OtroLunes. Revista Hispanoamericana de Cultura. Enero 2010. Antilde;o cuatro. Número once

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Datos de la revista, enero 2010, año 4, número 11
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Porcelana

 

Mariela Varona

Porcelain
are you wasting away in your skin
are you missing the love of your kin
drifting and floating and fading away.

Red Hot Chili Peppers

Eres tan bella, le dije anoche a Yudi, que no sé qué hacer contigo. Nunca he sabido qué hacer con las cosas bellas. Ahora, por ejemplo, miro mis porcelanas y me pregunto qué he logrado teniéndolas así, encerradas en una caja de cartón durante todo este tiempo. Mi madre no entendió nunca para qué yo necesitaba guardar esos bellos trozos inútiles que alguna vez fueron tazas, fuentes, teteras, y que he recogido durante más de diez años.

Yudi tampoco lo entiende, y nunca le he dicho que yo la comparo con mis porcelanas más raras y valiosas. Ella, con su piel blanquísima y sus dientes más blancos aún, parece hecha de porcelana china, de esa materia levemente traslúcida, lechosa, que tienen las piezas antiguas. Cuando toco con la yema de los dedos su antebrazo, sus muslos, el contorno de sus senos, siento la misma exaltación que debieron sentir los alfareros imperiales. Y también miedo. Un miedo enorme porque a Yudi no puedo encerrarla en una caja de cartón y esconderla de las miradas codiciosas.

Siempre empiezo mirando mi primera porcelana. Conserva sus colores intactos, aunque la encontré a los cinco años, y quién sabe desde cuándo se empezaba a hilar la cadena de azares que la llevaron al montón de escombros del patio de mi abuela. Es un trozo casi triangular, y uno de sus bordes es redondeado, sugiriendo la curva de la fuente o del plato que fue. Tiene un ramillete de flores rosadas y malvas con puntitos dorados entre los pétalos, y un finísimo filete, también de oro, en el lado más curvo.

Todavía me acuerdo de la cara de abuela cuando me vio lavando el trozo de porcelana en un cubo: mira como te has embarrado la bata y las medias, si sigues escarbando en la basura y recogiendo porquerías, te voy a pegar. Mentira: abuela nunca me pegó. Amenazaba siempre con hacerlo, pero conmigo era tan blanda como sus brazos. Mamá sí me pegaba, me pegaba por todo; abuela decía que ella vivía amargada y que un día me iba a matar.

Ahora yo suelo contarle a Yudi, cuando fumamos juntas, abrazadas en la cama, cosas sobre mi vida con abuela. De mamá no hablamos nunca, porque hace muy poco tiempo todavía de lo que pasó. Pero mi abuela nos acompaña casi todas las noches con sus natillas fabulosas, los frascos de cristal atestados de botones viejos, las matas del jardín y la enredadera de picualas, aquellos trozos de opereta que cantaba a media voz, trastocando la letra para hacerme reír...

Yudi me preguntó una vez, cuando vino a vivir con mi mamá y conmigo, cómo había empezado mi manía de coleccionar las porcelanas. Debo haberle respondido alguna tontería, porque sólo me acuerdo de sus ojos risueños cuando me habló, un poco tímida, como cualquiera que aún se siente extraña en una casa. Y me acuerdo de la primera impresión que tuve de ella: la trenza castaña cayendo sobre el hombro, el cuerpo moviéndose con una brusquedad de muchacho, el short desteñido. Mamá diciendo: Yudi, esta es mi hija Esther, no le hagas mucho caso porque es insoportable.

Pobre mamá, ella no tuvo la culpa de ser tan inepta para mantener sus relaciones. Es mi mala suerte, decía. Pero había algo en ella que espantó incluso a ese hombre maravilloso que es mi padre. Esta porcelana azul, con dibujos en relieve, es de la época en que ellos empezaron a pelearse.

Creo que yo andaba por los seis años, porque recién comenzaba la escuela y recuerdo el miedo que me daba volver a casa por las tardes: en el patio, esperándome, siempre estaba uno de los dos. Si era mamá, el rictus de la boca me anunciaba la pelea en ciernes; si era mi padre, el modo de pasarse los dedos por el pelo y su obsequiosidad conmigo me decían que había bebido y esperaba un escándalo en casa.

Yo demoraba cuanto podía el momento de llegar al barrio, y el mejor pretexto siempre fue rogarles que me dejaran buscar algo para mi colección en las cunetas que daban al parque. Él casi siempre me complacía –tenía tan pocos deseos como yo de llegar al infierno--, pero ella demostraba una urgencia extrema en enfrentarse a su enemigo, y me apresuraba con aquellos azotes en las piernas que me están escociendo todavía.

Sí, de esa época es la azul con dibujos en relieve. Y también algunas blancas, de motivos sencillos, de esas vajillas que había en todas las tiendas y que venían de China. Pero ésta, de porcelana inglesa –la verde con el esmalte resquebrajado que parece siempre a punto de partirse— es de cuando ya mi padre vivía con la otra, exactamente del día en que me llevó a conocer a mi hermano Omar.

Yudi no logra entender por qué yo odiaba tanto a mi hermanito. Ella no sabe que aunque la gente se pelee y grite, hay un encanto único en el gesto de un hombre que te toma en sus brazos y te lanza hacia lo alto, y se ríe fuerte, y te trae a menudo alguna sorpresa. Ella no puede entenderlo porque jamás ha vivido con un hombre. A su padre lo vio apenas tres veces en su vida y significa menos que los perros que ha alimentado y curado en la clínica de animales. Ella no se da cuenta de que, con la noticia de su existencia, mi hermano me explicó de golpe las peleas, el olor a ron, los cacharros estrellados en el piso, las fotos de la boda hechas pedazos por las manos de mi madre.

Ah Yudi, si me hubieses visto aquella tarde, cuando yo iba con mis ropas nuevas de la mano de papá, charlando como un ave feliz y creyendo que era otro de esos paseos de sábado que disfrutaba tanto, con él para mí sola, con la tarde resplandeciente de mayo brillando dentro de mí. El trozo de porcelana verde me llamó con un reflejo de sol y lo mostré a papá con orgullo de buscador de tesoros. Tiene el color del jade, dijo él, y tuvo que explicarme a qué se refería.

Al regreso, en cambio, apreté fuerte el trozo de vajilla inglesa todo el camino, y mi mano sangró por mí, por la rabia y la sorpresa de haberme visto frente a la mujer trigueña que me sonreía y daba de mamar un seno horriblemente hinchado al niño, que no lograron obligarme a besar. Desde entonces el verde jade, para mí, es el color de la rabia.

Aquí está otra muestra de porcelana inglesa que representa algo tan diferente: rojo sobre oro, esmalte dorado cubriendo toda la superficie de ese plato suntuoso que fue y sólo por el dorso se ramifica delicadamente como el raquis de una hoja. Como las arruguitas de los ojos de Yudi cuando ríe, y desaparece el verde glorioso bajo los párpados estremecidos, los párpados y la risa que no me canso de besar. Aunque hace mucho que no me regala su risa, sé que pronto volverá a aparecer.

Pero esta porcelana roja hasta hace poco significaba otra cosa. Me acostumbré a asociarla con el día en que descubrí mi cuerpo: desnuda, las manos palpaban cada parte de mí como si moldearan un material desconocido, y encontraron un lugar preciso, capaz de hacerme olvidar el resto del mundo. Las caricias fueron volviéndolo diferente, mis dedos sentían los cambios de su forma y su textura y después de la sacudida final había una gran mancha roja en la sábana que me indicó que mi niñez había terminado.

Al principio Yudi tampoco reía para mí. En la mesa, sólo existían ella y mamá. Yo era la malcriada Esther, la intrusa que molesta a su madre. Ahora me pregunto por qué no me pareció raro que Yudi se mudara con nosotras y no durmiera en el sofá, como cualquier pariente, por qué su instalación en el dormitorio de mi madre se consumó como algo natural. Supongo que fue el cambio de humor de mamá lo que me hizo alegrarme y pensar en Yudi como en la hermana mayor que necesitaba.

Las preguntas de los vecinos me hicieron cavilar. ¿Quién es, hasta cuándo se quedará, dónde duerme? Tu mamá está muy cambiada, no? Su alegría era la prueba de que mamá no estaba apta para vivir con mi padre ni con ningún hombre. Una noche, cuando pensaban que ya dormía, las vi perseguirse desnudas por el comedor y la cocina. Yudi reía y mi madre se parecía a mí como nunca: tenía la cara dichosa y avergonzada de una adolescente. El cuerpo de Yudi brillando en la oscuridad fue como un rayo en mis sentidos.

Después las vi muchas veces, espiando por el agujero de la puerta. No miraba el cuerpo de mi madre, ella no existía porque para mis ojos el único cuerpo que contaba era el otro, el de espalda recta y miembros hechos con perfección de alfarero. La porcelana de su cuerpo refulgía como una pieza única, sus tonos de crema y rosa se mezclaban en la penumbra y a veces veía el resplandor de cobre de su sexo, abierto como las corolas. Seguía los movimientos de sus dedos, de su lengua, de su vientre, y detrás de la puerta yo era tocada y acariciada cada noche en lugar de mi madre.

Por las mañanas trataba de no encontrarme con Yudi, esperaba a que se fuera al trabajo para levantarme. Creo que no hubiese soportado el deseo de saludarla con un beso, agradecida por su noche de amor para mí. Necesitaba todo el día para tranquilizar mis sentidos y volver a verla como la Yudi de siempre, decirle qué tal, cómo te fue hoy, ven para enseñarte el trozo de porcelana que he encontrado.

La tarde en que rompí el jarrón de mamá, del que guardo este trozo jaspeado de perla, Yudi me defendió de sus iras y esa fue su declaración de amor. Me metí en el baño, sollozando –mi madre creyó que fue vergüenza, pero era pura felicidad—y llamé a Yudi. Necesitaba decirle que yo también la amaba, que no callara más. Cuando entró al baño cerré la puerta y la besé por fin, sintiendo el sabor de su saliva mezclado con mis lágrimas.

Vi los ojos agrandarse, ella dice que por la sorpresa, pero yo sé que fue de alivio por descubrir mi amor. Te amo tanto, le dije, tan cursi. Y Yudi sólo sonrió y abrió la puerta, para escapar de las sospechas de mi madre. Ah, qué días los que siguieron, en que tenía que vigilar para verla un rato a solas, acariciar sus manos, rozar sus puntas temblorosas, temiendo que mi madre entrara en cualquier momento, sintiendo su voz acercándose… Me encerraba a contemplar el pedazo de jarrón perlado para revivir una y otra vez aquel primer beso, y se me antojaba que el color de perla no había sido casual, pues era también uno de los colores de Yudi.

Ella siempre me evitaba, pero la comprendo. Es muy duro decirle a alguien que la dejas porque amas a su hija. Mi madre me observaba con cierto estupor, pues había dejado de cultivar mis libros y mi hosquedad, y cantaba sin parar por toda la casa. Yo no podía evitar responderle con mirada de lástima. Al fin tengo algo más importante que mi colección de porcelanas, tenía ganas de gritarle. Tengo la mejor porcelana del mundo, la que tú no te mereces.

Y vino la noche aquella de la que no debo hablar nunca con Yudi. Mi madre riñéndome como siempre, gritándome insultos –su alegría estaba desapareciendo porque sospechaba que había perdido el amor de Yudi—y persiguiéndome por todos los rincones con la taza de manzanilla en la mano. Ella creía que la manzanilla era tan buena que había convertido en ritual beberla cada noche en la gran taza blanca adornada con letras rojas.

Yo apenas tomaba nota de lo que gritaba. Estropeaste tu uniforme de la escuela con pintura de uñas…, dejaste derramar la leche sobre la hornilla…, estoy harta de tus malas notas, y…. Y entonces se le ocurrió decirme lo peor: hasta Yudi está harta de ti y va a regresar a la casa de su prima.

Entonces comprendí adónde llegaba en su odio y dejé de huirle. Me enfrenté a ella, cara a cara, y solté todo lo que llevaba dentro.

No sé qué vería en mis ojos mi madre cuando le dije la verdad. Pero tuvo miedo, y se dio vuelta para escapar, por esta vez ella de mí. Y la sujeté por el cinturón de la bata y mi pierna se atravesó debajo de la suya de modo que el cuerpo fue cayendo, cayendo como en cámara lenta, y terminó tendida, la cabeza contra el rodapié de la meseta de la cocina –ese que siempre sobresalió un poco más de lo debido—y extraordinariamente quieta, con la cara bañada en manzanilla. Los pedazos de la taza blanca con letras rojas se esparcieron por todas partes.

Uno de ellos es el último trozo de mi colección. Lo miro suspirando y lo pongo de nuevo en la caja. Recuerdo la cara de Yudi cuando me encontró recogiendo los trozos de porcelana junto al cuerpo de mi madre, los vecinos que llegaron corriendo ante sus gritos, la policía haciéndome preguntas y al fin, el velorio tranquilo con tantos parientes. Mi padre apretando mi mano y asegurándome que en su casa también tenía una familia…No tuve que ocuparme de nada, todos me compadecían tanto que disfruté mi papel de pobre huérfana, anticipando el momento en que por fin Yudi y yo estaríamos solas para tenernos para siempre.

Pero algo falló. Cuando regresamos del cementerio Yudi no quiso que la besara. Sus ojos verdes, hinchados de llorar –realmente creo que exageró su duelo—se enfrentaron conmigo y empezó a preguntarme cómo había sido en realidad aquella caída tan rara de mi madre. Yo no contesté nada. Ella se fue al cuarto y vi cuando empezó a sacar sus ropas del armario. El maletín grande con el que llegó. Sus muñecos de peluche. Y comprendí que no quería quedarse conmigo, que me iba a dejar sola. Y algo tenía que hacer para detenerla.

Ahora reviso a cada minuto sus amarras para que no se lastime, la abrazo y la acaricio con toda mi ternura, le doy de fumar con mis manos y le obligo a tomar la comida como si fuera un bebé. Mi fiesta es besar cuando quiero esa tersura que lleva encima sin calcular su belleza. Contarle historias de mi abuela, llevarla al baño cada vez que me lo pide, y sacar para ella la colección de porcelanas.

No me importa que me grite, que diga que nunca me amó, que estoy loca y que maté a mi madre. Nuestra cama está ahora en el cuarto del fondo, donde no pueden oírla ni los vecinos. Yo le pongo un pañuelo en la boca cuando sus gritos me parecen excesivos y empiezan a recordarme los de mamá. Esa rabia irá pasando cuando comprenda que su piel de porcelana estaba destinada a mí. Y yo sé que me dice todo eso porque cree que los años que me lleva le dan derecho a aconsejarme. Y porque ha enflaquecido un poco y está cada vez más frágil, pero estoy aprendiendo a preparar la comida que le gusta. Ella sigue repitiendo que mi padre o alguien descubrirá lo que pasa y me veré en problemas.

No te preocupes por mí, Yudi, le digo. Sé que a ti no te puedo encerrar en una caja con las demás, pero algo se me ocurrirá para que no me dejes nunca.

 

Holguín, 14 de enero de 2006


Mariela Varona Roque

(Banes, Cuba, 1964) ha publicado los libros El verano del diablo (Editorial Holguín, 2003) y Cable a Tierra (Editorial Unión, 2003), y sus cuentos han aparecido en antologías publicadas en Brasil, España y Estados Unidos. Ha obtenido los premios David de Cuento, La Gaceta de Cuba y la Beca de Creación Caballo de Coral.

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