OtroLunes. Revista Hispanoamericana de Cultura. Enero 2010. Antilde;o cuatro. Número once

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Datos de la revista, enero 2010, año 4, número 11
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Ese imaginario llamado América Latina

 

Amir Valle

Siempre que converso con un emigrante latinoamericano sobre eso que José Martí llamó “nuestras tierras de América”, tengo la sensación de estar hablando de un rarísimo animal milenario, marcado por las heridas profundas de las guerras que ha sostenido durante siglos, siempre receloso, triste, y cubierto por esa pátina gris que sólo deja el polvo viejo.  Pero no hay nada que haga pensar en la muerte del animal, que conste, pues siento como si allá, agazapado en ese sitio de nuestra geografía mental de donde lo rescatamos cuando hace falta, estuviera respirando con aquella misma tranquilidad con la que respiran, en América Latina, esos indios ancianos, ya ciegos, que portan en su memoria la mítica historia de nuestros orígenes.

Un continente de migraciones. Un continente paria. Una zona de nuestro Planeta donde el nomadismo y el espíritu gregario parece ser la marca más precisa de nuestra idiosincrasia. Una América que se pobló de migraciones llegadas de algún sitio que todavía se discute; una América adonde llegaron emigrantes protegidos por la cruz y la espada (y otros que, simplemente, siguieron tras ellos) cuando el Viejo Mundo se les hizo, además de viejo, aburrido y peligrosamente pobre (hoy, perdida la memoria, muchos quieren olvidar a esos cientos de millones de europeos que, siglos tras siglos, después del mal llamado “descubrimiento” se vinieron a esta parte del mundo buscando el aire y el alimento que la depauperada y desigual Europa no podía ofrecerles); una América empobrecida, saqueada, política y económicamente estafada por miles de desgobiernos a lo largo de su historia, de la que hoy huyen millones de descendientes de aquellos nativos, de aquellos negros africanos que fueron llevados a trabajar a nuestras tierras,  y de aquellos emigrantes europeos, árabes y asiáticos, mezclados todos hoy en eso indefinible que llaman “latinos” y a quienes, con más frecuencia de lo que la justicia histórica debe permitir, se margina por su deseo de ir a buscar a otras latitudes el aire y el alimento que la polvorienta América no puede ofrecerles.

De esa América, la nómada, he hablado. Y el emigrante la carga encima con sus dolores y sus colores, con sus alegrías y sus sombras. Y es una América que contemplo cada día en las noticias: esperanzado por esas nuevas luchas que, a favor de los más pobres (es decir, de la mayoría), tienen lugar hoy en algunas naciones; tímidamente confiado en algunos estadistas (yo, que por naturaleza no creo en ningún político, ni en política) luego de haberles visto hacer cosas a favor de “los de abajo” que apenas un par de décadas atrás eran inimaginables; temeroso de que esos sueños de redención terminen, como han terminado todos los sueños de redención hasta hoy, en totalitarismos que estrangulen las pocas libertades que todavía les quedan, incluso dentro de su pobreza, a nuestros pueblos; alarmado cuando escucho a ciertos personajillos de la política y la economía mirar con añoranza hacia los siniestros años de las dictaduras latinoamericanas, atreviéndose a decir, incluso, que a nuestros pueblos sólo se les lleva a buen destino con la mano dura de los militares “como aquellos”, aseguran, nostálgicos.

En mi infancia, mis maestros me hablaron de una América exótica, casi monolítica, donde la pluma y el taparrabo y la flecha eran símbolos de culturas que no podían compararse, eso decían, a la majestuosidad de las civilizaciones egipcia, babilónica, o china. Leyendo al escritor cubano Alejo Carpentier escuché por primera vez  la frase “indios con levita”, con la que se ha pretendido ignorar, minimizar, burlar durante muchos años, la inteligencia nacida en el mundo conquistado a punta de espada y sangre hace ya cinco siglos. Y ya siendo periodista pude descubrir, sin apenas esfuerzo, las numerosas tramas económicas, políticas, y hasta supuestamente “benéficas” con la que las naciones desarrolladas engañan a esos “pobres indios” que notan el engaño pero no les queda otro remedio que aceptarlo. Conversando con muchos de los turistas que arriban a mi país luego de sus viajes por otros países de América, me harté de sus historias cargadas de exotismo y fetiche, de estereotipos y superficialidades que captaban desde los hoteles adonde se encerraban buscando las aguas de las playas, la historicidad encerrada en las fortalezas antiguas, la mágica unción que brota de los lugares sagrados de las culturas indígenas o de las miles de iglesias y templos que, siglos atrás, se alzaron por estos lares. Logré entender que, en los códigos actuales y para la Opinión Pública Internacional, el término “Tercer Mundo” se parece cada vez más a la palabra “estercolero”, a pesar de los cientos de eventos que cada año se realizan por instituciones internacionales que, con la repitencia inútil (sin casi ningún resultado importante hasta hoy) de la discusión del tema América en sus agendas, sólo demuestran su carácter obsoleto y su real inoperancia.

Años después, en mis viajes por América, descubrí la otra cara, polvorienta, de la verdadera América: el rostro endurecido, acuchillado y frío de aquellos muchachos de no más de 15 años que me escuchaban hablarles de una Cuba que incluso con sus problemas les parecía un sueño si los comparaban con sus miserables vidas en el barrio de Cataño, en San Juan, Puerto Rico; los pies endurecidos, como herraduras de bestias de carga, de esos negros haitianos que en sus mulos pasaban por las calles de  Santiago de los Caballeros, pregonando a toda voz sus flores o sus frutas o su deprimente desesperanza; las manos callosas, tan curtidas que resistían el calor ardiente de los carbones con que asaban el maíz, de aquellas jovencitas hermosas que suplicaban que compráramos al menos una mazorca, en las esquinas de los barrios pobres de Santo Domingo, en República Dominicana; los ojos cargados de la nada, como zombies tristes de almas vacías, de aquellas familias que dormían frente al imponente edificio del Senado argentino en una Buenos Aires que me pareció tan incongruente e inhumana como hermosa y solidaria; las caras nobles, inocentes y desesperadas de aquellos niños guaraníes que en las ruinas de San Ignacio, en Misiones, Argentina, me cambiaban pedazos de las ruinas jesuíticas por un mendrugo del pan que estuve a punto de tirar, harto de las opíparas comidas de los grandes hoteles o las ricas casonas donde me alejaron mis anfitriones, los escritores José Gabriel Ceballos, Abelardo Castillo y Silvia Iparraguirre; los surcos pintarrajeados del miedo al hambre de aquellas prostitutas que andaban arriba y abajo por la playa Copacabana, en Río de Janeiro, y la impostada alcurnia de los viejos mendigos que vi regados por las avenidas de Sao Paulo; la vejez adelantada, como máscaras de funeral, de aquellos niños que, en la turística y riquísima Puerto Vallarta, montaban un show de tragafuegos en plena avenida, aprovechando los dos escasos minutos en que la luz roja detenía el tráfico; la rabia amenazante en esos muchachones que nos asaltaron en pleno barrio Tepito, en México D.F, transformada en compasión cuando uno de nosotros dijo: “somos cubanos”, y convertida en rara hermandad salvadora cuando bajaron las pistolas  y se dijeron: “vámonos, que éstos tienen menos que nosotros”; e incluso, ¿por qué no?, la indefensión harapienta de esos cientos de ancianos que buscan en los latones de basura de La Habana algo que comer o cualquier objeto que pueda ser vendible para sumar unos centavos a su simbólica pensión de jubilados.

De esa América también hablan varios escritores latinoamericanos en nuestra sección de debate “Punto de Mira”, gracias a la colaboración de los colegas de la revista española Contrapunto de América Latina. Aquí están sus aportes.

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Imagen de portada:

José María Merino

Fotografía

Sumario

Este Lunes

Las lenguas prohibidas

Rafael rojas

El flamenco y América Latina: un habla de ida y vuelta

Fernando Iwasaki

Condenado por tener hambre: Pánfilo, el estado peligroso y la situación de los cubanos negros

Leonel A. de la Cuesta

Contra la impunidad

Sanjuana Martínez

Por una nueva concepción de la Sociedad, el Estado y el Derecho cubanos

Faisel Iglesias

¿Quién es Herta Müller?

Esther Andradi

La nueva utopía: Un día sin mexicanos & A wonderful world

Alfredo Antonio Fernández

Unos escriben

José María Merino

Otros miran

Gustavo Acosta

OtroLunes conversa

con Alejandro Aguilar

“No soy un escritor de academia”

con Alberto Chimal

“Renunciamos a nuestro libre albedrío para eludir responsabilidades”

con Lina de Feria

“No me arrepiento de nada”

con Manuel García Verdecia

“Nací en Marcané, en el batey de un central azucarero”

con Armando León Viera

“Viví diecisiete años como exiliado en mi ciudad natal”

con Juan Aparicio-Belmonte

“Mi fuerte no está en lo romántico”

Punto de mira

Ese imaginario llamado América Latina

 

Antonio Caballero
Antonio Skármeta
Eduardo Antonio Parra
Fernando Butazzoni
Javier Reverte
Leonardo Padura
Moacyr Scliar
César Verduguez

Cuarto de visita

Literatura Guaraní

En la misma orilla

El Diván, de Narrativa
a cargo de Amir Valle

Volar y Casting

José Lorenzo Fuentes

Relatos

Radio Puente

Héctor Huerga

Fragmento de Novela

Porcelana

Mariela Varona

Relato

Cine y literatura

Ricardo Bada

La lluvia que trajo el viento

Alcides Rafael Pereda

Relato

La tragedia de Regina

Roberto Quesada

Relato

Hasta el fondo

Yoenia Gallardo

Relato

La marmita, de Poesía
a cargo de Alberto García-Teresa

Manual para niños rusos

Rolando Jorge

Poemas

Claudio Bertoni

Dama del exilio

Oscar Kessel

Haikus

Rafael Álvarez Rosales

Otras voces hispanas

A cargo de Luis Rafael

El Caribe de Antonio Benítez Rojo

Ignacio Padilla, las búsquedas del presente

Las «cuatro estaciones» de Leonardo Padura

Elia Barceló y los mundos imaginarios

Recycle

La Revolución Cubana y el golpe en Chile: Jorge Edwards

Jorge Edwards

El Socialismo es Inviable, según las propias leyes de la Dialéctica Marxista

Roberto Álvarez Quiñones

De lunes a lunes

Anunciados en La Habana los Premios Alejo Carpentier y Nicolás Guillén

Actividades de cierre del 2009 en la editorial Iduna

Anatomía de un instante, de Javier Cercas, libro del año 2009 en España

Círculo de Bellas Artes de Madrid acoge la poesía de Juan Antonio Villacañas

Biblioteca de OtroLunes

Librario

A cargo de Recaredo Veredas

Última rumba en La Habana

Fernando Velázquez Medina

Traiciones de la memoria

Héctor Abad Faciolince

Vivir en otra lengua

Esther Andradi

Los huéspedes

Rubén Sánchez Trigos

Invisible

Paul Auster

De mecánica y alquimia

Juan Jacinto Muñoz Rengel

Un poco de crematística

Juan Valera

Una revolución pequeña

Juan Aparicio-Belmonte

Los últimos días de Michi Panero

Miguel Barrero

Comunión

Eloy M. Cebrián

Pero sigo siendo el rey

Carlos Salem

A cargo de Alberto García-Teresa

Semilla insólita

Lydia Zárate

Una mirada diversa

Xuan Bello

La pasión según Georg Trakl: Poesía y expiación

Hugo Mújica

Pájaro relojero. Poetas centroamericanos

Mario Campaña

Sustituir estar

Julián Cañizares Mata

Última función

Marcelo Uribe

La casa que habitaste

Jorge de Arco

A cargo de Lorenzo Rodríguez

Los libros y los días

 

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