Julio 2011. Año 5. #19

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De Betania y el horizonte de experiencia

A modo de introducción

Rafael E. Saumell

Agradezco mucho a Amir Valle y a Otro Lunes por la invitación a formar parte del homenaje dedicado a la Editorial Betania y a su director Felipe Lázaro. El pie forzado al cual respondo parte de lo que Amir califica de una “pequeña pregunta”: “¿Cuál crees que han sido los aportes..a eso que muchos llaman ‘el discurso alternativo de la literatura cubana?” Enseguida aclara: “…este concepto se refiere a la presencia de la literatura cubana en la red internacional mediante la colocación de autores en el mercado por empresas editoriales que no sean los grupos transnacionales que controlan el mercado internacional del libro ni la politizada promoción de nuestras letras que se hace desde la isla”.

Comienzo por señalar que en los siguientes comentarios y testimonios me basaré en principios tomados de la estética de la recepción la cual afirma, según Jonathan Culler, que “el significado de un texto es la experiencia del lector (experiencia que incluye dudas, hipótesis y autocorrecciones)… Interpretar una obra [la llevada a cabo por Betania] es explicar la historia de una lectura” o sea reconstruir “el horizonte de expectativas del lector” (Breve introducción a la teoría literaria, 2004: 79-80).

En 2008 publiqué gracias a Felipe y a Betania En Cuba todo el mundo canta. Memorias noveladas de un ex preso político. Por consiguiente, no puedo separar la idea Editorial Betania (Madrid, España) con otra conocida como Ediciones Unión (La Habana, Cuba). Para individuos como yo, la primera es sinónimo de sello alternativo, no censor. La segunda, también en mi caso, la asocio con agencia gubernamental, censura, exclusión y “pulpa de papel”. Culler califica este proceso de análisis con un rótulo que suena pedante: “hermenéutica de la recuperación”, es decir, la restauración “original de producción de los textos –las circunstancias e intenciones del autor y los significados que un texto podía haber tenido para sus lectores originales“ (85). Me explico.

Hacia 1978 entregué La corte del supremo espectáculo a Ediciones Unión, entonces dirigida por Joaquín G. Santana, para que fuera valorado. Se trataba de un ensayo sobre la historia de la radio y la televisión en Cuba desde 1922 hasta ese año. Leonardo Acosta lo había prologado. Como pasó bien el filtro riguroso de sus lectores me llamaron luego para darme la buena noticia de que había recibido un visto bueno. Recuerdo los nombres de dos personas que trabajaron como sus correctores de estilo: David Fernández Chericián y, si no me equivoco, Nancy Morejón.

Debo aclarar que para la fecha era miembro de la UNEAC, en concreto de la Sección “Consola”, o sea la de Cine, Radio y Televisión. El apodo es autoría de Reynaldo González. Suelto todos esos nombres, y otros que sumaré enseguida, a manera de lista de testigos.  

 

La revista Unión publicó una versión del capítulo dedicado a las radionovelas (“Ellas son así”). Conservo un ejemplar del número (3, Año XVII, septiembre de 1978: 112-121). Es mi tesoro y prueba fehaciente de lo dicho en el párrafo anterior. En el “Fichero de autores”, entre Santana y el poeta yugoslavo Miroslav Striber, aparecen mi santo y señas además de un dato revelador: “Este trabajo es parte de un libro sobre la radiodifusión en Cuba de próxima aparición”.

Han pasado más de tres decenios y, claro, el infeliz libro no acaba de aparecer. Bueno, por poco sucede. Lo imprimieron pero la edición entera fue convertida en pulpa antes de salir de la imprenta por orden de las autoridades. El 14 de octubre de 1981 caí preso bajo la acusación de haber cometido “Propaganda Enemiga”, artículo 108-1 del Código Penal de 1979, debido al dictamen negativo recibido por otro texto mío. Me refiero a un grupo de relatos calificado de contrarrevolucionarios por Adolfo Martí Fuentes y José Martínez Matos, peritos lectores contratados por el Departamento de Seguridad para elaborar ese dictamen que, de inmediato, se convirtió en el epitafio de mi muerte social en clave cubana. ¿Se habrá salvado de la medida siquiera un ejemplar? 

De la  noticia relacionada con la pulpa me enteré a raíz de ser excarcelado en 1986 y por boca de León de la Hoz, entonces asesor del Ministerio de Cultura. Con ese testimonio se presentó en mi casa de Marianao, acompañado de  un afiche donde se anunciaba la inminente salida del libro maldito junto a otros títulos más afortunados, uno de ellos por cierto del escritor y temible funcionario Carlos Aldana Escalante.

A dos personas les pedí ayuda para recuperar el “mecanuscrito”: a Lisandro Otero, presidente en funciones de la UNEAC durante la enfermedad de Nicolás Guillén, y a Manuel Moreno Fraginals, integrante del comité editorial de aquel organismo. Ninguno pudo hacer nada. A lo mejor siguió un destino similar al de las copias impresas.

En verdad me doy cuenta ahora de que ésta va siendo ya una larga relación de vivos y muertos al cabo de treinta y tres años. Cuando desde hoy  pienso en esa etapa y en lo que me cayó encima, me vienen a la memoria la letra y la melodía del  bolero “Que me hace daño” en voz de Benny Moré: “no me vuelvas a cantar esa canción/que me entristece/no he vuelvas a cantar esa canción/ que me hace daño”. Quien haya vivido ese tipo de “horizonte de experiencia” se habrá formado una  idea cabal acerca del tamaño del dolor causados por la censura y la  prisión. Así son de brutales ciertas memorias y el acto correspondiente de escribirlas.

Hace un par de meses, mientras leía El hombre que amaba a los perros de Leonardo Padura (Tusquets Editores, S.A., 2010), sentí una emoción parecida. En su protagonista cubano hallé un alma casi gemela. Es un tipo con el cual comparto maltratos impuestos, digamos, por un común régimen de política editorial. Los dos caímos en desgracia y fuimos castigados  en virtud de la existencia de leyes antidemocráticas, ejecutadas por funcionarios poderosos y despiadados, al servicio de una dictadura que les  confiere atribuciones excesivas para aplicar penas y castigos de cualquier índole.

Uno de ellos lo cita para humillarlo y callarle la boca a perpetuidad. Nos dice el tronado en la parte 5: “Comoquiera que mi historia se repitió tantas veces, con muchos otros escritores…” Antes admite haber sufrido “la segunda y creo que más dolorosa caída de mi vida”. La diferencia, es decir lo que justifica usar el adverbio “casi” se lee unas oraciones después. No lo arrestan, no lo someten al Tribunal Provincial de la Seguridad del Estado (como a René Ariza, es otro decir) y por ese motivo se siente “sobre todo agradecido. Sí, muy agradecido, de que no se hubieran tomado otras medidas conmigo, y yo sabía cuáles podían ser…”

De semejante escache este personaje jamás se levanta, literal y literariamente hablando. Tiene razón, a muchos les ocurrió lo mismo. Sin embargo,  unos hechos recientes vinculados con el título en cuestión me han llevado a sospechar del énfasis puesto, al menos desde La Habana, en la interpretación políticamente oportunista de la trama, como si se tratara de un tema exclusivo del  estalinismo y de la deformación  del socialismo marxista-leninista en  la desaparecida Unión Soviética. Discrepo, ése no es el mensaje principal de la novela desde el punto de vista extra literario. Por lo menos, dado mi horizonte de experiencia.

Dicha sospecha se fundamenta, en específico, en los recientes procedimientos mediáticos montados allá en ocasión de la presentación de la edición local. Parecería que los gestores políticos y culturales del patio han aprovechado la ocasión para facilitar una suerte de exorcismo público que les serviría para denunciar, por primera vez y en un acto oficial, los infinitos y terribles lastres que dejó entre nosotros el “mal soviético” que con tanto peso, primero por presencia y luego por desmoronamiento, cayó sobre Cuba a partir de 1959. 

Dentro de ese contexto, ésa es la impresión que me han dado las declaraciones de Padura, de Reynaldo González y de Raúl Roa Kourí.  Me parece que se banaliza y escamotea la verdadera tragedia del protagonista. Recordemos que es un incipiente escritor, resignado a quedarse inédito por el resto de su amargada vida, no a causa de Trotsky ni tampoco de Mercader, sino de los émulos isleños de Stalin y Beria bajo los cuales tuvo la fatalidad de tropezar. Eso lo saben las tres personas citadas y un montón de gentes más.

¿Por qué concentran sus energías y palabras en el asesinado de Coyoacán?  ¿Porque de ello trata, superficialmente, la obra de Padura? ¿O para demostrar que ya se puede echar pestes en contra de la URSS desde La Habana? ¿Porque millones de cubanos resultaron engañados y desinformados acerca de los crímenes del estalinismo? ¿Que nadie sabía nada, a ciencia cierta, del asunto hasta hace relativamente poco? Por favor, a otros con esa novela de la novela.

 

Les digo cuál es mi horizonte de expectativa. La antigua Unión Soviética, la Guerra Civil en España, Stalin, Trotsky y Mercader constituyen sucesivas cortinas de humo para romper lanzas contra Fidel Castro y su régimen. La trama real está formada por  los gravísimos males ocasionados al protagonista cubano, muerto debido a  diferentes causas: por hambre real y espiritual; magullado hasta los huesos por el terror, el miedo, el período especial, el penúltimo éxodo de balseros; abrumado por el fallecimiento de su esposa y a consecuencias del derrumbe del hogar propio y el nacional. 

Un hombre que se impone morir inédito, pedalear una bicicleta china con el estómago y el alma vacíos; que se da a fabricar un relato absurdo y truculento. Nada más y nada menos que encuentros furtivos en una playa de La Habana con alguien que, se irá descubriendo, fue en un momento la encarnación del agente infiltrado y del matón asalariado del pensamiento oficial y de un sistema esencialmente policial.

Naturalmente, en materia  tan delicada como la que nos ocupa, el lugar desde el cual se emiten opiniones sobre el referente no literario ejerce una influencia poderosísima sobre los emisores. De ahí que, en las condiciones de Cuba, un escritor en ciernes como el protagonista se aferre a la autocensura y al silencio luego del susto y de la frustración que lo acompañarán desde la reunión fatal con el funcionario.  Si seguimos en esa dirección, también podemos inferir por qué los más persistentes autores sólo logran publicar cuando, al contrario del personaje aludido, deciden marcharse del país y no meramente para reiniciar sus carreras literarias, arbitraria y abruptamente truncadas a la fuerza.

Curiosamente, la mayoría de este grupo emigrante enfrenta una oposición, abierta o velada,  pero siempre obstinada, que intenta bloquear o minimizar los productos de sus respectivos talentos artísticos o literarios. A ellos se les mide con una vara de criterios políticos y personales en manos de una cohorte integrada por periodistas, académicos, editores y libreros que en su inmensa mayoría se alinea a la izquierda y, por consiguiente, ‘simpatiza’ con la revolución a pesar de los pesares denunciados y probados.

En este nuevo e inesperado terreno de hostilidad han naufragado incontables creadores. Sin ir muy lejos doy un par de ejemplos. Cuando se acercó el momento de elaborar mi proyecto de disertación, el último requisito académico a cumplir para obtener el grado de doctor en filosofía,  y que dediqué a la narrativa cubana sobre la cárcel, uno de los miembros del comité a cargo de evaluarlo cuestionó su pertinencia debido a que yo, según él,  carecía de objetividad de análisis debido a mi condición de ex preso político. Debo admitir que, al final, prevaleció la cordura en el debate, pude llevarlo a término y obtener el diploma.

 

Tiempo después concluí una novela de memorias sobre mi paso por la prisión. Dos renombradas editoriales latinoamericanas la rechazaron, no por falta de méritos alegaban, sino porque éstas rechazaban sumarse a las campañas anticubanas desde los Estados Unidos donde, sugerían en los informes evaluativos, sí podía prosperar este tipo de libros.

Ni qué mencionar la cantidad de puertas a las que toqué sin obtener  resultados favorables. Al contrario del protagonista ideado por Padura, yo no había decidido morir inédito. Sin embargo,  sí me he topado con varios estalinistas en el ámbito académico, editorial y periodístico  empeñados en que así sea. A cada paso choco y debo enfrentarme a los repetidores del canon prescrito por Casa de las Américas, la UNEAC y el Ministerio de Cultura.

Son los mismos que enseñan en universidades privadas y públicas de naciones democráticas. Individuos que respaldan y reseñan sólo a los bendecidos por la línea oficial de La Habana, que excluyen y ningunean las obras de autores emparentados con el protagonista de Padura.  Para hacerse pasar por tolerantes y amigos de la diversidad, de tarde en tarde conceden  un mínimo espacio para la divulgación y estudio de las obras de dos o tres excomulgados. En medio de esa pelea nos quedábamos, subrayo ahora en presente, nos quedamos una buena legión.

Por esos motivos considero una bendición el año de gracia de 2008, a Felipe y a Betania. Porque alcancé a romper los maleficios que me perseguían desde hacía varios quinquenios negros. Al “guajiro” le estoy profundamente agradecido porque me abrió las puertas del cielo, me dio entrada, igual que a tantos, al espacio editorial, a hacer realidad el sueño de sacar a la luz un título de mi completa hechura, expresado así con todo el egoísmo, la vanidad, la satisfacción, el consuelo, la felicidad de materializar, al fin, mi escritura en un objeto cultural del cual soy autor en solitario.

Sí había publicado en revistas, en antologías, en periódicos. Asimismo reconozco que llegó un instante en el cual estuve muy cerca de pasar a las filas de los ex escritores y narradores fallidos, incapaces de colar un texto en ninguna imprenta ni siquiera a la cañona. Creí que el mal agüero de 1981 nunca dejaría de azotarme.

De ahí la necesidad,  la fuerza y la relevancia de las editoriales alternativas. Para romper el cerco de Ediciones Unión y de sus partidarios fuera de la isla, de modo que las obras de autores no patrocinados por esos bandos puedan circular, a como dé lugar, dentro y fuera del archipiélago.  

Todavía hay voceros oficiales y oficiosos que declaran la inexistencia de la censura en Cuba contra determinados libros y autores. De acuerdo con ellos, si no se les lee ni menciona se debe a que, simplemente, sus títulos no han llegado a La Habana. Solamente gentes muy ingenuas o cínicas pueden aceptar que ésa sea la razón por la cual las publicaciones literarias no reseñan los escritores de determinados de escritores cubanos, de aquellos que no resultan del agrado del Ministerio de Cultura. La ausencia de libertad de expresión y de empresa dentro del país hace imposible crear espacios alternativos de información donde tengan ellos voz y cabida.

La acusación de rigor lanzada por el régimen contra publicaciones del exterior dedicadas a  temas cubanos es harto conocida. Se trata de empresas pagadas por gobiernos o empresas capitalistas cuyo propósito es deformar la realidad y provocar actividades subversivas. Curiosamente el régimen y sus agencias culturales jamás se sonrojan ni se ofenden cuando tales dineros, procedentes de la matriz antes descalificada, financian sus proyectos.

Está por ver si una empresa como Betania podría comprometer la marcha del gobierno en Pinar del Río, o si sería capaz de desestabilizar el programa anual de conferencias patrocinadas por la UNEAC. Sí me atrevo a apostar que tanto en aquella provincia como entre los ponentes en el Salón Martínez Villena de la institución aludida, hay lectores entusiastas de los textos lanzados al mercado por esta editorial.  No obstante, en ninguno de ambos lugares, ni tampoco en el resto de la sociedad, hay un solo espacio impreso, digital, radiado, televisado y digitalizado que cuente con permiso para promover, sin denigrar, su catálogo.

Ahora bien. Los autores y los distribuidores vinculados con este sello no nos hacemos ningún favor si no creamos una comunidad capaz de promover nuestros títulos más allá de los reducidos circuitos de venta y promoción de una empresa pequeña. Se debe de aprovechar cuanta feria del libro exista para dar a conocer el catálogo de  autores. Debemos colocar reseñas en publicaciones leídas dentro y fuera de Cuba; de donar ejemplares a las bibliotecas de universidades y de municipios en ciudades grandes de las naciones donde radicamos; de hacer presentaciones en cuanto espacio público se halle al alcance de los interesados ; de incluir una edición electrónica para grandes cadenas distribuidoras; de negociar con bibliotecas, docentes o no, la presencia de Betania en la base digital de sus catálogos.  

A esos desafíos nos enfrentamos en los albores del siglo veintiuno quienes publicamos bajo el sello Betania o en otros similares.

Para el “guajiro” Felipe y la Editorial Betania repito el verso de Rafael Alcides, “agradecido como un perro”.

Del Autor

Rafael E. Saumell

(Cuba, 1951). Escritor y profesor. Graduado de las universidades de La Habana y de Washington University, Saint Louis, Missouri, EE.UU. Ex-guionista de radio y televisión, antiguo miembro de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC). Ha publicado en Unión, El Caimán Barbudo, Revista Iberoamericana, Encuentro de la cultura cubana, Revista Hispano Cubana, Círculo: Revista de Cultura, Research in African Literatures, The Texas Review, Hispanic Poetry Review, MELUS, Linden Lane Magazine, Revista de Estudios Hispánicos, L'Ordinaire Latino-Americain, Monographic Review/Revista Monográfica, Cuadernos del Lazarillo y Cuba in Transition. Autor de varios ensayos sobre literatura recogidos en antologías dedicadas a José Martí, Mario Vargas Llosa y Alejo Carpentier, entre otros. Miembro de Número de la Academia Cubana de Historia en el exilio.

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