OtroLunes. Revista Hispanoamericana de Cultura. Septiembre 2010. Año cuatro. Número catorce

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Datos de la revista, septiembre 2010, año 4, número 14
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Quinta de la Caridad

Fragmento de novela

 

Pedro Merino

Veitía se levantó del sillón y fue hasta el librero y repasó con la vista el lomo de los libros. Extrajo títulos sugestivos sobre criminalística enviados por amigos de Europa Oriental. Las huellas, de S.R. Sámusev y El procesamiento de imágenes, de T.N. Selezniova, motivaron al oficial, sentado en el sillón.

La esposa lo llamó para que cenara y Veitía detuvo sus ojos en el poste de alumbrado. Un bombillo iluminaba la esquina. Centró la vista en la circunferencia amarillenta que emitía la luz del bombillo. Parpadeó unos segundos, quedó medio cegato e imaginó que corría atrás de un asesino.

La calle estaba húmeda; sin embargo, recordó que el día fue soleado para que lloviera de repente, cuando resbaló por un salidero albañal. Se levantó y vio al asesino atravesar un terraplén y ocultarse en un hierbazal. Veitía se dio cuenta que no llovía porque el terraplén no le enfangaba los zapatos. Siguió persiguiendo al asesino y escuchó a su antiguo ayudante, rezagado, que le repetía que no se detuviera.

Sin saber por qué su mente se perdía en esa ficción logró volver a la realidad.

-Norberto -lo llamaba la esposa-, Norberto, ya hice el batido de mango.

Veitía se levantó del sillón y fue hasta el comedor. Sentado a la mesa probó el batido con una cuchara. Al lado un plato con un pan con jamón y queso esperaba ser probado. Le dio un mordisco y supo que tenía hambre.

En el ejercicio de masticar, comenzó a reproducir su último caso de homicidio. Chicha era una voz clave, cerca del lugar del crimen. Bajó el mordisco de pan con jamón y queso con un sorbo de batido. La comida ligera le hacía más bien que la pesada por la avanzada noche. El programa Prismas estaba a punto de acabarse, mientras meditaba acerca de la operación policial ejecutada antes del asesinato, del Delegado de la circunscripción que manejaba datos privados y de un informante desaparecido.

A cada rato Veitía viraba el cuello hacia el televisor. Un cortometraje respecto a un preso que coordinaba la fuga de la prisión con el sepulturero lo entretuvo durante unos minutos. El preso que deseaba fugarse le pidió al sepulturero que lo sacara del ataúd en el cementerio.

Veitía, entre un pensamiento y otro, mordisqueaba la merienda. Ya el preso salía de la prisión y sentía que bajaban el ataúd con sogas a unos tres metros y a los granos de tierra que lo cubrían. El acuerdo era que el sepulturero lo desenterrara por la madrugada y desclavara el ataúd, todo ello a cambio de mil dólares; sin embargo, pasaban los minutos, la media hora y, a punto de rebasar la hora, el preso vivo sintió el malestar de la estrechez del ataúd debido al preso muerto que aplastaba.

Veitía volvió a mordisquear la merienda y en fracciones de segundos se trasladó hacia la Quinta de la Caridad, mucha gente freía carne de puerco, mientras cinco hombres comenzaban un altercado. El caso estaba claro: era uno de ellos, pero por el escaso alumbrado, Chicha no le pudo decir con exactitud quién fue el asesino.

Tan cansado estaba el preso de esperar a que el amigo lo desenterrara y desclavara el ataúd, cuando, de pronto, encendió un fósforo y se viró para ver a su compañero: ¡era el sepulturero!

El programa Prismas terminó y el Noticiero Nacional de Televisión ocupó la pequeña pantalla. Veitía se levantó y apagó el televisor. Tragó el último sorbo de batido y disminuyó el dulzor con unos traguitos de agua al abrir el refrigerador y pegar sus labios al pomo.

Avistó el reloj y pensó en las ocho horas de descanso. La esposa lo llamaba desde el cuarto y Veitía le dijo que iba a despertar a los muchachos, mientras caminaba hacia ella. Pasó el cuarto de los hijos y la hija tosía. Veitía abrió la puerta y la vio dormida. Cerró la puerta y se dirigió a su cuarto.

- ¿Qué tenía? -preguntó la esposa.

-Nada, tosió un poco.

-Por la noche la vi preocupada... los exámenes de ingreso a la Universidad.

-Sí, la tensión -dijo Veitía-, también la tuve.

-Estás raro, ¿un nuevo caso de...?

-Más o menos.

-No sé por qué siempre me doy cuenta.

-Porque las mujeres son chismosas.

La esposa espiró una burla y se quitó la bata, sentada en la cama. Los senos quedaron empinados hacia Veitía.

- ¿No me vas a a t e n d e r, querido?

-Como no, siempre tengo reservas.

La esposa se levantó y la bata cayó al suelo, discriminada por los pies que la patearon contra la pared.

- ¡Oh... eres una Maja desnuda! -exclamó Veitía.

-Todavía me falta... -ella le señaló el blúmer.

Veitía dio la vuelta y se le acercó. La esposa estaba de pie y él se agachó y le fue bajando el blúmer con los dientes, sin usar las manos. En esos instantes ningún pensamiento saboteaba al investigador de homicidios. Ni el asesino tras el cual corría hace un rato ni el cortometraje de Prismas. La Quinta de la Caridad no existía en su conciencia, ni su jefe, el coronel Pupo. Una vez que el blúmer se deslizó por los muslos y bajó a más velocidad por las piernas y cayó en los pies, la esposa lo condenó en compañía de la bata.

El criminalista se desvistió sin contratiempo, mientras la esposa lo contemplaba:

-Ay, mi amor, qué fuera de mí... no sabes la falta que me haces.

Veitía se frotaba los testículos con las manos y por el pene comenzaba a circular la sangre y a inflarlo.

-Yo no puedo creer, querido, que me haya metido eso.

-Chúpamelo.

La esposa se sentó en la cama y Veitía, de pie, le facilitó la succión. Sintió el lengueteo y el cerebro y el corazón se le desesperaron. Las piernas le temblaron y varios chorros de "leche" salpicaron a la esposa por el cabello, por un ojo, y le bajaron por el rostro y le cayeron goticas en los muslos. Ella se revolvió la "leche" por la cara y lo agarró por las manos y él se le fue encima.

Tras un respiro el peso del criminalista le propició un placer con movimientos dentro de la vagina. De boca a boca intercambiaron besos, salivas, mientras ella le arañaba la espalda con suavidad y empujaba las piernas de él hacia su "coño" mediante ayes afirmativos y frases ininteligibles.

Por momentos ella estaba debajo, luego él se viraba y ella cabalgaba un armónico baile sin más música que el silencio y repasaba con meneos los cuatro puntos cardinales: norte, sur, este y oeste, encima del marido.<

El criminalista volvió a eyacular después de una hora y dio paso a la tranquilidad de su cuerpo brevemente. La esposa quedó vencida. Lo besó y comenzaron a conversar en estado de vigilia, tapados con la sábana.

-Pipo, ¿te vas temprano?

-A penas amanezca.

-Ay, recuérdame a qué edad fue tu primera vez.

-A los diez años, mima.

-¿A los diez? -se viró asombrada hacia él.

-Ella me "violó".

-Y tú quisiste, ¿no?

-A esa edad qué no iba a querer, mi amor.

-Nunca me dijiste eso.

-Fue en una escalera.

-No chives.

-Verdá que sí. Y de pie.

- ¡Contrá, entonces te caíste!

-Ya empezaste con la mala idea.

-No, tú sabes, cuando te "vienes"...

-Eso no sucedió porque terminamos en el piso.

-A ver, ¿y todas las mujeres son iguales por ahí?

-Claro que no... algunas la tienen anchas; otras, estrechas.

Hicieron una pausa.

-Norberto, estoy preocupada.

-Por qué.

-Tu hijo anda con fulas.

-¡No me jodas, pues que los suelte!

-Creo que se los cambia a un extranjero.

-¿De dónde? ¿Quién es?

El criminalista se destapó el tronco, se echó hacia atrás y pegó la espalda a la cabecera de la cama. Se pasó las manos por la cabeza, sintió frialdad por la espalda y volvió a taparse junto con la esposa.

-Es un estudiante extranjero, pero de otra carrera.

-¿Y qué hace con los fulas, mami?

-Ay, no sé, Norberto, creo que compra jabones y los vende en el campo.

-El no tiene necesidad de eso, mima, lo van a coger y voy a pasar tremenda pena.

"Voy a pasar pena... voy a pasar pena", se amplificaba en la mente de Veitía.

 

Nota del Editor

Con esta novela, Pedro Merino obtuvo el XI Premio de Novela Breve Juan March 2003 de España.

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