OtroLunes. Revista Hispanoamericana de Cultura. Enero 2010. Antilde;o cuatro. Número once

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Datos de la revista, enero 2010, año 4, número 11
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Fragmento de Radio Puente

(Fragmento de novela)

 

Héctor Huerga

Página 1

III
teinosa
enero de 1999

 

No pinta bien el asunto. Melo lleva nueve meses reclamando ayuda y él no es una persona acostumbrada a pedir. Por fin han llegado los enterradores a su casa. Han tenido que apearse del taxi al borde de la carretera y enfilar por la antigua acequia que antaño surtía de agua a las plantaciones de tomate. A un lado y otro de la acequia no hay más que una aislada flora resistente a la sequía compuesta por aulagas y ciertas tabaibas que, cubiertas de polvo, parecen haber salido del fondo de la tierra a calentarse. Sólo el viento y las lagartijas reaccionan con movimientos bruscos al paso de los enterradores. El resto de la materia sólida es pétrea. La superficie de la tierra proyecta un extenso abanico de tonos ocres, ocre rojizo en las faldas de las montañetas y ocre dorado en el litoral. Al fondo, la dimensión del mar aumenta a medida que se aproximan los pasos polvorientos a la casa de Melo. Los enterradores echan mano del pañuelo para secarse el sudor de la sien mientras se elevaba sobre sus rodillas una fina capa de polvo. "Fuerte solajero", mascullan. Alzan la vista para comprobar que el brillo que se distingue a su izquierda lo refleja el contenedor de agua de la casa. Pasos más adelante el sonido del mar comienza a penetrar progresivamente. Los enterradores contemplan unos segundos el horizonte. Contabilizan las embarcaciones que aparecen en la delgada línea que separa el océano del cielo. "Mira, el grande que se ve allá, ése, yo creo que ése es de pasajeros. Igual parece alemán. Se ve muy brillante desde aquí. Los tres barquitos que están a la derecha son pescadores, y seguro que de aquí. Y aquello negro que se ve allá, no sé, no se ve bien si es un barco o..." pronosticaron los enterradores.

Pasen,  pasen   muchachos.   Siéntense—    Uno aquí, otro allá—  Como quieran. — Gracias.

—  Gracias.

—  Gracias.

—  Tú cómo te llamas, mi niño.

—  Francisco. — ¿Y tú?

— José Guadenya pero me dicen Guadi. — ¿Y tú? — Pino. — ¿Pino?

—  Sí, Pino.

— ¿Pero cómo te puedes llamar Pino si eres un hombre?

— Pino viene un poco de mi apellido materno y otro poco de la virgen del Pino. Mi nombre com­pleto es Andrés Santana Espino, pero desde siem­pre me llaman Pino.

—  Está bien muchachos pero díganme una cosa. ¿Saben en qué mes estamos?

—  Sí, enero. — Bien, enero. Según noticias que tenía yo, ustedes iban a venir hace tres meses, en noviembre del todavía noventa y ocho. Díganme entonces donde han estado enterrando ustedes en estos tres meses para no ir.

Pino miró a Francisco buscando una respuesta. Francisco se llevó la mano a la cabeza. Guadi final­mente tomó la decisión de responder. “No hemos enterrado todavía", comenzó por aclarar. Según apuntó Guadi, a ellos les había llamado Hipólito la semana pasada para acudir hoy a su casa. Los tres asintieron con claridad. Melo no podía creer lo que estaba escuchando, aún así, decidió no recordar las periódicas e interminables justificaciones de Hipólito sobre la ausencia de los enterradores. Estaba sentado frente a las tres personas que le iban a aligerar el problema de saturación de los entierros y lo más sensato era aprovechar esa primera cita para establecer un contacto.

Guadi terminó argumentando que la auténtica razón por la que él estaba ahí era porque el verano siguiente quería viajar a Marruecos con su novia. El dinero le vendría de maravilla para pasar cinco semanas de aventura por el Magreb. Francisco era el mayor de los tres, entonces cedió la palabra a Pino quien argumentó el mal momento económi­co por el que estaba pasando su familia: "Mire, mi padre está embarcao hace ya un año y medio, mi madre está enferma de azúcar y mi hermana Natalia acaba de embarazarse". A medida que los enterrado­res iban explayándose en sus explicaciones Melo iba perdiendo oxígeno. Francisco observó los múltiples cambios de colores en el rostro de Melo v a causa de ello decidió intervenir. Le garantizó que ya había trabajado con Guadi y Pino en el negocio de la cal. Una actividad fatigosa donde el mayor beneficio se obtenía en la extracción del mineral en la isla y la venta directa a los constructores de la vecina y próspera isla de Lanzarote. Melo les preguntó cuánto tiempo y para quién estuvieron trabajando en el negocio de la cal. Los tres respondieron cosas diferentes.

En el trasfondo de la conversación a Melo le pre­ocupaba todas esas afirmaciones de que "a mí lo que me importa es el dinero". Su formación post guerra civil española le había dejado como herencia buscar­se la vida con lo que quedaba en el paisaje descom­puesto por la guerra. Construir la grandeza desde lo mínimo. Nunca llegó a entender estas nuevas y repe­tidas aseveraciones tan íntimamente ligadas al poder del dinero. Melo volvió a caer en la misma conclu­sión de antes: Estaba sentado frente a las tres perso­nas que le iban a aligerar el problema de saturación de los entierros y lo más sensato era aprovechar esa primera cita para establecer un contacto.

—  Ustedes, ¿cuándo pueden comenzar a ente­rrar?

Al día siguiente habían recogido treinta y seis piernas y alrededor de veinticinco troncos esparci­dos por la orilla de playa Teinosa. Se le dio priori­dad a la playa porque los empresarios hosteleros estaban a punto de estallar en una guerra ilegal con­tra el alcalde. Una guerra un tanto justificada des­pués de comprobarse que el renombrado jeque árabe había decidido llevar a su séquito a orillas del Lago Leman, en Ginebra.

Lo recogido en la playa era pedacería humana per­teneciente a un naufragio donde nunca se supo qué había pasado con el resto de los tripulantes. Nada de lo recogido sería enterrado. Faltaban espacios en la isla y, al no reunir un solo cuerpo completo, decidie­ron hacer un gran fuego al final de la playa donde lo recolectado sería convertido a ceniza. Un pestilente olor a carne humana asada atrajo a guirres, gaviotas, perros, cabras y algún que otro burro. Las protestas de los teinoseños cedieron en cuanto dos mareas altas terminaron por arrastrar los restos carbonizados. Entre los empresarios del ocio no hubo protestas, los hoteles estaba al diez por ciento de su ocupación.

El plan de trabajo de los enterradores consistía en hacer de ocho a doce horas diarias entre la reco­gida de cadáveres y el traslado al cementerio muni­cipal. No tenían transporte. Al menos no contaban en un primer momento con vehículo alguno para transportar los cuerpos. Francisco propuso repetir una imagen que había visto meses atrás: Atar el yunque de una bestia a su Vespa 125 como remol­que, extender dos listones en paralelo y hacia atrás, clavar a los listones una tabla resistente y añadirle dos ruedas al artilugio. Este híbrido vehicular, semejante a las antiguas carretas tiradas por muías, tardó dos semanas en ser concebido. Al finalizar cada jornada de trabajo Francisco descolgaba la carrocería de su Vespa remolcadora y enfilaba al pueblo montado en su ciclomotor.

A diario, Melo abría y cerraba las puertas del camposanto con la misma amenaza sobre el cuello: "Aquí ya no cabe más gente". Una de sus peticiones sin respuesta era la de fabricar un gran nicho en el único espacio sobrante del cementerio. Una pared de ocho metros de altura por veinte de longitud donde se garantizaría el entierro de ciento ochenta nuevos ataúdes. Una propuesta arquitectónica sen­sata, recogida de una lectura pasada que había reali­zado sobre la irrupción de la arquitectura Bauhaus en Alemania de manos de Walter Gropius. Por des­gracia, una idea inconclusa desde el momento en que fue propuesta pero no por ello una idea irreali­zable. Otro asunto sería repasar la más reciente esta­dística de defunciones en el pueblo para sopesar la suficiencia de un proyecto que albergaría mucho menos espacio del que realmente se necesitaría. "No pasa nada, si logramos construir el gran nicho habrá quedado un buen ejemplo de gestión y acondicio­namiento. Quien un día me sustituya, deberá seguir por la misma línea de trabajo", así pensaba Melo, fiel a sus principios. La idea fue transmitida al resto de enterradores. Todos estaban de acuerdo con la edificación del gran nicho, no todos pensaron que el sueño pudiera hacerse real. Francisco y Guadi eran más entusiastas que Pino. Así todo, emprendieron un camino sin retomo: los fines de semana tratarían de acumular materiales suficientes para la construcción del gran nicho. Sabían que hasta que no concluyeran el muro no cesaría la amenaza de no quedar espacios para enterrar.

Los primeros sacos de cemento llegaron como sobrantes de las pequeñas obras. Francisco y Guadi monitoreaban las construcciones que se llevaban a cabo en el pueblo para ir apalabrando la cesión de los materiales. Pino aclaró que los fines de semana para él y su familia eran sagrados: Los sábados y domingos su hermana trabajaba durante las tardes de camarera de pisos y por la noche servía copas en la discoteca del mismo hotel. Su madre recogía los cartones y papeles que se desechaban en el pueblo para venderlos a una empresa de Las Palmas que le pagaba por kilo almacenado, además, necesitaba que alguien le suministrara la insulina. La ausencia de Pino quedó más que justificada.

Melo quiso implicar al alcalde en la obra del gran nicho. Chano Más contribuyó a incrementar la ayuda con el alquiler de la maquinaria que se emplearía en la fabricación. Con la única condición de que apareciera su nombre incrustado en el fron­tis del cementerio. Melo no cedió. Reclamó un pre­supuesto justo para pagar a seis trabajadores a tiem­po completo. Chano aceptó. Los días siguientes a la nueva demanda fueron apareciendo por orden del señor alcalde dos amasadoras de cemento, seis sachos, andamios, madera, herramientas de mano, varilla, el picón, la arena y algunos borrachusos de tiempo completo que según decían: “Venimos a comprobar cómo está el mercado laboral y sus avances”. Los bebedores de larga distancia sentían la posibilidad de adivinar el transcurrir de las siguientes semanas. Venían tres y a veces cuatro o cinco hombres con varias bolsas negras en la mano. Se sentaban en una esquina del cementerio duran­te horas. Comenzaban por hablar encendidamente entre ellos, continuaban evitando el sol y levantán­dose a cada rato para ir a orinar. Al cabo de unas horas arrojaban al suelo las bolsas negras repletas de botellas vacías. La primera vez que Melo comprobó que las bolsas negras se habían acumulado en exce­so, procedió a ubicar una papelera en la esquina de los borrachusos. Los días siguientes transcurrieron como si la papelera no existiese. Los chispos seguían tirando al suelo las bolsas negras. Como medida de choque, Melo pidió a Guadi que comenzara a utilizar la esquina como almacén de pedacería humana. La primera mañana que dos de los borrachusos vieron decenas de manos, brazos y piernas junto a su esquina tomaron el camino de vuelta. No sin despotricar antes a las puertas del cementerio. "El alcohol es la droga permitida por­que les borra el casete de la memoria ¿Nunca se propusieron sacarle partido a su talento?", replicó Melo desde el interior del cementerio. No se les volvió a ver por el lugar.

Se había pospuesto a los fines de semana el periodo de captación de los futuros obreros que construirían el gran nicho. Los jóvenes Francisco, Guadi y Pino se habían turnado en anunciar por el pueblo y alrededores la contratación, por parte del cementerio municipal, de trabajadores con expe­riencia en la construcción.

Llegó el día de la primera cita. El cementerio se encontraba a diez minutos de camino del centro del pueblo en dirección a la casa de Melo, cinco minutos después del camposanto se llegaría a la vereda que desviaba hacia la casa del enterrador. Debajo de la puerta principal del cementerio se había instalado una mesa. Melo esperaba sentado en ella desde las ocho de la mañana. Francisco y Guadi aprovecharon la ausencia de candidatos al trabajo para ir colocando los materiales recibidos en el área de construcción.

Melo aguzó la vista hacia la carretera. Una nube de polvo comenzaba a surgir del horizonte. Al ins­tante, los tres percibieron el ruido de un compresor destartalado que se aproximaba. Melo llamó a los otros dos y les preguntó por el ruido que se acerca­ba. En medio de la nube de polvo apareció la silue­ta de un camión agonizante. No tenían idea, no se parecía a ninguno de los camiones que otrora habí­an transportado materiales al cementerio. Venía con el capó levantado y de su motor emanaba escu­pitajos de agua hirviendo. El parabrisas estaba que­brado. A la distancia que se encontraba de los ente­rradores parecía claro que se trataba de un 19—  26. Un modelo de fabricación alemana que había deja­do de circular por la isla diez años atrás. El color de la cabina y el del volteo eran el mismo: un verde herrumbroso. Se distinguían brazos que salían de las ventanillas de la cabina y brazos que salían del volteo. Conforme se aproximaba el camión dejaba claro que éste pudiera ser su última cuesta. No sería descabellado pensar que un grupo de teinoseños lo trajeran a morir al cementerio. Guadi insinuó que reconocía a algunas de las personas que venían en la cabina. "¿Quiénes son?" inquirió Melo. "Hay algu­nos que son del pueblo, no sé, no puedo distinguir bien entre el polvo de la carretera y la distancia", contestó Guadi. El camión se paró tras una explo­sión de gases procedente de su bajo vientre. Aún le quedaban unos cien metros para llegar a la puerta del cementerio. Melo se levantó de la silla. Se baja­ron una veintena de hombres y mujeres entre la densa cortina de polvo y comenzaron a empujar el camión. Se oyeron gritos de ánimo entre los que arrastraban el 19—26. Unos cuantos se adelantaron para comprobar el terreno. Instaron al resto a que desplazaran el 19—26 sin demasiada fuerza porque la inclinación de la carretera cambiaba unos metros más adelante. Una decena, aferrados al volteo, empujaron hacia adelante, otra decena discutía si ayudar o mejor posicionarse frente a la albina para que la máquina no se les fuera de morro. Melo no sabía si continuar parado o avanzar unos metros. Quería saber qué estaba pasando. Comprobó el asombro de los enterradores cuando clavó la mira­da en ellos. Les llamó a su lado.

— Chiquillos, háganme el favor de ir a ver quié­nes son esos que vienen por ahí.

Dejaron los guantes sobre la mesa y marcharon rumbo al 19—26. Los hombres remitieron momen­táneamente en su esfuerzo de empujar el camión en cuanto advirtieron la cercanía de los enterradores. Charlaron alrededor de dos minutos y prosiguió cada quien con lo que estaba haciendo. Francisco llegó a la altura de Melo y le transmitió el mensaje de los visitantes: 'Vienen para la contratación de personal". Finalmente acercaron a propulsiones humanas el 19—26. Era un grupo de hombres y mujeres. En concreto quince hombres y siete muje­res. Venían ataviados con sombreros negros unos y de color de paja otros. Las mujeres tenían pañuelos negros cubriéndoles las cabezas. Ninguno parecía ser menor de 40 años. Los primeros en llegar a la altura de la mesa se quitaron los sombreros y espe­raron su turno para hablar. Melo apartó unas mos­cas de la mesa con la mano derecha y los candida­tos interpretaron con ese gesto que la entrevista iba a comenzar.

— ¿Su nombre?

— Plácido Correa.

— ¿Tiene experiencia en la construcción?

— Sí, tiré el murito que habían construido en la entrada de los baños de la escuela pública. —  ¿Su nombre?

— Honorio Fuentes.

— ¿Tiene experiencia en la construcción?

—  Sí, cambié tres veces la cerradura de la Casa de Socorro.

—  ¿Su nombre?

— Luisa Quintana. —  ¿Tiene experiencia en la construcción?

— Sí, ayudé en la elección de los azulejos del baño de la escuela.

— Pero ¿qué cono hacen ustedes aquí? Lo que se pretende construir es un nicho para albergar más muertos. Un gran nicho de ocho metros por vein­te. Para eso se necesita un poco de experiencia en algo similar. ¿Alguno de ustedes sabe de lo que estoy hablando?

Unos se miraron a los otros sin tener muy claro qué era lo que quería Melo. Dos sombreros negros se adelantaron un paso hacia la mesa donde se estaban recibiendo a los candidatos. Uno de los sombreros bajó a la altura de la cintura dejando entrever a un hombre sesentón de facciones avinagradas, ojos ver­des, piel canela, delgado hasta no haber agujeros en su cinturón que mantuviera el pantalón pegado a la cintura. Se subió el pantalón a la altura del ombligo e intervino:

— Señor Melo, mi nombre es Eusebio Ramírez, para servirle. A mí me dijeron que me presentara hoy día aquí porque se estaba solicitando personal de trabajo. Los muchachos estuvieron avisando en el pueblo de la cita. Usted sabe lo que nosotros sabemos hacer en el pueblo. Somos un pueblo de pescadores y jornaleros. Apenas comienzan a llegar otras industrias, otras formas de trabajar que toda­vía no podemos asimilar. Tal vez entre todos poda­mos aprender a trabajar juntos la construcción. Bien sabe que toda la experiencia que tenemos en el mundo de la construcción se limita a las veces que nos hemos organizado como tequio (del nahual tequith trabajo o faena que se realiza entre los miembros de una comunidad para beneficio de la misma). En ocasiones hacemos el tequio para acondicionar la carretera, otras veces para adecentar la escuela... usted ya sabe. Sinceramente es una costumbre que por desgracia se está perdiendo entre los más jóvenes. Los que menos, piensan que los estudios les van a aislar de las incomodidades de la vida; los que más, se van del pueblo rumbo al norte o al sur para trabajar en la hostelería. Esa es la triste realidad de nuestro pueblo. Antes se podía vivir con poco dinero, hoy día sin dinero ya no se puede vivir. El trabajo no nos asusta. Tememos a todo lo que se pueda seguir comprando con dine­ro. ¿Comprende?

Y todos los candidatos dieron pasitos hacia ade­lante o hacia atrás para destensar el ambiente. Unos pidieron cigarrillos a otros. Melo miró fijamente al papel de registro de candidatos que tenía sobre la mesa y apuntó:

— ¿Alguien quiere añadir algo a lo que se está comentando?

"Pos ya quedó clarito", musitó una voz femeni­na sin distinguirse el origen. Melo encendió un Mecánicos y desapareció unos instantes dentro del cementerio. La veintena de candidatos se repartían dos botijos de agua para aliviar la sed. Los rostros de los recién llegados se mostraban contentos aun­que fatigados. No parecía que las palabras de Melo hubiesen cobrado fuerza en el grupo. Un sorpren­dido Guadi tomó el papel blanco que estaba sobre la mesa, lo giró hacia el grupo de candidatos y les propuso que anotaran todos los nombres, disponi­bilidad de horarios y, si tenían, sus números de telé­fono. Melo volvió del cementerio con un aspecto más recuperado. Tiró el Mecánicos al suelo. Llegó a la altura de la mesa donde los candidatos estaban apuntando sus datos y pronunció: —  ¿Cuántos son ustedes? —  Veintidós, señor Melo.

—  Bien, parece evidente que hay una labor por realizar. No es un trabajo fácil si no se tienen los recursos, es decir, si no tenemos la experiencia y el dinero suficiente. ¿Qué hacer ante eso? No sé, tal vez—  Se me ocurre una idea y me gustaría saber si entre todos la podemos sacar adelante o no.

Los candidatos depositaron los botijos de agua en el suelo. Se acercaron a la mesa. Francisco pidió que se alejaran un paso hacia atrás porque el solajero sofocaba. Se retiraron un paso atrás mientras Melo se secaba el sudor de las manos:

—  Todo lo que tenemos en este momento para levantar esta obra son los restos de materiales que hemos ido trayendo de otras obras que hay en el pue­blo. El alcalde se ha comprometido con la construc­ción del gran nicho pero no lo suficiente. Parece que aún está esperando a que le aprueben en el Cabildo la nómina de seis trabajadores a tiempo completo. Repito, seis trabajadores. Ustedes son veintidós. ¿Cuál es la idea? Pues bien, se me ocurre que podríamos organizamos todos en la construcción del gran nicho según las aptitudes de cada quien. Cada día es más difícil pensar que no sólo hay trabajo para el que tiene experiencia, también debe haberlo para el que quiera trabajar. Y si ustedes quieren, podemos recuperar la idea del tequio. Desafortunadamente ya no se confía en el esfuerzo comparado como en la ganancia indi­vidual. Es la triste cruz de nuestra isla. Repito, si uste­des quieren podemos comenzar a organizar este tra­bajo y lo que no tengo claro es cómo repartir los sueldos.

— Qué importa el sueldo —  intervino otra voz femenina—. Un trabajo no se termina de cobrar cuando el patrón paga, perdón. Quiero decir que cuando uno está abierto a trabajar, por encima de las ganancias materiales, está el reconocimiento de tu esfuerzo por parte de los demás. El fruto del trabajo siempre queda a la vista del resto, eso no lo puede negar nadie. Y ante eso el dinero se hace inútil. Nosotros somos trabajadores, solidarios, gente de pueblo. No nos escondemos en nuestras casas porque no tenemos motivos para acumular beneficios personales. Todo lo contrario, nuestra motivación está en seguir proponiéndonos tal y como somos.

—  Eso, Guillermina —  interrumpió la voz de un cuerpo castigado—. ¿Me permites? Bueno, yo quisie­ra añadir que nosotros llegamos aquí con la idea de poder trabajar. No teníamos idea de qué se trataba el asunto. Ahora ya lo sabernos. Continuamos aquí porque confiamos en nosotros, en que el trabajo se haga bien y resulte beneficioso para el pueblo. El señor Melo ha reconsiderado su postura inicial y nos está proponiendo entrarle al proyecto. Gracias señor Melo, su paciencia, su reflexión es digna de ser considerada. Además, usted ha propuesto que entre nosotros nos organicemos. Que consideremos la experiencia de haber trabajado juntos alguna vez como el motor que distribuya las fuerzas. Sr. Melo, dénos la oportunidad de organizamos y, más ade­lante, ya se verá en qué se podrá ir gastando el dine­ro destinado a los profesionales de la construcción. —  Adelante —  contestó Melo—. Eso haremos pero..., antes tengo una pregunta para ustedes. La isla lleva un año recibiendo pateras en las costas. Prácticamente a diario aparecen restos de personas, objetos, madera de embarcaciones..., ¿se han pues­to a pensar de dónde viene todo eso?

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¿Quién es Herta Müller?

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“Nací en Marcané, en el batey de un central azucarero”

con Armando León Viera

“Viví diecisiete años como exiliado en mi ciudad natal”

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“Mi fuerte no está en lo romántico”

Punto de mira

Ese imaginario llamado América Latina

 

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Antonio Skármeta
Eduardo Antonio Parra
Fernando Butazzoni
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