Regresar

Pedro Crenes Castro

Decidí subirme al avión casi en el último momento. Contar años no es fácil cuando está lejos el trozo de tierra que lo vio a uno dar sus primeros pasos, la patria esa que alberga los recuerdos de la patria primera que es la infancia. Y si allá lejos la madre de uno lo extraña, hay que vencer distancias para celebrarlo con ella aunque sea unos pocos días, porque todos necesitamos, de vez en cuando, volver a sentirnos hijos.

Regresar a la propia tierra tiene siempre un componente de pérdida. Uno nunca se acostumbra a ver el tajo que le da el tiempo a los recuerdos que uno dejó en pausa cuando se fue. El maldito polvo de días, meses y años, hace su estrago en las equinas del barrio donde uno paraba con la gallada, e incluso la vieja luz de la única farola de calle parece salpicada de un olor distinto. Regresar es asomarse resignado a la ruina de la memoria.

Conversar con los amigos es otra forma de regresar. Es poner al día por dónde se escapó la infancia, es el conteo de las grietas por donde el tiempo se introdujo en la “realidad” para espesarla, convirtiéndola en ahora y traicionando la carga de recuerdos que ya sólo admiten contraste a través de la memoria de otros. Los amigos te llevan por las viejas calles y llaman tu atención sobre viejos carteles y viejos sabores, empujándolo a uno a una surte de resurrección sentimental.

Y la madre que recuerda la infancia, que va soltando los detalles de la tarde gris en la que uno vio por primera vez, o intuyó, el mundo. El hospital, las enfermeras, el padre feliz por una vez, esperando los primeros vértigos de tener en los brazos un ser humano con la mitad de su información genética, pero con toda la ilusión depositada en esos pequeños ojos recién llegados.

Regresar es eso, que los hermanos te cuenten su vida, que te consulten, que contrasten con uno, que te abrecen y que volvamos a sentir la más absoluta complicidad como cuando éramos unos chiquillos y el mundo y todo su futuro nos pertenecía. Reconocer, ser reconocido, eso es regresar a la tierra de uno. No me creo a los que dicen no sentirse de su país, porque para poder ser de todas partes, de cualquier lado, es preciso ser primero de algún rincón de este planeta, con todos sus defectos y virtudes.

Regresar a Rulfo, regresar a Borges, volar leyendo a Aramburu, volver leyendo a Landero. Dormir sobre el Atlántico, arrullado por el rugido sordo de unos motores que ayudan a desafiar a la gravedad, o a domarla, como cuando se escribe: se desafía al creador, o se le doma, para convocar nuestros fantasmas, para encerrarlos en una nueva historia.

Y se vuelve al interior, a la vida elegida, a los amores eternos. Y uno extraña, otra vez, viendo al avión entrar por la península ibérica, a la madre que se queda allá, esperando el “llegué bien”, mientras voces de niñas preguntan, ya en casa, por lo que trae uno en la maleta, y una mujer te besa, fijando en sus labios la órbita, el punto de llegada. Y uno siente en el aire cómo las historias por contar susurran enigmas, amores y olvidos por remediar; y uno dice bajito “¡Panamá!”, y se ríe triste por dentro.

Del Autor

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Pedro Crenes Castro
(Panamá, 1972). Desde 1990 vive en Madrid donde publica críticas y reseñas literarias en la revista digital Papel en blanco además de colaborar con el diario digital El Librepensador. Forma parte del equipo docente de los Talleres Literarios en Panamá.  Ha sido incluido en la antología “Los recién llegados” (2013) en Panamá y en Francia, en la antología “Lectures du Panama” de la Universidad de Poitiers (2014). Ha publicado la colección de cuentos “El boxeador catequista” (2013) en la Editorial Foro/taller Sagitario de Panamá. Mantiene una columna semanal, “Desde Madrid”, en el suplemento literario “Día D” del periódico Panamá América. Acaba de publicar el libro de microrrelatos “Microndo” en la editorial Casa de Cartón de Madrid.