Maya cuántico

Arturo González Dorado

Desde el comienzo de la ciencia moderna, principalmente desde Galileo, la descripción de la realidad, y cada vez más directamente, la visión de nuestra propia vida ha sido marcada por la descripción científica del mundo. Galileo logró cambiar el paradigma del hombre como centro del universo a un mero punto sin especial significación en la trama, ciega por lo demás, de las leyes físicas. Luego, con Newton y la Física Clásica, esta visión se entronizó, y sigue dominándonos hasta ahora.

El mundo se describe por leyes matemáticas, existen objetos independientes de nuestra mente que siguen estás leyes con enorme precisión. El tiempo y el espacio son los marcos donde transcurren los fenómenos y el papel del ser humano se reduce a prácticamente nada. Los dioses, los sueños, las ilusiones quedan fuera de la descripción matemática, y la mente, y la consciencia, son, cuando más, un epifenómeno de las leyes naturales.

Esto, sin dudas, trajo un enorme bienestar material, y un domino pasmoso de la naturaleza, pero arrinconó a la religión y a la filosofía y a nuestra profunda necesidad de sentido a los sótanos de la fantasía. La visión científica arrebató a la religión al mito y a la filosofía el papel central en la explicación del universo.

Newton por otro lado no era ningún ateo, ni lo eran ninguno de los padres de la física clásica. Newton en realidad dedicó la mayoría de su tiempo a estudios de alquimia, y su idea de la gravitación universal le surgió desde la armonía última del mundo. El principio subyacente para Newton era algo mucho más místico que matemático, aunque las matemáticas lo describieran perfectamente.

Después de Einstein todo esto cambió, y sobre todo con la mecánica cuántica. El tiempo y el espacio no son categorías inmutables, y, lejos de ser indivisibles, los átomos son conglomerados de partículas, que, a su vez, están compuestas de otras, pero no necesariamente más pequeñas. En la dimensión cuántica la mejor descripción es más próxima al sueño, al mundo de Alicia en el País de las Maravillas, que al mundo que nos aparece normalmente. Las partículas no son los puntos sin dimensión de la física clásica, no son diminutas bolitas muy duras, son ondas de probabilidades que colapsan en un estado determinado al ser observadas.

Newton hablaba de partículas de luz, pero usaba el término como una teoría útil, no definitiva. O sea, se guardaba mucho de reducir la realidad a una descripción útil. Vio con total claridad que la luz tiene una naturaleza ondulatoria, pero no se perturbó por esta “duplicidad” de la luz, que puede explicarse como un flujo de partículas y a la vez, como ondas. Dijo que la “causa última del ateísmo es la noción de que los cuerpos tienen una completa, absoluta e independiente realidad en ellos mismos”. Sin embargo, la física clásica, en contra quizás de lo que Newton hubiera deseado, llevó inexorablemente a esta concepción, la cual, pese a los avances de la física actual, sigue siendo la que todos asumimos inconscientemente: los cuerpos, en efecto, tienen una realidad absoluta independiente del observador. Las partículas cuánticas también, todo en realidad.

Con la física cuántica, sobre todo a partir de 1925 con la mecánica ondulatoria, cuando Luis de Broglie propuso que cada partícula tiene una onda asociada y Erwin creó su famosa ecuación de onda, esto empezó a ser cada vez más difícil de sostener. El que el universo sea una construcción metal apareció como una posibilidad perfectamente válida. La mecánica cuántica (que en realidad es la descripción matemática de algo que no podemos asir ni concebir del todo con nuestros sentidos o categorías normales de pensamiento, pero que, sin ningún género de dudas, es enormemente precisa) no es ninguna elucubración de ensueños delirantes, introduce de nuevo al observador, a la mente en la ecuación, y lo introduce de modo radical, inseparable. La mente no es, si se siguen hasta las últimas consecuencias las implicaciones de la teoría, un epifenómeno externo, sino intrínseca a la descripción que hacemos del universo.

Sin embargo, las conclusiones filosóficas que la teoría desprende no son asumidas. A diferencia de Galileo y Newton que convencieron a todo el mundo, directa o indirectamente de que su descripción del mundo era real, la física cuántica no ha penetrado en nuestra concepción de la realidad. Los propios físicos evitan a menudo especular, filosofar. Cierto, los padres de la mecánica cuántica sí que lo hicieron, pero a partir de los años cincuenta del pasado siglo no ha sido la tendencia general asumir a fondo las consecuencias que se desprenden de la teoría.

Y no es cerrazón mental de los físicos, es que el cambio de visión que se desprende de la mecánica cuántica es en verdad radical. No es fácil aceptar que el sustrato de todo tiene un carácter mental.

En realidad, el universo como lo vemos existe sólo a través de la interpretación que sucede en nuestro cerebro, en nuestra mente. Esto, si se sigue a fondo, significa que de nuevo el hombre, el observador es el centro del mundo.

No es que existan ondas o partículas mezcladas o unidas, es que un sustrato indescriptible por los sentidos, y casi inconcebible (no existen ahí separaciones, tiempos como los nuestros, más bien sería lo que dije antes, una matriz de sueños), al ser observado se manifiesta como onda o partícula.

Para evitar asumir lo que se desprende de ahí, algo muy muy cercano a la visión de la antigua filosofía hindú La Vedanta, o al budismo, los físicos acuden a subterfugios. La decoherencia, es la palabra técnica: la función de onda, colapsa en un estado determinado por la influencia del medio físico, o sea, independientemente del observador mental. Sin embargo, esto es difícil de sostener. Hay experimentos que prueban que la función de onda colapsa por la mente humana simplemente viendo nada. Y en última instancia, sabemos que las partículas, todo ciertamente, desde una estrella hasta el más diminuto fotón, es como un bullir constante del vacío, que no es tal vacío en realidad, sino el estado de menor energía.

Pensamos que la luz parte de una fuente, entra a nuestros ojos y es percibida. Lo mismo el sonido, pero realmente el asunto no es así. El paso de la vibración de la onda, o de la incidencia de los fotones en la retina a la imagen mental sigue siendo por completo inexplicable. Y esto es lo que “crea” nuestro mundo.

El asunto es pues que no hemos asumido, igual que hicimos con la física clásica, las conclusiones filosóficas de lo que nos dice la física actual: la mente, el observador, no puede dejarse fuera de la ecuación. No hay en realidad “materia”, no hay cosas como ladrillos básicos. Y la realidad observable sí que depende de quien observa. Describimos como partículas u ondas los patrones que se manifiestan en nuestras mediciones, la onda sería el patrón espacial en que se manifiesta una realidad subyacente que no es eso, es, cuando más, descrita en una ecuación; las partículas lo que nuestra tendencia perceptiva nombra cuando esa manifestación aparece puntual. O, dicho en otras palabras, los fenómenos que se localizan en espacios determinados solemos llamarlos partículas (hablamos de dimensiones cuánticas).

¿Qué es el substrato, qué es la realidad detrás de las manifestaciones que captamos y originan nuestro mundo?

No es realmente lo que uno concibe como materia, y no es algo que esté ciertamente ajeno a la mente. Quizás sea consciencia. El problema de la consciencia emerge entonces. Todos los avances de la neurofisiología actual no logran descífralo. Cabe, como postulan algunas teorías que cada vez encuentran más y más evidencia a su favor, que la consciencia sea intrínseca al universo, o tal vez más allá aún, que la base sea en realidad similar a lo que llamamos consciencia en nosotros. Ya sabemos que los fenómenos cuánticos sí que influyen en el mundo macroscópico, el mundo de la física clásica. La fotosíntesis de las plantas, por ejemplo. Y sabemos también que es muy posible que ocurran en nuestro cerebro, lo que da pie a la teoría de la reducción objetiva orquestada, del físico Roger Penrose y el anestesista Stuart Hameroff. De ser cierta esta teoría, la consciencia sería un componente esencial, primario, irreductible del universo que se manifiesta siempre que exista un determinado orden.

El caso es que, en efecto, una revolución de nuestra concepción del mundo debe venir pronto, una que, en una bella ironía, devuelva el sentido y el lugar de lo trascendente desde la pura observación empírica.

De ser ciertamente mental la base del universo, de estar indisolublemente la conciencia unida a la realidad, y ser parte de ella, o tal vez el sustrato último, el cambio de paradigma que se impondría es total. El vacío y el nihilismo que han sido los compañeros de la concepción científica del mundo no tendrían lugar. El materialismo quedaría como otra de las grandes ilusiones de la humanidad, muy perniciosa, por cierto. Y este cambio no llegaría desde la religión, sino que, en la exploración de lo más pequeño, lo más distante, en el afuera, aparecería, ya aparece, algo muy semejante a lo que los sabios de oriente han encontrado yendo dentro de sí. El mundo es Maya, en realidad la consciencia es todo.

El obispo Berkeley debe estar sonriendo desde su tumba ante los resultados de la física actual, y Shiva en su eterna danza haciendo un guiño desde las entrañas de un acelerador de partículas. El velo de Maya no se ha roto, pero se va haciendo imposible ya de negar.

 

Del Autor

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Arturo González Dorado
(Cienfuegos, 1971). Narrador y ensayista. En 1991 fundó en su ciudad natal, junto con un grupo de amigos, un movimiento artístico llamado “Movimiento Extropista”. A causa de ello fue expulsado de las universidades cubanas definitivamente.

Ha obtenido numerosos premios en concursos literarios dentro de Cuba. Colabora frecuentemente con revistas literarias y culturales de España y Estados Unidos. Actualmente reside en Londres.Tiene publicada la novela Taedium Vitae I (Editorial El barco ebrio, España, 2012).