

En la poesía de Luis Alberto de Cuenca (Madrid, 1951) hay un tema recurrente al que los versos vuelven: poemas escritos con la intención totalizadora del recuerdo y de la memoria. Esto se ha producido independientemente de que su etapa poética fuera la culturalista de los años setenta y primeros ochenta o, más tarde, a partir de 1985 con La caja de plata, la del poeta urbano que ha llegado a un gran número de lectores. Ese tema, o esa musa poética si podemos bautizarla definitivamente así, es Rita Macau Fábrega.
Rita Macau Fábrega nació el 18 de abril de 1951 en Madrid en el seno de una familia de origen catalán y para la Literatura Española y la Poesía fue la primera novia de Luis Alberto de Cuenca, la mujer intelectual y la lectora voraz (como recuerdan sus hermanas Carmen y Loles) que acompañó al poeta al final de los años de la adolescencia y los inicios de la juventud universitaria en la Universidad Autónoma de Madrid. “Fue mi primera novia, la primera novia, la primera mujer con la que descubres el mundo y la vida”1, dirá el poeta en la década de 1990. La vida de la mujer de piel blanca (como señala la profesora Carmen Gallardo, compañera suya y de Luis Alberto de Cuenca en la UAM) que hubo de regresar a Cataluña tras el fallecimiento del padre en 1970 se cortó en diciembre de ese mismo año en un accidente de tráfico en la ciudad condal. Rita Macau es, pues, en la poesía de Luis Alberto de Cuenca, el recuerdo vivo, la musa rememorada de los años febriles en la búsqueda de la poesía.
El poemario Los retratos (Madrid, Azur, 1971) viene a ser el primer tributo a la amada ausente; un libro homenaje a Rita, quien en Elsinore (Madrid, Azur, 1972) se transmuta en Arit, anagrama permanente de la muchacha, una mujer que será para Luis Alberto de Cuenca, en este libro, como Ofelia para Hamlet en la obra del genial William Shakespeare. Así habla ella misma al frente de los versos en Los retratos: “Soy lo que no es derrota, ni absoluto, ni salvación, ni vosotros. ARIT MACAU”. Más tarde, aunque transmutada en un fantasma, será recuerdo aún vivo en Necrofilia (1983) a través del poema “El fantasma”.
El tiempo pasa y el poeta resulta un autor muy leído, incluso muy estudiado, y participa en la vida social de España como Director de la Biblioteca Nacional de Madrid y como Secretario de Estado de Cultura en los gobiernos de 1996-2000 y 2000-2004. Se realizan tesis sobre su obra e incluso las dos editoriales que miman los clásicos publican estudios críticos sobre su poesía: Poesía 1979-1996 (Ed. Juan José Lanz, Cátedra, 2006) y Antología poética (Ed. Javier Letrán, Castalia, 2008). Rita Macau es, en ese tiempo, la mujer de los versos de Luis Alberto de Cuenca, compartiendo espacio con otras muchachas que giran en torno a la vida del poeta, pero nadie dice nada de ella: es, sencillamente, un nombre al pie de una página que explica algún poema de los que han salido de su pluma. Pero Rita debe ser algo más, de vivir con una intensidad mayor, del mismo modo que la siente el poeta y la manifiesta en el poema “Rita”, de El otro sueño (1987):
Rita, ¿qué vas a hacer el domingo? ¿Hay domingos
donde vives? ¿Hay citas? ¿Se retrasa la gente?
No sé por qué te agobio con preguntas inútiles,
por qué sigo pensando que puedes contestarme.
Sé que te gustaría tener voz y palabras
en lugar de silencio, y escapar de la tumba
para contarme cosas del país de los muertos.
Pero no puedes, Rita, no yo debo soñarte
una noche de agosto tan viva como entonces.
Hay que guardar las formas. Al cabo, los domingos
son los días peores para salir de casa.
Cuatro poemas explícitos dedicados a Rita Macau podemos cifrar desde que en 1985 La caja de plata recogía “Cataluña”; luego vendrían “Rita” en El otro sueño (1987 como se ha citado), “La resucitada”, de El hacha y la rosa (1993) y “Voy a escribir un libro”, de Por fuertes y fronteras (1996). Además de algún otro poema escrito en el intermedio, la primera novia volverá a la vida en “Shakespeare y Rita”, que cierra Su nombre era el de todas las mujeres y otros poemas de amor y desamor (Renacimiento, 2008) y que fue escrito en el verano de 2006; también en el inédito que comienza con el verso: “Una noche de un frío diciembre, me encontraba”.
En la vida y en la obra de todo poeta, y singularmente en el caso de Luis Alberto de Cuenca en quien Lara Cantizani vio en 2005 hasta diez tipos de poesía amorosa, debe haber una marca indeleble de amor que tiene, por necesidad y en mi opinión, que llevar aparejado el nombre real de una musa que lo inspire y, como hemos visto, en el caso de Luis Alberto de Cuenca no es otra que Rita Macau Fábrega (1951-1970). Dejemos al poeta, para concluir, que decida sus sentimientos de la mano de sus propios versos de “El fantasma”:
Bésame.
Pero nunca me digas la verdad.
Nunca me digas: “Estoy muerta.
No abrazas más que un sueño”.
Notas del artículo:
1.- Juan Luis Calbarro, “Luis Alberto de Cuenca. La poesía como arma de diálogo”, en Los cuadernos del Sornabique, Salamanca, 1994, pág. 4.
(Tobarra, Albacete, 1977). Doctor en Filología Española por la Universidad Autónoma de Madrid. En 2002 fue profesor de Lengua Española en el Dartmouth College (EE.UU.). Ha escrito algunos cuentos y artículos literarios en revistas universitarias sobre diversos escritores y poetas; entre otros, ha investigado sobre Mario Vargas Llosa, Luis Alberto de Cuenca, Ana Merino, Mercedes Formica, José María Carrascal, Gladys Guzmán, Lauren Mendinueta y la ‘Generación del 2000’. Realizó la entrada biográfica de Josefina Aldecoa, Álvaro Pombo y Vicente Molina Foix para el ‘Diccionario Biográfico Español’ de la Real Academia de la Historia en 2008. Su tesis doctoral la dedicó al escritor y político Joaquín Leguina. Es profesor de Literatura y Creación Literaria y lo ha sido, así mismo, de Historia de España, Historia Universal e Historia del Arte.