OtroLunes. Revista Hispanoamericana de Cultura. Enero 2010. Antilde;o cuatro. Número once

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Datos de la revista, enero 2010, año 4, número 11
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“Nací en Marcané, en el batey de un central azucarero”

Entrevista a Manuel García Verdecia

 

por Rafael Vilches Proenza

Página 1

La palabra es la sombra de la luz.

Karel Hazky

Tengo ante mí al maestro Manuel García Verdecia, honorable y honesto, al que los jóvenes escritores y artistas acuden con sus dudas e inquietudes. Quien ha sabido granjearse la confianza por su sapiencia y algo más, su sinceridad. Un promotor por amor natural al arte y la literatura, defensor del mejoramiento humano. Se desempeña como Vicepresidente Primero de la Unión de Escritores y Artistas de Holguín.

Preguntar siempre es un riesgo, puedes recibir las mil respuestas, herir o fulminar a un ejército. Doy el arma a Manuel a que él ponga los proyectiles.

(Holguín,  Cuba, 1953) Profesor, escritor, traductor y editor. Licenciado en Lengua Inglesa y graduado de Lengua Francesa. Obtuvo el grado de Máster en Cultura Cubana con una tesis sobre la narrativa de la década del 1930. Ha sido profesor en universidades de Cuba, Canadá, República Checa y México. Su obra ensayística incluye autores como Alejo Carpentier, José Lezama Lima, Gastón Baquero, Eugenio Florit, Lisandro Otero, José Soler Puig, Roberto Fernández Retamar, César López y Antón Arrufat, Carlos Fuentes, Otavio Paz, Miguel Hernández, Tomás Segovia, Max Aub, María Zambrano, José Saramago y José de la Cuadra entre otros. Ha publicado La consagración de los contextos, ensayo, Premio de la Ciudad, Ediciones Holguín, 1986; La mágica palabra, ensayos, Premio de la Ciudad, Ediciones Ámbito, 1991; Incertidumbre de la lluvia, poesía, Premio de la Ciudad, Ediciones Holguín, 1993; Hebras, poesía, Editorial Lunarena, México, 2000; Meditación de Odiseo a su regreso, poesía, Premio Adelaida del Mármol, 2001; Travesías, cuentos, Ediciones Holguín, 2004; Música de viento, cuentos, Editorial Oriente, 2005; Saga de Odiseo, poesía, Editorial Unión, La Habana, 2006. Camino a Mandalay, poesía, Ediciones Holguín, 2008.  El día de La Cruz, novela, Premio José Soler Puig de novela 2007, Editorial Oriente, 2008. Hombre de la honda y de la piedra, Premio Julián del Casal de Poesía 2007, Editorial Unión, 2009. Entre sus traducciones destacan Las musas inquietantes, selección de la poesía de Sylvia Plath, Editorial Holguín, 2002, Premio Nacional de Edición; Intimate strangers, antología de poesía cubano-canadiense, Editorial Hidden Brook Press, Toronto, 2004; Meridiana, novela de Alice Walker, Editorial Arte y Literatura, La Habana, 2004; Hojas de Hierba, de Walt Whitman, Editorial Arte y Literatura, La Habana, 2006 y El profeta, de Khalil Gibram,  Editorial Arte y Literatura, 2006.  . En 2008 obtuvo el XIII Premio de Poesía La Gaceta de Cuba por su cuaderno “del tránsito de las almas”. Recientemente obtuvo el primer premio del concurso internacional La poesía lleva alas de la Editorial Voces de Hoy, de Miami, EE.UU.

 

¿Naciste en Cueto háblame de tu infancia, los amigos de entonces y la familia?

Nací en Marcané, en el batey de un central, de lo cual ni reniego ni me arrepiento. Esto me brindaba dos posibilidades: contaba con las facilidades básicas de una ciudad (escuela, hospital, cafeterías, cine, etc.) a escala de un batey y además, a unos pasos, ya estaba la naturaleza varia y estimulante. El batey estaba muy organizado, se fumigaba (lo que proporcionaba el juego de meterse en el humo), pintaban las casitas, arreglaban el camino todos los años, el tren pasaba puntualmente por la estación, el ingenio pitaba las horas y siempre ibas a su son… Todo el mundo se conocía y, sin que fuera un paraíso (había chismosos, pendencieros, borrachos y picapleitos, como en todas las viñas del señor) pues los vecinos te ayudaban y velaban por ti. Cada vez que alguien me veía haciendo algo supuestamente impropio, pues me decía: “Gallego, para la casa” y lo que decía un adulto no se discutía. Simplemente se ejecutaba, pues si renegabas y se lo contaban a tus padres, el asunto se volvía realmente feo. No es que siempre tuvieran la razón pero imponían límites. El hombre tiene que saber que existen límites, fronteras que no podrás cruzar sin consecuencias. La muerte es el último límite pero no el único. Es lamentable que eso se pierda pues uno tiende a pensar que se puede hacer todo, cuando quieras y donde quieras. Una comunidad de personas no funciona así. Y en el batey, de cierto modo, se lograba una pasajera armonía. Mi madre siempre fue muy estricta y no daba mucho margen para andar de mataperros. Pero esto te hace también buscar tus oportunidades y, además, apreciar inmensamente tus ocasiones. Cuando no podía ir a corretear o jugar los vaqueros o a la pelota, pues me iba al patio a imaginar cosas. Creo que ahí nació el escritor. No teníamos televisión, pocos tenían, ni libros que no fueran los de la escuela. Oía los episodios en la radio y también obras literarias adaptadas, como Oliver Twist, Sherlock Holmes o Sandokan. Eso me daba combustible para mi imaginación en solitario. En el patio reproducía escenas y personajes, combates y viajes, y por supuesto siempre ganaba. En la barbería, que era un sitio fabuloso, como el salón de limpiabotas, oía las mil historias y chismes que se contaban, pero además, me entretenía – a veces corriendo el turno para demorarme – leyendo los muñequitos, comics, donde siempre los buenos ganaban y eso me gustaba, tanto que ha sido mi inclinación moral: ayudar a que siempre ganen los buenos. Tuve buenos amigos, con quienes jugué, aprendí dos o tres cosas, tomar riesgos, cumplir la palabra, tener sentido de fidelidad, compartir los primeros amores (nos enamorábamos de las mismas niñas y creo que nos iniciamos en el sexo con las mismas vecinas haitianas, bellas y jubilosamente generosas) pero la vida nos dispersó porque teníamos que buscar eso dorado de que todos hablan (sobre todo nuestros padres): un destino mejor. Ya te digo éramos una familia pobre, mi padre trabajaba en la bodega de un libanés –hombre generoso –, mi madre lavaba y planchaba para mejorar el presupuesto. Éramos cinco hermanos y había que proveer lo necesario. Pero se las arreglaron para hacernos estudiar, llevarnos cada mañana un pan con mantequilla a la boca y cada noche alguna golosina antes de dormir así como para calzarnos y vestirnos y hacernos saber que éramos pobres pero honrados. Mi padre era muy cariñoso, suplía financieramente y nos daba afecto. Nos sacaba a pasear y nos dormía en una mecedora silbando danzones. Mi madre imponía la disciplina y llevaba la casa cantando boleros, todo cubanamente musical. Con ella no se jugaba, pero nada te faltaba. Como buenos hermanos nos fajábamos pero nos divertíamos y queríamos bien. Esa fue una etapa ardua pero amable de mi vida.

 

¿Crees que es una utopía el cambio, los sueños y la esperanza que te han acompañado durante años en este país sufrido y amado?

Nunca me ha gustado la palabra utopía. Incluso, hay que recordar que su uso original era irónico, para hablar de cómo eran las cosas en un lugar que no existía (su etimología) de modo que por carambola se critica el statu quo del presente. Pienso que muchos terrores y excesos se han cometido en pos de la utopía, muchas energías y masas de seres se han dilapidado en su búsqueda. Entonces me he preguntado, ¿por qué el hombre debe esforzarse, dejar los huesos y los sueños en el camino hacia algo inalcanzable? ¿Qué tal si nos proponemos volar en vez de caminar o vivir en el agua como los peces o trasladarnos a la velocidad de la luz o, lo ambicionado, ser inmortales? Eso podría ser parte de la utopía sin embargo a nadie se le ocurre. Me parece que es mejor luchar por lo posible. No sabemos si hay luego otras vidas. Solo conocemos esta y quienes parten se guardan muy bien el secreto, no nos envían señas para alentarnos. Entonces, ¿por qué perder la vida luchando por lo imposible o, peor, lo inexistente? Me gusta pensar en lo posible inalcanzado, la posibilidad distante pero conseguible. Es necesario pensar alto, pero con la conciencia de nuestras facultades reales para lograrlo. Es más humano y estimulante. El hombre que se encamina hacia una meta que puede lograr y una vez allí se impone otra y luego que la conquista otra más y así continua y sucesivamente, conoce la satisfacción de la realización y la plenitud del despliegue de sus potencialidades. Vencer metas conseguibles le da al hombre no solo satisfacciones materiales sino éticas y espirituales. Ve un propósito para esforzarse y luchar. Hemos estado envueltos en fines que rebasan nuestras fuerzas y nuestras posibilidades. Hay que ser más humildes. Dice Paz en un poema, “el bien, quisimos el bien: enderezar el mundo. No nos faltó entereza: nos faltó humildad.” Es así, yo también me dejé llevar por el idilio de la sociedad perfecta, luego por el idealismo de revertir eso, y siempre fui apaleado, denigrado o apartado. Ahora me doy cuenta de que mi contribución al mejoramiento humano de que hablara Martí es mi mejoramiento personal. Trato de ser cada día una mejor persona con quienes me rodean y con el entorno donde existo. Y eso no es una utopía, es algo posible porque lo voy verificando. No pretendo ser un santo, pues para eso Dios dejó a aquellos el cielo y nos puso a nosotros en la tierra. Solo deseo ser un hombre de bien.

 

¿Me gustaría saber de tus años universitarios?

Fueron duros y a la vez hermosos. No pude ir a la universidad a tiempo completo. Tenía que trabajar y hacer los cursos para trabajadores. Eso te resta muchos de los goces que la vida en el campus, entre condiscípulos, propicia: las aventuras, las complicidades, los pequeños goces de la irresponsabilidad. Yo tenía que trabajar y, en el tiempo que le robaba al sueño, pues hacer mis deberes. Pero ese rigor me impuso un ritmo de estudio, un sistema de lecturas, un orden de disciplinas. Tuve que leer mucho, asistir a clases que no siempre me interesaban pero que yo trataba de hacerlas favorables. Siempre he tenido la idea de sacar provecho a lo que no puedo eludir. Aunque fuera rebatiendo mentalmente a los profesores. Hice buenas amistades y, además, como faltaban profesores, ya desde segundo año me pidieron que fuera alumno ayudante. Tuve que impartir asignaturas tan difíciles y diversas como fonología, historia de la lingüística o literatura norteamericana. Pero esto me dio bagaje. Nunca aprendes algo tan bien como cuando te esfuerzas en explicarlo a otro para que lo entienda. Además, en eso soy lezamiano, mientras algo era más difícil, más me atraía, por vencerlo. Cuando me gradué –obtuve muy buenas calificaciones, así que fui el primer expediente de mi curso –, eso me abrió las puertas para trabajar en la universidad. Entonces fue que empecé a estudiar.

 

Perteneces a una generación muy violenta, y disgregada por el mundo ¿Me puedes hablar de esos años en que se reunían en cualquier parte para hablar de literatura?

De los años de mi generación se ha hablado bastante. Sufrí que me picaran el pantalón por estrecho, que me mandaran a pelar, que no pudiera oír lo que quería (aunque nos la arreglábamos, un amigo tenía un pequeño radio portátil y oíamos emisoras extranjeras con la música del momento), que tuviera que repetir ideas que no entendía, que no pudiera decir lo que pensaba sino lo que los otros querían oír… En fin, pero eso también te forja una manera de relacionarte con el mundo, estableces “universos paralelos”: uno en la calle, otro con la familia, otro con los amigos… La música y la literatura fueron los tutores de mi educación sentimental. Escribíamos cosas que generalmente nos leíamos unos a otros y olvidábamos. Iba a casa de Ramiro Gutiérrez, trovador beatlemaniaco, con Alcibíades Zaldívar, que ya habían hecho un combo, como se decía, y rasgueábamos la guitarra y cantábamos todo lo que oíamos: Beatles, Dylan, Serrat… Intenté entrar en la Nueva Trova y quedé de candidato, pues no dominaba bien la guitarra aunque cantaba sin dar espanto. Fui conociendo a la bohemia holguinera. Noctámbulos de los parques, que bebían y leían. Las cafeterías no trabajaban de continuo, así que había unos “tiros” de refresco a granel y medallones –algo espantoso pero entonces con el fuego del hambre era maná – y en espera de esos tiros pues hablábamos de literatura, música, cine. Esto muy importante, los cines aún funcionaban y había un Cine Club Universitario donde vi todo el cine, los grandes momentos –expresionismo, neorrealismo, nouveau vague…– pero también lo mejor del cine socialista: Fabry, Jancsó, Wajda, los Konchalovsky, Tarkovski… Eso nos dio una tremenda impulsión estética, sobre todo de cómo nombrar lo innombrable. Los fines de semana íbamos a “motivos”, les llamaban, pequeñas fiestas familiares con alcoholes caseros, donde se bailaba y se pasaba el rato. Lo importante era que ibas relacionándote con los inquietos. Como había nacido fuera de Holguín no conocía a muchos de los escritores. Conocía bien la ciudad y tenía amigos, pues veníamos todos los veranos a pasarlos con mi abuela materna en una paupérrima casa de guano de un barrio marginal, Pueblo Nuevo, pero ellos estaban muy distantes del ambiente fáustico de la creación. De modo que en aquellas incursiones nocturnas nos fuimos relacionando. Conocí a Carlos (Carlín) Jesús García, Pedro Ortiz, Orestes Madrigal, Gilberto González Seik, Alejandro Querejeta… Venían entonces autores de La Habana, que no estaban en buenas estaciones con los burócratas de entonces, entre ellos Eliseo Diego, Cintio Vitier y Fina García Marruz, Manuel Díaz Martínez, César López, Pablo Armando, José Soler Puig (de Santiago) y estos escritores ya hechos nos daban consejos y abrían espacios. Lo peor era que si no escribías de lo que se escribía no te publicaban ni te daban un premio. En todo libro debía haber textos dedicados a la epopeya. Además, a uno le hacían ver ciertos nombres como los grandes modelos –después supimos que no lo eran – y eso creaba confusión, desgaste y un poco de desaliento. Pero ibas escribiendo y probando fuerzas. Yo escribía poesía, pero como sabía que había una batería fuerte de poetas, pues no la mostraba. Me establecí a través del cuento, con menos aprendices, y el ensayo, aún más deshabitado. Obtuve premios en encuentros de talleres literarios municipales y provinciales y algunas menciones en los nacionales. Ya era menos desconocido. Hasta que en el año 1986 se hace la primera convocatoria al Premio de la Ciudad y ahí, bajo el impulso de Alejandro Querejeta, me lanzo en ensayo y tuve la suerte de que me premiaran. Fue mi primer libro. Cuando salió publicado, que Carmen Mora organizó la presentación en los corredores de la ciudad, por primera vez me sentí escritor. Ya no estaba jugando.

 

¿Escritor, editor, traductor, profesor, crítico, cómo se define Manuel García Verdecia?

Un curioso persistente e insatisfecho.

 

¿Cuándo y por qué comenzaste a hacer tus primeras lecturas, y cuales fueron esos libros y esos autores?

Como te decía, mi familia era pobre y no había lugar para libros. Lo que más veía era la Bohemia, muy buena entonces. Pero tuve una madrina, una verdadera hada, Carmucha Villegas, que tenía una posición solvente, pues su esposo, mi padrino Rafael Rodríguez, tenía un buen puesto en la oficina del central. Ella tenía una heterogénea pero surtida biblioteca. Allí deletreé con la sensación de quien roza los grandes misterios, nombres como los de Cervantes, Dostoievsky, Balzac, pero también Salgari, Vernes, Dumas, Rice Burroughs, Doyle… Mis primeras lecturas, creo que como todos, fueron las de la escuela y las grandes novelas de aventuras. Veinte mil leguas…, Sandokan, Los tres mosqueteros y, sobre todo Robinson Crusoe. En la soledad de mi patio, me sentía, yo era, Robinson. Creo que es la gran metáfora de la autosuperación. Esos libros echaban combustible a mi imaginación. El despertar de la imaginación es principal para alguien que algún día se dedicará a la creación, sea de una nave cósmica o un libro de poemas. Mi mundo interior siempre ha sido más inabarcable que el exterior.

 

¿Cuándo y dónde escribiste tu primer poema?

No lo sé exactamente. Supongo que fue en mi adolescencia y en algún trance de enamoramiento imposible. Tal vez todo poeta comienza por un mal de amor incurable, con poemas cursis y llorones pero, después que te pica ese arácnido hipnótico, ya nadie te cura y vas asomándote a mayores y más complejas zonas de averiguación.

 

¿Por qué la poesía, el cuento y la novela?

¿Por qué el hambre, la sed, el sueño? ¿Por qué el día, la noche, la madrugada? ¿Por qué la primavera, el verano, el otoño y el invierno? ¿Por qué el olfato, el oído, el tacto, el sabor, la vista? La vida es infinita y multitudinaria. Donde puedes entrar por el cuento no puedes por la poesía o por la novela o el ensayo y así. Voy donde me dicte mi curiosidad y con los mejores medios a mi disposición. No me importan los géneros sino explorar la vida.

 

¿Sobre qué te interesa escribir?

Creo que todo escritor tiene un solo gran tema: el sentido de esta increíble e inexplicable experiencia que es vivir. El tiempo, lo que hacemos con él, los anhelos, los afanes y posibilidades, nuestro sitio en el universo, la manera en que nos entretejemos con los otros, la búsqueda de la felicidad… Descubrir lo oculto y suplir lo inexistente.

 

¿Qué problemas te ha ocasionado ser un intelectual?

En primer lugar una inagotable cifra de angustia. Todo intelectual se alimenta de su angustia. No hay en la historia de la humanidad un genuino intelectual feliz, pues el que está conforme y en paz con su tiempo y su contexto no necesita mortificarse pensándolo y tratando de transformarlo. Además de esto, una buena porción de incomprensión, de arrinconamiento, de enfrentamiento, aunque a veces, se dan momentos de simpatía y relumbra una sonrisa. He perdido muchas oportunidades de hacer lo que el común, compartir con mi familia ciertos goces triviales pero amables, tener más descanso y menos raptos de ira. Pero no escogí ese camino. Creo que alguien nos da ese destino. Solo lo asumo con responsabilidad pues no se puede hacer mal lo que se acepta bien. Y así será hasta el día de las cenizas.

 

¿Cómo enfrentas tu narrativa desde lo fantástico o la realidad?

La realidad es tan inmensurable, dinámica e imprevisible que no alcanzamos a agotarla. Fíjate que las mayores fantasías y deliquios tienen una arista de relación real. Inventamos extraterrestres con tres ojos o sin ojos, que caminan con varias extremidades o ninguna, que hablan diversos idiomas e se sustentan en las más diversas sustancias…, pero siempre tienen el patrón de existencia y actuación de los humanos, todas estas características y acciones las tomamos de nuestra realidad. La fantasía y la imaginación operan con permutaciones y combinaciones de lo conocido. A mí me interesa la realidad pero digamos con una dosis de imaginación y humor. Siempre he pensado que en la narrativa cubana son esas dos asignaturas pendientes. Los narradores cubanos han sido muy apegados al realismo periodístico, sobre todo en estos últimos cincuenta años donde han querido suplir lo que no dice la prensa. Sin embargo, ¿qué pasará con toda esa crónica de marginales, drogadictos, putas y disidentes cuando esas condiciones no estén? No sé, no creo que mucho de eso persista. Los grandes libros de la humanidad disuelven el contexto inmediato en el tejido imaginal de los grandes conflictos y dilemas del hombre más allá de cualquier tiempo o lugar. Eso es lo que me interesa.

 

¿Cuáles fueron y son tus deseos y aspiraciones como ciudadano cubano?

Soy dialéctico, creo que encarno algún avatar griego. Los sueños de hoy no son los de ayer, ni las aspiraciones. Y es así porque de otro modo no hubiera evolución. El hombre no puede vivir en un universo cambiante con patrones mentales o espirituales permanentes. Al principio aspiré a ciertos logros sociales que la práctica posterior me ha demostrado no valían la pena. ¿Quién es nadie para arrogarse el derecho a decidir lo que es bueno o útil para otros? Los ingleses tienen un refrán que es toda una lección de pragmatismo social: One man’s meat is another man’s poison. Y sí, la buena carne de uno es el veneno de otro, cada cual debe decidir su propia felicidad así como su camino hacia ella. La sociedad mejor será la que organice las condiciones para que cada uno pueda hacer su destino de elección.

Me quedan algunos sueños, para los míos y para mí, en esas coordenadas fundamentales: Vivir en la verdad, tener posibilidades de autorrealización, vivir de mi trabajo, según mi poco o mucho talento, sin tener que depender de nadie ni afiliarme a nada para poder ser. Nunca me ha gustado la incondicionalidad, por extraña al hombre e inmoral. Soy un hombre absolutamente condicional: lo que va en contra de un ser humano, cualquier ser humano, no cuenta con mi participación.

 

¿Hasta donde crees que se han cumplido?

He tenido ciertos cumplimientos. He podido vivir decentemente en mi país, a pesar de muchos males y dificultades, y lo he hecho sin renunciar a mis conceptos y sin hacer daño a nadie. He alcanzado a tener una amable familia y a escribir y publicar algunos libros donde no rindo pleitesías a nadie ni inclino mi voluntad. Y sigo en la arena.

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