Otro lunes. Revista Hispanoamericana de Cultura. Mayo 2007. Antilde;o uno. Número uno

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Datos de la revista, mayo 2007, año 1, número 01
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Desventuras de la "conciencia crítica" en la Cuba del "sí"

Duanel Díaz

Página 1

En un conversatorio con escritores cubanos, publicado en un número del semanario Lunes de Revolución dedicado íntegramente a su visita a Cuba, Sartre les advertía: "porque en mi país todavía no he terminado de decir no y estoy tranquilo, pero en un país donde se dice sí, hay un problema especial [...]: Es que la autonomía del arte sea conservada al mismo tiempo que el arte recurre a la acción social."1 Prácticamente indistinguibles después de la experiencia soviética, la cuestión de las funciones del intelectual y la de la autonomía del arte constituían, en la Cuba posterior al triunfo de enero de 1959, dos caras de una misma moneda que remitía, en última instancia, a los límites de las libertades del individuo en relación a un estado que, en nombre de su futura desaparición, prevista por la teoría marxista-leninista que la Revolución Cubana adoptó oficialmente en abril de 1961, crece en la misma medida en que supuestamente reduce su distancia del "pueblo". De hecho, más que la cuestión del intelectual, la de la autonomía del arte es el asunto central del discurso conocido como "Palabras a los intelectuales", que Fidel Castro pronunció el 30 de junio de 1961 en la conclusión de unas históricas reuniones sostenidas en la Biblioteca Nacional por los dirigentes de la Revolución con artistas e intelectuales cubanos del momento. "Dentro de la Revolución, todo; contra la Revolución, nada", el apotegma que en ese discurso formuló la voluntad del gobierno revolucionario de asegurar un amplio espacio de libertad de expresión para todos los creadores, revolucionarios o no, siempre que no cuestionaran la existencia de la Revolución, contra la cual no existían derechos por cuanto ella representaba "los intereses de la Nación entera"2, ha sido considerado hasta hoy como la guía de lo que se ha dado en llamar la "política cultural de la Revolución Cubana".

Consecuencia inmediata de aquellas reuniones fue el cierre de Lunes de Revolución y la creación de la Unión Nacional de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC). Lunes, magazine cultural del órgano del movimiento "26 de julio", representa cabalmente el espíritu de esa etapa inicial, caracterizada por el entusiasmo provocado por el derrocamiento de la dictadura y por las medidas nacionalistas y populares decretadas por el nuevo gobierno, en que la Revolución era, si no "verde como las palmas", por lo menos más verde que roja. Dirigido por Guillermo Cabrera Infante, el suplemento cultural del diario Revolución promovió, a partir de una exacerbada pugna generacional, una "nueva literatura cubana" que, en palabras de Virgilio Piñera, debía ser "un acto tan fehaciente como lo es la Reforma Agraria o como la nacionalización de empresas extranjeras." El nuevo escritor contaría, según Piñera, con todas las libertades para su expresión "pero al mismo tiempo no perderá de vista la realidad so pena de girar sobre sí mismo como hace un astro muerto en el espacio."3 Y a la figura de este "nuevo escritor" correspondía, claro está, la del "intelectual comprometido", tan en boga en la época en que Sartre era el pensador más influyente en todo el mundo occidental.

Fragmentos de su presentación de Les Temps Modernes fueron publicados, con la total adscripción de los redactores a las ideas allí expuestas, en un número dedicado al tema "Literatura y revolución", en cuyo editorial se declaraba que ni la Revolución, ni Revolución, ni Lunes de Revolución eran comunistas. Después de afirmar que no eran tampoco anticomunistas, los redactores añadían: "Somos, eso sí, intelectuales de izquierda -tan de izquierda que a veces vemos al comunismo pasar por el lado y situarse a la derecha en muchas cuestiones del arte y la literatura."4 Y reconocían tanto el aporte de los escritores comunistas a la "literatura de la revolución" como la posición "precaria" y luego "tristemente comprometida" a que fueron reducidos artistas e intelectuales en la Unión Soviética a partir de 1929.

La denuncia del estalinismo era justamente el punto de partida de uno de los textos publicados en esa entrega especial del magazine: el manifiesto "Por un arte revolucionario independiente", firmado en México en 1938 por André Breton, Diego Rivera y León Trotzky. Los tres célebres comunistas señalaban allí la diferencia entre las necesarias "medidas impuestas y temporales de autodefensa revolucionaria y la pretensión de ejercer un mandamiento sobre la creación intelectual de la sociedad", y afirmaban que "si para el desarrollo de las fuerzas productivas materiales, la Revolución ha tenido que erigir un régimen socialista de plan centralizado, para la creación intelectual debe, desde el principio, establecer y asegurar un régimen anarquista de libertad individual."5 La utópica conciliación de estos dos regímenes fue, al parecer, uno de los ideales de los redactores de Lunes, visiblemente influidos no sólo por Sartre y Camus sino también por la contracultura angloamericana de la beat generation y los young angry men.

La creación de la UNEAC marcó el comienzo de un proceso de institucionalización de la cultura que, acelerado a partir de 1968, culminaría en el Primer Congreso Nacional de Educación y Cultura, celebrado en mayo de 1971. En torno a los límites de la libertad de creación, los valores del arte moderno y el papel del intelectual en la nueva sociedad socialista se produjo en el decenio que transcurre entre esos dos acontecimientos un intenso debate que involucró no sólo a los intelectuales cubanos, sino también a los latinoamericanos que apoyaban a la Revolución Cubana y la reconocían como el primer capítulo de la inminente revolución a producirse en "Nuestra América". La copiosa literatura polémica que se derivó de esas discusiones evidencia que, por lo menos hasta 1968, año en que la premiación de Fuera de juego, de Heberto Padilla, y Los siete contra Tebas, de Antón Arrufat, en el concurso de la UNEAC marca el punto de mayor tensión entre los intelectuales y el estado en la Cuba posterior a 1959, predomina entre los primeros la defensa de lo que Breton llamó "un arte revolucionario independiente". A esto contribuyó indudablemente la derrota del llamado "sectarismo", una intentona de un sector de los comunistas prosoviéticos del Partido Socialista Popular por hacerse con el poder en 1962, y también el hecho de que la Revolución Cubana coincidiera con la etapa de "desestalinización" en la Unión Soviética, de manera que incluso los intelectuales comunistas que en las décadas anteriores habían seguido al pie de la letra los dictámenes de la Tercera Internacional, se habían distanciado del zdanovismo a partir del reconocimiento público de los "errores" de Stalin que en 1956 hizo el estado soviético por boca de Jrushov.6

En "El socialismo y el hombre en Cuba", una enérgica reafirmación de la originalidad del proceso socialista cubano, Ernesto Che Guevara rechazó a un tiempo el realismo socialista y la decadente cultura burguesa del siglo, fuente y expresión de la enajenación capitalista de la que el "hombre nuevo" se liberaría definitivamente. De esa célebre carta dirigida al comunista argentino Aníbal Quijano las palabras más recordadas son, sin duda, aquellas donde el Che afirma que "la culpabilidad de muchos de nuestros intelectuales y artistas reside en su pecado original; no son auténticamente revolucionarios."7 Ezequiel Martínez Estrada había sostenido en un extenso ensayo donde igualmente rechazaba el modelo cultural de los países socialistas, "Por una alta cultura popular y socialista cubana", publicado en Casa de las Américas en 1962, una tesis aún más radical: su crítica no lo era sólo de una mayoría y para el caso cubano, sino del gremio intelectual en tanto tal, y contaba con la fuerza adicional de ser una autocrítica producida desde el interior de ese grupo que, según el ensayista argentino, se había mantenido primero al margen de la lucha social, y, ya en plena revolución, como en el caso cubano, estaba genéticamente predispuesto a convertirse en óbice. Martínez Estrada, que consideraba saludable el hecho de que hasta ese momento los intelectuales cubanos no hubieran tenido funciones ejecutivas o directivas de peso, y recordaba la poca importancia concedida a la inteligencia en el plan del Partido Revolucionario Cubano fundado por José Martí, afirma que "el intelectual de la especie híbrida", esto es, el que ha cumplido el rol de "espectador impasible de la historia", "no tiene papel ninguno que representar en los primeros actos del drama revolucionario, sino en la mera condición de ciudadano con los derechos y deberes comunes a todos los demás."8 De los actos posteriores nada decía el autor de Radiografía de la pampa, pero de su ensayo, basado en la idea de que los intelectuales, productos y productores de una cultura elitista y ornamental, constituyen un gremio anacrónico cuya única salvación consiste en su plena integración a las masas, aconsejaba tácitamente que estos no contaran como tales en el desarrollo futuro del proceso revolucionario.9

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"José Martí"

Damaris Betancourt. 2005

Sumario

Este Lunes

Política y religión en Cuba en los siglos XIX y XX

Leonel A. de la Cuesta

Discurso en defensa de Pavón

Pío E. Serrano

Notas (para una conversación) sobre la diáspora cubana

Jorge Luis Arcos

La isla numerosa

Luis Manuel García

Desventuras de la "conciencia crítica" en la Cuba del "sí"

Duanel Díaz

La Rebelión de los Enfermos

Carlos A. Aguilera

Lunes de Revolución y la Revolución de Lunes

William Luis

Noticias sobre el día después. Primera parte: La isla

Ladislao Aguado

Gastón Baquero, conciliador y discrepante

León de la Hoz

Otro lunes Conversa

Con José Lorenzo Fuentes

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Cuento inédito de J. L. Fuentes

Punto de mira

Exilio: ¿ruptura o continuidad?

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"La humanidad tiene un contrato de fe"

Entrevista al escritor albanés Arian Leka

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Todos los buitres y el tigre

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Palabras de mujer

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