Septiembre 2011. Año 5. #20

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OtroLunes / Cuarto de visita / Por amor a Judith


 

Sobre Por amor a Judith

(Sinopsis y Fragmento)

Meir Shalev

Por amor a Judith

Meir Shalev

Ed. Salamandra, 2004

 

Por amor a Judith

 

Aquel día, el 6 de febrero de 1950, nevó en el fértil valle de Jezreel, y Moisés Rabinovich taló furiosamente un eucalipto secular. Para los habitantes del pueblo, un objeto simbólico, pero para Moisés, el instrumento de un destino trágico. Con este episodio comienza la historia de Zeide, que con su propia voz acompañará al lector en un sugestivo viaje por el recuerdo. En el núcleo de la narración está Judit, su madre, una mujer fuerte e independiente que esconde un enigmático secreto. Y en el escenario se alternan tres figuras masculinas muy distintas entre sí: son los hombres que no sólo se disputan el amor de Judit sino también se atribuyen la paternidad de Zeide, de quien se ocupan generosamente.
Mezclando voces y episodios, pasado y presente, Meir Shalev, uno de los mayores representantes de la literatura israelí actual, ha creado una trama rica en relaciones personales, en historias que se entrecruzan para construir un mosaico existencial en cuyo centro surge el misterio de Judit, siempre huidiza e inalcanzable. Conducida por la idea de un destino ineluctable, donde la ironía y el romanticismo se entremezclan con la comicidad, la novela avanza con un ritmo ligero que aparece punteado por los sonidos, los perfumes inolvidables, los de las exquisitas comidas que Jacob, uno de los supuestos padres, le prepara a Zeide, y los sucesos de un microcosmos rural que se transforma en emblema universal. Elogiada unánimemente por la crítica de Francia, Alemania, Italia, Inglaterra y Estados Unidos, que ha destacado su humanismo conmovedor, es ésta una de las mejores obras de un reconocido maestro de la narrativa.

 

El Tiempo

Página 112

 

Recuerdo cómo me enseño mi madre a leer esas agujas por primera vez. Yo tenía seis años y le pedí que me comprara un reloj.

- No tengo dinero para un reloj - dijo ella.

- Se lo voy a pedir a Globerman y él me lo comprará - le respondí yo -. Es mi papá y tiene todo el dinero que quiere.

A pesar de mi corta edad yo había comprendido ya muy bien la situación de los tres hombres que velaban por mí, me llevaban regalos y jugaban conmigo.

- Tú no le vas a pedir nada a nadie - replicó mammá, con una voz tranquila pero enérgica -. Tú no tienes padre, Zeide, sólo madre, y se te comprará lo que yo pueda comprarte. Tienes comida, tienes ropa y no andas descalzo.

Después se ablandó, me llevó a fuera de la mano y me dijo:

- No te hace falta ningún reloj, Zeide. Mira la cantidad de relojes que hay en el mundo.

Me mostró la sombra del eucalipto, que por medio de su gran tamaño, su orientación y su frescor marcaba las nueve de la mañana; los pétalos rojos del granado, que decían que estábamos a mediados de marzo; el diente que se me columpiaba en la boca indicaba mis seis años, y las pequeñas arrugas que bailoteaban alrededor de sus ojos, marcaban cuarenta.

- ¿Ves, Zeide? Así estás dentro del tiempo. Si te compran un reloj estarás a su lado.

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