Julio 2011. Año 5. #19

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Algunos “Betanianos” opinan

Betania vista por sus autores

VV.AA

Quisimos hacer una misma pregunta a algunos autores que han publicado en Betania, a quienes escogimos por sus diferencias temáticas y estilísticas: “¿Cuál crees que han sido los aportes de la editorial Betania a eso que muchos llaman "discurso alternativo de las letras cubanas"? Debo aclarar que este concepto se refiere a la presencia de la literatura cubana en la red internacional mediante la colocación de autores en el mercado por empresas editoriales que no sean los grupos transnacionales que controlan el mercado internacional del libro ni la politizada promoción de nuestras letras que se hace desde la isla”.

Estas fueron sus respuestas.

 

Aimée G. Bolaños

Aimée G. Bolaños: Betania, quiero decir Felipe Lázaro, es un punto de encuentro y diálogo. Y habría que entenderlo, sobre todo, en su sentido más figurado porque gran parte de los autores que forman parte de su diversificado catálogo, habitan en los cuatro puntos cardinales. Este editor-poeta, excelente y sensible conocedor de las letras cubanas con sus diferentes espacios de enunciación, ha sabido congregar, divulgar, promover, dar visibilidad a un amplio corpus literario de diáspora, en el que a partir del origen común y los  viajes literales y simbólicos, se expresa una compleja experiencia de exilio y emigración con sus renovadas formas de habitabilidad y comunidades imaginadas.

Este otro discurso cubano, que Betania integra, contribuye de manera decisiva al conocimiento y circulación de las nuevas identidades de un mundo cada vez más transnacional y transcultural, en el que la literatura cubana se hace presente de manera intensa y original. Precisamente, en este sentido me gustaría destacar la antología crítica, Indómitas bajo el sol, que Felipe Lázaro acaba de publicar como editor y antólogo, juntando una muestra significativa de la obra de cinco poetas extraordinarias en New York: Alina Galliano, Lourdes Gil,  Maya Islas, Magaly Alabau e Iraida Iturralde, autoras que están allí muy bien acompañadas por atractivos estudios críticos.

En el seno de una cultura viva y en movimiento, reluce la labor editorial de Felipe Lázaro al frente de una relativamente pequeña e independiente editora que, de modo alternativo y consistente, está participando en la escritura de otros capítulos de la historia literaria cubana, con sus ricos trasiegos culturales. Siendo así, como lectora y autora, me declaro grata a Felipe Lázaro y su Betania por tender puentes y comunicar islas, trazando nuevas rutas de confluencias creativas en la errancia.

 

Armando Valdés Zamora

Armando Valdés Zamora: La primera vez que oí hablar de la editorial Betania y vi uno de sus libros fue cuando se publicó en 1994, en Madrid, La isla entera: poesía cubana de las dos orillas.

Yo retomaba, con más ficción que realismo, mis aspiraciones infantiles de querer ser marinero, tratando de montarme en cuanta balsa zarpaba a mi vista en La Habana o en cualquier punto con costas al norte de la isla; cuando oí hablar de ese libro que se convertía en la referencia del momento para integrar nuestro equipo nacional de poesía.

A mi llegada a París fue en casa de Jacobo Machover donde primero vi los libros de Betania. De vez en cuando coincidíamos allí un grupo de amigos agrupados en torno a la revista Trazos de Cuba. Y en la biblioteca de Jacobo hojeé otros libros de Betania que ya son clásicos de nuestra bibliografía literaria, y que ahora, con el tiempo, han ido llenando uno de los vacíos más dolorosos para un escritor exilado: el de su biblioteca abandonada en casa por el adiós precipitado.

Me refiero, entre otros, a libros cubanos de diversos géneros como: Conversación con Gastón Baquero, La novia de Lázaro de Dulce María Loynaz, el célebre Un plebiscito a Fidel Castro de Reinaldo Arenas y el pintor Jorge Camacho, la poesía del propio Arenas, por ejemplo. A poemarios de Raúl Rivero, David Lago, Gustavo Pérez Firmat, José Mario, León de la Hoz y Camilo Venegas. A los libros de un narrador como Daniel Iglesias Kennedy que conocí gracias a Betania, o al de una ensayista como María Elena Blanco.

Y no enumero, claro, por razones de espacio, a autores de América Latina y españoles también dados a conocer por la editorial.

Cuando llegué de Cuba, y a la espera de mi residencia en Francia, me pasaba las tardes estudiando francés y escribiendo en varias bibliotecas de París. Yo quería narrar, en esas circunstancias, una historia que sospechaba (con razón) después (ahora) no podría escribir con la misma intensidad: las vacaciones en París de un intelectual cubano que se ve obligado a responder a una pregunta: “¿me quedo o no me quedo?”

Fue en la entrada de la biblioteca del Instituto Cervantes de París que leí una convocatoria para el premio de novela breve Felipe Trigo. Mandé el manuscrito de Las vacaciones de Hegel y lo olvidé. Después supe que había sido finalista, lo retoqué y se lo di a leer a mi amigo, el desaparecido escritor cubano Juan Arcocha.

Cuando mi teléfono suena pocos minutos después de las 9 de la mañana, me digo, sólo puede ser mi banquero para alertarme de desastres inmediatos. Pero ese día no era el banquero quien llamaba sino Arcocha que se había leído la novela y me exigía publicarla. Fue entonces que, como siempre ocurría entre nosotros, alrededor de dos dominicales vasos de whisky, tratamos Juan y yo de especular sobre quién podría editar mi historia.

Ya entonces había conocido en París a la pintora cienfueguera Gina Pellón. En su atelier hacíamos tertulias y el melancólico colorido de los retratos de sus cuadros que ocupaba de manera prodigiosa aquel espacio, me fascinó desde el primer día.

Aunque se fue de Cuba en el mismo 1959 con una beca a París y nunca más volvió, Gina con su persistencia, sus cuadros y su biblioteca, representaron para mí el primer ejemplo vivo de una cubanía universal. Recuerdo haberle leído la carta de Felipe Lázaro a la madre de mi hija Ariane. Felipe respondió con elogios a mi demanda de publicación y en diciembre del 99 (apurado yo porque saliera antes del final del siglo), apareció editada por Betania mi primera novela con un cuadro de Gina Pellón (Héroe de aquí en adelante en reposo) en la portada.

Y me detengo en estas anécdotas personales, porque lo que más recuerdo de aquellos tiempos es mi viaje a Madrid para promocionar el libro y conocer personalmente a Felipe Lázaro que organizó para mí una presentación en la Casa de América.

Seguro él ya ha olvidado, pero yo no, la visita a un pequeño apartamento desde el cual Felipe editaba los libros de Betania. Atiborrado de hileras de libros que más bien parecían enredaderas colgadas del techo, allí, en una atmósfera que nada le envidiaba al taller de un alquimista, se producían decenas de títulos de autores del exilio que, como yo, de otra manera no habrían podido nunca publicar sus libros.

Porque al dejar su país (y en mi caso, incluso, convivir con otra lengua) un escritor exilado no sólo abandona eso que el inglés Cyril Connolly nombra la realidad espiritual, sino también se enfrenta a un desconocido futuro material.

Acostumbro repetir hasta la saciedad a mis amigos que viven en España lo que representa el idilio de ir a visitarlos, cuando se es cubano y se vive en otras latitudes.

Cada viaje se rememora una y mil veces durante estaciones de nieve y obligadas conversaciones cotidianas en otros idiomas. Siempre ha sido así cuando voy a España. Pero quiero creer que en el origen de esa sublimación se encuentra aquella primera vez en que hice tantos amigos para siempre, gracias a la generosidad de Felipe, que me ayudó a comenzar a existir como escritor exilado

 

Carlos Espinosa Domínguez

Carlos Espinosa Domínguez: Indudablemente, Betania ha permitido a los lectores el poder acceder a la obra de muchos autores cubanos que, de otro modo, no hubieran tenido esa posibilidad. Ya se sabe que el criterio de los grandes grupos editoriales está regido, en la inmensa mayoría de los casos, por los rendimientos comerciales. Eso hace que géneros que no suelen venderse bien, como lo es la poesía, no formen parte de sus catálogos. En el de Betania, en cambio, se pueden hallar nombres como los de José Mario, Magali Alabau, Lourdes Gil, Iraida Iturralde, Gustavo Pérez Firmat, León de la Hoz y Orlando Rossardi, para citar unos pocos, cuya lectura resulta necesaria si se quiere tener una visión más completa y real de la poesía que escriben hoy los cubanos. La actividad de Betania, sin embargo, no se limita a la poesía, sino que además ha prestado atención al ensayo, el teatro, la narrativa. La ya considerable cifra de títulos que han visto la luz bajo su sello son, en resumen, un valioso aporte a la difusión de nuestra literatura.

 

Daína Chaviano

Daína Chaviano: El mundo editorial ha cambiado radicalmente en el último decenio. En estos momentos grandes casas editoriales conviven con otras medianas o pequeñas, sin contar con la transformación que ha estado sufriendo el propio concepto del libro, cuyo formato se ha extendido al audio-libro y al e-book (libro electrónico). Las editoriales medianas y pequeñas suelen ofrecer la oportunidad de publicar obras que han sido rechazadas por las grandes editoriales. El sello Betania, que cae dentro de esta categoría, cumple esa antigua y necesaria función de servir como punto de partida a escritores noveles y a otros que, sin serlo, no hallan salida a ciertos títulos.

Aunque muchas veces el mercado menosprecia a escritores que pagan para publicarse, lo cierto es que ―desde el nacimiento de la imprenta― numerosos autores se han visto obligados a costear sus propias obras. Quienes aconsejan no acudir jamás a este recurso han olvidado que Mark Twain pagó por publicar Huckleberry Finn, y que Walt Whitman sufragó la primera edición de Leaves of Grass. Entre los escritores que tuvieron que asumir sus gastos de publicación hay nombres como James Joyce, Bernard Shaw, Marcel Proust, Upton Sinclair, Anaïs Nin, Ezra Pound, Alejandro Dumas, Virginia Wolf, Edgar Allan Poe y Henry Miller, por citar solo algunos. Y fueron las pequeñas editoriales e imprentas las que proporcionaron a estos clásicos la posibilidad de llegar a sus primeros lectores. Actualmente también se trata de una opción nada desdeñable, incluso para libros ya agotados que no encuentran otra salida.

En el caso específico de la literatura cubana, muchos de cuyos autores viven dispersos por el mundo y no cuentan con el respaldo que necesita todo escritor ―me refiero a editoriales nacionales que publiquen y promocionen su obra―, un proyecto como Betania sirve como una suerte de malla de rescate para quienes desean conocer parte de lo que escriben los cubanos del exilio. Sobre todo en el caso de la poesía, para la cual apenas existen ya opciones, Betania ha sido y sigue siendo un importante receptor y promotor de textos. El patrimonio legado por Betania será, sin duda, fuente de consulta obligada en un futuro cercano, cuando los académicos y los propios lectores de la isla quieran conocer y estudiar la obra de innumerables artistas exiliados.

 

Efraín Rodríguez Santana

Efraín Rodríguez Santana: Viajé por primera vez a Madrid en 1994. Luego de muchas tempestades políticas nos reunimos en aquella ciudad un grupo de poetas cubanos que vivíamos dentro y fuera de Cuba. Creo que quien nace en islas está marcado por un deseo de saber qué hay más allá del mar. Sentimiento de la diáspora que se experimenta también dentro. Los cubanos tenemos una vocación por la huida. Escapar para recomenzar, para transformar el pasado, para construir un futuro fictivo.

En aquella reunión de poetas, llamada de las dos orillas, pude conocer a personas que han marcado mi vida, llegaron y se han quedado conmigo. Cito sólo algunos nombres: Gastón Baquero, Heberto Padilla, Felipe Lázaro. Con cada uno de ellos pude entablar extensas conversaciones, en contextos escogidos por un azar premeditado por afinidades.

Cuántos bares, restaurantes, fondas y cafés madrileños hemos recorrido Felipe Lázaro y yo. Pierdo la cuenta, no así su conversación majestuosa, su capacidad para equilibrar los pros y contras de dentro y de fuera. Perteneciente a un exilio radical, Felipe supo, sin embargo, desembarazarse siempre de aquellos datos que no entraban en un razonamiento amoroso. De ahí su famosa frase: “¡Te he dicho que te quiero!” Para sellar un pacto de comprensión.

Betania es Felipe Lázaro. Digamos que es también una prolongación de esa contundencia suya que se abre caóticamente para albergarnos. El catálogo de Betania es muy variado, a una selección rigurosísima, con libros de nuestros mejores escritores, clásicos contemporáneos o no, se adhiere otra de autores cubanos noveles que expresan sus propias marcas de desarraigo, un exilio escrito.

En algunos momentos de mis viajes a Madrid colaboré con Betania, como corrector y antologador. Para mí llegar a Madrid era llegar a Felipe Lázaro. La noche madrileña nos amparaba y penetrábamos en ella a beber. En unos de esos viajes le presenté los poemas de Ángel Escobar y le propuse hacer algo con ellos, poco tiempo después, en uno de esos amaneceres insólitos, me dijo que había leído y que preparara una antología de su obra. Así se publicó Fatiga ser dos sombras. Admiración y generosidad de un editor experimentado, de un poeta fuerte, cubano de Güines y España, expresión de una época que ya es historia.

Cuando llego a Madrid lo primero que hago es localizar a Felipe Lázaro, está refugiado en su casa de campo madrileño. El año pasado no lo pude ver, pero hablé con él por teléfono, y con Marisa, su espléndida mujer argentina.

 

León de la Hoz

León de la Hoz: Este proyecto que como muchos otros nació cuando todavía el exilio cubano era eminentemente político, supo temprano correr el riesgo de los derroteros culturales que ampliaron su perfil y perspectiva. La editorial fue una de las tantas respuestas de la sociedad cubana para sobrevivir fuera de la isla a la mutilación que produjo la Revolución.

La labor del poeta Felipe Lázaro con la editorial Betania ha sido una de las más importantes para el conocimiento de la poesía que se hacía fuera de Cuba, en una época en la que fue de las pocas referencias editoriales del exilio y la literatura hecha por estos escritores era considerada cuando menos espuria por el gobierno cubano, los propios escritores y los medios internacionales. Hoy todo es diferente.

Ahora que el exilio ha crecido en forma y contenido, tiene un desarrollo cultural diferente y muchas más revistas y editoriales, no hay que olvidarlo todo. Aquí, antes de nosotros, hubo vida, y buena parte de ella la dio la editorial Betania, una de las decanas que a pesar de las difíciles condiciones del exilio ha cumplido 24 años y sueña con otros 24.

 

Mabel Cuesta. Foto: Manny López

Mabel Cuesta: La historia de la literatura cubana producida fuera de los límites físicos e ideológicos de la isla en los últimos cincuenta y dos años, es una que encuentra sus paralelos en los frentes de resistencia. Betania viene entonces a constituir (en  esta imaginería bélica) un bastión más en la contienda. Y también, por qué no decirlo, a ratos, una tregua. Ese silencio fecundo se asienta en los datos que provee el catálogo editorial al ver cómo un muy considerable número de escritores asentados en Norteamérica han podido desestimar la idea de traducir su obra con el objeto de verla publicada o cómo en 1995, la antología poética La isla entera, desafió a la política de estancos y lindes a la que los poderes y estrategias culturales cubanos nos tenían acostumbrados. Permitir e incluir sin concesiones lastimosas, pareciera ser el modus operandi de este sello que tendrá tan poco lamentar un día después del horror.

 

Maya Islas

Maya Islas: Nadie como Felipe Lázaro para llenar un cánon: el de haber aportado como Director de la editorial Betania a eso que muchos llaman "discurso alternativo de las letras cubanas". Su nombre "Lázaro", porque es también su nombre, acomoda perfectamente con el concepto de llamar a la editorial "Betania", pueblo mítico y verdadero del Lázaro que resucitó en las manos del Maestro. Desde sus inicios en 1987, cuando comenzó la colección Betania de Poesía, nuestro Lázaro nos transfirió su status de resucitado a los escritores que no tenían cabida en las publicaciones de las redes internacionales del libro ni en las publicaciones dentro de la isla. Nuestra literatura habitaba los campos del sueño, con un pie entre dos tierras. La Editorial nos dijo: "Levántate y anda".

No solo los escritores levantamos alas; la editorial, como un libro cósmico virtual más, se estableció en el mercado, permitiendo que los muertos salieran de sus tumbas.

 

Odette Alonso

Odette Alonso: Era el principio de los noventa cuando tuve noticia de la existencia de Betania. Bladimir Zamora y Felipe Lázaro juntaban poemas para una antología de poesía que titularon La isla entera y que fue publicada a mediados de esa década. Durante más de veinte años, un trabajo tesonero y sistemático han colocado a Felipe Lázaro y su editorial en el centro de la producción literaria cubana en el exilio. Sus colecciones de poesía, narrativa, ensayo y antologías han dado espacio a decenas de escritores, un acervo de incuestionable valor que ha sido también una ventana al quehacer de varias generaciones de cubanos asentados fuera de la isla. En la historia de la literatura cubana de los últimos años, Felipe Lázaro y Betania ocupan un lugar imprescindible.

 

Reinaldo García Ramos

Reinaldo García Ramos: Al cumplirse 24 años de la Editorial Betania, nos complace recordar lo que dije y publiqué en enero de 2007, a manera de introducción al homenaje que hicimos a esa empresa y a su fundador, el poeta cubano Felipe Lázaro, en la revista digital de poesía Decir del Agua, de la que fui director (Segundo ciclo, primera entrega, página4]: “Bien sabemos lo difícil que ha sido para los cubanos del exilio encontrar vías de expresión, espacios culturales apropiados que nos acojan. Sólo un puñado de esfuerzos que los propios cubanos han realizado por crear órganos de difusión, editoriales, publicaciones periódicas serias, han logrado sobrevivir las primeras etapas de tenacidad y convicción y se mantienen hoy en plena actividad, al cabo de los años.  Betania es uno de esos esfuerzos, y ha subsistido gracias a la labor del poeta Felipe Lázaro y al apoyo resuelto de sus compatriotas. (…)  Sin ese apoyo de los autores, Betania no existiría; pero tampoco existiría sin la fe apasionada, el sentido de la continuidad cultural y la voluntad constructiva, aglutinante, de nuestro amigo Felipe. Sin él, sin esa mirada amplia y tenaz que él ha logrado poner incesantemente en su trabajo de Betania(…), a los escritores y artistas del exilio cubano (y a otros intelectuales de muchos otros países que han publicado en esa editorial) nos faltaría algo fundamental, un respiro en la aridez, un consuelo alentador para seguir adelante.”

 

Virgilio López Lemus

Virgilio López Lemus: El poeta y editor Felipe Lázaro ha sostenido a la Editorial Betania de una manera que puede calificarse como intelectualmente heroica. Ha realizado un beneficio a la cultura cubana, y en especial a la poesía, que va más allá de la nota encomiástica y se queda al punto ya casi del milagro. Betania ha cubierto un «territorio» descuidado desde la izquierda y desde la derecha del cuerpo de la cultura. Sus ediciones de decenas de autores cubanos emigrados y exiliados, de algunos residentes en suelo insular y de personalidades varias, se pondera sobre todo por la serie poética. Ha publicado libros de versos desde Reinaldo Arenas hasta Gastón Baquero, pero también estudios sobre poesía y literatura y cultura cubanas e hispanoamericanas en general, narrativa, entrevistas, y otros variados perfiles, y lo ha hecho con calidad de edición, dignidad de diseño y fuera de los nudos más ácidos de las confrontaciones estéticas, políticas o de género. Su labor ha sido de servicio hondo y generoso. Felipe Lázaro no se ha convertido en un millonario, no se ha situado como «vaca sagrada» de algún estatus social, pero ha logrado algo de larga repercusión: ser referencia, él y su casa editora, capaces de servir a la poesía y a los poetas. Personalmente, admiro mucho a Felipe y a Betania, creo que no puedo hacer estudio hondo de la poesía de Cuba sin consultar sus catálogos, sin tener en manos muchos de sus libros publicados, y creo muy sinceramente que este valor intrínseco de su labor como editor, crecerá. Felipe Lázaro y Betania se han distinguido por (al servicio de) la cultura cubana, es una medalla simbólica que le han ofrecido su labor y su bondad de ánimo. Yo no creo que esa distinción de alma implique ningún discurso alternativo: las colecciones de Betania añaden libros que pesan en el contexto editorial, inclusoen el contexto de las grandes empresas privadas o estatales, cualesquiera que sean sus orientaciones. Betania es historia, ignorarla es antihistoria.

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