Otro lunes. Revista Hispanoamericana de Cultura. Mayo 2007. Antilde;o uno. Número uno

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Datos de la revista, mayo 2007, año 1, número 01
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La serpiente de la casa

Fragmento de novela de Arian Leka

"...al que tiene, le será dado, y tendrá más,
y al que no tiene, aún lo que tiene le será quitado."

Mateo 25:29

"Y ahora, ¡vete de mi casa! ¡Fuera!"

Fue mi hijo quien me dirigió estas palabras. Luego dejó abierta la puerta del pasíllo y sentí el siroco, al golpearme en la cara el húmedo viento del marzo.

Debía haber comprendido desde hace tiempo que un día de estos ocurriría. Desde que mi hijo arrojó mis trastes de inmersión y de pesca, aquellos que había llevado a cuestas, como un animal de carga, desde Sebastopolos, debía haberme dado cuenta de que algo rondaba alrededor mío, en señal de luto. Habían pasado siete años desde entonces, sin embargo, recuerdo en qué manera, al regresar del trabajo, "mejor dicho, del desempleo", como le decía, con devaneo, mi nieto, su hijo, entró en su dormitorio y cruzó unas cuantas palabras con su esposa, palabras que no entendí, y salió, como si lo hubieran picado, al balcón, construido con pilastras de refuerzo y trabajo voluntario durante los últimos años del socialismo, antes de que él naciera. Empezó a tirar cosas fuera, en medio del patio, y tiró las cosas más queridas por mí, que yo guardaba en aquel, mi oscuro rincón: Vestimentas de gabán, máscaras de inmersión, palas de mar, tubos, cinturones con ganchos, horquillas, campanillas de los trastes de pesca, el farol para el agua, redes, la serie de anzuelos ingleses con sus hilos originales sobre tablas de madera y espuma, el rifle del mar - mi torpedo con su lanza, todos volaron al medio del patio. Mi hijo no sabía, y además no quería saber, lo mucho que me había costado encontrarlos y lo mucho que había peligrado para poseer aquellos objetos, traídos desde el extranjero precisamente en los años en que nosotros sólo queríamos ofrecer al mundo y no recibir nada de él. El no sabía ni había preguntado alguna vez cómo yo había renunciado incluso hasta a las escasas diversiones que existían: al tango argentino, aprendido bajo el fuelleo de los acordeones chinos; a los estadios, donde por ley fueron prohibidos las exhibiciones de boxeo; y a las asquerosas visitas a los parientes, donde se escuchaban las mismas conversaciones: permitidas, conversaciones con la bendición del Dios, como las llamábamos aunque ya habían clausurado para siempre las iglesias y las mezquitas, porque la gente viciosa al confesionario seguirían este ritual contando a los investigadores del juzgado y la policía. Y sin embargo mi hijo me dijo:

¡Fueeeeeera!

¡Fue...!

Inmediatamente la gente se asomó a las ventanas para divertirse; vieron lo que sucedía entre nosotros e, igual que yo, no lograron entender que era lo que había pellizcado a mi hijo para que, como un endemoniado, tirara así todas mis cosas. Yo, ni siquiera, me moví del sitio en donde me encontraba, a un costado suyo. Me quedé a la espera. Así, recogido y acechando los ojos de mi nieto, mientras sentía cómo llegaba hasta el interior de la casa el jadeo de mi vástago: un fuerte jadeo, como de un chacal. Debería estar muy enfadado. Incluso, hasta después de volver a entrar con todo aquel desalojo cumplido, acabado, no dijo palabra alguna, pero fue a acostarse, y durmió como un muerto hasta el día siguiente, con unos ronquidos que dejaron por toda la casa un asqueroso hedor, como si hubiéramos tenido algo putrefacto en el umbral de la puerta. Pasé toda la noche en el balcón, mirando desde la distancia todas mis cosas, que fulguraban bajo la pálida luz de la luna. Debí adormecerme un poco, porque cuando desperté ya no quedaba en el patio ninguna de las cosas arrojadas por mi hijo en plena oscuridad. Se las habían llevado. "¿Quién sería?" "¡Los vecinos!", dije entonces y cerré la boca al instante. Aunque no quería creerlo, en mi interior sentía que me habían saqueado, me habían arrancado desde el interior todos los arreos y trastes. El hígado, la vesícula, el corazón. "!El corazón!", digo, y algo se me remueve por dentro cuando pienso que debía haber comprendido desde hace mucho que el día en que mi hijo me dijo "y ahora lárgate de mi casa. !Fuera!" se estaba tramando hacía tiempo. Y esto no me lo perdono. Además, ya era viejo.

- Cuanto antes, ya estamos muy atrasados -- insistía mi hijo, para que yo hiciera las maletas.

No me dio tiempo ni a preguntar "¿Por que?". Vi a la esposa de mi hijo poner en mis brazos un bulto. Ella había sacado todas mis cosas detrás de la puerta, justo en el umbral: inclusive mis zapatos bien lustrados, que yo mandaba a arreglar cada primavera cuando me quitaba las botas de invierno; también el sobretodo para la lluvia , de color verde, al que había cambiado con una botella de coñac Skanderbeg en el Viejo puerto de Weismar, adonde transportábamos mineral de hierro y llevábamos maquinarias; también el gorro lo compré free hace más de treinta años en Gibraltar, donde hacíamos escala solamente para llenar la barriga del buque con petróleo. No restaba otra cosa sino partir, pues. ¿Partir? Pero, ¿a dónde?, me dije a mí mismo. Ya estaba en aquella edad en que la vida te conduce hacia el abismo, pero sin todavía darte el último empujón, precisamente cuando los años te arrojan como el mar, cuando los días vuelan y sientes que tu balón ya no tiene aire, y te das cuenta de que la vida no es la que te resta, sino la que has dejado atrás. ¡Partir! Es una sola palabra. Pero, ¿a dónde?. Aparece el vástago que te grita directo en la cara: "¡Lárgate de mi casa! ¡Fuera!". No sé por qué hubiera querido que me dijera: "¡Fuera de nuestra casa! ¡Fuera! Sin embargo, ni con la ayuda del Dios, al final dijo: "Padre!".

Yo sabía que un día moriría. También sabía que llegarían las molestias de la vejez, pero me parecía demasiado arrojarme fuera de casa de esta manera, igual que se exprime un forúnculo de pus. Posiblemente lo había pensado de esa manera.

Me había considerado una persona distinta a otras personas, como esa persona que tiene un varón, vaya, digo yo. Por lo menos, recuerdo que desde el día en que las meaucas decidieron hacer sus nidos en el porche de nuestra casa, pensamos que también para nosotros llegó la suerte. Aunque en aquella época no se veían bien las creencias, recuerdo bien, después de poner una apuesta sobre quién daría luz primero a un pajarillo: ella o la meauca. No sé por qué el pájaro demoró tanto y mi hijo nació sólo un día antes de que los pajarillos rompieran con su pico el cascarón y se alegraran con el sol friolento primaveral. Era marzo, como ahora mismo, y los pajarillos tenían un pico tan largo que me parecieron gaviotas y no meaucas. A lo mejor esto era el primer presentimiento de cruzar el mar a pie, quiero decir, y juro por Dios que ni hoy ni nunca recordé la cara de mi hijo al nacer. No me había puesto a ver a quién se parecía: a la gente de mi esposa o a mi gente, no recuerdo. Sí recuerdo que las pequeñas meaucas se parecían a las gaviotas. Y recuerdo muy bien que aquel día, no sé por qué, sentí que una parte de mi ser renunció a algunos deseos y tentaciones; inesperadamente me parecieron tan raros que llegué a creer que nunca los había anhelado y no me pertenecían ya. Y sin embargo, como se ve, todo esto no impidió a mi hijo expulsarme de la casa, echarme a quién sabe qué sitio, fuera de casa, y gritó en mi interior: ¡Fueeeeeera!

- ¡En un hospital! ¡En un manicomio!- gritó al pasar, corriendo de una puerta a la otra. - ¡Ya eres insoportable!

Igual a una muela podrida, digo mudamente. Igual a esos dientes que tú amarrabas con soga detrás de la puerta cuando temías ir al medico. Pero a mí nadie puede arrancarme así, balbuceo a sus espaldas. Si es para encerrarme en un hospital o un manicomio, sería mejor colgarme una piedra en el cuello y buen viaje. Carne podrida por carne podrida, mejor que me royan los peces del mar que los gusanos . Hospitales, dice. Mi hijo, además, sabe muy bien que yo odio muchísimo a los hospitales.

Tres han sido las cosas por las que siempre he sentido asco, y una cuarta que nunca me gustó: los hospitales, los dormilones, las gentes y la casa. Los hospitales me hacían sentirme mal. E incluso aquella vez, cuando estuve obligado a tirarme en una cama de hospital, lo hice por mi nieto, aquel año en que arranqué mi riñón y se lo doné a él, después de la caída que sufrió desde la antena. Eran otros tiempos aquellos, cuando únicamente yo y la antena traíamos a casa lo que se podía conseguir del extranjero. Es verdad que era poco lo que se podía comprar con los honorarios diarios que eran de medio dólar para un marinero, y hasta con eso yo hacía lo imposible para contentar a todos. Yo les traía lo que la gente soñaba, lo que los dejaba sin dormir. La mayor parte de las cosas compradas eran de Europa Oriental, ya que los asuntos andaban mejor con aquella parte del mundo, pues para comprar en el Occidente se debía mantener obligatoriamente una dieta de hambre: para comprarme un par de gafas de sol debía ahorrar los honorarios de tres meses, para ropa de playa y no hablar para comprar alguna grabadora con la que se enorgullecía mi hijo en la playa, mientras todas las ropas que yo usaba no valían más que un dólar, incluido la corbata estrecha, con una cabecita como de cobra amarrada. Él había olvidado todo eso. Se olvidó de que fui el en traer un plátano de Cuba. Dábamos vueltas durante tres largos meses alrededor de África, porque el canal no estaba abierto para nosotros. Traíamos azúcar rojo, cruda, sin envasar, para el gobierno, y corales blancos como cerebros y caracoles de los mares cálidos para las casas. Cómo aguantaron aquellos plátanos durante 45 días, sin ennegrecerse ni pudrirse, hasta que llegáramos a la casa, nadie lo puede explicar, a no ser Dios, me acuerdo mientras vuelven a mi mente el cuidado y el esmero que ponía yo para envolver con plástico y espuma de mar, en el interior del frigorífico, aquellas frutas largas, verdes, y que llegaron amarillas y bien maduras a mi casa. Pero es mejor no inmiscuirse en estos asuntos de Dios, digo mudamente, y otra vez recuerdo que fui yo mismo quien traje la primera botella de Coca Cola: al terminarla, después de 20 días sirviendo a los familiares más cercanos con copitas de licor, la colocamos en la estantería. Incluso ahora recuerdo muy bien, después de tantos años, que entonces los vecinos uno tras el otro nos hicieron visitas de felicitación, trayendo dulces, excepto el vecino de enfrente a quien, guardaba bien el secreto, le habíamos ofrecido cuatro copitas. Algunos traían la esperanza de que a lo mejor saborearían de este extraordinario líquido. Otros, se contentaban solamente mirando la botella plástica que estaba como un monumento alto entre las porcelanas y cristalerías chinas, de las cuales teníamos ya gran cantidad en nuestras estanterías. Pero el colmo fue cuando yo traje el primer ojo mágico desde Ancona, Italia. Los más apasionados para ayudar a clavarlo en la puerta fueron mis vecinos quienes se arrimaron con todos los medios necesarios de instalación. Decenas de extremidades humanas trataban de instalarlo cuanto antes en esta puerta que nos separaba. Decenas de dedos se esforzaron hasta que instalaron el pequeño ojo en el cuerpo de madera precisamente allí donde se encontraba un nudo de pino. Luego llenaron todas las fisuras con polvo de cola y dijeron que volverían el día siguiente para pintarla. Recuerdo muy bien que yo no toqué nada, era como un extraño en mi propia casa, pero basto una sola palabra mía: " vamos a ver qué hemos sacado a la luz", y todos, sin excepción, se empujaban para ver como se veía uno desde el otro lado. El primero que puso su propio ojo sobre el ojo mágico fue el vecino de enfrente y, como si hubiera visto el rostro del propio diablo, repentinamente, retiró su ojo de allí, con una expresión de horror en la cara. Frotó sus ojos, movió con fuerza su cabeza y murmuró tan despacio como si su mandíbula pesara una tonelada: "Mi casa... El Pasillo... La geeente... ¿Por qué se alejó tanto mi casa? Y ustedes, ¿porque se alejaron y son tan pequeñitos?", añadió después indicando con el dedo a los demás que estaban en cola para ver y que ya se alejaban asustados. Luego, temblando, se dirigió hacia su casa, dando golpes a los muros, y se cayó. Los demás se horrorizaron y echaron a escapar por donde pudieron, tirando todo lo que llevaban y dejando atrás una huella de polvo amarillo que los seguía como si fuera pólvora. "¡Magia negra! ¡Magia!", gritaban. El día siguiente, desde bien temprano en la mañana, llamó a la puerta un representante de la seguridad, el jefe del barrio y presidente del Frente Democrático. Después de haber conversado conmigo aparte, después de expresar todo lo que debían decirme en cuanto a la moral y el mal ejemplo que yo había dado a los demás con este falso ojo instalado en la puerta, "sin haber pedido permiso en ninguna parte y sin tener consentimiento de nadie", dijo el hombre de la seguridad, y comentó del contrabando realizado por los marineros, mientras el presidente del Frente Democrático del barrio añadió "la instigación de creencias ocultas en la ciudad". Después me recordaron que yo formaba parte de la gente selecta en la que el gobierno tenía confianza para sacarla al extranjero. Al final decidieron cerrar un ojo, pero tomando como medida de punición el desmonte del ojo mágico. Yo acepté sin decir palabra alguna. Ellos, mientras tanto, llamaron al carpintero, que hasta este momento estaba esperando abajo, en la escalera, y él empezó a arrancar el ojo mágico usando los mismos instrumentos y de la misma puerta donde hacía poquísimo tiempo lo habíamos instalado con muchísima dificultad. El carpintero trato de desmontar el ojo mágico sin estropearlo y logro sacarlo enterito, solamente que en una partecita estaba manchado de cola para pegar. El hombre potente de la seguridad barrial pidió un pedazo de papel. Lo envolvió cuidadosamente como si fuera un ojo de ser humano y lo metió en el bolsillo de adentro de su uniforme. "La llevamos como prueba material", me dijo. "Y tapen bien el hueco, porque pueden pescar algún resfriado", añadió luego y empezó a bajar lentamente la escalera. En aquel entonces quise creer que aquel ojo mágico había servido como pretexto para despedirme de la marina, pero más tarde resultó que aquello era un deseo mío, oculto, de dejar aquel trabajo que más me servía para enemistarme con la gente por una causa simple: a pesar de todo mi deseo, yo no podía hacer favores a todos. Y no olvidar que, si no estuviera en juego el coñac que intercambiábamos por otras cosas en los países fríos (ya que el cambio de gallos de oro empezó más tarde, cuando ya había abandonado el buque), ni yo ni los demás, que eran mucho más duchos que yo, no habríamos podido traer nada de aquella riqueza que nos rodeaba, que veíamos y no podíamos tocarla, como si fuera cosa de maldición. "Lográbamos hacer intercambio de divisas para la familia", reiría más tarde mi nieto refiriéndose a esos años en que mi pellejo, tostado por la sal del mar, valía bastante. El reía a carcajadas cuando me puso de apodo "La antena": "¡Arribó la antena! ¡Se ha estropeado la antena!", gritaba en cualquier parte cuando yo regresaba de mis largos viajes marítimos o cuando me levantaba y me sentía algo mal. De esta manera bromeaba, pero no fue su padre el que le donó el riñón, ya que mi hijo no tiene el mismo grupo de sangre de su hijo. Fui yo quien se lo doné. Mi sangre vale para todos, es de grupo cero. Total, ¿qué perdería yo dando un riñón a mi nieto? Era verdad, sería un riñón algo viejo, pero ahora ya estamos uno dentro del otro, ambos tenemos un solo riñón, bebemos menos, orinamos más a menudo, y cuando empieza a lloviznar, comunicamos y nos entendemos "por intermedio de la orina", como dice y se burla cada vez que empeora el tiempo sobre el Adriático y el siroco se acompaña de lluvia, como hoy. Sin embargo, esto no quiere decir que debo ingresar al hospital o que me deben amarrar. Mi hijo debía saberlo bien por su propio hijo, quien con mi medio riñón hace de todo, hace el amor y no como yo, que recuerdo mi otro riñón solamente útil para botar agua en un hueco y sacar espuma, digo yo.

- ¡Fuera!, ¡Fuera, pues! - jadea mi hijo y yo, recogido como un puño ya, diviso cada día mejor la pared con que voy a chocar. Pero tú podías soportar un poco más, le digo, mudamente, para que no se aterrorice como le sucedía cuando tenía malos sueños o cuando tronaba.

Ya lo sé, poco a poquito, estoy despidiéndome de esta vida y se está aproximando la hora en que no te soporta más la tierra, ni la sepultura. A lo mejor por esto quieren que yo me vaya, por el momento al hospital, digo yo. Por esto mismo se apresuran, "porque así ya nos hemos atrasado", dijo mi hijo, tirándome a la cara la puerta de mi habitación.

Aún quedan abiertas dos puertas: la puerta del cuarto donde dormía mi hijo con su esposa y la del cuarto de huéspedes. Mi hijo había cerrado solamente la puerta de mi cuarto. ¡Quién sabe, quizás le cantarán al oído los pajarillos y cambie! A lo mejor cambia de parecer, quiero creer. Pero la esposa de mi hijo cerró bruscamente la puerta de su cuarto, siempre con fuerza.

- ¡Nos hicimos el hazmerreír del mundo! - dijo.

Después de ella, gritó mi hijo: "¡En un manicomio, en un hospital!". Por lo tanto, consideré que era mejor cerrar yo mismo la puerta del cuarto de los huéspedes.

Los tres nos quedamos en el medio del pasillo, como mástiles de velero metidos en la arena, me vuelve a la mente. Mi hijo no se movió. Ni su mujer. La puerta del exterior era la única puerta abierta y el que debía moverse era yo. Mi hijo me miró a los ojos y yo bajé la mirada y me fijé en sus pies. Estaba como petrificado, con un pie en una loza blanca y otro en una negra. Lo que faltaba, digo. Recuerdo, ¡como no! Habíamos cambiado el piso del pasillo con la cerámica que tanto le gustaba a la pobrecilla, a mi señora mujer que en aquello enloqueció, como todos en la época de los rusos, después de la ilusión de tener un suelo nuevo con cuadrados negros, un estilo agudo y de estrechez. Yo recién había regresado de Rusia y aquello me gustó muchísimo. Había visto aquellas cerámicas también en el Bolshoi Teatro, pero allá eran de mármol, mientras que estos eran de granito. Mi hijo no lo sabía. ¡Y no tenía como saberlo! El había nacido después y ya había encontrado la casa toda arreglada. Quizás dé otro paso y salga del cuadro negro, digo con una creencia de buena suerte en el espíritu. Pero mi hijo apartó sus ojos de mi cabeza baja, contrajo sus labios, dejó caer sus brazos, suspiró y:

Los tres nos quedamos en el medio del pasillo, como mástiles de velero metidos en la arena, me vuelve a la mente. Mi hijo no se movió. Ni su mujer. La puerta del exterior era la única puerta abierta y el que debía moverse era yo. Mi hijo me miró a los ojos y yo bajé la mirada y me fijé en sus pies. Estaba como petrificado, con un pie en una loza blanca y otro en una negra. Lo que faltaba, digo. Recuerdo, ¡como no! Habíamos cambiado el piso del pasillo con la cerámica que tanto le gustaba a la pobrecilla, a mi señora mujer que en aquello enloqueció, como todos en la época de los rusos, después de la ilusión de tener un suelo nuevo con cuadrados negros, un estilo agudo y de estrechez. Yo recién había regresado de Rusia y aquello me gustó muchísimo. Había visto aquellas cerámicas también en el Bolshoi Teatro, pero allá eran de mármol, mientras que estos eran de granito. Mi hijo no lo sabía. ¡Y no tenía como saberlo! El había nacido después y ya había encontrado la casa toda arreglada. Quizás dé otro paso y salga del cuadro negro, digo con una creencia de buena suerte en el espíritu. Pero mi hijo apartó sus ojos de mi cabeza baja, contrajo sus labios, dejó caer sus brazos, suspiró y:

Cerré los ojos y empecé a murmurar para mí mismo. Mi hijo no sabe y no escucha mi suplicio, que reproduzco en mi mente:

"Padre mío que no estás ¡Que no se olvide tu nombre! Te pido por el tabaco y el aguardiente que aún dejo sobre la loza de tu sepultura, haz que mi hijo y su nieto cambien un poco de lugar, que pase a la cerámica blanca y se termine esta historia". No sé por qué mentalmente tenía la esperanza de que si se pasaba al cuadrado blanco mi hijo cambiaría y me diría: "Te has cansado, viejo, ¡estas helado! ¡No bromeas! ¡Venga, ahora, vuelve a casa!". Pero mi hijo mueve la cabeza.

Y dice, iracundo:

"Verdaderamente, debemos amarrarte".

Ya todo había terminado y no había razón para esperar hasta que mi hijo metiera los dos pies en el cuadrado negro. Mi hijo está bien decidido, digo. "Pero podrías haber recapacitado, hijo mío", añado y trato de partir hacia la puerta abierta. Al fin y al cabo, él no había hecho promesa alguna de que viviríamos siempre juntos y nunca había mencionado que no me arrojaría de la casa. Quién sabe, pero quizás querrán saquearme algún metro de mis tripas, querrán algún otro órgano, como en aquel entonces, para mi nieto, digo, y mientras tanto pienso con asco en el hospital. ¿Les habrá dicho mi hijo que yo soy de esas personas que nunca han abusado de su cuerpo?, porque de verdad muy rara vez he tomado alcohol, casi no he fumado, no fui comilón, no pensaba mucho en el dinero, ni me mataba trabajando, ni tampoco estaba obstinado por la oficina y las mujeres. No. Yo me llevaba bien con el ser humano y con Dios. He hecho de todo, pero dentro de lo razonable, "ya que todo exceso es de más", recuerdo las palabras de un monje de una pequeña iglesia de mi barrio, Gjoni, en el confesionario, cuando le confesé con vergüenza, cubriendo los labios con los dedos para que no me reconociera la voz, que había contraído sífilis por culpa de una puta de Rotterdam.

Pero el sacerdote no entendía de estas cosas. Y esta trampa me la urdió mi hijo. El siempre urdía estas cosas. Lo mismo había hecho también en aquel entonces cuando, para estar tranquilo gozando secretamente con su amante caliente, se presentó al Liceo para inscribir mi nombre como asistente a las clases de 90 minutos, modelos veteranos de trabajo. Tampoco en aquel entonces supe nada de nada de adónde me llevaba mi hijo.

Igual que ahora, pienso, porque los hijos son para sus padres viejos como el viento para los barquitos de vela. ¡Quizás se le ha antojado inscribirme como donador de sangre o como voluntario de la Cruz Roja! Y por si acaso hubiera hecho esto también, me dije, no se lo iba a permitir, se lo iba a cagar una vez y para siempre y que se vayan al diablo todas las chiquilladas de bonachones y de hijos arrepentidos. ¡Ya se fueron aquellos tiempos!, me digo. Ahora ya no tengo edad para ciertas cosas. No quiero dar ni donar nada a nadie. Al contrario, quiero retirarme de todo. Y tanto menos quiero barajar o cambiar mi sangre de grupo cero por la sangre de cualquiera que se rompe la cabeza, pasando por la calle borracho los sábados por la noche o gozando en los rincones. Esto no me gusta y nunca lo permitiré.

- ¡Ya pasaron aquellos tiempos! - grité -. ¡Para siempre!

- ¿Dijiste algo? -preguntó mi hijo.

- No - me mordí la lengua, sin darme cuenta de que había pensado en voz alta.

A lo mejor me está despidiendo de casa, porque, desde que se había ido a la emigración mi nieto, ellos están sufriendo y el cinturón de la pobreza ha llegado al último huequillo, tanto que hasta los domingos cocina y parten patas de vacas, me imagino. Yo ya estaba acostumbrado a la cuota siete de la inmersión y no lo hice marchar por los caminos del mundo así, como había hecho con su hijo. Para unas pesetas en un saco vacío, digo. Pues cuando nació mi hijo eran los últimos días de escasez de pan, estaban por cerrar las tiendas de intercambio de mercancías y en las libretas de los dependientes se escribían solamente los nombres de los imbéciles. Nuevamente volvimos a fumar buen tabaco, chocolates, pan fino y cosas de mujeres. Desaparecieron las tarjetas de racionamiento y mi hijo no conoció restricción alguna. Parece que Dios guardó para ahora los huesos y patas de bueyes, digo, y en mi corazón siento como una cuchillada, porque nadie sabe cuando le tocara pasarla negra, cuando joven o cuando ya anciano.

- ¿Y la pensión? -dije, mientras saqué del bolsillo el cucharón de zapatos que los marineros llevan encima, y me agaché.

- No seas ridículo - habló mi hijo. -No hace falta arrodillarse.

Me interpretaste mal al agacharme para calzar sobre los zapatos las botas de agua, digo.

- La pensión. ¡Aunque poca cosa...!

- No la necesitarás - me respondió - pero, sea como sea, te la mandaré. ¿Cuándo es la fecha?

- El veinticuatro de cada mes -, y metí el cucharón de zapatos en el bolsillo.

Yo no sé qué murmuró mientras le decía que podía usar mi dinero si algún día lo necesitaba, incluso el nieto podía abrir una cuenta bancaria de ahorro a mi nombre, pero de todas formas a mí me gustaría que me las guardara, aunque es una suma que no alcanza ni para cigarrillos, digo. Escuche que me dijo que ahora no hay cuentas de ahorro.

- Se llaman depósitos bancarios, tarjeta de crédito, cuenta común, - dijo - pero dale ahora, que no tenemos tiempo para esas cosillas.

- La última gota derrama el vaso -le repliqué, vistiéndome el sobretodo, ayudado por su esposa, y no sé por qué esta vestimenta me pareció como la funda donde colocamos a los muertos antes de tirarlos al mar.

- ¿Tienes alguna otra preocupación? - me dijo ella.

- La tumba de mi padre -le dije, y me puse en marcha.- Vete los domingos y enciende un cigarrillo "DS" y una botellita de aguardiente, de otra manera su fantasma me perseguirá.

La vi cómo torció su hocico, pero no dijo nada.

- Y a mi hermana, ¿le avisaron? - pregunté, acordándome de la única pobrecita que está en Leskovik.

- No había tiempo -replicó mi hijo -. Debíamos partir cuanto antes, sino...

Perdimos, digo. En ese momento pude preguntar: "¿Qué perdemos? ¿Qué?". Pero me callé la boca, como siempre he hecho cuando debo preguntar.

- Tú no sabes lo que hemos sufrido para llegar hasta este día - añadió luego él, abrochando con fuerza el zipper de la cazadora.

- Ya lo sé, ya lo sé - respondí.

- ¡Salimos! - dijo él.

¡No se muevan! No den ni un paso más, suplicaba a mis pies aunque sabía que mi enemigo más grande se escondía dentro de mí, es mi propia persona quien me traiciona en estas ocasiones. Mi hijo refunfuñó y echó una mirada a la puerta. Afuera soplaba. El invierno no quería despedirse sin invierno. Incluso, se esperaba que los últimos días de marzo descargaran sobre la tierra la última helada. No valía la pena continuar. Todo había terminado. Nos marchamos, digo, soltando los pies. Pero me sorprendo pensando cómo puedo irme de esta manera a otro viaje, cuando ya se han terminado hace tiempo mis viajes y ahora me toca estar sentado y descansar en algún rincón cálido donde no te dé el viento, cercado de nietos y nietas y de amistades.

No sé cómo ocurrió, pero cuando mi hijo dijo primero que debíamos partir, la mente voló hacia las fiestas de los viejos marineros de la ciudad que estaban por celebrarse en aquellos días. Se habían presentado una noche bien tarde y, mientras tragaban el amargo negro café de marineros, me solicitaron una foto, "donde seas joven", dijeron. "Sería bueno solicitarle al Comando el submarino que enloqueció a todo el Mediterráneo cuando rompimos con los rusos. Sacarlo a flote y convertirlo en museo. Le colgamos en su cuello dos bonitas anclas, como una novia de Ishmi", les dije. "Sería bueno que estuvieras vestido de marinero", insistieron ellos, dejando las tacitas de café y, como si no hubieran escuchado nada del submarino, cuando estaban por salir, me recordaron uno de mis dichos, "como en los viejos tiempos", añadieron, "en pleno mar". No les dije nada más, pero el asunto del viaje no me hizo ilusión alguna. Si se tratara de una zambullida en la profundidad, podría ser, pero ellos hablaron de una navegación y hacía tiempo que yo no tenía ganas para eso, desde cuando debí descubrir los secretos del mar de Sebastopolos. Sin embargo, y en todas las maneras posibles, de aquella navegación me acordé cuando mi hijo dijo que partiríamos y cuando su señora esposa me tiró en los brazos un bulto de ropas listas para el viaje. No había estado escrito así. Mi hijo había dicho: "¡Ahora mismo¡, ¡Lárgate de mi casa¡, ¡Fuera!". Una cosa era el buque y otra el hospital que menciona mi hijo, que no sabe nada de nada: un buque no tiene que ver con un hospital. Un cementerio, si puede ser, digo, pero sin voz. Yo, que me había sumergido miles de veces en sitios y abismos marítimos cubiertos por la sal y la potencia de las olas que envolvían cualquier objeto ahogado, sabía bien de estas cosas. Incluso, había sacado hasta muertos del mar. Pero solamente los barcos hundidos dan toda la sensación del dolor que te causa el hundimiento, pues allá todo está undido bajo el mar, debajo de aquel mar que todos, todos, salvo yo, admiran desde afuera, en su superficie, mientras yo, y algún otro como yo, queremos el mar solamente por dentro, precisamente allí, donde todo, desde los animales vivos hasta los sin vida, están ahogados. Sólo que algunos están ahogados y viven y otros ya sin vida. Me acuerdo de mí mismo, de la flora y de los peces. Incluso yo, aunque respiraba, aunque me movía, aunque miraba y escuchaba, aunque trabajaba y salvaba vidas humanas, allá en la profundidad mi ser me parecía tan ahogado como la propia escafandra que envolvía algo del aire de mi respiración en la profundidad del mar y la demarcación del agua me parecía como el último límite. Sentía pena, pero era la única cosa que me había inculcado en la mente mi maestría de boca cerrada y de buceo. Recuerdo que me he sumergido hasta 40 metros de profundidad, he caminado con zapatos de plomo sobre la superficie del mar con la sensación de que me hallaba en un nuevo planeta, en otra vida. Y cada vez que me sumergía, paraba por un momento y no respiraba, para saludar con los ojos a todos aquellos que dejaba sobre el agua. Pero sobre todo, me parecía que me quedaba así, inmóvil, para decidir qué vida debería elegir definitivamente: la de arriba o la de abajo. Y en aquellos momentos me acordaba de mi hijo, de éste que hoy me está sepultando vivo diciendo con su boca, ojos, oídos, labios y con nariz, con pies y manos: "márchate de mi casa, fuera" y que está parado como un pobre diablo sobre los cuadros negros de cerámica, sin saber que yo siempre elegí el regreso, la vida de arriba, y volvía a la calle de donde había partido y solamente por su causa aceptaba volver a ser nuevamente peatón y no ser lo que soñaba: ser de agua en todo.

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León de la Hoz

Otro lunes Conversa

Con José Lorenzo Fuentes

El hombre tranquilo

No hay última vez

Cuento inédito de J. L. Fuentes

Punto de mira

Exilio: ¿ruptura o continuidad?

Antonio Álvarez Gil

Armando de Armas

Joel Franz Rosell

Odette Alonso Yodú

Ricardo Ortega Nápoles

Cuarto de visita

"La humanidad tiene un contrato de fe"

Entrevista al escritor albanés Arian Leka

Amir Valle

La serpiente de la casa

Fragmento de novela de Arian Leka

Unos escriben

Guillermo Vidal

Otros miran

Damaris Betancourt

En la misma orilla

Omisiones, olvidos

Félix Luis Viera

Conjuro para fundir la nieve...

Katherine E. González

¿Seremos famosos Pepe?

Francis Sánchez e Ileana Álvarez

Escrito sobre el hielo

Alberto Rodríguez Tosca

Introducción de Juan Manuel Roca

Poemas

Libre-mente

Cuba: la escritura carcelaria

Rafael E. Saumell

Recycle

Los impedimentos de la literatura

George Orwell

De lunes a lunes

Carta abierta de Enmanuel Tornés

Carta de Santo Domingo

Librario

Pallá y Pacá

Mario G. de Mendoza

Fantasía roja

Iván de la Nuez

Todos los buitres y el tigre

José Luis Arzola

Palabras de mujer

Olga Connor

Otro lunes. Revista Digital. Tlf: +34 686 111 523. info@otrolunes.com
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