Siglo XXI Cambalache:

Crónica de una utopía largamente fracasada

Jorge Martínez Jorge

 

Que el mundo fue y será una porquería, ya lo sé, en el quinientos seis y en el dos mil también; que siempre ha habido chorros, maquiavelos y estafáos, contentos y amargaos, valores y dublé. Pero que el siglo veinte es un despliegue de maldad insolente ya no hay quien lo niegue, vivimos revolcaos en un merengue y en un mismo lodo todos manoseaos.

 Corría el año de 1934 y el Siglo XX debería haber lucido joven y rozagante cuando de él apenas había transcurrido un tercio. Sin embargo, tenía ya sobre sus espaldas nada menos que la Gran Guerra que en la vieja Europa había diezmado poblaciones enteras y la Alemania vencida elegía como Canciller a un joven austríaco líder de un pequeño partido nacional-socialista, cuyo nombre nada decía al mundo. Adolf Hitler había llegado al Gobierno pero no al poder, todavía.

En el Río de la Plata, Buenos Aires refulgía como la capital europea que quería ser y hasta el Graf Zeppelin no pudo resistir sus encantos y sobrevoló su cielo. En ese mismo año de 1934, un joven estudiante nacido con el mismo siglo, Enrique Santos Discépolo, componía un tango, Cambalache, cuya letra estaba destinada a convertirse en símbolo, objeto de estudio y culto, disparador de sesudos estudios académicos, pero que era, sin dudas, un certero dardo puesto en el centro mismo de la condición humana. Tanto así que Discépolo parece no tanto estar retratando el mundo que ve desde un cafetín del Buenos Aires de su tiempo, sino describiendo el futuro que ha de ser. Le faltaba por ver al joven compositor el ascenso del fascismo, el delirio nazi, la infame Gran Marcha de Mao Zedong, los campos de exterminio, la mundializada guerra europea y pocos años después, el colofón de Hiroshima y Nagasaki. Un verdadero despliegue de maldad insolente, sin duda.

Hoy resulta que es lo mismo ser derecho que traidor, ignorante, sabio, chorro, generoso, estafador. ¡Todo es igual, nada es mejor, lo mismo un burro que un gran profesor! No hay aplazaos ni escalafón, los inmorales nos han igualao… Si uno vive en la impostura y otro roba en su ambición, da lo mismo que sea cura, colchonero, rey de bastos, caradura o polizón.

Sesenta y tantos años después, el Siglo XX problemático y febril de Discepolín se moría dejando tras de sí una estela de otras muchas guerras, interminables conferencias que prometían paz y derechos humanos, y humanos cada vez menos derechos, revoluciones románticas dispuestas a matar en pos del ideal, la implosión de las ingenierías sociales con sus cuentas de muertes y hambrunas y un capitalismo que parecía fagocitarse el planeta entero. Discépolo no se quedó a verlo y apenas mediado el siglo se retiró de la vida a ver de lejos lo que él creyó una certera descripción del mundo que le había tocado sufrir y, sin embargo, iba a ser una anticipación del porvenir.

¡Pero qué falta de respeto, qué atropello a la razón! ¡Cualquiera es un señor, cualquiera es un ladrón! Mezclaos con Stravisky van don Bosco y la Mignon, don Chicho y Napoleón, Carnera y San Martín. Igual que en la vidriera irrespetuosa de los cambalaches se ha mezclao la vida, y herida por un sable sin remache ves llorar la Biblia contra un calefón.

En la Banda Oriental independiente, provincia rebelde de la Argentina unitaria y centralista, el Siglo XX nos había dejado un par de títulos mundiales de fútbol, el sueño de la Suiza de América convertido en espejismo, el delirio de la utopía guerrillera muerta al nacer, un dictadura cuartelera que creyó refundar el país pero que terminó, como terminan todas, más bien refundiéndolo. Si acaso, el sueño chico de que recuperada la democracia, o por lo menos lo más visible de ella -elecciones, partidos, sindicatos, prensa más o menos libres, amnistías y retornos- iba a traer, como el hijo pródigo, el pan de la felicidad bajo el brazo.

Ese sueño, modesto y de vuelo corto, apenas duró lo necesario para entrar en el  nuevo siglo, cambio de milenio además, con su carga de misterio encima. Lo que había para el Uruguay, nada más entrar en él, mientras asistíamos pasmados a que los aviones de la mundialización se convirtieran en letales armas de guerra, eran las siete plagas de Egipto esperando dar el zarpazo. Crisis en Brasil, confiscación de depósitos en Argentina, sequía y fiebre aftosa, corridas bancarias y el país parodiando a Florencio Sánchez, barranca abajo y rumbo al despeñadero. En ese país al garete, cual barco que se va a pique, vimos, como Discépolo, que daba lo mismo ser derecho que traidor, ignorante, sabio, chorro, generoso, estafador.

Tanta frustración, con su ingente carga de quiebras, desempleos, exilios y suicidios, fue el clima bajo el que nació una nueva esperanza, utopía más modesta que aquélla de los años de 1960, pero utopía al fin: la de la llegada de la izquierda al gobierno, para desde allí, hacerse del poder. La ética, los principios, la independencia de los poderes fácticos, de los intereses de las corporaciones, la justicia social para los eternamente olvidados, todo ello detrás de una coalición que había sabido suturar heridas y bordar unidades con hilo fino, como para que ni siquiera se notaran las costuras de las viejas rivalidades. Al final, la vía electoral parecía ser también una herramienta válida para llevar adelante un proyecto que rescatara al país del marasmo de una crisis como no había visto antes. Reverdecieron los campos de la esperanza. Atrás quedaba el mal recuerdo del cruento final de un liberalismo neo que no fue ni neo ni liberalismo. En lugar del fin de la historia, se anunciaba el principio de ella.

Siglo veinte, cambalache, problemático y febril, el que no llora no mama y el que no afana es un gil. ¡Dale nomás, dale que va, que allá en el horno nos vamo a encontrar! ¡No pienses más, sentate a un lao, que a nadie importa si naciste honrao! Es lo mismo el que labura noche y día como un buey que el que vive de los otros, que el que mata o el que cura o está fuera de la ley.

Apenas una década y poco, después de levantado el edificio de la ilusión, alto, pretencioso, reluciente y con aires de refundador, las grietas trepan implacables desde los mismos cimientos y puertas y ventanas chirrían, y hasta algunos, los más escépticos, o realistas según se mire, han tomado el camino de las escaleras de incendio para escapar del derrumbe que se anuncia como inevitable.

Refugiados sirios en Urugua.

Refugiados sirios en Urugua.

Por estos días, en una folklórica muestra de multiculturalismo con solidaridad mal entendida y peor aplicada, podemos ver a un grupo de refugiados sirios acampados en la Plaza Independencia, a los pies del Prócer Artigas que los mira sin entender, exigiendo al gobierno del Partido que los trajo, que les permita volver a Siria (¡a Siria!) porque cualquier país resulta mejor para vivir que el Uruguay. Ni las ayudas económicas, en muchos casos bastante superiores al salario de un docente, o la asignación de tierras -mucha más tierra de la que se preguntaba Tólstoi acerca de cuánta era necesaria para un hombre- fueron suficientes para que lo que se había engendrado a fórceps tuviera un parto normal. Mala cosa confundir voluntarismo con voluntad.

Durante meses, demasiados, que cíclicamente se repiten, los uruguayos asisten a las innúmeras huelgas de hambres de Diyab, el sirio ex rehén de Guantánamo que el gobierno del fallido premio Nobel Mujica trajo al país, pidiendo lo mismo. Cada tanto se escapa. Desaparece. Lo expulsan de allí donde haya ido y otra vez vuelve a ocupar minutos de noticiarios centrales con su cara de perro apaleado, al que ni siquiera en Guantánamo volverían a aceptar. Mala cosa confundir voluntarismo con voluntad.

En plena campaña internacional para promover al Presidente “más pobre del mundo” como Nobel de la Paz, lograron convertir al Uruguay en noticia -para el llamado primer mundo, todo lo que tenga una pinta de exotismo tercermundista lo es-  cuando el gobierno uruguayo anunció urbi et orbi, la liberación del mercado de la marihuana, que en realidad más bien se trataba de instalar un mercado legal, estatal faltaba más, que compitiera con el “informal”. Los progre del mundo aplaudieron a tres manos. Bombos y platillos. Nota de tapa y Mujica convertido en rock-star, con la sonrisa socarrona de Soros detrás. Tres años después, cultivada la maruja uruguaya, dos cosechas en stock, con Mujica ex presidente convertido en Senador viajero, frecuente torpedero de su sucesor, quien a su vez era el antecesor, Dr. Tabaré Vázquez, todavía no logra -y se sospecha, no quiere- reglamentar e instrumentar la Ley. Aún a Vázquez, en su tono doctoral, de lectura pausada, le cuesta explicar su furibunda campaña mundial contra el tabaco  -guerra de proporciones épicas que le ha valido más de un galardón y quizás, en el futuro, algún cargo internacional- y contra el alcohol, con medidas draconianas propias del Estados Unidos de la Ley Seca, con la cuasi promoción del consumo lúdico de la inocua marihuana estatal. ¿O no es tan inocua? Otra vez: mala cosa confundir voluntad con voluntarismo.

Sin embargo, estos tres ejemplos de una nave que parece navegar al desgaire, empujado por vientos cruzados, son apenas eso, ejemplos.

En la economía, sin embargo, los refundadores pueden mostrar gráficas y proyecciones que muestran, en lo que suele llamarse “macro” que el país, luego del descalabro de 2002, y después de retomar la senda de crecimiento en 2003 y 2004, a partir de 2005 y hasta hoy mismo, ha asistido a una etapa de crecimiento como casi nunca antes conoció. No es ahí donde la nave comienza a hacer agua. La clintoniana sentencia !es la economía, estúpido!, podrá servir para ganar elecciones, pero no para mantener el humor de la gente. Esas serán florituras de la fachada, pero que no logran disimular las grietas, que son otras.

Es en la ética y en la épica donde las rajaduras no pueden disimularse. Hoy resulta que es lo mismo ser derecho que traidor, ignorante, sabio, chorro, generoso, estafador. ¡Todo es igual, nada es mejor, lo mismo un burro que un gran profesor!  Es con la elección del viejo dirigente tupamaro José Mujica Cordano donde el proyecto de la utopía socialista conoce un giro copernicano. Desde la administración mesurada y cuasi liberal del tándem Vázquez – Astori, llegó a la Presidencia el lunfardo canyengue del Presidente de alpargatas que prometía educashión, educashión y educashión, mientras dejaba desembarcar en la Torre Presidencial a su “barra” de amigos y amigotes. En 5 años el Licenciado (que resultó no serlo, trucho de toda truchedad) Sendic fundió a la petrolera monopólica ANCAP hasta dejarla técnicamente quebrada. En premio, se le obsequió la Vice-Presidencia para el siguiente período. A la inviable PLUNA -línea aérea de bandera, mal privatizada por Vázquez, con garantías que el Estado acabaría pagando- Mujica la cierra, fiel a su estilo, a las apuradas e improvisando sobre la marcha. Resultado: pérdidas socializadas y el invento de una sustituta ALAS-U (primera línea aérea del mundo sin aviones propiedad de los trabajadores y gestionadas por un azafato y una encargada de call center), “velita prendida al socialismo” que nunca levantó vuelo y volvió a terminar en quiebra. Y una planta Regasificadora para venderle algo a Argentina que Argentina no habría nunca de comprar, y más millones enterrados en el mar. Y los negocios, tan cercanos al negociado, con el hermano gobierno de Venezuela. Y las causas judiciales que se suman y amontonan y los jerarcas sospechados unos, investigados otros y procesados otros más. Sabemos sí, que de la utopía hay compañeros ricos y enriquecidos, inexplicablemente ricos. La épica perdió la ética, y sí, da lo mismo ser derecho que traidor, ignorante, sabio, chorro, generoso, estafador.

¿Y de la educación, tres veces repetida?  Aunque señaladas como instrumento del neoliberalismo capitalista, la utopía terminó aceptando a las Pruebas PISA como medida de su desempeño en lo que, en el discurso y en la asignación de recursos, constituía la prioridad número uno, algo poco discutible. Prueba de los resultados, luego de una década, es que las propias autoridades de la Educación no supieron leer e interpretar correctamente los informes de esas Pruebas y debieron explicarles que lo que ellos decodificaban como mejora en realidad era un deterioro en toda regla. En suma: mucho dinero, más discurso, inclusión y equidad para repartir, pero paupérrimos resultados. A niveles tan insoportablemente inaceptables como que un estudiante egresado de enseñanza secundaria el pasado año con calificación aceptable difícilmente pueda leer esta columna.

¡Todo es igual, nada es mejor, lo mismo un burro que un gran profesor! Si uno vive en la impostura y otro roba en su ambición, da lo mismo que sea cura, colchonero, rey de bastos, caradura o polizón.

El cirujano de la condición humana que resultó ser Discépolo no podría haber descrito de mejor manera la sensación que tiene hoy un ciudadano de a pie de lo que significa el derrumbamiento de una nueva ilusión perdida, y que mira, desolado y sin esperanzas, que qué de poco sirve soñar con un mundo mejor si quienes se ofrecen a construirlo no hacen otra cosa que volver una y otra vez al pasado, para peor. Un ofrecido país de primera convertido en mero cambalache. Es lo que hay.

¿Será, al fin, el fin de la Historia?

Del Autor

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Jorge Martínez Jorge
Escritor y periodista uruguayo independiente, radicado en Punta del Este, Maldonado, Uruguay Como periodista ha colaborado con medios de prensa escritos locales y regionales (Revista La Plaza, Semanario Palabra) habiendo sido columnista y editorialista del Diario La Región de Maldonado, publicando además columnas de opinión en su blog El Mirador Independiente. Como escritor ha publicado en diversos medios digitales (El Libro de Arena, Unión Hispanoamericana de Escritores, bajo el seudónimo Lectoradicto), ha colaborado en género Narrativa y Poesía con publicaciones digitales como Molino de Letras. Publica periódicamente relatos y cuentos breves en su blog “El sitio literario de Lectoradicto”.