vez al resoplar luego de ser testigo de tremenda hazaña aviar. Y mucho más tarde, cuando llevaba más años viviendo aquí, un día de otoño en el que decidí dar un paseo por los jardines palaciegos de ese conocido y encantador lugar, fui —literalmente— perseguida por tres de esas aves que, estirando el cuello hacia arriba como quien se empina, amenazaban con alcanzarme. Y todo porque yo había hecho sonar la bolsita de papel que llevaba en la mochila, cuando había sentido algo de hambre y querido comer de la merienda que traía: un Brezel, pancito típico bávaro.

Luego de aquella persecución, les abrí a esas aves gigantes las hojas de mi Bestiario Personal para siempre; no obstante, debo decir que los cisnes de cuello blanco no ocupan un lugar privilegiado en estos cuadernos, ya que más que ser unos plumíferos extraordinarios, su rareza roza con lo celestial y lo mágico, no con lo bestial. No por gusto los cisnes inspirarían a Chaikovski para la creación de su consagrada pieza tan conocida en el mundo del ballet mundial. Y en lo popular: ni qué decir de la persistencia de los decoradores de repostería matrimonial en colocar dos cisnes sobre la torta, tal vez por una ignorada conexión con la leyenda de Leda, atrapada de amor por Zeus, disfrazado de cisne, motivo también repetido al infinito por pintores renombrados, o desconocidos.  En todo caso, hacia el final de este cuaderno anoto que a lo mejor sea debido a su cuello alto y espigado que los cisnes impongan belleza; o por su nado elegante, que les permite avanzar a velocidades significativas sin aspavientos, dando la impresión de moverse como impulsados por un silencioso motor eléctrico. No lo sé. Lo que sí creo es que los cisnes de cuello blanco como que son unas bestias de ensueño.

Del Autor

ofelia-huamanchumo

Ofelia Huamanchumo de la Cuba
(Lima, Perú, 1971). Vive desde el 2001 en Múnich, Alemania, dedicada a la investigación académica, al teatro y al cultivo de las letras. Estudió Lingüística y Literatura en la Pontificia Universidad Católica del Perú. Obtuvo los títulos de Mag. y Dr. phil. en Filología Románica, Literatura Comparada y Literatura Alemana Contemporánea por la Universidad Ludovico- Maximiliano de Múnich (LMU), donde actualmente es profesora de español. Ha publicado los estudios Magia y fantasía en la obra de Manuel Scorza (2008; 2015); Encomiendas y cristianización (2011; 2013); la novela Por el Arte de los Quipus (2013; 2015); además de cuentos, poesía, teatro y traducciones literarias en revistas impresas y electrónicas; así como estudios en publicaciones académicas.