Otro lunes. Revista Hispanoamericana de Cultura. Mayo 2007. Antilde;o uno. Número uno

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Datos de la revista, mayo 2007, año 1, número 01
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Exilio: ¿Ruptura o Continuidad?

Antonio Álvarez Gil
Armando de Armas
Joel Franz Rosell
Odette Alonso
Ricardo Ortega

Página 1

Un tema recurrente, es cierto; pero necesario. La intelectualidad cubana, si desea garantizar su real y necesaria participación en ese proceso de cambios invisibles, que todos intuimos está ocurriendo en el corazón del proceso social, debe pensar una y otra vez en las razones de divergencias, desencuentros, lidias y antagonismos que han permeado con sus cuotas de intolerancia y de odios, de parte y parte, esos escenarios insulares o mundiales donde se mueven los protagonistas de eso que todos coinciden en llamar, en mayúsculas, Cultura Cubana.

Motivos sobran para iniciar PUNTO DE MIRA con tal tema: ¿Es el exilio una ruptura o una continuidad? ¿Ruptura de cuáles cosas? ¿Continuidad de qué? Pero quizás el motivo esencial, el que nos decidió, es el más palpable de todos: la existencia de un pensamiento intolerante, contrario al diálogo, violador de las más elementales normas del debate intelectual, tanto en intelectuales e instituciones de la Isla como en intelectuales e instituciones de la diáspora cubana.

Y es que los intelectuales, al menos por generalidad, nos pronunciamos "amantes de la democracia", "respetuosos del pensamiento ajeno", "siempre dispuestos al diálogo", pero a la hora de valorar y encarar públicamente sucesos, decisiones, circunstancias, hechos e incluso comportamientos de la propia ciudad letrada, se evidencia un pensamiento antidemocrático, monologante y parcelario, muchas veces enmascarado.

Curiosamente, llama la atención entre los hechos recientes (y véase sólo dos de muchos ejemplos), los ataques que en la Isla intelectuales e instituciones han hecho y hacen contra la revista Encuentro de la Cultura Cubana y el poeta y periodista Raúl Rivero, entre otros criterios, por su "probada filiación con el peor enemigo de Cuba: el gobierno norteamericano". Pero, con igual asombro, hemos escuchado ataques de instituciones e intelectuales cubanos de la diáspora contra (nuevamente) la revista Encuentro de la Cultura Cubana y el poeta y periodista Raúl Rivero, entre otros criterios, por "su condición de dialogueros que hacen el juego a Castro y su camarilla".

En fecha reciente asistimos también a una serie de ataques velados contra la decisión personal de algunos escritores cubanos de permanecer en la isla (entre los que más lanzas recibieron, estaban Leonardo Padura y Pedro Juan Gutiérrez), a quienes se les ha acusado de "darse la lengua con el gobierno", incluso se llegó a atacar la decisión del periodista Guillermo Fariñas de hacer su huelga de hambre, catalogándola de "inútil teatrada", del mismo modo en que recordamos haber leído varios comentarios cuestionadores de la decisión de Raúl Rivero de no abandonar Cuba, años antes de que se viera obligado a partir al exilio.

En uno de los trabajos que publicaremos en próximos números, un colega español, Francisco M. Rojas Guzmán, colaborador de Otro lunes, escribe: "todos los cubanos son intolerantes porque cada uno quiere tener la razón, cada uno quiere poseer una parcela propia, cada uno quiere ejercer su propia tiranía seducidos por esa pasión hacia el caudillo que sienten muchos latinoamericanos, y eso los divide. Si el gobierno cubano se ha mantenido hasta hoy es porque creó un Estado monolítico, con estructuras y ramificaciones de poder que reforzaran el monolito ideológico y de control creado, para enfrentar a una oposición política y social escindida de acuerdo a sus intereses, a la defensa ciega de los espacios y dineros conseguidos en el exterior, y a sus fundamentalismos, odios y temores personales. La inseguridad, la desconfianza y la difamación velada o pública contra el que no sigue los cauces marcados por quienes llegaron antes, parecen ser las dos primeras divisas de la mayoría de los análisis que hacen los intelectuales y políticos cubanos del exilio sobre su realidad, y esa misma inseguridad, desconfianza y difamación (aunque con grados que llegan a la violencia física y la violación de los derechos humanos), parecer ser, también, las primeras divisas con las cuales se maquetan, estratifican y delimitan a quienes, dentro de Cuba, intentan marcar un espacio independiente del establecido por decreto oficial".

En su libro Tumbas sin sosiego, el ensayista cubano Rafael Rojas, se acerca a este fenómeno de este modo: "Tradicionalmente, el cisma de la sociedad y la cultura cubanas, en la segunda mitad del siglo XX, ha sido conceptualizado desde categorías binarias como revolución versus contrarrevolución, castrismo versus anticastrismo, comunismo versus anticomunismo, nacionalismo versus anexionismo, socialismo versus liberalismo o totalitarismo versus democracia. Esas identidades, ideológicas, políticas o sentimentales, se han visto delineadas de manera bipolar, en un reflejo bastante nítido de la Guerra Fría, afianzando la certeza de que existen dos bandos, simétricamente divididos y homogéneamente configurados."

Se impone, entonces, pensar. No es hora de divisiones. Si seguimos esgrimiendo en nuestros debates y relaciones intelectuales y profesionales esa inseguridad, esa desconfianza y esa difamación de la que hablan Rojas y Guzmán, la intelectualidad cubana seguirá sin ocupar ese espacio que le fue arrebatado en 1959; espacio que debiera tener, otra vez, en el desarrollo de su sociedad.

Sobre tales avatares, sobre tales contradicciones, sobre tales dimes y diretes, y sobre algo tan necesario como "el respeto entre los intelectuales cubanos" y "la unidad de los cubanos", quisimos conversar con algunos de los intelectuales cubanos que hoy residen en otras partes del mundo: Odette Alonso Yodú, en México; Antonio Álvarez Gil, en Suecia; Joel Franz Rosell, en Francia; Ricardo Ortega, en España y Armando de Armas, en Estados Unidos. Lo haremos también, en el próximo número, con intelectuales residentes en la isla.

¿Qué nuevos significados trajo el exilio para tu vida personal e intelectual?

Armando de Armas: El exilio es siempre una experiencia traumática, y por lo mismo enriquecedora. Digamos que es un segundo nacimiento, y como nacimiento, renacimiento en sí, está preñado de peligros y desgarramientos. En mi caso, debo decir, esos peligros y desgarramientos no son nada comparados con los que experimenté dentro de la isla. En Cuba yo era una especie de paria y, paradójicamente, es en el destierro donde vengo a encontrar un sentido de pertenencia, de vínculo con la tribu, patria en la distancia, en lo etéreo, y por lo mismo, desprovista de los cerrojos, de las patadas de la patria real, quiero decir, del socialismo real. El exilio ha significado poder viajar libremente, relacionarme con otras culturas, sentirme un occidental (lo siento por esos que proclaman que todas las culturas son iguales pero que, ¡ay!, la occidental es la peor), conocer gente interesante, leer los libros que una vez me prohibieron y, por último, publicar parte de lo que he escrito y también me prohibieron.

Odette Alonso Yodú: Vivir en México me ha permitido abrir un nuevo horizonte en mi obra y abrir mi mente a nuevos horizontes. Además de darme la posibilidad de conocer una cultura y una idiosincrasia tan distintas a las cubanas -y tal vez por eso mismo-, temas que tienen que ver con mis experiencias en México ocupan lugar en mi poesía, en mi narrativa y en mi reflexión. Creo que el exilio ha sido, al menos para mí, una experiencia insustituible. Si se pudiera volver el tiempo y me preguntaras en el año 91 si me quisiera ir de Cuba, respondería que sí.

En lo intelectual, como individuo que aspiraba a ser artista, creador de arte, participante en ese juego de las conexiones entre ideas y palabras; el vivir y el intentar expresar lo vivido en un nuevo contexto pasó, primero por un período de perplejidad silenciosa durante el cual no pude escribir. Años en silencio. Me atiborraba de información, quería tener acceso a todos los libros que siempre, por razones ajenas a mi y casi siempre por decisión de otros, habían estado fuera de mi alcance, quería ver todas las películas de culto, escuchar las conferencias de los expertos, enriquecerme con los debates y el intercambio de opiniones, no siempre coincidentes, expresados en un ambiente de respeto y libertad. Tenía que aprender y re-aprender a la mayor velocidad posible; porque yo también quería, por alguna necesidad misteriosa, seguir contando a los que me rodeaban acerca de esa isla-mundo de la cual provenimos, porque era lo único que hasta ese entonces conocía y porque era inevitable contrastarlo con el mundo que estaba conociendo. Vivir como entre dos mundos, y dos tiempos. A veces me urgía la necesidad de expresarme acerca de esos contrastes. Algo me decía que para poder contarlo tenía que encontrar el cómo decirlo, y para eso me hacía falta un lenguaje nuevo, y escribirlo.

Joel Franz Rosell: La palabra "exilio" no me parece la más precisa para calificar las diversas situaciones de los cubanos que vivimos de manera permanente (por el momento, Sic.) en otros países. Mi partida fue voluntaria, para reunirme con mi esposa, de nacionalidad francesa, y con el famoso "permiso de residencia", que me permitiría regresar cuando lo deseara... aunque las cosas resultaron, durante cuatro años, más complicadas de lo prometido. Al irme legalmente y por razones estrictamente sentimentales (no era un decepcionado y muchísimo menos un disidente) evité lo que, de todas formas, me hubiese ocurrido poco tiempo después: que las carencias materiales y espirituales terminaran por empujarme, como a tanto compatriota, a buscar aire fresco y frijoles en otras tierras del mundo.

En mi caso se superpusieron la circunstancia de la emigración y la convivencia con una persona de otro país, otra lengua y otras referencias culturales que, además, por razones profesionales cambiaba de país regularmente. Éramos una pareja trashumante, pero en situaciones bien distintas. Difícil me resulta distinguir el influjo de mi propia expatriación al ejercido por la peregrinación a dos, pero el resultado es el cambio radical de mi visión de cuanto había vivido hasta entonces (partí a los 34 años), de mis ideas sobre mi país y su historia, así como de mi concepción de la cultura occidental, de la Literatura y de la lengua castellana. Al publicar esencialmente en España, Francia y Latinoamérica, gané un público nuevo, más vasto, pero menos cómplice. Mis contenidos y formas narrativas debieron crecer en autonomía, envergadura y techo de vuelo.

Obviamente no sufrí una pérdida. Había un hueco a colmar entre emisor y destinatario y lo llené, completándome a mí mismo. Mi exilio no es más que la continuidad del camino que comencé la primera vez que fui solo al colegio y que proseguí una vez agotados los 110.000 km(2) de la patria. Todos los caminos conducen a Roma, menos en una isla, donde todos los caminos conducen al mar... O a su avatar postmoderno: el aeropuerto internacional.

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"José Martí"

Damaris Betancourt. 2005

Sumario

Este Lunes

Política y religión en Cuba en los siglos XIX y XX

Leonel A. de la Cuesta

Discurso en defensa de Pavón

Pío E. Serrano

Notas (para una conversación) sobre la diáspora cubana

Jorge Luis Arcos

La isla numerosa

Luis Manuel García

Desventuras de la "conciencia crítica" en la Cuba del "sí"

Duanel Díaz

La Rebelión de los Enfermos

Carlos A. Aguilera

Lunes de Revolución y la Revolución de Lunes

William Luis

Noticias sobre el día después. Primera parte: La isla

Ladislao Aguado

Gastón Baquero, conciliador y discrepante

León de la Hoz

Otro lunes Conversa

Con José Lorenzo Fuentes

El hombre tranquilo

No hay última vez

Cuento inédito de J. L. Fuentes

Punto de mira

Exilio: ¿ruptura o continuidad?

Antonio Álvarez Gil

Armando de Armas

Joel Franz Rosell

Odette Alonso Yodú

Ricardo Ortega Nápoles

Cuarto de visita

"La humanidad tiene un contrato de fe"

Entrevista al escritor albanés Arian Leka

Amir Valle

La serpiente de la casa

Fragmento de novela de Arian Leka

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Guillermo Vidal

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Damaris Betancourt

En la misma orilla

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De lunes a lunes

Carta abierta de Enmanuel Tornés

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Todos los buitres y el tigre

José Luis Arzola

Palabras de mujer

Olga Connor

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