Divagaciones y filosofía del fracaso

Marco Tulio Aguilera Garramuño

Últimamente me ha dado por celebrar mis fracasos como formas ocultas de anunciar mis éxitos futuros o como soterrados castigos que se me infigen por los éxitos o felicidades pasadas. Sé que una y otra convicciones son falacias lógicas, pues no hay posibilidad de probar que uno u otro asertos sean apodícticos o por lo menos verificables. Pero de todos modos estas ideas me ayudan a vivir de manera más o menos cómoda, sin organizarme  líos vivenciales.

Schopenhauer, cuyo denso tratado El mundo como voluntad y representación, tan visitado y simplificado por Borges en cómodas sentencias, me ofrece algunas pistas sobre su concepción de la dicha y la desdicha, es decir, sobre la felicidad y la pena: Todo júbilo desmedido (exultación, insólita felicidad) descansa siempre en la ilusión de haber encontrado en la vida algo que no puede ser encontrado de ninguna manera en ella, cual es la perdurable satisfacción de los deseos o preocupaciones que nos atormentan y se reproducen sin cesar. Toda ilusión de este tipo ha de sernos indefectiblemente arrebatada más tarde y entonces, cuando desaparece,  pagamos con un amargo dolor la alegría que nos produjo su llegada.

¿Cómo afrontar, pues, la desdicha grande o la felicidad desmedida? Horacio responde: Guardad la calma ante la adversidad, manteniendo la cabeza fría, sin dejar de refrenar una desbordante alegría: he ahí la dicha.

¿A qué vienen estos devaneos filosóficos? A la (discreta) pena que me causó el (aparente) fracaso de la presentación de mi libro Cuentos para antes, después y en lugar de hacer el amor  en un hermoso y grande auditorio del Centro Cultural de la Universidad de Puebla. Había por lo menos cinco sillas desocupadas por una habitada. A favor de mi cuitado libro habría que argüir la mala organización, la falta de divulgación del evento, un retraso de más de una hora en el inicio del insuceso, la lejanía del Centro Cultural del centro de la ciudad, etc.  Conclusión (lo digo sin vergüenza alguna) se vendieron dos libros (y regalé cuatro).

Fracaso, pues. Limpio y quirúrgico fracaso. Pero, amigos, los presentadores estuvieron espléndidos (Abascal, conmovedor; Badillo brillante; Jesús Guerrero llegó al extremo de llamarme “patrimonio de la Universidad Veracruzana”, exceso que agradezco pues hasta el momento no me han otorgado ni un solo honoris causa, no me han hecho estatua y estoy bastante lejos de cualquier premio verdaderamente grande).

A cambio de este altibajo (fracaso comercial-éxito crítico) se me dio conocer, tras la presentación a un joven cuentista colombiano que en principio me tiene deslumbrado: David Betancourt, ya escribiré sobre él cuando termine de persuadirme de su maestría narrativa (García Márquez nunca tuvo la gentileza y esplendidez que tuve con este joven escritor: cena para él, su esposa y la mía en un restaurante de  casi cinco estrellas, buen vino, una cuenta de 900 pesos: recuerdo que García Márquez lo más que hizo por mí cuando yo apenas estaba iniciando mi carrera fue invitarme a comer tacos de carnitas en Coyoacán y chocolate con buñuelos en el Sanborns Las lajas en el centro de la ciudad de México).

La cuenta del restaurante fue seis veces más grande de lo que gané vendiendo mis libros. Bueno, eso pasó.

Fracasos he tenido más o menos bastantes. Y grandes. Éxitos he tenido muchos, tal vez demasiados, pero chicos. El fracaso más cuantioso fue de 175 000 dólares: tenía el 50%  de posibilidades de ganar ese concurso. Durante una semana estuve esperando el resultado: y me fue adverso. Tremenda tristeza: ya había hecho planes de comprar un apartamento en el mejor edificio frente al mar en Boca del Río, Veracruz.

Andando el tiempo he llegado a considerar ese fracaso como otra astucia de un destino que estaba favoreciendo mis soterrados objetivos: si  hubiera ganado ese concurso, habría tenido que abandonar mi bucólica existencia en la ciudad de Xalapa (oficina en la Editorial de la Veracruzana, nadar todos los días, algún viajecillo, dinerito modesto producto de mi libro de cuentos infantiles El pollo que no quiso ser gallo, obra que me da algunos billetes cada seis meses desde hace casi quince años; los derechos de mis otros libros, bah, cambiemos de tema). Y como no gané ese premio, ¡de 175 000 dólares! he podido escribir a mis anchas varios libros, entre ellos el que llamé El libro de la vida –una novela en siete volúmenes, ¡hágame el refabrón cabor! (como diría mi compadre Garcimarrero).

De modo que si he de decir la verdad tengo que aceptar que he buscado el éxito descaradamente, pero que también le tengo miedo a las consecuencias de alcanzarlo: primero, perder la paz que me permite disfrutar de mis rutinas y del tiempo que necesito para seguir escribiendo; segundo, ponerme a mí y a mi familia como blanco de la delincuencia que tiene al estado en el que vivo en constante zozobra.

Además tengo claro que una cosa es el éxito comercial y otra el éxito íntimo, la satisfacción de haber hecho un trabajo serio; lo que sí reconozco en mí es que trabajo mucho, trabajo todo el tiempo, trato de trabajar bien y cuando entrego un libro a una editorial para su publicación, tengo la certeza de que se lleva un buen trozo de mi espíritu.

Para terminar este descosido artículo haré una lista masoquista de mis más sonados fracasos:

Una conferencia a dos voces con un escritor mexicano a la que no asistió ni una sola persona.

Perdí la carrera de 5000 metros planos en la final del campeonato universitario en Colombia a los 19 años (yo era el más preparado, pero mi contrincante se pegó a mis huellas y faltando 400 metros me dejó atrás).

La edición de mi novela  Buenabestia (Plaza y Janés, Colombia) fue quemada porque nadie quiso comprarla).

Cuando perdí 175 000 dólares en el ya famoso concurso de novela en el que había dos finalistas: ella, la innominada, y yo (lo repito porque me duele, ¡ay!)

Cuando fui derrotado por la glotonería en un viaje de promoción literaria (regresé a mi pueblo con 108 kilos, lo que no es poco para quien escasamente mide un metro ochenta).

Cuando caí derrotado por una depresión mayor, que me tuvo encerrado en un cuarto siete años).

Pero, bueno, aquí estoy. He salido de los huecos de mis pequeños fracasos y del infierno de mi gran fracaso y de todos ellos he salido con libros bajo el brazo y sigo azotando el agua en campeonatos nacionales de natación máster y no me va mal. Y de verdad les digo, cuando vea la muerte cerca, la afrontaré no con miedo, sino con la más grande curiosidad: la vida es una novela que se guarda la última carta para después del final. Y además es una novela tan interesante, que sin duda debe tener una segunda parte.

 

Del Autor

marco-tulio-aguilera-garramuno

Marco Tulio Aguilera Garramuño
(Bogotá, 1949) Autor de las novelas El amor y la muerte (Alfaguara), Los placeres perdidos, Las noches de Ventura/ Buenabestia (Planeta, México, Plaza y Janés, Colombia, La hermosa vida (CONACULTA, México), La pequeña maestra de violín (Universidad de Puebla), Mujeres amadas (Universidad Veracruzana), Agua clara en el Alto Amazonas y Historia de todas las cosas.… Ha publicado, además, los libros de relatos Cuentos para ANTES de hacer el amor(Plaza y Janés, Colombia; Educación y Cultura, México), Cuentos para DESPUÉS de hacer el amor (Plaza y Janés, Colombia; Punto de Lectura, México y España), El pollo que no quiso ser gallo (Alfaguara infantil, México y Colombia), entre otros. Acaba de publicar la novela La insaciabilidad.Nuestra revista le dedicó el dossier de autor del número 30, que puede consultar visitando nuestra Hemeroteca.