Otro lunes. Revista Hispanoamericana de Cultura. Mayo 2007. Antilde;o uno. Número uno

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Datos de la revista, mayo 2007, año 1, número 01
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La rebelión de los enfermos

Carlos A. Aguilera

Página 1

“Contra la cadaverina no hay resurrectina”

Augusto Roa Bastos

Si la crítica cubana suele situar la "época de oro" del cuento en la isla entre principios de la década del 40 y primeros años de los 60, con la aparición y madurez de una serie de escritores que van desde Lezama Lima y Carpentier hasta Cabrera Infante y Calvert Casey es, ante todo, por razones políticas. La Revolución de 1959 arrasaría con todos los modelos de representación literaria que existían hasta ese momento en Cuba, y convertiría la literatura -para no decir ya todo el país- en un inmenso desierto, donde todo espacio "privado" tendría que articularse alrededor de la historia o la ideología (la reescritura de la historia y la reescritura de la ideología), y no habría más posibilidades que el que aquella misma ideología ofreciese. A partir de este momento, sólo la Masa o ese despotismo que suelen implementar algunos gobiernos en nombre de ella; la violencia, diría Benjamin.

Para lograr esto, el Proyecto ideológico de Fidel Castro barrería con los diferentes componentes de sociedad civil que durante más de 50 años se formaron bajo la República (lucha de partidos, empresas privadas, circulación libre del capital, representaciones juridícas, revistas...) y clausuraría el entramado literario no sólo congelando a los mejores exponentes de la literatura sino, también, creando una suerte de gulag donde todo lo que escapara al control de la policía cultural sería considerado contrarrevolucionario y, en el mejor de los casos, no tomado en cuenta.

De ahí que a partir del año 70 quedaran reducidos a fantasmas una serie de escritores por sus actitudes literarias o sexuales, políticas, y el país desfilara por un período de intolerancia que incluso, con el tiempo, el mismo totalitarismo cubano ha "reconocido" (a la manera que el mundo concentracionario admite este tipo de cosas) como un inmenso agujero negro. Período que, como sabemos, había comenzado mucho antes con la estatalización absoluta -la stalinización- de todas las instituciones culturales que se habían heredado en 1959, y la creación dos años después de la UNEAC: organismo que se encargaría a partir de ese momento de controlar y aplicar la política cultural del país: la tarifa de represión, como escribió alguien a raíz del Caso Padilla.

Pero si existe una inmensa bibliografía alrededor de este Caso y la farsa representada por el poeta de Fuera del juego ante la Seguridad del Estado, donde denuncia a varios escritores (muchos de ellos presentes en la misma sala donde él ejecutaba su denuncia) y los conmina a autoconfesarse -Raskolnikov que se disfraza de Bujarin-, para no mencionar los diferentes rompimientos públicos: Sartre, Vargas Llosa, Octavio Paz... que se llevaron a cabo en ese momento, sabemos un poco menos sobre un proceso que había afectado ya a toda la izquierda latinoamericana y dejado en claro el método que implementaría (o comenzaba a implementar) el Estado despótico cubano: la carta contra Neruda.

Esta carta, que como 32 años después reconocerá su principal instigador, el poeta Roberto Fernández Retamar, fue una orden de la "dirección de la Revolución cubana" para desprestigiar a todo movimiento de izquierda que no optase en su momento por la "lucha guerrillera" y el golpe de estado. Esta acusación, que más que contra Neruda y su visita al PEN norteamericano, era contra el Partido Comunista Chileno y a su vez una severa advertencia a los partidos comunistas de la zona, señalaría por vez primera la estrategia política del satélite prosoviético -aunque en ese momento un tanto a distancia-, y los límites entre tolerancia y espacio intelectual que a partir de esta "orden" se reconocerían en la isla. Nada que pueda ser entendido de otra manera u ofrezca margen a la duda, parecen graznar a coro los angelitos estatales. Nada que pueda entenderse como "opción democracia".1

Si traigo esto a colación es porque en estos mismos años: 1965-66, momento en que más de cien intelectuales cubanos suscriben la carta contra el autor de Confieso que he vivido, Virgilio Piñera (que por cierto, aparecería como uno de los ocho escritores que encabezan esta acusación), está a su vez produciendo La rebelión de los enfermos, uno de los relatos más sintomáticos a la hora de entender este juego entre vida y poder en cualquier sociedad de clausura. A la vez, uno de los más importantes de toda su obra.

En este texto, gracias a una suprarrealidad carcelaria que Piñera parece haber plagiado de la literatura centroeuropea, los sanos devienen enfermos y los enfermos, condicionados todo el tiempo por la violencia de la ley: hamsters saludables, animalitos atrapados entre caricatura e ideología. Ratonera que como muy bien metaforiza el autor de Los siervos, pieza de teatro político después vilipendiada por él mismo2, no sólo alcanzaría a la sociedad o al espacio civil cubano, disminuido ya desde antes del triunfo de la Revolución, sino a la literatura, ese archivo donde suelen convivir disímiles fronteras.

¿Sería posible entonces que naciera una literatura "compleja" en un país cerrado no sólo al intercambio cultural, ése poner en relación al otro que enfatizaba Edward W. Said, sino al debate de ideas, a la confrontación de opiniones?

Tal y como demuestran los libros que se publican a partir de la segunda mitad de los años 60 en Cuba, no. El proyecto ideológico de Fidel Castro más que abrir un espectro a la discusión y la contraposición intelectual hace precisamente lo contrario: Cancelar la ilusión de que se crea una sociedad de debate y expulsar/fusilar a todo aquel que se opusiera a este proyecto. Reducir el país a cero.

Esto explica que la mayoría de la narrativa que se escribe en Cuba en ese momento sólo enseñe un lado de la historia, ése de la campaña de alfabetización y la lucha contra bandidos (tan necesarias ambas para hacer proselitismo); y más allá de pequeñas influencias de un Hemingway o un Babel, esta generación de "guapos" y "bitongos" como algunos la han clasificado, demuestre una gran pobreza de temas, ideas y escritura.

Dice López Sacha: "Había un fuerte sabor testimonial en aquellas narraciones que centraban su interés en el proceso de la lucha de clases, la construcción del socialismo y la crítica del pasado cubano inmediatamente anterior al triunfo de la Revolución. Estos narradores insistían en la contemporaneidad de los conflictos y en la urgencia de su planteamiento. La crudeza de la realidad y la presencia de contradicciones antagónicas entre los personajes determinaban que el valor del cuento estuviera más en el asunto que en su poder de evocación."3

¿Pero, de qué "fuerte sabor testimonial" o "crudeza" nos habla el crítico cubano en estos textos, la mayoría de las veces mediocres y panfletarios, que entre otras cosas nunca llegarán a ser fuertemente testimoniales por entender la realidad, ésa que López Sacha llama de "contradicciones antagónicas" (palabras aprendidas evidentemente en un manual de marxismo ruso) desde un sólo lado: el que la Revolución obligara a ver en ese momento y no desde uno contracanónico, abierto, donde tuvieran voces no sólo los héroes y sus contrarios -en el caso de que éstos alguna vez la ostentaran-, sino el gran espectro de ficciones que en cualquier momento y cualquier sociedad están en juego. Puede existir un testimonio que más allá de la épica y la moral que a veces la restringe, no sea también un documento de multiplicidad, de las diferentes mentalidades que hacen, y muchas veces deshacen, un contexto?

Sin desmerecer a escritores que después abandonarán ese canon, el de la "cuentística de la violencia", como también ha sido llamada, hacia zonas más indefinidas entre la ficción y el testimonio pasando por la historia, como es el caso de Jesús Díaz..., de este primer período de narradores que comienzan a tener vida pública a mediados de los 60 se salvan muy pocos. La Revolución para ellos no sólo fue el tema al que había que cantar y privilegiar, a la manera que hacen los niños en una escuela; también fue el monstruo que, desde su despotismo, se los tragó.

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"José Martí"

Damaris Betancourt. 2005

Sumario

Este Lunes

Política y religión en Cuba en los siglos XIX y XX

Leonel A. de la Cuesta

Discurso en defensa de Pavón

Pío E. Serrano

Notas (para una conversación) sobre la diáspora cubana

Jorge Luis Arcos

La isla numerosa

Luis Manuel García

Desventuras de la "conciencia crítica" en la Cuba del "sí"

Duanel Díaz

La Rebelión de los Enfermos

Carlos A. Aguilera

Lunes de Revolución y la Revolución de Lunes

William Luis

Noticias sobre el día después. Primera parte: La isla

Ladislao Aguado

Gastón Baquero, conciliador y discrepante

León de la Hoz

Otro lunes Conversa

Con José Lorenzo Fuentes

El hombre tranquilo

No hay última vez

Cuento inédito de J. L. Fuentes

Punto de mira

Exilio: ¿ruptura o continuidad?

Antonio Álvarez Gil

Armando de Armas

Joel Franz Rosell

Odette Alonso Yodú

Ricardo Ortega Nápoles

Cuarto de visita

"La humanidad tiene un contrato de fe"

Entrevista al escritor albanés Arian Leka

Amir Valle

La serpiente de la casa

Fragmento de novela de Arian Leka

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En la misma orilla

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Poemas

Libre-mente

Cuba: la escritura carcelaria

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Recycle

Los impedimentos de la literatura

George Orwell

De lunes a lunes

Carta abierta de Enmanuel Tornés

Carta de Santo Domingo

Librario

Pallá y Pacá

Mario G. de Mendoza

Fantasía roja

Iván de la Nuez

Todos los buitres y el tigre

José Luis Arzola

Palabras de mujer

Olga Connor

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