Semanas Negras

José Luis Muñoz

En 1987 se celebró la primera Semana Negra de Gijón que vino acompañada de una eclosión de las colecciones de novela negra y policiales en España. Con el empuje que dio al género ese evento internacional, del se cumple el treinta aniversario este año, surgieron las míticas colecciones Etiqueta Negra de la Editorial Júcar, Cosecha Roja de Ediciones B y Alfa 7 de Laia, entre otras. El género negro, que ya había despuntado en colecciones como el Círculo del Crimen de la editorial Sedmay y tenía como revista icónica Gimlet, se puso tan de moda que hasta miembros de la Real Academia empezaron a coquetear con sus claves narrativas y los sesudos críticos literarios dejaron de considerarlo un género menor, o subgénero en su acepción peyorativa, cuando Manuel Vázquez Montalbán, un intelectual de izquierdas, se convirtió en su adalid.

Fui uno de los privilegiados que asistió a esa primera y ya histórica Semana Negra de Gijón, la madre de todos los festivales literarios que, a partir de entonces, se extendieron como una mancha de tinta por toda la geografía española (Barcelona, Getafe, Granada, Valencia, Sagunto, Cuenca, Valderrobres, Cubelles, Valencia, Cartagena, Castellón, Lleida, Salamanca, Pamplona, Plentzia, Algeciras, Tenerife, etc.). Esa Semana Negra del 87, que en realidad nunca fue una semana sino semana y media,  ubicada en el Musel, el antiguo astillero de la ciudad, fue un evento único e irrepetible, y no sólo porque era el primero que se hacía en España, capitaneado por el escritor asturmexicano Paco Ignacio Taibo II, el inventor indiscutible de ese festival, un activista cultural siempre inquieto, sino también porque se dio cita la flor y nata de toda la literatura negra y policial de Europa y América; así es que allí estaba alguno de los mitos de la novela negra norteamericana, como Donald Westlake, el autor de A quemarropa (el diario oficial de la Semana Negra robó su título como homenaje al fallecido escritor), junto a rusos del calibre de Julien Semionov, agente de la KGB metido a escritor que, como buen ruso, era un buen bebedor; la japonesa Masako Togawa, recientemente fallecida, que era una excelente cantante de boleros; el uruguayo radicado en Cuba Daniel Chavarrías, que llegó a la isla tras secuestrar una avioneta en Bogotá; y los primeros espadas de la novela negra española: Manuel Vázquez Montalbán, Andreu Martín, Fernando Martínez Laínez y Juan Madrid. Los debates tenían lugar en un ring de boxeo, y los contendientes, uno en cada esquina, libraban sus combates dialécticos procurando no besar la lona.

Como dijo muy gráficamente Paco Ignacio Taibo II en el encuentro que tuvimos este año en BCNegra con motivo del treinta aniversario de la Semana Negra, el evento nació para que los lectores pudieran tener un buen libro de novela negra en una mano y en la otra un churro. Si la literatura negra es, entre otras cosas, una literatura popular, la imagen es muy gráfica, y la Semana Negra apostaba por un tipo de evento que huía de una cierta sacralización de la literatura y de los autores y los acercaba a los mortales. Hablábamos de Hammett y de Chandler, del polar francés y el gallo italiano y entraba en las carpas la humareda de los calderos gigantescos en donde se hervía el inevitable pulpo. Ese maridaje entre escritores, librerías, norias, tiovivos, feriantes y restaurantes populares fue siempre la seña de identidad peculiar del festival de Gijón que acabó siendo la Fiesta Mayor de la ciudad asturiana.

A la Semana Negra de hace treinta años, y a las que siguieron, le estoy infinitamente agradecido porque le debo un buen puñado de amigos entrañables que han sido un premio extra que da la literatura, y al calor de charlas apasionadas sobre cine y literatura, que acababan de madrugada, se fraguaron mis amistades con Fernando Marías, Juan Bas, José Carlos Somoza, Andreu Martín, Juan Madrid, Mariano Sánchez Soler, Fernando Martínez Laínez, entre otros, con los que luego he coincidido en otras citas literarias.

Hay muchos eventos literarios relacionados con el género negro en España, casi tantos como en Francia, en donde el polar es muy popular y tiene buenas cifras de ventas. Paco Ignacio Taibo II me dijo que había contado 40 festivales, 41, le corregí. El 41 es un festival con unas  características muy especiales que tendrá como escenario privilegiado el Valle de Arán. Llevar la literatura negrocriminal a ese enclave pirenaico y acompañarlo de una serie de actividades como el jazz, el cine y el senderismo (la buena gastronomía del Valle se da por descontada) en un territorio de frontera muy especial que tiene una cultura autóctona, de la que se enorgullece, y un patrimonio arquitectónico de primer orden en medio de un paisaje sencillamente espectacular, es todo un desafío porque va a ser la primera actividad relacionada con el género negro que se lleve a cabo en el Valle de Arán.

El programa es apretado (cuatro mesas de debate); los escritores invitados, doce (Alicia Giménez Barlett, Andreu Martín, Angelique Pfitzner, Fernando Martínez Laínez, Jerónimo García Tomás, José Vaccaro Ruiz, Manuel Quinto, Mariano Sánchez Soler, Pablo de Aguilar, Paco Gómez Escribano, Xavier Borrell y yo mismo); se proyectarán tres largometrajes (Perdición, Fuego en el cuerpo y Un coup de torchon) y un mediometraje (Arma) relacionados con el género e introducidos por los críticos de cine Joan Salvany y Manuel Quinto; habrá una jamsession a una hora avanzada, como procede; y se programará una excursión por alta montaña a uno de los parajes más emblemáticos de la zona que es un espectacular mirador de la cara norte del Pirineo: el Coth de Baretges.

Los festivales en torno al género negro funcionan, tienen salud y se reproducen, y como prueba el más veterano de todos ellos, la madre de todos los festivales, que este año enciende treinta velas de aniversario. Otra cosa es que aumenten, en parecida progresión, el número de lectores, que está estancado o decrece. La situación de los escritores en nuestra país es dramática; la crisis ha reducido, aún más, el número de ventas de libros, y estos se venden con cuentagotas a no ser un bestseller. La cantidad de horas que se invierten para escribir un libro, y luego publicarlo, no son recompensadas. El nuestro es un país con índices de lectura bajísimos si lo comparamos con otros de nuestro entorno.

Toda una paradoja organizar festivales exitosos y no poder hablar al mismo tiempo de ventas exitosas. Compren y lean libros. De ellos vivimos los escritores.