


Zorn significa cólera en alemán. Pocos seudónimos han sido tan bien escogidos porque tras la cortina se esconde Fritz Angst, ciudadano suizo muerto de cáncer a los 32 años que, en cada página de esta novela, narra su propia agonía y lanza una profunda crítica a la sociedad helvética. No alcanza las cotas de acidez y rencor de las diatribas lanzadas por Bernhard a la biempensante Austria pero se aproxima bastante. Recorrer Bajo el signo de Marte es, a veces, tan duro como tragar una piedra. Sin embargo la amplitud del narrador, la distancia que toma respecto de su tragedia y su infrecuente capacidad –similar a la conseguida por Carver en sus últimos poemas- para mirar sin parpadear a la muerte, escrutando sus matices e, incluso, sus ventajas, seduce a cualquier lector inquieto.
El Sr. Zorn, o como se llamara, disponía de suficiente lucidez y dominio del lenguaje para, mientras su cuerpo era devorado, estructurar una obra puramente narrativa, llena de aforismos brillantes y vitalistas, apoyada en un suspense trágico cuya progresión alienta con una frialdad que roza la exhibición. La aparición del cáncer –largamente postergada y anunciada- no defrauda las expectativas generadas: Zorn sabe que un momento tan significativo necesita seguridad, la misma contundencia que el primer asesinato de una novela negra. Es consciente de que es su habilidad literaria, su capacidad para "ver donde los demás no encuentran nada" lo que le convierte en excepcional, no su vida: "Por eso mismo pienso que los otros miles no han sido menos desdichados que yo; simplemente no escribieron sus memorias".
Apuesta por una explicación poética, casi omnisciente, y bastante ingenua de la enfermedad. Acierta al vincular lo obvio: el cáncer y la autodestrucción. Define la mutación celular como una especie de suicidio involuntario: la energía encapsulada, podrida, se rebela contra su creador. Sin embargo su lógica no tiene en cuenta la omnipresencia del caos, las miles de variables, visibles e invisibles, que circundan y condicionan a cualquier vida. Las razones de Zorn quedan limitadas por la necesidad urgente de hallar una explicación a lo que no tiene ninguna: "Yo creo que cualquiera que haya sido toda su vida bien educado y cortés no merece otra cosa más que contraer un cáncer. No es más que el justo castigo".
La opinión del suizo sobre la bondad o maldad de su enfermedad es, como parece irremediable, contradictoria. En las primeras páginas la califica como lo mejor que le podía suceder, por su capacidad para evidenciar la podredumbre y para ayudarle a escapar de su cárcel de cristal. Pero luego no duda en definirla como algo espantoso. Esta volubilidad concede vigor al personaje, le convierte en un ser vulnerable, irremediablemente querido por el lector, pese a su insistencia en el ataque. A la empatía también contribuye su vitalismo, su llamada al conflicto permanente: "Sin duda el que hace algo se pone siempre en ridículo frente a los ojos del que no hace nada. El que obra siempre puede presentar un flanco descubierto, el que no obra no corre ni siquiera ese riesgo. Se podría decir que el que vive siempre es ridículo, ya que sólo el que está muerto no lo es en absoluto."
Su ideología es obvia y está marcada por un psicoanálisis estricto y un poco llorón. Su nihilismo anarcoide resulta muy trendy, muy adecuado para esas tardes de Riviera, terrorismo y Moet Chandon soñadas por cualquier fan de Ulrike Meinhoff (a quien, curiosamente, menciona con admiración). Pero, pese a su indudable vinculación con su tiempo, es una novela moderna porque pregunta, incansable, sobre aquello que no tiene respuesta aunque su indagación no pueda evitarse. En la faja aparece la admiración de Manganelli, autor de La ciénaga infinita. No es extraño ya que el espíritu que alienta la obra del italiano y Bajo el signo de Marte es el mismo.
¿Sería Bajo el signo de Marte una obra temida y legendaria si su escondido autor hubiera superado el cáncer y viviera cómodo y próspero en su casita de Zurich? Es decir si no fuera una especie de snuff novel sino una auténtica ficción. Posiblemente no habría sido siquiera publicada. No por su falta de calidad literaria –que sin duda posee- sino porque la ruptura de la frontera que separa al narrador del autor, el paseo por las vísceras del autor es el mayor valor añadido del libro. ¿Es un valor literario? Posiblemente no, pero carece de importancia.