Septiembre 2011. Año 5. #20

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Paisajes literarios

José Luis Muñoz

Todo autor tiene sus propios paisajes literarios y algunos de ellos, además, lo son sentimentales, porque forman parte ineludible de su vida. No me suelen gustar, salvo excepciones, las novelas que se ambientan en ciudades imaginarias que no existen sino en las cabezas de sus autores. Me gusta la Barcelona que describe Vila-Matas, sobre todo en algunos de sus relatos, porque siento que es la mía y he recorrido las calles de las que habla el escritor barcelonés dando casi los mismo pasos y experimentando idénticas sensaciones; el Dublín de Joyce, el París de Víctor Hugo, el Madrid de Galdós, la Praga de Kafka. Me identifico plenamente con el Nueva York de Paul Auster o la Venecia de Thoman Mann en Muerte en Venecia

El escenario por el que deambulan nuestros personajes, los que tenemos ese vicio obsesivo de la escritura, es algo que resulta fundamental para la credibilidad de la historia que queremos contar porque el paisanaje es fruto del paisaje, urbano o rural. No podemos poner detrás de ellos el telón en  blanco de una obra de teatro minimalista. Quizá Becket lo haga, y lo consiga, o Jelinek, o Thomas Bernard, autores que enfrentan a sus personajes con espacios vacíos

Casi todas las ciudades que visito suelen inspirarme desde el punto de vista literario. Aterricé hace cinco años en Caracas y supe, desde el instante que pisé la convulsa capital venezolana, que escribiría una novela sobre ella. Pasear por las calles de La Habana,  en la que en cada esquina surgía una historia, me ha dado para un par de novelas, o quizá más, porque la capital de Cuba es mágica y sentimentalmente está muy próxima a los españoles que la sentimos carne de nuestra carne. ¿Cómo sustraerse a escribir un montón de historias policiales en Estados Unidos cuando se viaja de costa a costa? En cada motel destartalado y tétrico de carreteras perdidas, que muchas veces no van a ninguna parte, en cada esquina del Bronx, en las tortuosas calles de Chinatown sembradas de sospechosos restaurantes, en los casinos de Las Vegas, en la peligrosa frontera que separa esos dos mundos antagónicos que son México y Estados Unidos o en las cuestas de San Francisco brotaban historias de perdedores que visualmente tenían los colores de los cuadros de Hopper.

Creo que si viajo es porque leí hace muchos años a William Sommerset Maugham, Rudyard Kipling, Jack London y Robert Louis Stevenson, escritores viajeros que me despertaron ese gusanillo de conocer mundo al que soy tan adicto como a la literatura. Por ello no me costó reconocer el suntuoso Raffles Hotel de Singapur, otra ciudad literaria, después de haber leído treinta años antes a Maugham, y lo vi exactamente como el escritor británico lo describió, con el tiempo detenido en sus salones. Imposible no pensar en London mientras bordeaba los ríos gigantescos y majestuosos de Canadá; y en Kipling cuando me sentaba en una terraza de Jaipur y veía pasar ante mí un cortejo de camellos, elefantes, monos y personas ataviadas con vistosos turbantes y saris.

No sé si viajo para escribir o escribo para viajar. Da lo mismo. Ambas actividades actúan como vasos comunicantes que se retroalimentan.

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