Septiembre 2011. Año 5. #20

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OtroLunes / En la misma orilla / El caballero de San Juan


 

El caballero de San Juan

(Cuento)

Javier Vásconez

Estación de Lluvia

Javier Vásconez

Ed. Veintisieteletras, 2009

 

Parecía un poco envejecido desde la última vez que lo habían visto aquellos guerreros.

Ítalo Calvino

Estación de Lluvia
De chico, yo era Julio César de cartón y adarga, avanzando al compás trepidante de un tambor de hojalata por los salo­nes, las galerías y los cuartos de la casa. Padecí mi primera decepción a la edad de nueve años, cuando ocurrió lo del negro Ramón. Pero durante los días feriados y fiestas de guardar yo batallaba sin descanso en la penumbra del salón azul rosa. Como parte del lujoso decorado, los retratos familiares sopor­taban la fiereza de mis ataques. Recuerdo que a un lado del bargueño trabajado en nogal se imponía la presencia incon­fundible del obispo Castañeda. Viejo con cara de cebolla blan­ca, visitó siempre mis sueños en forma de duende, o apareci­do buscando tesoros.

Mamá denominaba a los salones según el color de los cor­tinajes y las alfombras, según la tonalidad que las lámparas tomaban cuando Petamaría las prendía, al atardecer, de modo que los rostros serenísimos de los santos, nobles y vírgenes des­tellaran con un resplandor azulino o verde oliva. De chico, sin embargo, yo era Julio César al mando de la Galia Cisalpina. Avanzaba con paso seguro, piafando sobre la escoba de Peta­maría en un nervioso bayo andaluz, me acercaba corveteando hacia las estatuas de San Sebastián y San Antonio. Pero nun­ca me aproximé donde San Juan, cómplice de mis males, pese a que llevaba conmigo el amuleto de ónice que servía para ale­jar el vapor que antecede a los ataques... Acaso fue mamá la causante indirecta de que yo anduviera todo el día ataviado de romano, desafiando a los del barrio con lanzas y bracamartes de madera. Pronto me familiaricé con el arte de la guerra. Terciaba molinetes, combinando espada y brazal, contra los armarios, los floreros regados por las aguas del Danubio, y los biombos chinos que habían descansado, durante generaciones, en el salón dorado. Además aprendí a hostigar con saña a mis compañeros de escuela, olvidando que el gordo Valdés no era percherón normando, ni Ramírez un desertor de la bata­lla de Tapso. Peor aún el pecoso Murieta, que apenas me veía marchando con la espada en alto y gritaba ganaste, ganaste con tal de que no le quitara la colación a la hora del recreo. Sin duda el hermano Manuel había empezado a cuidarme, gracias a que mamá le hizo una generosa donación para terminar la cancha defútbol. Aprendí entonces que se puede ser romano, es decir poderoso, si detrás hay plata y obispos ilustres. Por eso me soportaron cuatro años disfrazado de emperador. El negro Ramón me advertía cuidado niño, cuidado que los otros lo van a golpear. Pero yo no le hacía caso. Convencido de que era Julio César, correteabafeliz por los patios de la escuela, aun­que el mal de San Juan ya me acompañaba, regularmente en ese tiempo.Y Petamaría nunca admitió, por lo demás, que pasara lainfancia degollando azaleas y perritos como si fuesen galos. Yo alargaba interminablemente la guerra contra los gua­bos,reprimía la sombra de los cipreses, dejando para el final de la mañana la invasión a las cuevas del sauce llorón. Petamaría seguía mis juegos, escaramuzas y asaltos con una suerte de espanto. Desde la cocina removía el puchero y los borrachitos de piña, mientras el jardín quedaba arrasado en pocas horas. A mediodía, cuando la mampara de cristal parecía frenar el acceso de sol a los salones, yo no me había dado aún por ven­cido. Al contrario, exigía imperiosamente desde mi cabalga­dura un refresco de mora o maracuyá. A pesar de que a mi lado los cartuchos agonizaban clamando justicia, las hortensias se mecían como viejas tullidas y los gallitos vomitaban sangre en las apacibles aguas del estanque de piedra. Y sobre los sen­deros de tierra, aprisionados por los cascos de mi bayo anda­luz, las rosas rojas, el geranio de hierro, las amapolas de jubón acampanado, y por último las dalias, semejaban manchas de sangre, cadáveres destrozados sin piedad por efectos de la gue­rra. Y los arbustos derribados, las cúpulas azules y los clavelones de moro formaban un montón de basura, que se podía ver como un pueblo entero pasado a cuchillo, desde el callejón oblicuo, rematado en esquina de beata. Y Petamaría comenta­ba desolada, la culpa no es del santo ni el mal es de San Juan, sino del Picaflor Soldado, cuya aguja envenena la sangre del niño y también del rosedal. Pero mamá consideraba estas pala­bras como chicoria de criada vieja, agobiada de manías y demo­nios que nadie se tomaba en serio. Y mamá prefería recluirse en sus bordados de lagartera, entredós y gusanillo, antes de lla­marme la atención. En sus manos las agujas apuntaban y se sucedían con suma rapidez, como émbolos, sobre el bastidor donde luego habría de nacer una guirnalda, un tulipán en reca­mado, una flor de ángel que esa mañana, a lo mejor, yo había destruido inútilmente en el jardín. Mamá conocía bien mis fechorías, mis crueldades. Permanecía no obstante callada, observándome desde la mecedora, mientras hábilmente yo col­gaba trampas entre los árboles. Y nunca me regañó. Pero cier­ta vez un gorrión quedó atrapado. Y entonces mamá concen­tró, fijamente, su mirada en el bastidor para evitar regañarme, mientras yo desplumaba sin motivo al pajarillo. Recuerdo que oprimí aquel cuerpo palpitante, tibio entre mis dedos, como parte de esa impotencia que se anticipaba a las convulsiones. Después Petamaría me lavó las manos, cubiertas de sangre y de plumas. Yo me miraba en el espejo. Era Julio César de cartoncillo y tambor de hojalata, iniciando el ascenso de las esca­leras con aprobación de mamá, como si fueran los Pirineos.

De repente, un martes después del recreo, alguien se apo­deró bruscamente de mí. Me resultaba imposible poner aten­ción, comprender en ese instante que el padre Adorno se puri­ficaba con agua y liturgia, antes de tomar en sus manos el Sacrosanto Cuerpo del Señor. Me sentí incapacitado para dete­ner la caída estelar de la luna, la serpiente infernal y los rubi­cundos angelitos que acompañaban a la Inmaculada. Porque casulla, vinajera y estola se trizaron en mil colores ante mi espanto. Una fuerza bestial, irrefrenable, se había apropiado de mi cuerpo. Súbitamente las convulsiones en medio de la angustia que iba creciendo. Anegados por un espacio infinito, ciertos objetos se apartaban en vez de aproximarse a mis manos adoloridas, que gozaban destruyendo, restregando una y otra vez el cuerpecillo del gorrión como si fuera mi lengua, mi ros­tro machacado contra los reclinatorios de la escuela. Era como un inalcanzable juego de espejos, como una danza cuya figu­ra central siempre está en movimiento... Pero recuerdo bien que fue un martes, pues todo el tiempo hubo compañeros que asociaron mi enfermedad con la misa del martes. De golpe, la soledad del epiléptico. Después hubo carreras hacia la puerta, sollozos y Álvarez gritando endemoniado, endemoniado...

Al despertar sentí que un enorme vacío me rodeaba. Por la ventana abierta penetraban tenazmente los últimos resplando­res del atardecer. Los rayos se marchitaban sobre la alfombra, sobre el espejo cegado por el eclipse. Sombras apremiantes envolvían los rostros de Gaspar, Melchor y Baltasar encima de la chimenea. Pero los cortinajes, las mesas y los espejos, sin embargo, carecían en ese momento de significado. Aumentaba mi vacío conforme la penumbra ganaba, transformaba y cele­braba la mirada demente del obispo Castañeda. En tono de plegaria, mamá repetía sin cesar es el mal de San Juan, es el mal de San Juan y a ratos sollozaba. Desde el marco de la puer­ta, el negro Ramón guardaba silencio, haciendo girar entre sus dedos un desgastado sombrero. Mamá le agradeció varias veces por haberme llevado a casa dándole un par de billetes, y enton­ces brotó un Dios se lo pague, a tiempo que yo conseguía rete­ner, fijar mi atención en el obispo Castañeda. Prelado noble e ilustre en la época colonial, ahora me juzgaba desde su retra­to con ojillos de rata. Sofocado por extraños presentimientos, me levanté desoyendo las palabras de Petamaría.

Durante un buen tiempo, mamá se empeñó en interpretar, a su manera, textos de Isaac El Ciego y Abufalia, cuyos cono­cimientos en materia de síncopes eran únicos, según el padre Adorno. Pero fue totalmente inútil. A San Juan parecían atraer­le los obispos, los generales que conquistaron el mundo -y de chicoyofui Julio César de cartón y adarga-, los grandes seño­res de Orleans y Castilla, las reinas como Margarita de Navarra que tañía galantemente, en medio de convulsiones, el laúd ita­lianoy la mandolina. Pobre mamá, siempre sujeta a su pasado de conventos, obrajes y alcabalas me cambió la vida pro­porcionándome aquel disfraz de Julio César, afirmando ade­más que la familia Castañeda estaba a la par de Margarita de Navarra v César, cayéndose de su jamelgo en plena batalla de Farsalia.

A partir de aquel día asistí a la escuela ataviado de romano. Montando un brioso bayo andaluz, yo acoplaba corcoveos de jaca abierta de pechos con cabriolas de buena lámina. Esos pasos de tijera, baile o zapateo, revelaban que era un semental de raza. Pero mis compañeros estaban más interesados en el fútbol, la rayuela y los cocos que en verme piafando sobre el pasto. Y yo me quedaba con un desasosiego, con una triste­za que ni el amor de mamá lograba superar. Desolado por la indiferencia que mi armadura causaba, opté por declarar la guerra a mis compañeros. Un bayo andaluz, un general roma­no no debían pasar desapercibidos. Al fin y al cabo, yo era superior a todos ellos ya que padecía síncopes de familia ilus­tre. ¿Quién era, por ejemplo, el pecoso Murieta? Sin duda un pobretón que ni siquiera tenía para aplanchados. Me tranqui­lizaba pensando que yo era rey. Aunque demasiado atareado en reclutar soldados en tercer grado, había descuidado las pala­bras del negro Ramón. Cuidado niño, cuidado que lo van a linchar. Qué insensatez, decía mamá, qué sabe ese negro apes­toso. Además yo continuaba haciendo alarde de mi bravura, tirando piedras a los que jugaban rayuela o fútbol. Resonaban mis gritos de proclama militar, como un aullido a lo largo de toda la escuela. Resonaban mis gritos de mando sin asombrar a nadie. Pronto fui temido, acaso secretamente admirado. A los de primer grado no los dejaba tranquilos, los acosaba dia­riamente. Porque cada uno de mis ataques significaba un ojo amoratado, un lastimado en la rodilla. Así yo era Julio César de cartón y adarga. Yo era dueño y señor de la escuela, hasta que, de repente, una mañana el negro Ramón se desplomó en el patio, se desplomó contra el piso que en seguida se tiñó de sangre, atacado por violentas convulsiones, mordió el polvo con esa lengua amoratada de negro enfermo y entonces duran­te días lloré en la soledad de mi cuarto, lloré pensando que ni la familia Castañeda ni Julio César existirían nunca más para mí.

Del Autor

Javier Vásconez

Nació en Quito, Ecuador, en 1946. Autor de una importante obra narrativa, es una de las voces más destacadas de la narrativa latinoamericana. Realizó estudios secundarios en el Mount Saint Mary's College de Inglaterra. Luego, en Roma y en Estados Unidos, y se graduó como bachiller en el Colegio Spellman de Quito. Prosiguió sus estudios en la Universidad de Navarra, en España, donde se graduó con una tesis acerca de los personajes en la obra de Juan Rulfo. También asistió a la Universidad de Vincennes, en París. Ha viajado por Europa, Africa, Estados Unidos, México y Sudamérica. Ha sido colaborador, promotor y editor de revistas y suplementos culturales. Por ocho años trabajó como editor y director de Ediciones Librimundi, en Quito. Dirigió además la editorial Acuario, especializada en clásicos ecuatorianos.

Más información en su sitio web: www.javiervasconez.com

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