OtroLunes. Revista Hispanoamericana de Cultura. Enero 2010. Antilde;o cuatro. Número once

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Datos de la revista, enero 2010, año 4, número 11
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La nueva utopía: Un día sin mexicanos & A wonderful world

 

Alfredo Antonio Fernández

No es frecuente que dos filmes con escasa diferencia de tiempo en la producción y realizados en diferentes latitudes incidan con sus contenidos en la realidad de los mexicanos de dentro y fuera de México.

Pero así ocurre con los filmes Un día sin mexicanos (2004), de Sergio Arau, y A wonderful world (2006), de Luis Estrada.

Aparte de que ambos filmes fueron dirigidos por cineastas mexicanos, ¿qué otras más cosas de interés tienen en común?

En ambos está presente la idea de proyectar más allá del tiempo actual (utopía) los conflictos que afectan a los mexicanos y a los mexicoamericanos del siglo XXI.

Y esto es de importancia, sobre todo ahora, una década después que el Tratado de Libre Comercio (NAFTA) entre EE.UU y México creó las bases para que millones de mexicanos en ambos lados de la frontera se agruparan económicamente en el nuevo proyecto Neoliberal y no sólo en el tradicional de la familia.

Y también es de interés que los filmes hayan recurrido a desplazamientos temporales (año 2015 en A wonderful world) y espaciales (niebla de color rosa en la que desaparecen los mexicoamericanos en Un día sin mexicanos) como forma de atraer al público a las salas de cine.

Un día sin mexicanos, de Sergio Arau, con 100 minutos de duración se exhibió limitadamente en los circuitos de cine comercial de EE.UU: a partir de Mayo 14, 2004 en los estados del Suroeste como California, y a partir de Septiembre 17, 2004 en Chicago, Texas, Florida y New York.

Aún antes del estreno empezó a levantar polémica y protestas cuando los habitantes del estado de California (anglos & hispanos) comenzaron a ver en vallas y carteleras el anuncio: On May 14, there will be no Mexicans in California.

El hecho provocó la reacción de la población de origen hispano (mexicanos & centroamericanos) que interpretaron la leyenda como una amenaza inusitada y violenta contra la comunidad latina radicada en California.

¿Cuál es el elemento central del plot de Un día…?

Se trata de una fantasía en la cual, repentinamente y sin explicación valida a mano, los mexicanos del estado de California desaparecen.

Y junto con la desaparición de mexicanos quedan rotas las comunicaciones por teléfono y de Internet. Ergo: los hilos invisibles que conectaban la frontera entre ambas naciones (México & EE.UU) y que el Tratado de Libre Comercio (NAFTA) anudó en 1994 de la noche a la mañana quedan inservibles.

Y no es para menos el caos que crea la súbita desaparición: no se trata de cientos o de miles sino de ¡catorce millones de mexicanos perdidos en la niebla rosa incluidos los agentes de la Migra fronteriza de origen mexicano!

La idea de la desaparición súbita y sin explicación de una comunidad no es nueva dentro de la cinematografía mundial.

Ya antes, en los orígenes del cine expresionista europeo, como reacción a los numerosos progroms que sufrían los judíos, el cineasta austríaco Hans Karl Breslauer, filmó The city without jews (1924): alegoría cinematográfica basada en la novela del escritor Hugo Bettauer en la cual, Viena, la capital del Imperio Austro-Húngaro, se ve afectada cuando la población judía es removida.

Hasta qué punto caló hondo en la atmósfera antisemita de aquellos años el filme, se evidencia cuando, poco después de la premiere, el novelista Hugo Bettauer fue asesinado por un miembro del partido nazi.

De vuelta a América, la idea de presentar la problemática mexicoamericana a través del misterio de la desaparición masiva de inmigrantes, le valió al filme durante su exhibición internacional, el Premio al Mejor Guión en el Festival de Cine de Cartagena.

Pero si la desaparición masiva, aún sin conocerse las causas, es elocuente y sugestiva, más aún lo son las pequeñas catástrofes cotidianas que provoca.

El propietario de un restaurante llega a su establecimiento y no ve a nadie: ni menú del día, ni comida, ni nadie que lave los platos, ni siquiera clientes.

El senador Abercrombie al arribar al Capitolio anuncia que pagará cinco veces más de lo que usualmente se pagaba a los latinos para encontrar gente dispuesta a recoger tomates en los campos.

Nadie nunca sospechó cuantos desperfectos en cañerías, goteras en los techos, jardines con hierbas, casas derrumbadas, basura acumulada en botes comunales, falta de maestros en escuelas y enfermeras en hospitales podría provocar en California ¡un día sin mexicanos!

Y por lo único que los anglos daban gracias a Dios después de la desaparición de los mexicanos era porque también habían desaparecido millones de autos y camionetas y el tráfico ahora era más soportable.

Paradojas de la vida: el director y los productores apostaron por los circuitos de cine estadounidenses como las mejores plazas comerciales para la recepción de Un día…

Y no fue así en la realidad.

El filme recorrió el Oeste y el Este y el Centro de la nación en los sitios de mayor asentamiento poblacional mexicano y sólo recaudó 4.1 millones. Sin embargo, en Ciudad México y otras ciudades se situó como el primer filme en las taquillas en la primera semana de exhibición.

Si bien la disolución de los mexicanos en la niebla rosa y las consecuencias que desató se cuentan entre los momentos más logrados del filme no ocurre igual con el traslado de esa situación a la vida cotidiana de los personajes.

Demasiados personajes, demasiadas pequeñas historias no contribuyen al enriquecimiento de la anécdota central del filme sino a su dispersión y por momentos banalidad.

Las peripecias en las que se ven envueltos la tía Gigi, el presentador del talk show de la T.V. y la joven Sánchez no convencen suficientemente y al final, entre las posibles figuras salvables, quedaría la reportera Lila interpretada por Yareli Arizmendi, coguionista del filme.

Los críticos de cine norteamericanos privilegiaron en sus notas periodísticas los defectos de interpretación hasta el punto de revertir los fundamentos del filme

“This Day not only lacks Mexicans but also good acting, sharp storytelling and humor” en detrimento de su principal valor: una llamada de atención hacia la presencia de mexicanos en las calles de EE.UU y la creciente dependencia de los anglos hacia ellos en servicios comunitarios, recogida de cosechas agrícolas, comercio minorista y transporte por carretera de parte de la producción industrial y agrícola del país.

Un día… no pretende ser un cine de elevado contenido social como los que en el pasado animaron a algunos directores de Hollywood a moverse hacia México: Fred Zinnemann Redes (1934) y Elia Kazan ¡Viva Zapata! (1952).

En Un día… no hay huelgas ni consumo de drogas ni violencia, por el contrario, el filme se sitúa en la zona que el escritor ruso-soviético Ilia Ehrenburg llamó “la fábrica de sueños de Hollywood”.

Sin vulnerar el esquema del “cine de entretenimiento”  (conflicto sentimental & “happy ending”), el director Sergio Arau se vale de nuevas estructuras narrativas del cine y la T.V. como presentar los hechos ficticios mezclados dentro de un formato documental que la jerga técnica de los estudios de cine y T.V. denomina mock documentary y/o mockumentary.

Un día… clasifica como producto fílmico de la industria del entretenimiento, pero dentro de la estructura del “ocio productivo” aspira –en nuestra opinión lo logra- a reflexionar humorísticamente sobre un candente tópico de las minorías: ¿qué pasaría en EE.UU si un día no sólo los mexicanos de California sino cualquier grupo hispano que compone la minoría más grande de la nación –más de cuarenta milllones- decide tomar vacaciones por su cuenta o queda atrapado como en el filme en una gigantesca nube rosa?

Ese es el superobjetivo del filme: una llamada de alerta de que bajo el cielo de EE.UU y de cara al siglo XXI existe un mosaico de nacionalidades de origen hispano de gran poder económico, poblacional y de indudable potencial político.

Y ese es, definitivamente, su principal mérito más allá de fallas en la dramaturgia, en la estructuración del tempo cinematográfico o de una poca acertada selección en los roles protagónicos.

Con una duración de casi dos horas y tres años después de la exhibición de Un día… se produjo otro esperado estreno: A wonderful world, del director Luis Estrada.

Se estimaba que el nuevo filme tendría tanto impacto nacional en la política y en las taquillas como en su momento tuvo su antecesor La ley de Herodes (1999).

¿Casualidad o premeditación?

Los críticos se preguntaban si el team de filmación de A wonderful… no le estaría apostando a una “Crónica de una censura anunciada” al ver que la fecha de estreno era el 17 de marzo de 2006 tres meses y medio antes de las elecciones del 6 de julio en las que competían el Partido Acción Nacional (PAN) y el Partido de la Revolución Democrática (PRD).

Y para mayor “altercado por anticipado” el director no sólo apostaba a las fechas sino que volvía a emplear a su actor favorito Damián Alcázar (inolvidable Juan Vargas en La ley de Herodes) en el rol protagónico principal.

Siete años antes (diciembre 1999), Luis Estrada se había visto envuelto en las redes de la censura cuando la premiere de su filme La ley de Herodes coincidió con la lucha por la elección presidencial de los candidatos del Partido Revolucionario Institucional (PRI) y el Partido Acción Nacional (PAN)1.

Pero en esta oportunidad el nuevo filme se estrenó sin roces con la censura aunque en su contenido existían tantas o más gruesas alusiones a la vida social y política de México que en el tan mentado de La ley de Herodes.

La primera parte de la historia recuerda en tono de parodia el relato del escritor inglés Aldoux Huxley “Brave New World” (1932) desdoblado en A wonderful world de utopía en distopía.

¿Por qué utopía…?

Al inicio de la ficción cinematográfica se celebra una reunión mundial sobre la pobreza y se declara que no hay pobres en México.

¿Por qué distopía…?

Un vagabundo de nombre Juan Pérez -sin dudas un Pérez cualquiera- desliza su pobre humanidad por el centro de Ciudad México. Va en busca de un lugar donde pasar la noche. “Se cuela” dentro del Centro Financiero Mundial. Es descubierto por un guardia encaramado en una cornisa a cientos de metros de altura. Los periodistas que lo ven sobre el edificio aseguran que se subió para suicidarse en protesta por la política Neoliberal del gobierno. ¿Por qué utopía…?

Al aparecer en los diarios, de “Pérez cualquiera” Juan Pérez pasa a ser héroe nacional. Acosado por la prensa, al ministro de Finanzas no le queda más remedio que regalar a Pérez una casa, un carro y un trabajo para hacer bueno el slogan de que en México no hay pobreza. Pérez es enviado a un hospital para chequeo médico: las enfermeras lo atienden “a cuerpo de rey”.

¿Por qué distopía…?

Al enterarse los vagabundos (El tamal, El Azteca y El compadre Filemón) amigos de Pérez de los beneficios obtenidos por su socio debido a su presunto suicidio, deciden, a su vez, “suicidarse” lanzándose desde los principales edificios de Ciudad México para ver si obtienen beneficios similares de parte del gobierno.

¿Por qué utopía…?

El ministro de Finanzas al saber de la ola de suicidios de vagabundos y desempleados que amenaza a la ciudad, de la noche a la mañana da un giro y en lugar de seguir con el slogan de que en México no hay pobreza declara a la pobreza un crimen y emite órdenes de aprehender a los vagabundos.

¿Por qué distopía…?

Como a la pobreza ahora en México se le considera delito Juan Pérez va a dar a la cárcel.

¿Por qué utopía…?

Tres años de prisión y Juan Pérez es liberado y regresa a las calles. No ya como pobre in extremis sino como pobre standard. El ministro de Finanzas por haber rectificado a tiempo la consigna de que en México no hay pobreza y sustituirla por la de que la pobreza es un crimen recibe el Premio Nobel de Economía.

Podríamos seguir un largo rato más acumulando dicotomías de este singular enfrentamiento entre utopía vs distopía en A wonderful... Pero no es ese el caso sino valorar en su conjunto la nueva producción de Bandidos Films bajo la dirección de Luis Estrada.

Técnicamente la factura cinematográfica del filme oscila entre el expresionismo y el comic.

Posee en conjunto buenos y risueños momentos en los que mediante caricaturas y parodias del discurso y del modo de pensar de los miembros de la clase política mexicana se logra un acercamiento a la realidad más efectivo que el de los medios de prensa.

Los periódicos del gobierno y de la oposición aparecen empeñados exclusivamente en mostrar las virtudes y los defectos de las partes en contienda.

Y a ambos se les escapa la posibilidad –bien aprovechada por el director- de (re) plantearse la realidad social y política de México en términos narrativos de un cuento de hadas que comienza muy bien y termina muy mal.

Lamentablemente la segunda parte del filme no está a altura de la primera parte.

Un corte de tijeras realizado por el director que hubiera aligerado el tiempo en pantalla (running time) de casi dos horas de duración a una hora y media hubieran beneficiado en conjunto el balance temporal del filme.

Y también una más elaborada dramaturgia y el conocimiento de cómo guiar sabiamente los conflictos abiertos en la trama hacia un cierre dramático que convenza a todos –críticos y espectadores- habrían contribuído a la óptima calidad de un filme que de por sí es bueno.

Lamentablemente a medida que se acerca al final el filme pierde ritmo y se hace lento, repetitivo y formulaico en la acumulación de situaciones que ya casi nada aportan al progreso general de la trama.

La aguda sátira del sistema Neoliberal y de sus formulaciones futurísticas y utópicas de acabar con la pobreza que en los primeros momentos eran de indudable acierto empiezan a caer en lugar comunes.

También se acentúa el carácter melodramático de parte de la trama en detrimento del tratamiento neorrealista y satírico que tantas risas provocó en los comienzos del filme.

Por último, un Juan Pérez que parece haber aprendido a golpes la lección de un sistema que lo encumbró pero que también lo encarceló, se conforma con vivir a gusto con su novia Rosita (actriz Cecilia Suárez) en una casita de las afueras que le ha sido otorgada como premio por los políticos del Neoliberalismo.

Si comparamos el final de A wonderful… (2006) con el final de Un día… (2004) vemos que Juan obtiene al final de A wonderful … una casita del lado mexicano (ficticio american way of life) como una extraordinaria cosa que sus paisanos mexicanos del lado norteamericano (real american way of life) tienen desde el principio del filme de Un día… como cosa común y desde mucho antes. Y además de casa: carro, comercios, ciudadanía, etc.

Es decir, los mexicanos que viven en California hacen un recordatorio a los anglos de EE.UU de que no los pueden ignorar y con ellos hay que contar pues tienen poder…

Mientras que Juan y su casita quedan como ejemplo para el resto de los millones de pobres que hay en México de que un día no muy lejano (2015 en el filme) ellos también podrán ser felices gracias al modelo Neoliberal y tener una casita sin necesidad de cruzar legal o ilegalmente la frontera invadida por la niebla rosa entre México y EE.UU…

A wonderful… mira crítica y ácidamente esta realidad de un país pretendidamente rico sumergido parcialmente en la pobreza.

Y no importa que de nuevo –como en La ley de Herodes- la maestría técnica del director en el empleo de la gama de colores se mueva entre los oscuros tonos de los callejones de Ciudad México por donde se desplazan los vagabundos a los tonos brillantes de las residencias de los ricos en las barriadas de El Pedregal o Las Lomas.

O que la banda sonora emplee repetidamente acorde con el título del filme la nostálgica interpretación de Louis Armstrog “That’s a wonderful world” como recordatorio volteriano de que en el México futurístico del 2015, todos, ricos y pobres, vivirán “en el mejor de los mundos posibles”.

No, la música y los colores no son empleados como paliativos a la cruda realidad de la pobreza sino como armas de un arsenal que pretende alcanzar un óptimo grado de mérito estético a través de un contenido de denuncia social.

En una entrevista a Luis Estrada durante el estreno de A wonderful… confirmó de antemano sus propósitos:

La ley de Herodes es una crítica frontal a un partido político (PRI). Un mundo maravilloso critica un sistema, un modelo económico que ha venido pauperizando a este país que únicamente toma en consideración cifras macroeconómicas…”

No hay que olvidar que una parte del discurso oficialista reitera la ausencia de pobres y de la otra parte el filme nos recuerda que, según organismos internacionales, existen sesenta millones de pobres en México.

En términos de la actual población del país –algo más de cien millones- la cifra vendría a representar un poco más de la mitad de la población en estado de pobreza.

El filme toma partido por la crítica de las supuestas bondades del modelo Neoliberal económico aplicado con rigurosa ortodoxia a la sociedad mexicana a través del “sube y baja” de la vida de un Pérez cualquiera que tan pronto trepa a la cúspide del Centro Financiero Mundial como rueda a las alcantarillas…

A wonderful world es una tragicomedia de tono tan oscuro en su crítica a la gestión gubernamental del Partido Acción Nacional (PAN) como en su momento lo fue La ley de Herodes a la del Partido Revolucionario Institucional (PRI).

Sin que por ello dejen de aparecer señalamientos críticos al Partido de la Revolución Democrática (PRD) que nunca ha podido llegar al poder.

¿Podría configurarse entonces el perfil de Luis Estrada el director como el de un artista iconoclasta…?

Sí, tal vez… Puede que sí/no estemos en presencia de un anarquista o de un francotirador de las artes.

Pero también podríamos esperar a la exhibición de su próximo filme 40 grados que cerrará la trilogía abierta con la La ley de Herodes y continuada con A wonderful world antes de emitir un juicio más conclusivo.

 

Nota de los editores:

1.- Ver Alfredo Antonio Fernández “La ley de Herodes: ¿retórica del poder o dialéctica cinematográfica?” en OtroLunes NO. 10, Oct-Nov, 2009.


Alfredo Antonio Fernández

(La Habana, Cuba) Licenciado en Historia por la Universidad de La Habana, Master en Estudios Latinoamericanos en la UNAM, México y Doctorado en Español de la University of Houston, Estados Unidos. Ha publicado: El Candidato (Premio de la Unión de Escritores de Cuba, 1978), Crónicas de medio mundo (relatos, 1982), La última frontera, 1898 (novela, 1985), Del otro lado del recuerdo (novela, 1988), Los profetas de Estelí (novela, 1990), Lances de amor, vida y muerte del Caballero Narciso (Premio Razón de Ser de Novela, 1989), Amor de mis amores ( novela, Planeta, México, 1996) y Adrift: The cuban raft people (Rockfeller Foundation Grant, 1996; Arte Publico Press, Estados Unidos, 2001). Reside en los Estados Unidos.

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Este Lunes

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Condenado por tener hambre: Pánfilo, el estado peligroso y la situación de los cubanos negros

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Contra la impunidad

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Por una nueva concepción de la Sociedad, el Estado y el Derecho cubanos

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¿Quién es Herta Müller?

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La nueva utopía: Un día sin mexicanos & A wonderful world

Alfredo Antonio Fernández

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“No soy un escritor de academia”

con Alberto Chimal

“Renunciamos a nuestro libre albedrío para eludir responsabilidades”

con Lina de Feria

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con Manuel García Verdecia

“Nací en Marcané, en el batey de un central azucarero”

con Armando León Viera

“Viví diecisiete años como exiliado en mi ciudad natal”

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“Mi fuerte no está en lo romántico”

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