OtroLunes. Revista Hispanoamericana de Cultura. Julio 2010. Año cuatro. Número trece

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Datos de la revista, julio 2010, año 4, número 13
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La frontera sur

Fragmento de novela

 

José Luis Muñoz

1

La inmensidad de Los Ángeles no estaba diseñada a escala humana, como la verticalidad de Nueva York. La ciudad californiana se extendía a lo largo y a lo ancho, como una mancha que se propagaba por un territorio indeterminado, sin poner límites a su crecimiento. Ese carcinoma urbanístico era tan voraz que los mapas quedaban obsoletos en apenas meses; atrapaba valles, escalaba montes, quería tocar el cielo con su Old Town desangelado de amplias avenidas saturado de hoteles de lujo, con ascensores cápsula exteriores, que presidían arterias de denso tráfico. La segunda ciudad más grande de Estados Unidos no tenía un centro urbano definido, sino que era una colección de comunidades individuales, y cada comunidad ofrecía un carácter único y diferente, enlazadas unas con otras por una compleja red de caminos y carreteras. En aquella conurbación gigantesca extendida entre colinas, cruzada por autopistas elevadas, sobrevolada a diario por centenares de aviones que tomaban tierra en el propio centro, en el aeropuerto Los Ángeles Internacional, tras esquivar el prisma de rascacielos, se daban cita la opulencia del primer mundo con la miseria del tercero. Ahumada, desde primera hora de la mañana, por los millones de toneladas del monóxido de carbono de los miles de coches que la recorrían arriba y abajo de forma frenética por sus enrevesadas arterias, adquiría, al atardecer, el tono anaranjado que le daba la arena en suspensión que flotaba y sus habitantes habían incorporado a sus pulmones junto al humo de sus cigarrillos rubios. La megalópolis apaisada por excelencia, la que ocupaba más metros cuadrados de Estados Unidos, frente a la ciudad vertical que era Nueva York, comenzó a encender sus luces nocturnas a eso de las seis de la tarde. No hacía viento y las ramas de las palmeras oceánicas colgaban lánguidas. No había olas, tampoco, en Palm Beach.

Los privilegiados, los que tenían un empleo remunerado y más o menos seguro, se habían situado en las afueras de la ciudad desde que el centro era territorio de vagabundos y las prostitutas daban un tono decididamente macarra a Hollywood Boulevard con sus vestidos ceñidos de colores chillones y texturas plásticas y sus gafas de sol extremadas. La gente honesta huía hacia la periferia, escapando del vicio y el desarraigo que buscaba, precisamente, el centro de la ciudad para hacerse ver, como ya sucedía en San Francisco o en Washington cuyos centros urbanos habían sido tomados por ejércitos de homeless que hasta plantaban sus tiendas de campaña frente a los jardines de la Casa Blanca. En uno de esos barrios del West Side, que no era Beverly Hills, Century City, Brentwood ni Bel Air, en Westwood, una zona familiar habitada por clase media alta con enjambres de casas clonadas que parecían brotar por geminación, envueltas por jardines de un verde irreal, siempre húmedos por el agua de los aspersores, los niños jugaban a pelota por la ausencia casi total de circulación rodada en sus calles y el american way of life se hacía presente en cada uno de los rostros felices con que uno se topaba y en el inefable olor a tarta de manzana que flotaba en el ambiente, escapando de los hornos de los hogares. En el interior de una de esas casas en donde el televisor está encendido desde la mañana hasta la noche. Allí.

- Mike, baja el volumen.

- Descuida, cariño. ¿Va bien así o todavía está alto?

- Más bajo, Mike. Molestas a Marc que está estudiando.

Molestaba a Marc que estaba estudiando. Bien. Y Marc molestaba a su padre que no podía escuchar tranquilamente el partido de la Super Bowl entre los Chicago Bulls y los Fantasy de San Diego. Sólo que Mike Demon, es decir, el padre, aportaba el cien por cien de los ingresos de esa mediana casa en las afueras de Los Ángeles, hipotecada al cincuenta por ciento en el Abbey Bank, a sólo diez minutos de uno de sus cinturones estratégicos de salida, en un barrio bastante exclusivo de casitas con parterres delante de la entrada, garajes individuales, un guarda de seguridad que circunvalaba el barrio cuando se hacía de noche y una turba de vecinos encantadores y sociales. "Mi barrio, mi casa, mi familia, los pilares, junto a mi trabajo, de mi vida. Pero mi vida, últimamente, no me llena nada", pensó Mike Demon mientras bajaba el volumen de su televisor con el mando a distancia.

- ¿Quieres comer algo?

- ¿Qué? - respondió con otra pregunta.

Los ojos de Sussy eran azules. Tenía una boca bonita, unos brazos largos, una cintura de avispa y un busto en armonía con el resto de su cuerpo. Cuando Mike Demon era una cabeza loca dominada por la testosterona, aquella chica rubia y modosita apareció en su vida para imponer un poco de cordura, un orden que su desorden existencial reclamaba y acabó agradeciendo. El Mike Demon con dieciocho años era un auténtico golfo a pesar de la rigidez en la que fue educado por un padre estricto y religioso. O precisamente por ello.

Le cogió la mano, se la besó. Sabía lo feliz que le hacían esas pequeñas muestras de afecto que no costaban nada, como decirle que ese día estaba más guapa, que la encontraba más joven.

- Me estás haciendo cosquillas - dijo, retirando la mano -. ¿Una ensalada?

- Una ensalada - repitió, cerrando el televisor, poniéndose en pie, andando los seis pasos exactos que separaban el cuarto de estar, junto a la ventana de la casa y la escalera que subía a los dormitorios, del comedor, que se abría a la cocina, una cocina amplia en la que sobraban metros ya que nadie cocinaba nada, puesto que ya todos eran platos precocinados que iban directamente al microondas, con una nevera que llegaba hasta el techo, expendedora de hielo, de agua fría, llena, no de comida, sino de bebidas, de multitud de refrescos con gas, de algunas cervezas con alcohol como la que cogió, una Bud, en lata, helada, que abrió y vertió en un vaso de whisky, ancho, pesado, por ancho, opaco, mientras se sentaba y contemplaba a Marc, buen chico, imagen suya, de su abuelo, ojos de su abuelo, el mismo tic nervioso, hasta el movimiento de cejas automático que acabará dibujando un par de arrugas paralelas en el entrecejo prematuramente, dando cuenta de su pizza peperone que chorreaba queso, grasa, su favorita.

- ¿No come demasiadas pizzas este renacuajo?

No le contestó su esposa, quizá porque no lo oyó, o porque no quiso oírlo, o porque lo oyó y desistió de contestarle - ¿Quién ganó?

- Chicago Bulls.

- ¿Un partido emocionante?

- Superioridad desde que saltaron a la cancha. No hay color entre los pívot. Malone estuvo bien, a secas. Magic, soberbio, como siempre, dando juego. ¿Está aliñada la ensalada?

- Ponte salsa de queso - Le alargó el frasco Suzanne.

- ¿Desde cuándo te interesas por el baloncesto? - preguntó mientras engullía una hoja de lechuga insípida, un tercio de tomate con el gusto del plástico que lo envolvía y un picatoste de pan frito en aceite de soja que le sabía a gloria.

- No me interesa el baloncesto. ¿Y a ti la literatura?

- Claro. ¿Qué lees? ¿Ken Follet? ¿Es a Ken Follet a quién lees? Ese tipo está forrado. Éste es un país en el que se gana dinero hasta con la literatura. Lo entrevistaron el otro día por televisión y hablaba de cómo construía sus novelas y del equipo de gente que tenía a su alrededor, los especialistas en temas que documentaban sus libros. Era algo como una fábrica literaria, un lugar del que salían las novelas manufacturadas con precisión. Muy interesante. Hablaba del libro como producto, de cómo es imposible equivocarse si se conoce a la gente y se sabe qué es lo que buscará cuando compren uno de sus libros: acción, intriga, pasar un buen rato. - Se detuvo un instante para tragar un bolo alimenticio de tomate, lechuga, queso y picatoste de pan cuadrado, ya desmenuzado. - Escribe sin haber leído. ¿Sabes que hay muchos escritores que escriben sin haber leído?

- ¿Qué insinúas? ¿Qué puedes escribir tú? No me gusta Ken Follet y lo sabes - le interrumpió.

- ¿En serio? ¿No te gusta? ¿Un tipo que vende millones de libros y todo el mundo lo lee y no te gusta?

- Leo a Marguerite Durás.

- ¿Y quién es ésa? ¡No la conoce nadie! ¿Una amiga tuya?

- Una enorme escritora francesa, una autora con una sensibilidad a flor de piel. "El amante".

- No creo que me guste. ¿Una novela de amor? ¿Una cursilada?

- Tú no lees, Mike. Hicieron una película rodada en Vietnam. ¿No la recuerdas? Dijiste que la actriz era una niña pero que tenía sexy.

- ¿La del chino rico? Sí, ella era sexy. De acuerdo contigo: no leo. Pero gano dinero.

- ¿Y eso qué tiene que ver con esta tonta discusión?

- ¿Y a ti qué te aporta leer?

- Cultura.

- ¿Cultura? - Dio un trago a la cerveza y la miró a los ojos, desafiante - ¿Cultura? ¿Te habla de geografía, de política, de movimientos sociales, de economía la tal Durás? ¿Qué sabe del índice Dow Jones?

- Te transmite sensibilidad.

- Prefiero, en ese caso, las flores.

- ¿Por qué me casé con un hombre tan simple?

- Imagino que porque lo encontraste guapo.

- ¿Te encuentras realmente guapo, Mike?

- Soy guapo, queridísima Sussy. Eso fue lo que me dijiste cuando te casaste conmigo.

En realidad no lo era. No nos engañemos. Pero era la clase de tipo que tiene un cierto éxito con las mujeres. Metro ochenta, constitución fuerte, andares seguros, ojos grandes, mentón cuadrado partido por el hoyo de la belleza, con cierto parecido a Robert Mitchum pero sin ese aire de alcohólico permanente que tenía su actor sosia, y con bastante más movimiento de cintura.

- ¿Qué quería Andreas Paulsen? - preguntó Suzanne cambiando de tema.

- Que le ayude en un trabajo. Verás - El plato había quedado limpio y cogió un trozo de pan de centeno y rebañó los restos de salsa que quedaban y la pizca de jugo del tomate insípido -. Ned le ha otorgado este año una cartera muy extensa de clientes y me temo que no va a poder atenderlos a todos debidamente. Me pide que le eche una mano. Quizá Bakeray lo haya hecho para ver si se adelgaza. Tenemos un obeso por cada tres americanos: eso es un problema.

- ¿Tienes un amigo gordo, papá? - chilló su hijo desde la otra punta de la mesa.

- Imagínate un monstruo de 270 libras, Marc - contestó Mike Demon a su hijo, inflando sus carrillos y bajando la cabeza hasta el punto de ocultar el cuello -. Que no se ve las puntas de los zapatos por su enorme barrigota, que anda balanceándose de derecha a izquierda como un barco y bufa cada dos pasos, como una locomotora, por el cansancio.

- No te rías de Andreas. No es cristiano reírse del prójimo y tú deberías saberlo. - le reconvino su esposa -. ¿Irás a San Diego?

- Mañana. Y a lo mejor me acerco a Tijuana. ¿Quieres que te compre algo? ¿Un collar? ¿Una blusa?

- Oh, sí - Sussy bromeó con el tenedor en la boca mientras Marc abandonaba la mesa y subía al trote a su habitación situada en el piso superior de la casa, pateando cada escalón de madera y produciendo el estremecimiento de toda la estructura -. Tráeme una nueva asistenta. Felisa plancha fatal.

- Y además es fea como un indio cherokee. Hecho. La pasaré en el maletero del coche para que no la vean los de la migra. Encontraron a una veintena de pollos, así los llaman, asfixiados en la tuba de un camión. ¿Lo leíste? ¿Quién les vende que esto es el Paraíso?

- Las mafias controlan a los polleros; son gente sin escrúpulos. Debería haber leyes más severas contra ellos.

- ¿Mano dura con los traficantes de personas y blanda con los asesinos y violadores? No te entiendo, querida - dijo Mike Demon, poniéndose irónico.

- El que me repugne, por incivilizada, la pena de muerte, no quiere decir que no abogue por el castigo de toda delincuencia.

- Sale muy caro mantener a un indeseable de esos toda la vida en la cárcel. No sé si vamos a poder permitirnos, como sociedad, ese lujo si triunfan las tesis de los abolicionistas. En este país siempre hubo pena de muerte y la sociedad avanzó.

- Es inútil que discutamos: nunca estaremos de acuerdo.

- Me casé con una demócrata creyendo que Dios me ayudaría a hacer de ella una republicana, pero no sabe el de arriba lo tercas que llegan a ser las mujeres.

Cuando su padre le instruía en conceptos de ética y religión, cuando se encerraba con él en su despacho, que era una especie de templo, de sancta sanctórum, con libros religiosos en los anaqueles y crucifijos e imágenes de santos en las paredes, y clavaba en él su mirada severa de profeta - la barba y el pelo desordenado le conferían el aspecto inquietante de Moisés bajando de la montaña con las tablas de la ley - había una idea crucial que al joven Mike Demon ya le impedía entender el mundo y cuestionar su pretendida libertad y la de todos los que lo habitaban: la predeterminación. Si todo estaba predeterminado desde el nacimiento, si el Altísimo tenía en su cabeza lo que iba a suceder y no había opción para enmendar ese camino trazado de antemano por el que todos íbamos a circular, unos en la dirección correcta, otros errando, qué importaba su conducta, qué valor tenía el que obrara bien o mal. Dios sabía quién iba a ser un asesino, y el asesino, siguiendo los designios divinos, asesinaba pero no era responsable de algo que ya estaba predeterminado. Pero el asesino, sin embargo, que asesinaba porque estaba predestinado a ello, como estaba predestinada a ser víctima la persona a la que asesinaba, se pasaba diez años en el corredor de la muerte hasta que la silla eléctrica o la inyección letal daban cuenta de él. No era muy lógico. Tampoco muy justo.

Miró a su mujer. También parecían predeterminados a conocerse, gustarse y casarse. Sussy no era excesivamente sexual. Eso fue una de las cosas que le gustó precisamente de ella. Hasta cuando estaba en la cama se cubría con un casto pijama de conejitos dibujados sobre fondo rojo, una prenda de textura áspera a sus dedos que provocaba su rechazo, un pijama infantil para que huyera de él todo deseo de desnudarla y tomarla. Ella decía que le daba vergüenza su cuerpo, porque tenía los huesos de los omoplatos y de las caderas muy marcados, pero él sabía que ése no era el verdadero motivo. A Suzanne le repugnaba el sexo de forma inversamente proporcional a como a él le gustaba lo que su padre denominaba, con solemnidad, "el pecado de la carne", un término que estimulaba a su conculcación. Consentía Suzanne, de tarde en tarde, en ser tomada, y suspiraba, con alivio, cuando su marido terminaba y se desplomaba a su lado boqueando.

- ¿Te gustó?

- A mí me gusta si a ti te gusta.

- Esa no es una respuesta valiente, caramba.

Pero a Mike, en definitiva, no le importaba en exceso su apatía erótica. Quién no encontraba sexo en casa lo buscaba en otras puertas, en otros brazos, en otras ciudades, y sospechaba que Suzanne no sólo lo sabía sino que, en el fondo, lo aceptaba.

La primera infidelidad se produjo cuando Suzanne quedó embarazada de Marc, a los siete meses de su matrimonio. No buscaba, pero encontró. Una chica pelirroja, muy atractiva, pasó cerca de su coche y se volvió para mirarlo con cierto descaro. Se sonrieron. Las mujeres parecían tener un sexto sentido para descubrir a los hombres hambrientos y elegían, tomaban la iniciativa. Subió a su apartamento. Hicieron el amor. Fue muy estimulante y fue sórdido, al mismo tiempo: un niño, el hijo de aquella mujer, lloraba en la habitación contigua mientras él babeaba sobre aquel cuerpo agraciado que ondulaba bajo sus brazos y besaba esas hermosas tetas que luego iban a amamantarlo. Luego ella le pidió dinero y él se dio cuenta, entonces, de que había ligado con una prostituta de Hollywood Boulevard algo alejada de su zona. Quedaron en verse más veces. Y se vieron. Después de ella, hubo muchas mujeres anónimas sin cara, sin nombre, en habitaciones oscuras, en moteles destartalados, en aparcamientos de coches. El sexo se convirtió en un hábito para huir de la mortal rutina del mismo modo que había gente que no permanecía nunca en su casa, que se pasaba la vida viajando porque huía de sí mismo. Follar con extrañas, a espaldas de su mujer, aparte de proporcionarle el extraño placer de la falta, le hacía sentirse joven.

- ¿No vienes a dormir, Mike?

Cerró la casa y subió al dormitorio. Pero antes de cerrar la puerta exterior, con doble vuelta de la llave en la cerradura, hizo una ronda por el jardín, por los alrededores. El barrio no tenía una luz excesiva y las ramas de los árboles frondosos, que pedían una urgente poda, ocultaban el destello de las luces públicas suspendidas de cables eléctricos que cruzaban la calzada. Reinaba una cálida calma de noche de agosto, con ausencia total de brisa, y se escuchaba el monótono arrullo de los insectos emboscados en las plantas. El coche de Buzz, el vigilante, acababa de pasar y vio al final de la calle la luz de su intermitente girando a la izquierda, dejando tras de sí un rastro luminoso rojo que duró segundos. Observó las casas de los vecinos mientras retrocedía hasta el porche y se dejaba caer en un banco. La mayor parte de las ventanas del barrio estaban iluminadas y sin visillos, con los estores abiertos; era eso lo que buscaban: que alguien indagara en sus interiores ordenados e impecablemente amueblados. La señora Betts, una anciana de pelo blanco, manipulaba en la cocina algo entre sus manos, seguramente la masa de pan que ella misma se cocía, vieja loca. En la ventana del piso de los Theron, Carlota, la chica mayor de una familia numerosa de diez miembros, movía el esqueleto al ritmo de una música endiablada por su alergia a acumular grasa en alguna parte de su cuerpo. Cinthya Morrison, un bombón de chica, abría la puerta del coche de su novio, pero no se bajaba, se demoraba dentro, seguramente besándose con su chico, y luego salió agitando la mano, con un movimiento característico en las piernas al andar, como las modelos de alta costura cuyas extremidades se cruzaban tanto que parecía que fueran a hacerse la zancadilla la una a la otra, mientras Mike Demon atravesaba el trozo de jardín que le separaba de la puerta.

- Buenas noches, señor Demon.

- ¿Qué tal, Cinthya? ¿Cómo está tu padre?

Se detuvo antes de cruzar su jardín.

- Mejor, gracias. Ya lo tenemos en casa, muy recuperado.

- Me alegro de que sólo haya sido un susto. Dale recuerdos de mi parte.

- Lo haré, señor Demon.

"Mi barrio", pensó y, cambiando de idea no entró en su casa sino que se puso a correr, oxigenando los pulmones con el aire fresco de la noche que flotaba perfumado con el aroma de las buganvillas. Llegó hasta el extremo de su calle, al bucle en donde moría para integrarse en el dédalo de autopistas de Los Ángeles. Sudó la camiseta con dos carreras más, se la sacó por la cabeza cuando entraba de nuevo en su casa, después de cerrar la puerta con llave, dos vueltas, y subió los escalones de madera de dos en dos.

Sussy leía en la cama. Para ella era un placer leer con dos almohadas debajo de la cabeza, bajo la tenue luz de una lamparita de mesa.

- ¿Has estado corriendo?

- ¿Huelo a sudor?

-Digamos que sí.

-Bien, me ducho.

Se duchó, se envolvió en el albornoz, regresó a su habitación.

- ¿Has dado un beso a Marc? - le preguntó Suzanne a su marido, arqueando las cejas por encima de sus gafas para la presbicia.

- Voy.

La habitación de Marc estaba a dos pasos exactos del dormitorio, separada por un cuarto de baño y un trastero en donde se almacenaban juguetes en desuso, álbumes de fotos antiguas, ordenadores obsoletos. Era un cuarto infantil, con estrellas fosforescentes que brillaban en el techo, aunque la luz estuviera apagada, y una lámpara de luminosidad muy débil, que giraba constantemente toda la noche y no lo dejaba a oscuras. Marc, como Mike Demon, tenía miedo a la oscuridad.

Se inclinó sobre su frente y la rozó con sus labios. El niño abrió los ojos, sobresaltado, huyendo de un sueño, pero se tranquilizó al verle. El padre de Mike Demon nunca lo besó, o al menos él no lo recuerda: dejaba esas efusiones de debilidad amorosa a su madre. Y su madre besó demasiado rápidamente la boca de la botella de whisky cuando su marido se cansó de estar en este mundo y se condenó a muerte. Marc es parte de Mike. Y Marc, a su vez, tendría a alguien que sería parte de él mismo, de su padre. Quizá eso sea la eternidad.

- Buenas noches, Marc. ¿Has rezado?

- Sí.

- ¿Cuántas oraciones?

- Tres.

- Buen chico.

Volvió Mike Demon a su habitación y se sacó la camiseta, el pantalón corto, las zapatillas de deporte. Sussy no le miraba cuando se desnudaba. A él no le gustaba dormir con ropa, con el pijama, ni siquiera con calzoncillo. Le encantaba dormir desnudo, sentir la sábana sobre su piel, acariciando su sexo. Sussy le decía que era un bárbaro.

- ¿Un beso?

Sussy sólo le dejó que la besara en la nariz; le volvió la cara cuando intentó alcanzar sus labios.

- No, Mike. Te conozco.

- ¿No? ¿Qué?

- Estoy ovulando.

- ¡Llevas seis meses ovulando!

- Buenas noches.

- Buenas noches. ¿Me pasas los anteojos? Quisiera dormir.

- Claro, cariño.

Soñó con una chica de Hollywood Boulevard, una morena pequeña y rotunda que invadió su coche cuando conducía despacio. "Me llamo Dolores Sinaloa". Le hacía una mamada y la sensación era muy física, real. Los sueños duraban segundos, a lo más algún minuto, pero su subconsciente decidió privilegiar ése. Había un hombre con barba sentado en la parte de atrás del coche, que lo traspasaba con su mirada. "Lo siento, papá: me gusta", le dijo, sin volver la cara. Permaneció erecto toda la noche, hasta la mañana siguiente, cuando se levantó. Suzanne, medio dormida, fue incapaz de apreciar la excitación matutina de su marido.

 

Primer capítulo de La Frontera Sur (Almuzara, 2010), de José Luis Muñoz, IV Premio Internacional Ciudad de Carmona

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Sumario

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El Amante en su Laberinto

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Eddy Campa en el cementerio de los vivos

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La ruta de las hormigas. Pekín desembarca en América Latina

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¿Hay una economía 'capitalista'?

Roberto Álvarez Quiñones

La Era del PRI y sus deudos

Carlos Monsiváis

El cero a la izquierda (o la paradoja de "Juan con Todo")

Manuel Gayol Mecías

Finca Los Cocos: el primer sanatorio para enfermos de SIDA en Cuba

Rafael E. Saumell

La Academia Cubana de la Lengua y la Real Academia Española: un vínculo hispanocubano en varios tiempos

Alejandro González Acosta

Contra Saramago

Ricardo Bada

De herejías y cine feminista

Alfredo Antonio Fernández

Unos escriben

Justo Vasco

Otros miran

Andrés Rábago "El Roto"

OtroLunes conversa

con José Luis Muñoz

"Buceamos en mundos completamente ajenos al nuestro"

con Margarita García Robayo

"La brecha asquerosa que hay entre la gente rica y pobre en América Latina es caricaturesca"

con Arturo González Dorado

"Salvar la decencia, la memoria, el futuro"

con Guillermo Saccomanno

En exclusiva de video para OtroLunes

Punto de mira

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"Festival de la Palabra", por Mayra Santos-Febres

Festival de la Palabra 2010 - PROGRAMA

Premio literario Las Américas

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Cuarto de visita

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Entrevista

Dinamita (Novela, fragmento)

Studio Sex (Novela, fragmento)

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"Buda y Bodhidharma"

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La frontera sur

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Fragmento de novela

El Corazón del Rey

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"Lo mate porque era mío... o eso creía yo"

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Relato

La marmita, de Poesía

En compañía de adultos (1997-2007)

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Fragmentos del libro homónimo

Poemas

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(Portugués y español)

Poemas

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Otras voces hispanas

A cargo de Luis Rafael

Abelardo Estorino, irreverente y original

Santiago Gamboa y sus saltos de calidad novelística

Joel Franz Rosell, consagrado a la infancia

José Luis Muñoz y las perennes búsquedas

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Rusia: Memorial inconcluso

Alexis Berelowitch

La costumbre de la infamia

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Prólogo a Don Quijote (para la traducción bajo el nombre Der sinnreiche Junker Don Quixote von La Mancha)

Heinrich Heine

De lunes a lunes

Primera novela del escritor puertorriqueño Cezanne Cardona

Dos grandes intelectuales se despiden: José Saramago y Carlos Monsivais

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El hombre es un gran faisán en el mundo

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Lecturas para desconfiados

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La alegría de traducir

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Diario de una resurrección

Luis Rosales

 

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