Septiembre 2011. Año 5. #20

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Internet y el mundo como lo conocemos

Uriel Quesada

Una amiga me ha enviado un ensayo de Mario Vargas Llosa sobre el libro The Shallows: What the Internet is Doing to Our Brains, de Nicholas Carr. He de hacer una confesión de entrada: no he leído el libro de Carr, aunque es probable que lo lea pronto, dadas las abundantes reseñas que circulan por Internet y, ¿cómo no?, la misma recomendación de Vargas Llosa. Mi amiga admite que ella ha decidido no abrir una cuenta de Facebook o Twitter, aunque no me da sus razones.  Infiero que desea mantenerse al margen de esos distractores, pues inmediatamente después de mencionar las redes sociales se lamenta de la desaparición de librerías y me cuenta de ciertos esfuerzos que se están realizando en México para promover la lectura. Luego se refiere al libro electrónico que está escribiendo, o quizás más bien diseñando.  Abro mi comentario con esta anécdota porque me parece que resume una serie de asuntos: nuestra relación con las redes sociales, la tecnología y el hábito de leer.  También veo en mi amiga una relación ambigua que muchos de nosotros tenemos con ese espacio extraño y elusivo llamado Internet.  El asunto podría resolverse con una etiqueta, “asunto generacional”,  pero no es tan fácil.  De serlo estaríamos señalando únicamente la punta de un iceberg que, para muchos de nosotros, reposa en aguas oscuras.

El ensayo de Vargas Llosa se titula “Más información, menos conocimiento”,  aunque se refiera poco a cómo el ser humano adquiere conocimiento en nuestros días. En su discusión, Vargas Llosa señala que los medios ejercen una influencia sobre las personas. En el caso de Internet dice que “es un utensilio que pasa a ser una prolongación de nuestro propio cuerpo, de nuestro propio cerebro, el que, también, de una manera discreta, se va adaptando poco a poco a ese nuevo sistema de informarse y de pensar, renunciando poco a poco a las funciones que este sistema hace por  él y, a veces, mejor que él”.  En esta sustitución vamos paulatinamente “delegando” habilidades, nuestro cerebro se va reconstituyendo,  en cierta forma se vuelve perezoso por causa de la accesibilidad a la información y porque actividades como leer ya no requieren el esfuerzo ni la concentración de antes. 

Yo le planteaba a mi amiga un primer problema de este argumento. Si el uso de Internet está relacionado con una pérdida de habilidades, entonces aquellas sociedades que no tienen el mismo acceso a esta tecnología tendrían necesariamente que conservar intacta su destreza para informarse—críticamente, agregaría yo—y para pensar. Me atrevo a citar su respuesta: “Coincido contigo en que las sociedades con menos acceso a FB o Twitter no son necesariamente más profundas, pues generalmente estas sociedades son pobres y entonces tampoco han satisfecho necesidades básicas; no pueden darse el lujo de la educación y la lectura ni del tiempo para pensar”.  En su respuesta, ella apunta ciertos elementos que me parecen vitales: la (buena) educación que se convierte en un lujo; las condiciones económicas y sociales básicas que permiten disfrutar del ocio, no como una situación de vacío que obligatoriamente debe llenarse como se presume en estos tiempos en los que se nos demanda ser productivos cada minuto del día, sino un ocio contemplativo, abierto a la reflexión y al disfrute en sí mismos.

Vuelvo entonces a The Shallows.  La reseña de National Public Radio, publicada hace poco más de un año,  se detiene también en la preocupación Carr por la pérdida de habilidades, pero en este caso el énfasis está en la “lectura profunda”,  la cual fomentaría una “tradición intelectual de intensa concentración en soledad”.  La lectura profunda demanda atención concentrada en un objeto, y su práctica ha permitido a las personas a lo largo del tiempo establecer sus propias asociaciones, derivar inferencias y analogías, nutriendo las ideas propias.  Podríamos también extender esa idea de “lectura profunda” a otros ámbitos, especialmente el ocio creativo.  Otro artículo que me ha llamado la atención—“Soledad y liderazgo”,  de William Deresiewicz—habla también de concentración y soledad. Deresiewicz piensa que nuestras sociedades están sometidas a un gran proceso de burocratización, donde muchas personas acceden a altos puestos simplemente por seguir las rutas ya establecidas, cuyo propósito es a fin de cuentas mantener el status quo.  Un verdadero líder cuestiona el status quo, ejerce su inteligencia de manera creativa, es independiente, flexible y tiene suficientes habilidades para hacer frente a situaciones inciertas y complejas. Luego el autor se pregunta cómo se aprende a ser capaz de pensar por uno mismo y a actuar según las convicciones propias.  “Pensar”,  nos dice, “significa concentrarse en una sola cosa lo suficiente como para desarrollar una idea al respecto”, y no acumular información dispersa ni pretender estar en varios asuntos a la vez. En este punto Deresiewicz ataca no solamente la dispersión que ofrece Internet sino la cultura misma de estar siempre ocupado,  con esa programación de actividades que abarca todo el día y que se presume muy propia de la cultura americana contemporánea, aunque esa misma cultura se ha ido extendiendo a otros países, incluido mi natal Costa Rica.  Concentración, para este autor, es una de las posibilidades de la soledad; igualmente lo serían la introspección, la lectura o el cultivo de la amistad—“la amistad profunda de la conversación íntima”, diría Deresiewicz.

Las opiniones de Carr respecto a la transformaciones a nivel cerebral o la supuesta pérdida de habilidades han sido cuestionadas por articulistas de varios medios. Tal vez no enfrentamos, como apunta Jonah Lehrer, del New York times, a una situación de cambio cultural, en el cual los aportes de la tecnología traen aparejadas pérdidas que críticos como Carr intentan ponderar.  Ya al entrar al ámbito cultural, el solo hecho de hablar de preocupación puede indicar no una pérdida colectiva sino una individual, muy relacionada con el mundo que conocemos y entendemos.  Algunos defienden su idea del espacio cultural con ritos curiosos,  como quienes siguen escribiendo libros a mano o utilizando antiguas máquinas de escribir,   pero esos ritos pasan rápidamente a formar parte de una mitología personal o una excentricidad. El cambio cultural, por el contrario, nos obliga a reprensar los asuntos, nuestro espacio social y nuestras conexiones con las generaciones para quienes ese “fenómeno distinto” para nosotros es, simplemente, la realidad cotidiana.

En la era de Internet se ha dado un fenómeno como los libros de Harry Potter, así que hay grupos de jóvenes capaces de mantener una lectura prolongada, aunque el tema sean los magos y no las guerras napoleónicas. Los muchachos no han renunciado ni al liderazgo ni al pensamiento crítico,  pero esos que al final se han de convertir en líderes son siempre pocos.  Para las generaciones más viejas—y aquí me incluyo—Internet obliga a romper esquemas y a un continuo aprendizaje, muchas veces lento o frustrante.  Para las nuevas, sin embargo, puede ser un punto de partida para crear.   La información abruma, pero nos abruma a todos, no solamente a quienes venimos de una tradición en la que informarse era un proceso más paulatino. Deresiewicz valora la amistad como un intercambio en calma, prolongado y enjundioso.  Internet nos ha ayudado a muchos a recuperar esos diálogos de calidad. Skype, por ejemplo, sería la sustitución de las largas cartas de antaño, aunque quizás más bien sean la alternativa a un profundo silencio. Paradójicamente, el cambio tecnológico está sumiendo a las sociedades más avanzadas en una profunda crisis de soledad, independientemente de que sea reflexiva o no.  Desde hace ya algunos años se ha identificado que los grandes males de este siglo serán las enfermedades psicológicas, producidas por el aislamiento que las nuevas tecnologías ofrecen. En ese sentido, pareciera que nuestro cerebro o más nuestra mente no cambia tanto sino que se resiste a las circunstancias, se rebela y termina enferma. ¿Puede el líder del siglo XXI substraerse a las dinámicas sociales, incluyendo las que pasan por las nuevas tecnologías?  Difícilmente.  Pero tendrá que buscar un equilibrio tanto para ser intelectualmente mejor como para cuidar su salud mental y espiritual.

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