OtroLunes. Revista Hispanoamericana de Cultura. Enero 2010. Antilde;o cuatro. Número once

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Datos de la revista, enero 2010, año 4, número 11
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El escritor Jorge Edwards recuerda dos hechos históricos: la revolución cubana y el golpe en Chile

 

Jorge Edwards

La primera edición de 'Persona non grata' fue publicada en Barcelona por Barral Editores, la editorial de Carlos Barral, a fines de diciembre de 1973, tres meses y pocos días después del golpe de Estado de los militares contra el gobierno de Salvador Allende. Había entregado el manuscrito en mayo de ese año y los sucesos de septiembre me habían llevado a postergar la aparición del libro y a escribir un epílogo en el que explicaba mi posición frente a la Junta chilena. Con o sin epílogo, sin embargo, no era el momento más oportuno para hacer la crítica del castrismo, y menos para que la hiciera un escritor del convulsionado Chile. Había que concentrar toda la artillería en el ataque al general Pinochet y a su dictadura. Pero la verdad es que tampoco, si se lo piensa bien, había otro momento para hacerla. El texto era producto de la profunda crisis de aquellos años, de la convergencia de factores contradictorios que condujeron a la destrucción de la democracia chilena, atípica entonces, para decir lo menos, dentro del conjunto de los países de América Latina. Y era, más que nada, el resultado de mi experiencia personal, directa, curiosamente única, de primer representante diplomático del gobierno de Salvador Allende en la Cuba de Fidel Castro.

El poeta Pablo Neruda, con quien había trabajado en los dos primeros años del allendismo en la embajada en Francia, él como embajador, yo de ministro consejero, me aconsejó más de una vez, con insistencia y con prudencia, casi con miedo, en un tono muy propio de sus años finales, que escribiera mi testimonio sin omitir detalles, entero y tal como se lo había contado, pero que no lo publicara todavía por ningún motivo.

Cuando llegara el momento adecuado, él me lo indicaría. Pero antes había que tener mucho cuidado: ¡había que andar con pies de plomo! Yo comprendía que el poeta, en su condición de viejo militante comunista, de ex estalinista renovado, para decirlo de algún modo, sabía muy bien de qué hablaba: sabía de memoria lo que era la oportunidad y lo que era la necesidad. Pensé, pues, que si esperaba la llegada de ese momento, de ese utópico momento oportuno, y sobre todo si esperaba que el poeta me diera la luz verde, corría el serio riesgo de esperar sentado, o de morir en la espera. Le mandé el manuscrito a Carlos Barral, sin darle demasiadas vueltas al asunto, y ahora, a pesar de todas las molestias, las presiones, las amenazas encubiertas que tuve que sufrir después de la salida del libro, creo que no me equivoqué. ¿Qué habría sucedido si hubiera consentido en esperar la oportunidad, sentado en la cuneta, comiéndome las uñas? A la oportunidad la pintan calva, dice un dicho bastante antiguo, y podríamos agregar que, además de calva, es jorobada, y artrítica, y legañosa.

Después de la aparición del libro, seguida de un absoluto silencio de más de un mes de duración en la prensa y de un repentino estallido de comentarios a favor y en contra, los amigos de izquierda, es decir, casi todo el mundillo literario de aquel entonces, solían acercarse con algo de disimulo y tocarme el hombro: "Lo que has contado es la pura verdad, todos lo sabemos, pero no era el momento de contarlo". Algunos me escribieron largas cartas privadas, para dejar constancia de su opinión, incluso para felicitarme, pero pocos se atrevieron a hacer mi defensa en público. Uno de esos pocos fue Octavio Paz. Pasó en enero de 1974 por Barcelona y se reunió con Carlos Barral y Mario Vargas Llosa. No me conocía personalmente, pero acababa de leer Persona non grata y quiso que me llamaran. Poco después, en la mesa de un restaurante chino, le pidió delante de mí a Vargas Llosa que escribiera sobre el libro en la revista Plural, la antecesora directa de Vuelta y de Letras Libres. Vargas Llosa, que hasta ese momento había callado, se tiró entonces de cabeza a las aguas agitadas de la crítica al castrismo y publicó su ensayo Un francotirador tranquilo, texto que después se ha reproducido muchas veces en muchos lados. El otro que escribió un ensayo interesante en el mismo número de Plural fue Emir Rodríguez Monegal, amigo y biógrafo de Neruda y detestado por los cubanos y sus seguidores, que lo acusaban de haber publicado en París una revista financiada por la CIA. En ese texto, Rodríguez Monegal analizó mejor que nadie hasta ahora la relación entre la realidad no ficticia y la escritura narrativa en mi libro. Señaló, de paso, que mi personaje de Heberto Padilla, creación, recreación, lo que ustedes quieran, era "un Stavroguin del trópico", es decir, un endemoniado de Dostoievski extraviado en los malecones de La Habana.

En el grupo reducido de los primeros defensores de Persona non grata también estuvieron José Donoso, que no había hecho y nunca haría el viaje de rigor al Vaticano habanero, y, por razones obvias, Guillermo Cabrera Infante, quien ya llevaba años con Miriam Gómez en su exilio londinense. En días en que los simpatizantes de la isla murmuraban por ahí que yo era un delirante paranoico, puesto que veía micrófonos por todos lados, Guillermo me escribió: "No hay delirio de persecución ahí donde la persecución es un delirio". Ya ven ustedes: el uso maestro del lenguaje prevalece al final sobre cualquier oratoria en la plaza pública. Y sobre cualquier bulliciosa majadería radial o televisiva.

Dos amigos y colegas que eran y siguieron siendo partidarios entusiastas del castrismo, Gabriel García Márquez y Julio Cortázar, tuvieron reacciones curiosamente opuestas. Mi amistad con García Márquez se basaba en la literatura, desde luego, pero también, por lo menos en parte, en nuestra afición común a la música. Solíamos escuchar en aquellos días, no sé por qué motivo, obras de cámara de Gabriel Fauré, de César Franck, de Richard Strauss. Cuando salió mi libro, dejamos de hablar durante un tiempo de política y ahora me parece recordar que hablamos mucho de sonatinas y cuartetos de cuerda. En los últimos años nos hemos encontrado en diferentes lugares del mundo y Gabriel García Márquez llegó al extremo de contarme una vez, con humor, una explosión malhumorada de Fidel Castro a causa de su lectura de este libro. Ahora llego a la conclusión de que García Márquez tenía una experiencia política más larga y más complicada, que había comenzado en Colombia con su militancia juvenil en el Partido Comunista y con un viaje a uno de esos típicos encuentros del estalinismo, un Congreso por la Paz, en Europa del Este. "Hasta el Readers Digest tenía razón", me dijo una vez, a propósito de los crímenes de Stalin, y espero que ahora no reniegue de haberlo dicho. En todas estas materias, Julio Cortázar era mucho más inocente, de opiniones más simples y más frontales. Casi el extremo opuesto del Gabo. Había escapado de la Argentina de Perón, de una atmósfera donde un intelectual independiente, cosmopolita, de fondo afrancesado, no tenía la menor cabida. Después, a comienzos de la década de los 60, había viajado a Cuba desde su amada ciudad de París, con la mirada del intelectual de la ribera izquierda del Sena, y había descubierto dos cosas: América, con su ritmo, con su gracia, con su drama, y la revolución marxista-leninista. Nunca nos volvimos a ver, a pesar de frecuentes encuentros anteriores en París, en La Habana y ya no sé si en otros lados. En alguna oportunidad supe que le había dicho lo siguiente a un amigo común: "Sigo siendo amigo de Edwards, pero después de la publicación de Persona non grata prefiero no verlo". Esa extraña manera de seguir siendo amigo era, me imagino, un acertijo de Rayuela, o una historia de cronopios. A pesar de todo, todavía leo de cuando en cuando alguna página de Cortázar y hasta ahora recuerdo conversaciones en la Place du Général-Beuret, en el distrito V de París, o en las galerías de arte de la Rue de Seine o de la Rue des Beaux Arts. Y al hacer el balance de aquellos años, llego a la conclusión de que el suyo fue el único alejamiento que me entristeció de veras.

No faltó, por otro lado, y nunca faltaba, el intelectual o seudointelectual, el desgarbado profesor de universidad norteamericana en zapatillas de tenis, el activista de alguna cosa, el aspirante a algo, que me acusara de haber recibido cheques de la CIA por escribir el libro. Ni él mismo, el profesor en zapatillas, el seudointelectual, lo creía, pero decirlo, y sobre todo decirlo por escrito, era una buena prueba de lealtad, de firmeza doctrinaria. Uno de ellos, poeta prescindible por definición, me visitaba con frecuencia en 1970, año en que fui consejero de la embajada de mi país en Lima, y debo añadir que bebía mi whisky con notable entusiasmo y escasa medida. Escribió uno de los textos más cursis de todo el dossier de prensa de Persona non grata. "¿Cuánto habrá pagado la CIA se preguntaba, supuestamente intrigado¿ por este ramillete?" Hace un par de años, en una presentación de un libro mío en el Perú, advertí con sorpresa que el poeta en cuestión, más viejo y más gordo, formaba en una cola para obtener una dedicatoria. Cuando llegó su turno, le dije con toda claridad: "A ti no te firmo nada, y ya sabes por qué". El pobre hombre dio media vuelta, sin decir palabra, y emprendió la retirada. Pensé para mis adentros que si había formado en esa cola, libro en mano, era señal evidente de que Fidel estaba de capa caída.

Ahora prefiero retroceder por un momento a los días de mi llegada a París desde La Habana, los del comienzo de la escritura de este libro. Para que se entienda un poco el antes y el después del texto, puesto que la narración central se explica por sí sola. En uno de esos primeros días, Pablo Neruda, que acababa de presentar sus credenciales como embajador del gobierno chileno al presidente Georges Pompidou, me contó que Salvador Allende le había escrito una carta extremadamente dura, diciendo que pediría sanciones administrativas en mi contra por mi actuación en Cuba, y que él se opuso en forma terminante. "No te quise mostrar la carta de Allende", me dijo Neruda, "para que no te pusieras nervioso". Allende, según Neruda, exigía que me trasladaran a un cargo de menos altura, y Neruda habría insinuado que él, en ese caso, también podría retirarse. Ni más ni menos. En otras palabras, sin conocer la situación real, o sólo con el conocimiento de la versión oficial cubana, el presidente Allende tomaba un apasionado partido en mi contra. Me imaginé renunciado al servicio exterior o desterrado en algún consulado de la Patagonia argentina, escribiendo mi testimonio cubano ahí, al lado de una estufa, con las espaldas protegidas por alguna manta chilota. Habría sido interesante, sin duda, estimulante en todo lo que concierne a la escritura en sí misma. Y desde el punto de vista de Allende, habría sido un perfecto disparate. Pero el Neruda de 1971, el que pronto ganaría el Premio Nobel de Literatura, era un escudo formidable. Y después sabría de otros defensores que no se me habían pasado por la cabeza. A mediados del año, tuve que hacer un viaje personal a Santiago, debido a la enfermedad terminal de mi madre. Pasé a saludar, como era de rigor en un funcionario de carrera, al ministro de Relaciones Exteriores de la Unidad Popular, Clodomiro Almeyda, un intelectual que militaba desde hacía muchos años en la izquierda socialista. El ministro me invitó a almorzar en el casino del ministerio y me pidió, cuando nos sentamos a la mesa, que le contara lo que me había pasado en Cuba. Yo ya había descubierto en el primer instante, con no poca sorpresa, que el ministro sentía escasas simpatías por Fidel Castro y su gobierno. "Nosotros no pertenecemos al lobby cubano", me había dicho su jefe de gabinete mientras nos dirigíamos al comedor. Conté entonces en veinte minutos lo que después narré en este libro en alrededor de trescientas páginas. Al final del relato, Clodomiro Almeyda, hombre más bien parco, campechano, me dijo que él se había imaginado algo así. "La única discusión seria que he tenido con el presidente Allende desde que estoy en este cargo", añadió, "ha sido por causa suya. Él quería aplicarle un castigo, y le contesté que no podía tomar medidas contra un funcionario chileno, alguien que siempre había obtenido las calificaciones más altas en su carrera, sobre la única base de la versión cubana de los hechos, sin escuchar la versión suya. Ahora", terminó el ministro, sin énfasis mayor, pero con toda claridad, "voy a volver a conversar con el Presidente y le voy a decir que usted cuenta con toda mi confianza". Me parece que así lo hizo, y creo que Salvador Allende prefirió doblar la página de una vez por todas. En todo caso, la idea de las sanciones en mi contra no se volvió a escuchar por ningún lado. Después de ese interludio santiaguino y de esa reveladora conversación con Clodomiro Almeyda, regresé a mi cargo de ministro consejero en París junto al embajador Pablo Neruda.

El poeta padecía entonces de un cáncer avanzado a la próstata y asumía con enorme y penosa dificultad sus tareas en la embajada. Mi actividad, por eso mismo, era variada, complicada, incesante. Iba desde participar en las renegociaciones de la deuda externa de Chile con los acreedores reunidos en el llamado Club de París, recibir a delegaciones militares y parlamentarias, participar y hacer de orador en actos políticos o culturales, hasta vigilar que se despacharan las invitaciones a las recepciones oficiales, que los asientos estuvieran asignados de acuerdo con el protocolo, que hubiera flores en los floreros de la residencia de la Motte-Picquet.

En los primeros días de la renegociación de la deuda, los funcionarios de la Dirección del Tesoro francés estaban asombrados. Exclamaban, "un poeta y un novelista".

Después llegaron los expertos enviados desde Chile, y todavía no sé, en atención a las circunstancias excepcionales, imprevisibles, que se presentaban a cada rato, si renegociaron la deuda mejor que Neruda y yo. Lo hacían con gran despliegue técnico, pero frente a las preguntas esenciales, por ejemplo, la del pago de compensaciones a las compañías norteamericanas del cobre nacionalizadas, no tenían respuestas claras.

Entretanto, en las madrugadas de fines de 1971 y del primer semestre de 1972, en un quinto piso del barrio de Passy, con vista a la torre Eiffel semioculta por la niebla o por la nieve, avanzaba en el primer borrador, el que escribía con tinta en un cuaderno de dibujo de gran formato.

Un corresponsal de Prensa Latina, la agencia de noticias cubana, me invitaba con sospechosa frecuencia a tomar copas en cualquier lado y trataba de tirarme de la lengua. Pero, desde mi infancia en una casa burguesa, en una familia que me destinaba a tareas más productivas, tengo una sólida experiencia en esto de ser escritor clandestino.

Neruda me pidió una vez que le pasara el manuscrito a fin de subrayar con un lápiz rojo, así dijo, las partes que convenía omitir. Tuve miedo de que el texto desapareciera de una sola plumada roja, y nunca se lo pasé. En mayo de 1973, cuando Neruda, gravemente enfermo, ya se hallaba de regreso en Chile, hice mi contrato con Carlos Barral. Decidí, con la mayor ingenuidad de este mundo, diciéndome que la ingenuidad, después de todo, era una buena defensa, pedir un permiso sin sueldo de la diplomacia chilena y publicarlo en España. Pero los acontecimientos se precipitaron. Se produjo el golpe de Estado del 11 de septiembre de 1973, y yo, que ya gozaba de los primeros días de mi permiso en el pueblo catalán de Calafell, retuve mi manuscrito y le agregué las páginas de un Epílogo parisino. En octubre de ese mismo año, y a raíz de una tribuna mía acerca del golpe publicada en París en Le Monde, tribuna equivalente a un decreto de destitución firmado por mí mismo, a una soga que yo mismo me había puesto al cuello, fui expulsado del servicio diplomático por la Junta Militar: me encontré de la noche a la ma\\'f1ana como exiliado en España y, por primera vez en mi vida, como escritor a tiempo completo. El libro, para bien o para mal, sería un final de mi prehistoria literaria y una entrada en la literatura.

A causa del Epílogo parisino que se publicaba en todas las primeras ediciones, el gobierno militar no tuvo más remedio que censurar el libro. De manera que esta obra coleccionó las prohibiciones más diversas y contrarias: del general Pinochet, del comandante Castro, de las editoriales estatales del Este, de la izquierda intelectual de Occidente, sin excluir, desde luego, a la izquierda caviar y a la gauche divine. Podría contar interminables historias a este respecto, pero me limitaré a una o dos. Una gran editorial alemana, por ejemplo, mandó una comunicación urgente a mi agente literario, Carmen Balcells, para que no les enviara el libro "porque ya sabían de qué se trataba" (...) existía una consigna no declarada, y los editores del circuito de izquierda, de centroizquierda, de seudoizquierda, la cumplían (...)

Esta nueva edición en español, conmemoración un tanto postergada de los 30 años del libro, viene a salir en un momento de fuerte auge en América Latina del populismo, de algo que podría llamarse izquierdismo declarativo, un fenómeno que conocimos muy bien en la región hace algunas décadas y que tiene, en verdad, una larga historia entre nosotros. En un momento así, parece, por lo menos a primera vista, que la vieja figura emblemática de Fidel Castro adquiere una vigencia renovada. Es un mascarón de proa, como el que adiviné de repente cuando navegábamos en el Esmeralda a la salida del puerto de La Habana, que reaparece remozado, un fantasma que resucita. Sin embargo, si uno examina cada caso con atención, llega a la conclusión de que ni la política de Hugo Chávez en Venezuela, ni la de Ignacio Lula da Silva en el Brasil, ni la de Kirchner en Argentina, ni la de Evo Morales en sus primeros pasos en Bolivia, y menos la de Michelle Bachelet en Chile, tienen nada verdadero en común con la ideología pura y dura del castrismo. Ninguno pretende expropiar la totalidad de los medios de producción, con la excepción estrictamente vigilada de algunos 'paladares' o restaurantes caseros. Nadie habla de dictadura del proletariado. Y todos, más bien, se declaran respetuosos de los sacrosantos equilibrios macroeconómicos. Evo Morales, por ejemplo, durante la gira europea que realizó antes de asumir el mando, aseguró a sus interlocutores que protegería las inversiones extranjeras y les dijo que su único afán consiste en cuidar que la explotación de los recursos naturales de Bolivia vaya en beneficio del pueblo boliviano. Michelle Bachelet podría decir exactamente lo mismo, aunque quizá sin la misma retórica. Y se da siempre una paradoja extraña y que no deja de ser sorprendente: Chile, que se desarrolla más que ningún otro país de América Latina, que consigue reducir la pobreza en términos reales con mayor eficacia que sus vecinos, y que lo hace en condiciones de impecable estabilidad democrática, sin gobernantes que sólo aspiran a renovar sus respectivos mandatos, no es hasta ahora un modelo invocado y celebrado por la nueva ola de izquierda que asoma en la región. Quizá por eso mismo: porque no parece atraído por los estilos y los métodos de esta nueva izquierda que recurre tantas veces a los lenguajes de la antigua, que nos da la impresión, tantas veces, de estar atrasada de noticias, carente de ideas más frescas.

Los grandes símbolos, al menos por ahora, son otros que los chilenos o van por otro lado. Quizá, porque no hemos tenido imaginación para levantar símbolos. Y la nueva izquierda continental, por su lado, rinde homenaje a la anacrónica revolución cubana, que ya forma parte de la historia, que de hecho pasó a la historia, como se dice en Chile, pero evita a toda costa imitarla. Los primeros pasos de Lula en el gobierno del Brasil, hace pocos años, fueron prudentes, y los de Evo Morales en Bolivia, por lo menos hasta ahora, también lo son. Por eso Lula y Morales han sido atacados desde sus respectivos flancos extremos, mientras Fidel Castro guarda un significativo silencio, demostración de que él tampoco es el mismo de antes. Uno diría que la revolución continental, bolivariana, castrista y guevarista, quedó en calidad de emblema, de leyenda, con sus logotipos, sus camisetas, sus canciones, y que su vigencia ideológica se extravió en algún recodo del camino. Lo cual no impide que periodistas, poetas, intelectuales cubanos de primera fila, paguen en la cárcel culpas políticas que ya no son culpas en ninguna otra parte del mundo, mientras nosotros, la gente del Occidente desarrollado o en desarrollo, nos olvidamos de ellos en forma vergonzosa. A mí no me importa demasiado que los políticos de cualquier pelaje le rindan homenajes verbales a Fidel y que viajen con cierta frecuencia a abrazarlo en su pequeño Vaticano habanero, emparentado, como habrán visto ustedes en este libro, con las narraciones de Kafka, más que con las páginas de Marx, pero pido que luchemos para que las cárceles políticas castristas, que son otra de las vergüenzas de nuestra época, sean definitivamente abiertas. En esto no tengo el menor propósito de transigir. Porque la escritura de este libro obedeció a dos motivos centrales. No quise por ningún motivo, en primer lugar, que la joven revolución pacífica de Salvador Allende, que me había enviado a la isla como primer representante diplomático suyo, siguiera los rumbos que pude conocer de cerca, por experiencia personal, sin que nadie me contara cuentos, de la revolución de Cuba. En una oportunidad, ante mi asombro, en los días de abril de 1971 en que acababa de llegar desde La Habana a París, Neruda, que venía de vuelta de un pasado de comunismo estalinista, le dijo al embajador cubano en Francia, Baudilio Castellanos, hombre popular en los medios artísticos latinoamericanos, donde era conocido como 'Bilito', que a él no le gustaba nada el 'policial socialismo'. Después se comentó en círculos castristas y de la izquierda intelectual francesa, en tertulias donde no era raro encontrarse con Régis Debray y sus amigos de entonces, que Neruda estaba sometido a malas influencias. Me imaginé que yo, intensamente acusado de burgués, de liberal, de otros crímenes parecidos, era el eje de aquellas influencias nocivas, y confieso que me sentí orgulloso de serlo.

La segunda razón de mi escritura fue una solidaridad profunda, un sentimiento de amistad que me conmovió y me transformó, con escritores cubanos que estaban arrinconados, hostilizados, expuestos a toda suerte de vetos y de censuras, o que ya habían tenido que salir al exilio: gente como Lezama Lima, Heberto Padilla, Virgilio Piñera, Cabrera Infante, entre muchos otros.
Pues bien, lo declaro sin la menor vacilación: nunca me arrepentiré de haber quebrado una lanza por ellos. Y nunca, hasta el día de mi muerte, dejaré de quebrarla.

 

Notas del artículo:

Este epílogo, titulado 'La doble censura', se incluye en su libro 'Persona non grata', escrito hace 30 años y reeditado nuevamente por Editorial Alfaguara.

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