Otro lunes. Revista Hispanoamericana de Cultura. Mayo 2007. Antilde;o uno. Número uno

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Datos de la revista, mayo 2007, año 1, número 01
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¿Seremos famosos Pepe?

Francis Sánchez e Ileana Álvarez

Ser “de provincia” es una de las formas de “ser invisible” que más atemoriza a la mayoría de los escritores cubanos de los últimos tiempos. Los complejos que trae aparejada esta malformación congénita hemos podido comprobarlos, compartirlos incluso, en no pocos de esos numerosos y sistemáticos eventos que convierten a nuestra isla en un cuartico con barbacoa donde nadie podría instalarse sin pasar desapercibido, donde la familia de la literatura vive siempre reunida, cara a cara, y es una vanidad inútil pretender que los otros no lo vean a uno haciendo necesidades tan íntimas como sobrellevar la muerte cotidiana y extraliteraria, la soledad o la ineditez, tratando de destrabar la novela o el primer libro de ensayos que no acaba de salir. Quienes vivimos así, agregados, repartidos por los rinconcitos de la barbacoa, “en provincia”, contenemos nuestras necesidades humanas con un tipo de pudor que no ayuda precisamente a disminuir la angustia, es una incomodidad casi inconfesable ante nuestros hermanos de la primera planta, los arrendatarios del cuarto: el sentimiento de culpa. “Todo lo demás es paisaje”: frase popular en Cuba para trazar la geografía de la capital del país. ¿Qué pasó, que faltó, o nos falta, que no dimos el salto para salir de la pintura del paisaje a la vida real? ¿Vamos a conformarnos toda la vida con ser “figuras en el lienzo”?

Los hermanos que viven y trabajan con la bolsa de la bahía habanera al alcance de la mano —¡tantos que nacieron manigua adentro!— pueden respirar, sofocarse y hasta ahogarse sin dejar de sentir sus pies bien puestos en la tierra —quiero decir, en el cemento. Los envidiamos, tan desinhibidos: pueden ser localistas, armar partidos literarios y hasta hacer campaña, quejarse de las injusticias de la vida y de las estructuras de la burocracia o del Estado, chismear, hacer y deshacer a su libre antojo, dentro y fuera de las páginas impresas, sin caer en folklore ni en provincianismo. Esa credulidad al menos es la que está en el ambiente. La narrativa cubana en los últimos años, por una lógica no de nuestra realidad común sino de una voluntad profunda, es esencialmente urbana. A los ojos de cualquier personaje o “paseante cándido” siempre parecerá “el reino”, “La Habana elegante” el más rico y seguro de los itinerarios. Tomada La Habana como referencia, el escritor se siente libre de perderse en cualquier crónica ligera de su tiempo y sus contertulios. Ah, ¡pero qué retos se amontonan en la barbacoa donde escribimos la población flotante! Primero, el dilema mismo es vergonzoso, no parece digno de un escritor serio, porque los escritores de verdad sólo escriben y ya. Y aunque de vez en cuando, como Alberto Guerra, se dediquen a cuestionar la maraña del Sistema de Premios instituido nacionalmente y cómo afecta la psiquis —¡Ah, premios, lotería, esperanza del “escretor” de pueblo chiquito—, nunca dejarán espacio para el virus oportunista de la lástima por fatalismos más anquilosados. Sin embargo, casi imposible es un autor nuevo sin una geografía nueva —lugares, personajes, dialectos—, la tiene o la inventa, pero desde la llanura de La Mancha, Macondo, Yoknapatawpha, cada carta de presentación lleva implícito el apoderamiento de un territorio. ¿Qué / cómo escribimos en Cuba los escritores “de provincia”? ¿Qué / cómo hacemos para saltar de verdad?

Viene ahora a nuestra memoria aquel encuentro en un Festival de Invierno organizado por el Instituto Cubano del Libro, a principio de los años noventa. Habíamos viajado un montón de jóvenes e inéditos desde todas las provincias. Tomamos literas en la Casa de Visita de Quinta Avenida, a pocos metros del hotel Comodoro. Allí estaba Manuel Sosa, el espirituano que había conquistado hacía poco el premio David con versos que parecían traducidos del rock irlandés, él era un modelo para todos nosotros. Sin embargo, cuál no sería nuestra hilaridad cuando, al momento de intercambiar identidades, en una lectura colectiva preparada en la Casa del Joven Creador, a orillas del puerto, le tocó el turno a Manuel y el moderador, especialista literario de la institución anfitriona, solemne, titubeó, sólo alcanzó a ensayar: “Premio David o algo así...” Yamil y el resto de la tropa villaclareña tomaron foto del suceso en una décima que desde entonces no ha dejado de hacernos cosquillas. Sosa, puesto en guardia, ya anduvo el resto del tiempo a caballo entre la irritación y el jolgorio —poco después sabríamos que se había metido en una manigua a hacer hornos de carbón para sobrevivir, y años más tarde que se mudó a Estados Unidos, a Georgia o algo así: podía seguir siendo un modelo, sí, él ilustraba a la perfección esos trillos que a veces cruzan “las utopías del reino” hacia adentro y afuera. Los integrantes de la comitiva de Ciego de Ávila en aquel Festival, que se completaba con José Rolando Rivero y Jorge Luis Arzola (faltaba mucho para que este obtuviese el premio Alejo Carpentier y ganase una beca en Berlín), también allí mismo sentimos cierta nostalgia por nuestras vidas abocadas a una difícil aventura generacional, como si ya estuviéramos viéndonos pasar, y planeamos hacer un retrato de grupo a nuestra manera, escribiríamos una novela que contaría las peripecias de un puñado de escritores “guajiros” en La Habana en medio del Periodo Especial. Para empezar sólo teníamos un personaje que nos serviría de pivote para que cada cual libremente pudiera hacer su capítulo por separado, el poeta y amigo José Pérez Olivares —por cierto, nativo de Santiago de Cuba—, y otra cosa importante, que es lo único que conservamos aún de aquella novela, el título: “¿Seremos famosos, Pepe?” Otra intención que teníamos, quizás un poco menos compartible, aunque implícita y no menos poderosa, era que los poetas nos ayudáramos entre sí a nacer como narradores, porque estaba visto y comprobado que la poesía no daba dinero, y el colmo era que fuéramos poetas, viviéramos en provincia y quisiéramos además ser ricos y famosos.

Ha pasado el tiempo, y en la isla han pasado muchas cosas, también en nuestras vidas. Cada provincia ha puesto en ejecución disímiles estrategias para superar la Muralla de La Habana cuando no desarrollar un “comercio de rescate” paralelo con otras culturas, así tenemos eventos internacionales, concursos e instituciones a lo largo del país. Incluso centralmente el estado ha adoptado medidas, de esta forma fue que surgió en el 2000 un sistema de editoriales regionales que abarca Cuba de punta a punta.

La herencia urbana y social de Ciego de Ávila no conserva raíces muy profundas en el tiempo. La ciudad del mismo nombre sólo era en sus orígenes un lugar de paso, grupo de fondas alzadas a mitad de camino entre las villas de Sancti Spíritus y Camagüey, y se desarrolló con la intermitencia de la vida errante. Eva Canel, reportera estadounidense, en su Álbum de La Trocha (1898), dejó una exclamación que aún nos pellizca para que abramos más los ojos: “Ciego de Ávila, un pueblo en el que poco hay que ver”. Dentro del período Republicano esta situación empezó a cambiar, la comarca pasó a convertirse en una rica zona comercial, proliferaron los pequeños negocios y aparecieron múltiples revistas y periódicos. La revista Síntesis, que circuló en los años 40, reunió entre sus páginas a lo mejor de la intelectualidad lugareña, y en el editorial de su primer número dejó testimonio de que la circunstancialidad de los escritores “del interior” era desde entonces un combustible utilizado para emprender largas distancias: «Morón y Ciego de Ávila se estrechan las manos sellando un pacto cultural. Los dos pueblos, hermanos, hijos de la heroica Trocha, hablarán a través de las páginas de Síntesis, que será portavoz de nobles ideas. Los escritores de “tierra adentro” tienen en esta revista su campo de experimentación y tantos valores saldrán de su gran silencio con esta oportunidad». Esas comillas originales del texto citado, ese llamamiento orgulloso a tomar conciencia sobre la pertenencia a un espacio no citadino, no es casual. Antes, los escritores de Síntesis se habían sumado a la tarea de crear la Asociación Nacional de Intelectuales de Tierra Adentro, para lo que se había convocado al que sería su Congreso fundador, que se celebraría en septiembre de 1939 en Santa Clara. Pero no por mucho madrugar la suerte del pobre se había vuelto menos negra: el líder de este movimiento, José Cabrera Díaz —grupo Proa, del central Merceditas en Matanzas— murió en un accidente, cuando trabajaba en la organización del evento, y hasta ahí llegó el planeado Congreso.

La reflexión sobre la circunstancia de vivir en provincia, en un ambiente más rural, el interés de apoderarse de sus circunstancias específicas y graduarlas a niveles literarios, ha continuado desarrollándose desde aquellos días hasta hoy con un carácter cada vez más complejo. Reynaldo González, Raúl Cuis, Roberto Manzano, Amado del Pino, Ibrahím Doblado, Arzola y el propio Félix, por sólo citar algunos nombres, han sido puntales en este proceso de autosuperación. Desde La Habana volvió un día Reynaldo al municipio Venezuela, a convivir con sus vecinos, negros haitianos, gente humilde en general, para escribir su testimonio La fiesta de los tiburones. La novela El cazador (Ed. Letras Cubanas, 1986. Premio de la Crítica), única incursión en este género de Raúl Luis, más conocido como poeta y director por mucho tiempo de la Redacción de Poesía de Letras Cubanas, es el simulacro de una recopilación testimonial sobre un grupo literario que existiese en un pueblo perdido en el interior del país. El poeta Roberto Manzano quizás debió abrir eficiente brecha en los años del Período Gris que sufrió la literatura nacional, con su libro Canto a la sabana, si aquellas mismas grisuras no hubieran mantenido inédito su texto durante décadas, hasta 1996. El poema que da título al libro había ganado Encuentro Nacional de Talleres Literarios (1975), y por entonces la resonancia de cierto lirismo distinto, anclado en la naturaleza, dio pie a una palabrita que aún de vez en cuando resuena en algunos críticos con tono ambiguo entre curioso y despectivo: «tojosismo». Dentro de igual corriente de absorción del espacio vital, el narrador Ibrahim Doblado ha creado una saga en torno a la naturaleza y la historia de la Isla de Turiguanó y el resto de la cayería al norte de la provincia. Entre sus libros más notables, dedicados a jóvenes, que elevan a mito esta geografía real a través de exploraciones espirituales donde está siempre presente la curiosa religiosidad de su autor, se encuentran: Relatos de Turiguanó (Premio La Edad de Oro, 1983) y Sueña, Miguelito, sueña (Premio de la crítica “La Rosa Blanca”, 2001). Ibrahím ya venía recreando esa geografía cuando vivía en una choza casi techo en los suburbios de la ciudad de Ciego y si caía un aguacero tenía que escoger entre mojarse él o dejar que padecieran sus papeles, hoy se ha mudado al corazón de sus historias, vive en un moderno apartamento en la propia Isla de Turiguanó.

La literatura escrita después del triunfo de la revolución contó siempre con firmas provenientes de esta provincia que permutaban su residencia en paralelismo con su llegada a los círculos más relevantes de La Habana, como Raúl Doblado y Enrique Sosa (fallecidos en la capital, el primero muy prematuramente), y Raúl Rivero y Manuel Vázquez Portal (hoy rodeados de escasa o casi nula repercusión hacia el interior del país, debido a su activismo político). Sin embargo, sólo en la década de los noventa puede ubicarse la existencia de un grupo de escritores que hayan alcanzado solidez sin abandonar este terruño, y no sólo narradores, también poetas y ensayistas. En el caso que nos ocupa, la narrativa, el libro de cuentos La bandada infinita de Jorge Luis Arzola es el mejor ejemplo de todo lo apuntado hasta aquí. La obra le valió al guajiro del pueblecito de Sanguily —lugar citable hasta entonces sólo por sus grandes campos de plátano burro— el premio Alejo Carpentier el primer año en que se convocó. Los personajes del Almiquí —por el nombre de este roedor endémico y casi extinto es que llamábamos al amigo antes de agenciarse los dólares del codiciado galardón—, y los conflictos y los lugares en que se mueven, están permeados de la vida agreste. Su estrategia se sitúa en un plano equidistante entre el realismo y la evasión, eleva esos elementos rurales a nociones metafísicas, sus historias son ante todo metáforas de la condición humana. Otros narradores jóvenes siguen surgiendo y dando testimonios particulares de las formas diversas en que se adecuan y resisten a sus circunstancias. Otilio Carvajal autor de dos novelas para jóvenes publicadas —El libro del Holandés y Ponme la mano aquí—, parece continuar con las andanzas de un problemático adolescente en el pueblo de Chambas, pueblo al pie una montaña y un río, donde el mismo Otilio nació. Vasyli Mendoza ha publicado novelas y libros de cuentos—Las formas del fuego, La arena que nos vistió—, y para asombro del gremio en el país Herbert Toranzo, joven y desconocido, casi junto con la publicación de su primer tomo de relatos —La torre de Donovan— ha ganado el premio La gaceta y mantiene una carrera en ascenso.

Dicen algunos científicos que cien mil años por delante Shakespeare no existirá. Nuestra mente se contrae ante esas generalizaciones insoportables. Muchos años después de aquel evento en La Habana en que nos hicimos amigos de Manuel Sosa y comprendimos mejor la sutil compenetración que existe entre ser invisibles y ganar un premio “o algo así”, aún miramos los trenes y “autos pasar hacia occidente” y sentimos un poco de remordimiento por no haber sido capaces de cumplir alguna de las muchas locuras que nos atrevimos a imaginar. Luego, con Sosa de visita en Ciego, habíamos seguido jugando a los pactos, y lo inmiscuimos a él en otro juramento que se las traía: el primer día del siglo XXI todos nos reuniríamos bajo la torre Eiffel o estaríamos muertos. Ya ven, aprendimos a seguir escribiendo desde la vida. De vez en cuando Sosa nos manda un correo electrónico que firma campechanamente Manolo. Y a veces, sólo a veces, regresa la convicción de que era un buen título o sino al menos una buena pregunta aquella que nos hicimos tirándole bolitas de papel al agua pastosa de la bahía de La Habana: ¿Seremos famosos, Pepe?

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"José Martí"

Damaris Betancourt. 2005

Sumario

Este Lunes

Política y religión en Cuba en los siglos XIX y XX

Leonel A. de la Cuesta

Discurso en defensa de Pavón

Pío E. Serrano

Notas (para una conversación) sobre la diáspora cubana

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Desventuras de la "conciencia crítica" en la Cuba del "sí"

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La Rebelión de los Enfermos

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Gastón Baquero, conciliador y discrepante

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Con José Lorenzo Fuentes

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Exilio: ¿ruptura o continuidad?

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"La humanidad tiene un contrato de fe"

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En la misma orilla

Omisiones, olvidos

Félix Luis Viera

Conjuro para fundir la nieve...

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¿Seremos famosos Pepe?

Francis Sánchez e Ileana Álvarez

Escrito sobre el hielo

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Introducción de Juan Manuel Roca

Poemas

Libre-mente

Cuba: la escritura carcelaria

Rafael E. Saumell

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Los impedimentos de la literatura

George Orwell

De lunes a lunes

Carta abierta de Enmanuel Tornés

Carta de Santo Domingo

Librario

Pallá y Pacá

Mario G. de Mendoza

Fantasía roja

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Todos los buitres y el tigre

José Luis Arzola

Palabras de mujer

Olga Connor

Otro lunes. Revista Digital. Tlf: +34 686 111 523. info@otrolunes.com
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