Raúl Castro y Berta Soler, una historia de amor

Edgar London

Los convulsos movimientos experimentados por la agenda internacional —en buena medida, comandados por la toma de posesión del polémico, singular y cada vez más repudiado, nuevo presidente de Estados Unidos— ha provocado que los avatares políticos en el interior de Cuba tengan hoy menos seguimiento del que, sin duda, gozó tras la visita de Barack Obama a La Habana. Y no me refiero solamente a los reflectores que, de vez en cuando, enceguecen al archipiélago desde la comunidad internacional sino también a esas pequeñas velas y quinqués que nos regalan importantísimos fulgores sobre nuestra realidad desde el interior de las fronteras. Flashazos llegados en forma de comentarios de amigos, chismes incomprobables, blogs, publicaciones en redes sociales y que representan, en esencia, un aporte mucho más valioso que los titulares extraídos desde medios de comunicación internacionales. Acaso por la cercanía de la fuente —en ocasiones, parte de la trama— y, sin duda, por el valor y la destreza que se requiere para ser compartidos.

Esta vez, nada de nada. No se trata de que los movimientos de la disidencia o la oficialidad hayan decaído. Ambas partes siguen su insípido mano a mano discursivo sin que realmente se note una verdadera ofensiva por parte de alguno de los dos. En buena medida, durante los últimos meses, el papel de ambos ha pasado de protagonista a espectador o, para ser más exacto, a relator de eventos que, en cierta medida, inciden en el comportamiento político nacional, pero que en ninguna medida lo determina. En pocas palabras, persisten en su intención cinética, pero han cambiado definitivamente el rumbo… ¿o acaso lo habrán perdido?

Resulta irónico que mientras disidencia y oficialidad —sí, ambos— coincidan en pregonar que el futuro político de Cuba se debe decidir desde adentro, uno y otro se mantengan en constante vigilia por lo que sucede en el exterior, ya sea Miami, Caracas, Madrid, Praga o Washington. El “acercamiento” de Obama fue duramente criticado por la disidencia. Lo llamaron débil, complaciente y hasta cobarde —ya anteriormente, Hugo Chávez lo había acusado de ser un blanco en el cuerpo de un negro—. La realidad es que insultos nunca le faltaron al desgastado presidente. Claro, no sucedió igual cuando el primer afroamericano al mando de la nación más poderosa del mundo se reunió con un grupo de opositores al régimen durante su visita a La Habana. Tampoco dijo nada Berta Soler después de visitar la Casa Blanca para dialogar con el entonces vicepresidente de los Estados Unidos, Joe Biden. Sin embargo, la abolición de la ley de “pies secos, pies mojados”, pocos días antes de abandonar su cargo, motivó que, otra vez, Obama se convirtiera en el gran villano y no  faltó quien sacara aquello de que “el negro, si no la caga a la entrada, la caga a la salida”.

El gobierno de Cuba tampoco ha sido muy indulgente con las acciones ejecutadas desde Washington —habría que ser soberanamente estúpido para esperar un portento de tales dimensiones—. Al acercamiento entre las dos naciones respondió con un sinfín de “peros”: pero queda pendiente la eliminación del bloqueo, pero falta restituir una deuda económica de astronómicos millones, pero falta una disculpa por las vejaciones cometidas en contra del sistema socialista. Y hoy, cuando los migrantes cubanos reciben el mismo trato que un mexicano, congolés o chino —algo largamente exigido por la máxima administración cubana— los funcionarios del Consejo de Estado hacen conveniente mutis.

Estos comportamientos demostrados por la disidencia y el oficialismo cubano son tan similares que me hacen pensar en la necesidad de una terapia de pareja. Imagino a Raúl Castro y Berta Soler —también pudo ser Yoani Sánchez, la primera que vivía en Cuba, no la otra que se hospeda en lujosos hoteles alrededor del mundo—, sentados junticos sobre un sofá, tomados nerviosamente de la mano, escuchando los consejos del especialista que pretende ayudarlos a superar este mal momento. Dos personas no son iguales porque busquen los mismos objetivos, les dirían, sino por usar las mismas estrategias. La crítica convenenciera, el llanto en el momento adecuado, los cambios de discursos y, sobre todo, la defensa implícita de un statu quo con el que insisten en presentarse ante los demás siempre en forma de víctima desvalida.

De buenos estamos hartos. Para Cuba sería muy saludable escuchar por fin, entre tantos y tantos balidos, el aullido redentor de un lobo.

Del Autor

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Edgar London
(Cuba, 1975). Escritor. Ha recibido el Premio Internacional de Ensayo Agustín Espinoza, México, 2008; Premio Nacional de Cuento Criaturas de la noche, México, 2007; Premio Nacional Eliseo Diego en Narrativa, Cuba, 1998; Premio Nacional 13 de Marzo en Narrativa, Cuba, 1998 y el Premio Nacional Fronesis en Narrativa, Cuba, 1997. Actualmente es profesor en varias universidades de México y columnista del periódico “10 minutos”. Ha publicado los libros de cuentos: A escondidas de la memoria (2008), (Pen) últimas palabras (2002) y El nieto del lobo (2000).