Reflexiones en mi aniversario de bodas

Antonio Álvarez Gil

Las ideas que voy a compartir aquí salieron a la luz en la cena con la que mi esposa y yo celebramos hace unas pocas fechas nuestro aniversario de bodas, un aniversario que representa, dicho sea de paso, un número muy importante de años. Con esto quiero decir que ambos estábamos influidos por el ambiente mágico de la noche y, desde luego, por la botella de cava que abrimos para acompañar la cena y la velada. Y esta circunstancia, como se comprenderá, provoca siempre estados de ánimo propensos a las reflexiones y al recuento de tantos años de vida en común. 

Como la ocasión lo merecía, habíamos pensado cenar en nuestro restaurante preferido en Guardamar del Segura, ciudad donde actualmente residimos. No pudo ser, ya que por aquellos días los elementos de la Naturaleza se desencadenaron con tal fuerza en el Levante español, que llovió, sopló y hasta nevó como desde hacía casi un siglo no ocurría por aquí, según dicen los entendidos en estos predios. Así las cosas, el 19 de enero de 2017, fecha marcada con una piedra de zafiro en el calendario de nuestra vida, mi esposa y yo nos quedamos a cenar en casa. Puesto que no era una cena cualquiera, nos vestimos para la fiesta y nos sentamos a comer y beber como Dios manda. Mientras cenábamos y brindábamos con cava, las olas rugían a lo lejos, el vendaval sacudía el cercano bosque de pinos y el viento aullaba como un lobo hambriento en medio de la noche. Nosotros, ajenos al temporal que azotaba el mundo tras el cristal de la ventana, disfrutábamos del calor del hogar y festejábamos el aniversario. Y, naturalmente, repasamos los momentos más sobresalientes de nuestra ya larga y rica aventura conjunta. Esa noche hablamos del sentido de la vida, de hacia dónde vamos y de dónde venimos. Mencionamos los cruces de caminos y recordamos a nuestros ancestros, nacidos, como nosotros mismos, en sitios tan lejanos y diferentes entre sí. En la conversación volvimos a los países donde hemos vivido y evocamos lo mucho que aprendimos de los pueblos que hemos conocido de cerca. Así llegamos al presente, a nuestra familia y a quiénes y cuántos somos actualmente. Sin entrar en detalles, diré que ya sumamos nueve personas de tres generaciones, que mi esposa es rusa, de Moscú, y yo cubano, de Melena del Sur. Ambos somos ciudadanos suecos y residimos en España. Ella lleva 45 años lejos de su país y yo he vivido casi 34 fuera de Cuba. ¿Cómo queda, pues, en todo este complejo entramado de países y culturas, el concepto de patria? ¿Cuál es mi patria, mi país, cuál el de ella?

En varias ocasiones he escrito sobre la noción de “patria” y el modo en que las personas que abandonan definitivamente su país atraviesan por diferentes etapas en su relación afectiva con la tierra que han dejado atrás. A unos la separación los acerca espiritualmente a su pueblo, los hace añorar viejos lugares, costumbres y tradiciones de otros tiempos, recordar a los amigos y familiares de siempre. Otros desean cuanto antes asimilarse a la nueva nación, fundirse en el magma que los rodea, olvidar lo que han dejado atrás, que probablemente identifican con épocas difíciles, con falta de libertades ciudadanas y carencias de todo tipo. Unos, desde tierras extrañas, indagan en sus raíces, tratan de conservar su idiosincrasia y trasmitírsela a sus hijos, de enseñarles el idioma de sus mayores e inculcarles el amor por la tierra que ellos mismos perdieron. Otros, si pudieran, borrarían su historia pasada e inventarían un relato que los identificara con el pueblo de su nuevo país. Unos idealizan lo que dejaron en casa; otros admiran tanto las nuevas costumbres que se sienten de algún modo inferiores a la etnia predominante en la patria adoptiva y tratan de borrar cualquier diferencia visible con sus vecinos.

En la cena de nuestro aniversario el cava tenía un sabor exquisito, mi mujer se veía esplendorosa y yo me sentía muy feliz. Las sucesivas copas me hacían mirar el mundo con renovado optimismo y la conversación se fue volviendo cada vez más alegre, más inteligente e ingeniosa. Galia me contó sobre un matrimonio de jóvenes rusos que viven en Estocolmo desde hace unos años y les hablan a los hijos solamente en sueco. Siempre lo han hecho así, desde el nacimiento de los niños. ¿Motivos? Según afirman, lograr que los pequeños hablen sin acento en el idioma del país. Los padres, por su parte, se las han ingeniado para cambiar su apellido por uno sueco. No dudo que en el futuro esos niños rusos, hijos de rusos y con sangre totalmente rusa, no conozcan nada sobre la verdadera patria de sus padres.

¿Y nuestros hijos? ¿Qué decir de ellos, de su lengua natal, de su cultura primigenia? ¿Hasta qué punto se sienten cubanos, rusos, suecos? ¿Qué piensan de la historia y la cultura cubanas, de las tradiciones rusas y de su gran cultura? ¿Se puede mantener el amor por la tierra en que uno nace y a la vez incorporar los valores del país en que has pasado parte de tu vida? ¿En qué medida tu segunda patria es capaz de sustituir a la tierra en que naciste? ¿Es o no la patria como la madre, que no puedes escogerla según tus gustos y habrás de tener una y sólo una de por vida?

Aquella noche de aniversario y Cava nos hizo ver a mi esposa y a mí una realidad que yo había intuido antes, pero de la que no tenía una conciencia firme. Tanto en su caso como en el mío, la patria es una entelequia que conservamos en la memoria; es el recuerdo de un país que ya no existe, que vive únicamente en tu cabeza y será siempre aquel que te llevaste en la partida. Es una quimera, un sueño; la idealización del lugar donde creciste, donde te hiciste hombre o mujer y donde, en algún momento de tu vida, te sentiste feliz. Sí, aun en el caso de haber sido pobre y sufrido carencias materiales, allí tuviste un día una ilusión, un ideal. Allí tenías a tus padres y a tus tíos y tías, a los amigos que compartieron contigo el primer cigarrillo, la primera cerveza, las salidas nocturnas. De allí, de aquella tierra sublimada en tu nostalgia provienen muchas de tus memorias más queridas y entrañables. Ese país inmaterial es la patria del exiliado, el lugar al que añora regresar el emigrante; es un castillo de añoranzas construido en el terreno de la imaginación. Mi esposa no conoce la Rusia de hoy en día; pero, después de 45 años viviendo fuera de la tierra donde nació y creció, sigue sintiéndose rusa y amando la lengua y la cultura de su pueblo y de su antiguo país. Yo, por mi parte, tras casi media vida fuera de la Isla, me siento tan cubano como en aquellos tiempos remotos en que apenas había salido de Melena del Sur. A veces, sin embargo, veo imágenes de la Cuba actual, leo u oigo comentarios de quienes se suponen son mis compatriotas y me reafirmo en la idea que he expresado más arriba: mi patria es Cuba, sí; pero una Cuba que se me pierde en el recuerdo; un país acaso imaginado, eternamente hermoso, eternamente mío.

Del Autor

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Antonio Álvarez Gil
(Melena del Sur, La Habana, 1947). Ha publicado Una muchacha en el andén (Ediciones Unión, La Habana, 1986), Unos y otros(Ediciones Unión, La Habana, 1990), Del tiempo y las cosas (Ediciones Unión, La Habana, 1993),Fin del capítulo ruso (Ediciones Vintén, Montevideo, Uruguay, 1998), Las largas horas de la noche (Editorial Universidad de San José, Costa Rica, 2000; Editorial Plaza Mayor, Puerto Rico, 2003), Naufragios (Algaida Editores, Sevilla, 2002), Delirio nórdico (Algaida Editores, Sevilla, 2004), Nunca es tarde (Fundación José Manuel Lara, Sevilla, 2005), La otra Cuba (Centro Cultural de la Generación del 27, Málaga, 2005). Entre sus muchos premios destacan el Premio de novela Ciudad de Badajoz (España, V edición) y el Premio de novela del Ateneo ciudad de Valladolid (España, en su LI edición). Álvarez Gil aparece incluido en varias antologías del cuento contemporáneo. Cuentos y artículos suyos han aparecido en publicaciones de España, Italia, Suecia, Estados Unidos y Latinoamérica. Es miembro de la Asociación de Escritores de Suecia. Desde 1994 reside en Estocolmo. Acaba de publicar las novelas Después de Cuba en la editorial española Baile del Sol y Perdido en Buenos Aires (2010), con la que obtuvo el Premio Internacional “Mario Vargas Llosa”, de la Universidad de Murcia en el 2009. Sus novelas más recientes son Callejones de Arbat (2012) y Annika desnuda (2015).