Todos los nombres

Uriel Quesada

Es probable que todos conozcamos a alguien que tiene la manía de soltar nombres de personas importantes cuando cuenta una historia.  En las universidades, por ejemplo, esa actitud se puede volver una verdadera pesadilla. Hay en esa actitud hacia la “cita perfecta” algo de arrogancia (yo sé mucho y me conecto con otros que saben tanto como yo) y narcisismo (miren todos los autores o personalidades que conozco), pues al final la substancia de los narrado se pierde entre los nombres que a muchos no les dicen nada o que les genera rechazo. En mi caso particular, me aburre terriblemente. Una razón es mi desconfianza con el poder. Cuando oigo a alguien tratando de reafirmarse con el detalle de a quién ha conocido, tiendo a pensar que entro en un juego de poder donde la verdad de lo que se dice no surge de un argumento o unos datos sino de la autoridad de otros.

Yo mismo he me cruzado con algunas celebridades, principalmente en el mundo de la cultura.  La palabra “conocer”, sin embargo, tiene muchas acepciones, algunas cercanas entre sí, que van desde “saber” hasta “tener trato y comunicación con alguien”.  Sin embargo, en la estrategia de los nombres la intención que percibo es una de complicidad: hay una relación que se extiende por cierto tiempo y/o lugar, no el azar que nos lleva a tener alguien famoso o admirado cerca.   Por ejemplo, en 2009 asistí a un congreso con algunos de mis estudiantes.  La escritora Laura Restrepo era una de las invitadas especiales y tuvimos una hermosa conversación de unos diez minutos.  A ella le encantó encontrarse con un Uriel, pues era aficionada a los arcángeles e incluso tenía en mente un posible libro sobre el tema.  Hablamos sobre cómo un papa en el siglo X condenó a Uriel y a otros arcángeles al destierro de los libros apócrifos.  Nunca más volvimos a vernos ni intercambiamos correos electrónicos ni direcciones postales. ¿Puedo decir, entonces, que conozco a Laura Restrepo?  En 1989, en Morelia (uno de los muy pocos congresos de escritores a los que he asistido) me tocó en suerte viajar en un autobús junto al escritor mexicano Sergio Pitol. En el trayecto Pitol se dedicó a hablar de la única escritora costarricense que había conocido en su vida: Yolanda Oreamuno.  No podría decirse que fueran amigos, pero habían coincido en un par de ocasiones y el autor mexicano había quedado muy impresionado con ella.  En ese mismo congreso conocí a un adorable grupo de escritores de varios países. Fuimos inseparables la semana que duró el evento, pero  no volvimos a saber uno del otro cuando cada quien regresó a su casa. Esas personas me dieron mucho, probablemente sin saberlo. Fue la primera vez que me sentí parte de una comunidad internacional de creadores; eran además gente poco solemne, divertida y relajada.  Había autores muy consolidados junto a otros noveles, yo incluido,  pero la camaradería siempre estuvo presente.

De todos quienes asistieron a ese congreso en Morelia,  la persona que más llegué a admirar fue un traductor chino.  Era joven, muy delgado. Acompañaba a dos poetas que, según se decía,  representaban lo más conspicuo de la cultura oficial china.  Cuando trato de recordarlos no puedo ver sus caras;  solo llega a mi mente la imagen de unos hombres de edad, gruesos e incapaces de una sonrisa. El traductor era su única vía de comunicación con el entorno, pero los señorones no parecían muy interesados ni en explorar las ciudades ni en alternar con los otros invitados al congreso.  Hubo una sesión dedicada enteramente a ellos.  Los poetas leían en su idioma,  el traductor hacía su trabajo.   El muchacho parecía más flaco y pequeño sentado en medio de esos hombres enormes. De repente, en una especie de intermedio,  nos dijo a la audiencia que iba a leer de su obra.  Haciéndonos un guiño, agregó que aprovechaba que sus compañeros no entendían ni una palabra de español.  Seguidamente recitó sus poemas sobre Tiananmen, sobre las protestas y las masacres de 1989.  Los poetas oficiales miraban al frente sin expresión alguna mientras la casa se venía abajo por los aplausos y los ¡viva!

En Nueva Orleans fui a conocer al novelista Richard Ford, quien en aquel entonces tenía una casa en el Barrio Francés.   Se organizó un evento benéfico al que me colé como buen estudiante graduado: sin dinero y con hambre.  Llevaba conmigo, eso sí, un ejemplar de “Rock Springs”,  el hermoso libro de cuentos de 1987 con el que descubrí el realismo sucio norteamericano.  ¿Qué se le dice a alguien como Richard Ford? Él, tan profesional como tienden a ser los escritores norteamericanos, sabía que los lectores quieren oír algo personal.  Trató en vano de encontrar un tema para matar el par de minutos de mi audiencia, así que mencionó los autores del boom que se le vinieron a la memoria.   Yo le agradecí mucho, me fui a un rincón a comer y beber algo y salí con mi ejemplar de “Rock Springs” bajo el brazo. Lo conservo como un tesoro, aunque he de admitir que la dedicatoria es difícil de leer. Lo único claro es el principio: For Julio…

Si he de hablar de un encuentro relevante,  maravilloso y, en cierto  modo, inesperado, tengo que mencionar a la narradora salvadoreña Claudia Hernández.  No recuerdo exactamente cómo hicimos el contacto (pudo haber sido gracias a la intersección de la artista y académica Beatriz Cortez), pero nos encontramos en Nueva York cuando ella vivía allá.  Claudia y yo caminamos mucho,  conversamos como si estuviéramos retomando un diálogo interrumpido apenas unos días atrás.  Me contó de la gente alrededor, del paisaje urbano, del exceso material y emocional que Nueva York representaba.  Intercambiamos algunos secretos, almorzamos en Washington Heights y finalmente me llevó a su barrio,  a que viera el edificio de apartamentos donde vivía.  Aun ahora tengo memoria de la ventana que me señaló desde la calle: “Ahí, ahí mismo”.

Hay personas también que siempre quise conocer. Una de ellas es Julio Cortázar, quien tuvo la descortesía de morirse en 1984.  He estado a punto de conocer otras, pero sea por mi timidez, mis prejuicios o el miedo a llevarme una decepción tales encuentros no se han producido.  En 2015, entre los invitados especiales a la Feria del Libro de Guadalajara, estaba el español Enrique Vila-Matas,  uno de los autores con quienes más me identifico. Fue imposible entrar a los eventos en los que participaba, así que me dediqué a lo mío y el jueves de esa semana llegué al aeropuerto para tomar mi vuelo a casa. Iba camino a la  sala de abordaje cuando del VIP de Aeroméxico salió un hombrecillo con barriguita y aire de querer fumar: ¡Vila-Matas!  Dudé unos segundos eternos. Quería saludarlo, hacer una reverencia, declararle mi fidelidad a prueba de espanto, peligros y enemigos de toda índole. Lamenté no traer un libro para que me lo dedicara, aunque no entendiera mi nombre y escribiera “Julio” en lugar de “Uriel”. Pero no hice nada. Pasé justo frente a él sin mirarlo, como si fuera un desconocido más en la tierra de nadie del aeropuerto.  Mejor así, ¿no les parece?

Del Autor

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Uriel Quesada
(Costa Rica, 1962). Escritor. Estudió en la Universidad de Costa Rica, New Mexico State University y Tulane University, donde obtuvo un doctorado en Literatura Latinoamericana. Es autor de los libros Ese día de los temblores (cuentos, Editorial Costa Rica, 1985), El atardecer de los niños (cuentos, Editorial Costa Rica, 1990; Premio Editorial Costa Rica y Premio Nacional Aquileo J. Echeverría 1990), Larga vida al deseo (cuentos, EUNED, 1996), Si trina la canaria (novela, Editorial Cultural Cartaginesa 1999), Lejos, tan lejos (cuentos, Editorial Costa Rica, 2004; Premio Áncora de Literatura 2005) y El gato de sí mismo (novela, Editorial Costa Rica, 2005; Premio Nacional Aquileo J. Echeverría 2005). Actualmente vive en Baltimore, Maryland, y enseña en McDaniel College.