Nuevos tiempos, nuevos bárbaros

Jorge Martínez Jorge

Cuando hace 4 años atrás nuestro Director nos invitó a escribir una columna bimensual para OtroLunes, pensamos en utilizar ese valioso espacio que se nos abría para dar a conocer aquellas cosas de la aldea que creíamos por lo menos interesantes, chicas para el mundo pero grandes para un país como el Uruguay, del que alguien ha dicho con ingenio que más que chico es menor. Por ello lo del título de la columna, Paralelo 33 al Sur. Sin embargo, el propósito de centrarnos en lo local, ha cedido no pocas veces a la cruda realidad de que el mundo, tan ancho y ajeno como nunca, nos pasa literalmente por encima y entonces lo nuestro se convierte en un puro aldeanismo.

Si hace 2 meses la noticia insoslayable era la muerte del tirano Fidel Castro Ruz, no porque significara esperanza de cambio alguno desde que ya hace años la sucesión en la Dinastía se había producido, desde una perspectiva simbólica significaba un fin de ciclo y a ello no podíamos sustraernos. Entre otras cosas, porque las repercusiones de la muerte del secuestrador intelectual de Martí, afectaba a un pueblo uruguayo con el mayor índice per cápita del mundo  -fuera de Cuba-  de fieles fidelistas que comprobaban cómo los Papas también mueren.

Hoy día, quien pretenda sustraerse a la “Trumpmanía” parecería un extraterrestre recién llegado a nuestro planeta. Para alabarlo -algunos, pocos, casi todos con un dejo de vergüenza- o para denostarlo -casi todos, iracundos, tirios y troyanos unidos y adelante, todas las causas son buenas cuando el enemigo es uno y único y está dispuesto a darles letra a diario- el magnate inmobiliario, revolucionario del reality y enemigo jurado de los mass media, produce cada día varios terabytes de sesudos análisis del por qué, del qué y sobre todo hasta dónde ha de llegar en su iracundia. Para peor, o mejor según sus partidarios, los que especulaban que todo su virulento y atrabiliario discurso de campaña era mera demagogia, se van encontrando con que debe ser el primer Presidente electo que resuelve cumplir, en tiempo récord además, con todas y cada una de esas temidas propuestas, por las cuales le votaron más de sesenta millones de estadounidenses más bien blancos, más bien pobres, más bien olvidados, y por las que todo el estamento bien pensante le denostó, demonizó y despreció hasta que en la noche fatídica comenzaron a ver un mapa pintándose de rojo.

Desde entonces, aún en nuestra aldea, desayunamos, almorzamos y cenamos con Trump. Y en torno a ello se ha escrito tanto, que cuesta desbrozar el camino para encontrar lo que creo contribuye a aclarar los tantos y no cae en la tentación del mero fuego de artificio intelectual.

Por estos días se ha puesto de moda volver a Orwell, y su “1984” vuelve a ser furor editorial. Tal vez en lugar de ello, simplemente debió haberse leído más, antes y no ahora, y entendido un poco mejor. También, es referencia ineludible volver a Vargas Llosa y su “Civilización del Espectáculo”.

Sin embargo, voy a recurrir a 2 columnas (la una, titulada “La conjura contra América” de Leonardo Padura; y la otra “Los godos del emperador Valente” de Arturo Pérez-Reverte) y 3 novelas (“Sumisión” de Michel Houellebecq, Anagrama 2015, “El libro de mi destino” de Parinoush Saniee, Salamandra 2014, así como “Las Cruzadas vistas por los árabes” de Amin Maalouf, Alianza 2012) para sacar de allí el fundamento de lo que quiero decir: que lo de Trump hoy en USA, como lo de Chávez en la Venezuela de fines de siglo, y como antes aún lo de Hitler en la Alemania de la República de Weimar, no es casualidad, es un fenómeno multi-causal, cada uno con sus peculiaridades pero también sus puntos de encuentro, pero todos sí con una condición intrínseca y pre-existente: no hay frutos de este tipo si previamente el terreno no ha sido preparado y los abonos adecuados han sido debidamente esparcidos a su tiempo.

Aunque huelgue decirlo, quizás no esté demás dejarlo meridianamente claro para evitar simplificaciones tan al uso: Trump no es Hitler, como no lo fue Chávez. No hay dos líderes iguales a lo largo de la Historia, porque sus pueblos y sus momentos históricos tampoco lo son. No pretendo abonar maniqueísmos de los que hoy abundan.

En la línea de “Un mundo feliz” de Huxley o del propio Orwell, Houellebecq imagina una no tan improbable nación francesa convertida en una “República Islámica” al estilo iraní. Una sociedad, cuna de la “libertad, igual y fraternidad”, que a lo largo de más de 2 siglos ha dado todo por hecho, donde los derechos no tienen contrapeso en deberes, y lo políticamente correcto tiraniza las posiciones al punto tal de resultar imposible oponerse al avance del islamismo en su versión integrista, sin ser catalogado de neo fascista y enviado de jure y de facto a las horcas caudinas del oprobio público. Ese futuro imaginario e improbable, quizás no estuviera demasiado lejos de la Persia de la década de los setenta, cuando aún Homeini era un clérigo de mucho predicamento, pero exiliado -en Francia, faltaba más- y a años luz de que el pueblo iraní supusiera lo que el destino les tenía preparado. De eso habla, con la excusa de relatar su propia vida de mujer sojuzgada por una sociedad patriarcal y machista, la novela de Saniee, dejando que el avance del integrismo islámico actúe como una historia en segundo plano, de la que la sociedad iraní apenas repara sino hasta que, como lo graficara Bretch, ya era demasiado tarde y la horca islámica campeaba a sus anchas. Indagar cuánto de la psiquis colectiva del pueblo persa supo explotar un populista como Homeini, armado de una religión excluyente, para poner el dedo en la llaga de la histórica humillación de su pueblo frente a “los bárbaros” que sucesivamente les pusieron de rodillas, sería materia para un libro entero. Pero parte de la explicación histórica del recuperado orgullo de los pueblos musulmanes, se halla en esa magnífica obra de Maalouf a la que hacía referencia líneas arriba. Irse mil años atrás para comprender que en aquella época, no tal lejana en tiempos históricos, el mundo culto, iluminado, tolerante y de constante progreso y apertura a las ciencias y las artes, radicaba en el Oriente. Fue desde Occidente desde donde, a sangre y fuego, descendieron “nuestros” bárbaros para aplicar su política de tierra arrasada con el pretexto, cuándo no, de reivindicar la primacía de otra religión excluyente: la Católica.  Aquellos vientos, explican algunas de estas tempestades.

Es en esa línea de pensamiento que incursiona Pérez- Reverte en su columna, partiendo de un hecho ocurrido en 376 DC con la invasión de lo que todavía era –o quedaba de- el Imperio Romano, por parte de los godos huyendo de las hordas de Atila. En tal episodio, cuenta el articulista, unos dos años después, mataron al emperador Valente, y apenas un siglo más tarde, sus descendientes destronaron al último emperador, Rómulo Augústulo, dando fin al histórico Imperio Romano. “Y es que todo ha ocurrido ya”, nos dice Pérez-Reverte. Lo que pasa hoy, que es el futuro porque el presente ya es pasado, ya sucedió, y volverá a suceder. Como Houellebecq, el español sostiene que cualquiera de las soluciones ensayadas -¿improvisadas?- por los dirigentes, hueros de líderes, de la vieja Europa, cansada y decadente, son ineficaces, todas se basan en el dinero, que más temprano que tarde, se acaba, y luego de ello, nada. Como la corrección política convertida en credo impide la vieja “matanza de godos”, y no solamente ello, sino que manda su debida protección, es solamente cuestión de tiempo. Mientras los europeos defienden los asentamientos, porque así lo manda su buena conciencia progresista, a condición no lo sea en el jardín de su casa o campo de golf, los inmigrantes llevan a cabo la verdadera revolución, en sus entrañas mismas, bajo las sábanas. Cuestión de tiempo.

Padura, en cambio, golpeado por la cercanía del Tío Sam amenazante, xenófobo y nacionalista, garrote en mano, acude a otra novela que bien podríamos decir es anticipatoria, de Philip Roth, “La conjura contra América” que hoy, al igual que con Orwell, vuelve a ser releída. En ella, el viejo Zuckerman de Newark imagina la llegada del héroe de la aviación Charles Lindbergh a la presidencia derrotando al entonces Presidente Roosevelt. Lindbergh, que había sido condecorado por el Führer con la máxima distinción, arrastraba multitudes convocadas por el movimiento “Primero América” tras un discurso nacionalista, xenófobo y anti judío. Es anticipatoria en por lo menos los dos primeros aspectos, así como en el nombre del grupo político, curiosa y asombrosamente trumpeano. Padura ve en Trump, y podemos coincidir con él, buena parte de los rasgos que distinguen a un populista. En particular, diría que claramente identificable, en su compulsión a identificar un enemigo, y a falta de él, de fabricarlo. Que podrá ser la prensa, o el ISIS, o los mexicanos todos delincuentes, a sus fines cualquier monedita sirve. Nada nuevo. Fidel y Chávez tuvieron su imperialismo yanqui, Homeini a los infieles.

Padura rescata una frase del discurso inaugural de Trump en la que dice “a partir de este día, una nueva visión gobernará nuestra tierra. A partir de este día, solo Estados Unidos será la prioridad. Estados Unidos primero”. Suena tremendo. Pero fue con ese discurso que sesenta millones le votaron, apenas otros sesenta millones se le opusieron, pero, esto suena aún más tremendo, otros ciento cincuenta millones se quedaron en sus casas y no dijeron ni fu ni fa.

El articulista, alarmado y con razón, reserva un párrafo final para la esperanza recurriendo al “grito de alarma” pronunciado por Meryl Streep, sin advertir quizás que ella es Hollywood, son los grandes medios con sus silencios y manipulaciones, es el norteamericano blanco que defiende todas las causas sin renunciar a ningún privilegio sino más bien sirviéndose de ellos. Porque lo que Padura no dice es que no habría Trump, o por lo menos sería improbable, si no hubiere existido un muy progresista William Jefferson Clinton, fundador de una dinastía que parió una Secretaria de Estado y candidata a renovar estadía en la White House. Un Clinton que aceleró el avance del Estado Federal sobre los Estados -algo que a los Padres Fundadores les hubiera producido un ataque de caspa- convirtiendo al Ogro de Octavio Paz en una pesadilla para ese estadounidense del interior profundo al que los empleos se le escurrían como agua entre los dedos. No se explica Trump sin un Barack Obama dedicado a cultivar su imagen y atender las agendas de las minorías y lobbys en detrimento del ciudadano de a pie, huérfano de grupos de presión, esos a los que ninguna Meryl Streep va a solucionarles la vida. No habría Trump sin indignados, sin crisis hipotecarias, sin acuerdos comerciales que aparecen como amenazas. No había Trump sin un Washington convertido en fortaleza de una casta cada vez más alejada del pueblo liso y llano al que no siempre logra contentarse con un Black Friday o los fuegos artificiales del Super Bowl.

Ninguno de los delirios de Trump parece tener la menor posibilidad de éxito. Antes bien, parecerían destinados a naufragar sin remedio. Pero está claro que Trump es la consecuencia y no la causa. No es una sola y seguro que todas ellas provienen de lugares, tiempos y culturas diferentes. Quizás, hayamos llegado al tiempo del que nos habla Pérez-Reverte, en que debamos concentrar todos nuestros esfuerzos, nuestras capacidades de indignaciones y protestas, en comprender que en “la historia de la Humanidad, lo nuevo es lo olvidado”, “que la Historia no se soluciona, se vive”, que “a nuevos tiempos, nuevos bárbaros”, y si ello es así, el Occidente idealizado está condenado a muerte. Pues comprender siempre ayuda a asumir. Y a soportar.

Pensando en nuestros hijos y nietos, ayudémoslos a conservar cuanto de bueno deje tras de sí el mundo que se extingue, siendo griegos que piensen, troyanos que luchen y romanos conscientes de la digna altivez (inclusive, llegado el caso) del suicidio. Hagámoslos supervivientes mestizos dispuestos a encarar sin complejos el mundo nuevo y mejorarlo.

No los embarquemos en inútiles luchas sin sentido. Esas guerras están destinadas a los Trump de hoy y de ayer, ignorantes que hacen de ella motivo de orgullo. Ciegos que no ven, condenados a perecer producto de sus egos crecidos a la sombra de su anomia intelectual.

 

Del Autor

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Jorge Martínez Jorge
Escritor y periodista uruguayo independiente, radicado en Punta del Este, Maldonado, Uruguay Como periodista ha colaborado con medios de prensa escritos locales y regionales (Revista La Plaza, Semanario Palabra) habiendo sido columnista y editorialista del Diario La Región de Maldonado, publicando además columnas de opinión en su blog El Mirador Independiente. Como escritor ha publicado en diversos medios digitales (El Libro de Arena, Unión Hispanoamericana de Escritores, bajo el seudónimo Lectoradicto), ha colaborado en género Narrativa y Poesía con publicaciones digitales como Molino de Letras. Publica periódicamente relatos y cuentos breves en su blog “El sitio literario de Lectoradicto”.