Septiembre 2011. Año 5. #20

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OtroLunes / En la misma orilla / La sangre del Tequila (IV)


 

La sangre del tequila

(IV)

(Novela por entrega)

Félix Luis Viera

El sur

 

La cabellera rizada pero ya más mucho menos exuberante que cuando lo conocí en Yugoslavia, en aquellos diez días y noches en la Colonia de Poetas de Kanjiza:mejor un pretexto para joder que para extasiarse con las almas líricas. El mexicano, el mexicano, ha llegado el mexicano, me anunció por teléfono en su inglés perfecto casi, y que yo entendería según el mío execrable, la recepcionista del hotel (la muchacha de ojos violeta que, en los bosques que rodeaban el altanero hotel clavado entre una especie de mansión de follajes, dijo, dijo ella, algunas de esas noches, sentir amor). El mexicano debería ser  mi salvación entre aquella fauna de poetas machos y hembras, funambulescos, “vanguardistas”, venidos de casi todo el mundo, excepto de la América Latina; ya perdido el contacto con la traductora hippy, quien creía sólo en la libertad de decir y hacer, hasta el libertinaje (y tenía razón, comprendí unos años más tarde) y que, en su español de España, con apenas cuarenta y ocho  horas de olerme, dijo que mejor me abandonaba, aunque no le pagasen su trabajo, antes que empotrarme una de las tantas botellas de bebidas espirituosas,  que por allí circulaban, en la frente, luego de dos discusiones de “política”. Solo. Solo en idioma y aliento de ser, salvo en los ratos de conversaciones trastabillantes en alguna banca del bosque con la muchacha de los ojos violeta, o en su casita de liliputiense a la vera del bosque. Pero vendría un mexicano, Mario Trejo, un nombre que cosí en mi memoria, y con quien dialogaba constantemente como si ya estuviese allí: llega ya, hermano, sálvame de esta plaga de esnobistas de ambos sexos aun más borrachos y borrachas que yo.

   Ahí estaba Mario Trejo trece años después, más gordo, pero de nuevo con aquella indumentaria de colorines semejante a la de entonces, e igual que entonces inquieto, moviéndose de un lado otro, cuando atraviesa la puerta de salida del Aeropuerto de la Ciudad de México. Él nunca me falló: en esta larga ráfaga de inopia cubana me llegaban Allá, aun por la vía más novelesca, libros, ropas, dineros, cartas de aliento.  Él escarbando sin cesar en busca de la manera de sacarme de  “ese viacrucis”. El telegrama: “Ganó el Pachuca, calma”: al fin  la carta, apócrifa, que hablaba de cursos y talleres apócrifos en universidades y centros culturales reales. Trece años después de aquella farra serbia, cuando me fui del eje: “no me jodas más con tantas llamadas de control”, y peor ocurrencia agregar, o se le ocurrió agregar al medio litro de brandy que tenía dentro: “oye, y el mundo ´afuera´ es bonito, sabes”. El agregado cultural de Fidel Castro respondió sólo: “creo que estás borracho, compañero”. Trece años preguntando hasta cuándo sería el castigo por aquella explosión tan ingenua que el brandy elaborara.

   Me inclinopara abrazar a Trejo. Los chaparros cogemos mejor, no lo dudes, me dice entre un abrazo y otro y al fin recupero en la mente, desde las remotidades de trece años, el momento en que de él aprendí que este verbo significa, en la tierra que ahora estoy pisando, copular, jalar, singar, templar, follar, fornicar. Salimos de los parqueos en lo alto, como de tres o cuatro pisos, algo que yo jamás había visto y que más bien me parecieron templos. Qué caro cobran estos culeros el estacionamiento, se ha quejado Mario al pagarle al taquillero del estacionamiento  y,  luego de varios giros entre calles estrechas, rueda y rueda el automóvil por avenidas llenas de automóviles y llenas de automóviles y llenas de automóviles y de camiones de carga y de autobuses –en mexicano, camiones, y si son de carga, se aclara de “carga”, me responde mi amigo– y de otras cosas rodantes más pequeñas, ¿? –eufemísticamente “microbuses”, me aclara– y que, más tarde, cuando me tocó viajar en ellos, comprendí que no habría eufemismo que les diera la talla: podrían clasificarse como carretones de metal motorizados guiados, la mayoría, por suicidas del asfalto con aspectos de homicidas. ¿Será muy lejos Villa Coapa? Bastante lejos, en el Sur, responde Trejo, pero no creas que es lo más lejos del Sur. Es que hace rato que vas echando y no veo el final, socio. Querido hermano de la Isla Bella, pues no creas que vamos a lo más lejos del Sur, te repito. Pues esto es un planeta, no una ciudad; es un planeta repleto de gente, pienso. Desde el asiento del copiloto puedo ver que, cuando el carro de Trejo se detiene en un semáforo, una fumarada se viene hacia delante. ¿? Nada, manito,  una mamada del Gobierno… el programa Hoy no Circula, el coche por ley no debe circular un día de la semana, dizque para alivianar la contaminación… y entonces uno se compra otro peor, como éste, para ese día en que el otro no puede salir, continuar empanzando el esmog.  Miro más y más  avenidas  y calles que se me vienen encima como un aluvión de asfalto negruzco, desfiladeros de edificios que  casi todos me parecen iguales, si bien sean de diferentes dimensiones, atacados por tonos grises –incluido el gris rata, el gris cemento–, beige moribundo, verde ceniciento, grises, candidatas a grises las avenidas, los árboles, el aire, no hay fin, las personas que veo pasar, las que observo cuando el carro se detiene, van vestidas de gris, de azul gris, de azul oscuro, menos oscuro, de negro; amanecido en el aeropuerto hacía frío pero por las ventanas se veía un conato de sol, que no paso de ahí. De pinga: no se ve ni una palma real en las arboladuras verdes manchadas de una pátina verdinegra, miro hacia atrás, a dos horas y media de avión atrás: el calor, la humedad, el cielo de azul crujiente, las nubes blanquísimas hasta el deslumbre, la luz encarándose a los ojos, sacando pizcas del cuero, el sudor regateando aun en las piernas, las mujeres conversando a gritos en las aceras, los grupos gastando lengua estéril en las esquinas, el bullicio, las puertas abiertas a toda mecha, el grito del vecino al vecino de enfrente, el negrito Pulín visajeando en aquella cuatroesquinas mientras propone arroz de contrabando... el mar …  Han quedado atrás para siempre; más que miedo, siento el pavor que debe sentir quien escucha que detrás de sí se cierran los cerrojos de la celda. Y sigue, sigue Trejo dando y dando rueda, giros, timonazos y no sé en cuántas ocasiones cierro los ojos ante el indefectible toletazo contra otro vehículo. Es la mecánica nacional, me explica, aquí manejar es una guerra: nunca amagues, parte de frente; nunca te dejes intimidar, intimida; nunca dejes que el otro te cierre, ciérralo. ¿No habría que ponerse el cinturón de seguridad? Para nada, Caribe, no todos los coches lo tienen, los hay hasta de 1970, ¿cómo ves?, y además, el cinturón de seguridad es buenísima cosa para el ratero, hazte cuenta, por ejemplo, que un taxista esté amarrado por el cinturón y lleve de pasaje a un ratero, me explica y sigue metiendo el carro hacia el Sur como quien tira hacia delante una lanza con motor.

   Poco más de una hora demora el recorrido hasta la colonia Villa Coapa. Justamente hasta El Altillo, calle de una sola cuadra con edificios de seis u ocho plantas a ambos lados; las aceras ceñidas por automóviles estacionados en trazo oblicuo y con las narices metidas en el espacio del peatón. Al fondo de la cuadra se ven unos cuantos árboles, altos, pero de follaje mísero.            

   Mario parquea bloqueando la culata de par de carros. ¿Está bien eso? Ya ellos darán claxon si necesitan salir, me responde. Es en la planta baja. Tres llaves para una sola puerta, ¿? Aquí las llaves no sobran, y si fuera posible blindar la puerta, mejor, me responde mientras da vía libre a las cerraduras.

   En la sala-comedor un sofá carmelita oscuro, mullido, espacioso; tres butacas también mullidas y de igual color situadas simétricamente; en las paredes sólo varias reproducciones de Salvador Dalí, enmarcadas con cierto glamur, diríamos; junto a la puerta un escritorio pigmeo con una Remington de 1954 y, adosado a la pared, al alcance de la silla con asentaderas acolchadas y forrada de blanco churroso del escritorio, un estante con bebidas de varios géneros y marcas, que luego me iré tomando para intentar diezmar el insomnio. Los cuartos, uno con cama  y colchón de banquete, el otro impecablemente vacío. En la cocina el fulgir: desde la batidora hasta la estufa de horno, de cuatro quemadores, pasando por el refrigerador de metal platinado, una sarta de platos, cucharas, cuchillos en gavetas de manijas doradas insertas en la meseta tapizada de azulejos que insinúan lo inmarcesible y un horno de microondas —algo que mis ojos indagan por primera vez— supongo que bastante moderno. Pero está muerto el apartamento. Es como un salón de laboratorio que se halle desolado. Está muerto. No tiene una hebra de humanidad en sitio alguno. Amoblado como podría hacerlo un cartabón, no un ojo humano.

    Al cruzar la avenida Acoxpa se halla el parqueo de un supermercado, Gigante. Uno de la cadena con ese nombre, me responde Trejo. Pasamos y, a lo largo de la acera, hay varios negocios minúsculos. Uno, cerrajería. Mario entrega las llaves sin decir nada y en menos de dos minutos el empleado le da las copias. Paga Trejo. En Cuba desde hace tres años estuve tratando de sacar una copia a la llave de mi casa, y no pude, no hallé dónde, ni en los fondos de la bolsa negra. Según tengo entendido lo que le importa al socialismo en Cuba son los niños pioneros, el ron, el baile y esos asuntos, no las copias de llaves y otras naderías, comenta Mario. Entramos en el supermercado.  Miro, creo que como aquel pingüino que dejaran caer en la Quinta Avenida, avalanchas de equipos electrodomésticos con los cuales esta vista choca por primera vez, carnes de todo animal existente de tierra, aire, mar, legumbres, vegetales, especias (aun la cebolla morada), luminosas alfombras para bañeras, helados tan inéditos como el horno de microondas, irisados cartones de leche y yogur de tantas marcas, quesos, jamones, salchichas, dulces en almíbar, sobres de cereales diversos, café a granel, en polvo, en frascos, neumáticos, baterías para automóviles, legionesde ropas y zapatos de vestir, de andar, de singar, de dormir, para niños, hombres, mujeres, catervas de rones, cervezas, brandis, whiskys, coñacs, vinos y más, más, más hasta donde una mente horneada en el castrismo podría imaginar acaso como un animal podría imaginar la existencia humana. Y todo en medio de un gran derrame de luces níveas, robustas; colocado en proporción de a milímetro y con la pulcritud en la diana. Al ver tantas cosas de Dios, quien ha llegado a ellas desde el pringue leninista, no siente euforia, sino tristeza. Y en caso de que tengas lana puedes comprar todo este súper de un jalón... oye, y está pendiente que me platiques la intríngulis de esas Libreta de Abastecimientos cubana y otros asuntillos del comunismo que creo nadie consideraría como de la Vía Láctea, comenta mi amigo y lo sigo en dirección a la panadería, al fondo, me indica.

   Regresamos con cuatro jabas de alimentos. Él las pagó. Él vio mis ojos fuera de la cara cuando enfoqué los dulces de pastelería. Compró como quince de varios tipos. Para que se te quite el antojo, dijo.

   Salimos para traer mi equipaje, una maleta que añoraría cualquier museo y un maletín en el cual, allá en la Patria, había cargado hasta aguacates. Todo lo que venía dentro, calculé memorizando lo visto en el supermercado, era, además de migajas, algo insensato.  Nos sentamos, yo en una butaca, él en el sofá. 

   —¿Qué te ha impresionado más de lo poco que has podido ver?— Pregunta Mario mirando a un lado y otro de la habitación, como si no la hubiera visto nunca.

   —Las mujeres y esos anuncios inmensos en las azoteas de los edificios.

   Ríe mientras abre los brazos, luego palmea.

   —Pinche Caribe, pero si apenas tuviste tiempo de ver las mujeres.

   —Las vi, las vi.

   Se pone en pie, saca la cartera del bolsillo interior del saco color verde botella que viste, y extrae unos billetes.

   –Unos trescientos pesitos hasta que encontremos algo que puedas hacer, manito…

  —No, necesito un favor—Le hago un gesto de rechazo con la mano.

   —Pues échamelo, ¿no?

   —Los espejuelos… Hace nueve meses que no puedo leer, ya sabes… la presbicia... pero por mucho que remé en Cuba, no pude conseguir las micas.

   —¿Los lentes? ¿A poco?... ¿Ni eso encuentran allá?

  —Y mira que hizo la gestión uno de los tipos más diestros en sacar de donde no hay, Felicito el Caimán, jefe de Asuntos Internos de la Dirección de Cultura…

  –Platícame, platícame, espérame…

  Va hacia la cocina moviendo la cabeza de un lado a otro, pasa por el armario donde están las bebidas, agarra una botella de Bacardí, sirve dos tragos en strike y regresa alcanzándome uno.

   —Platícame.

   —Felicito el Caimán tal vez sea el más estrella o al menos unos de los más de todos los administradores y jefes de asuntos internos de las empresas cubanas, ya sabes, todas del Estado. Famoso Felicito, te digo, por su habilidad para el contubernio con sus pares de estas empresas… Pues bien, al fin se declaró impotente luego de tallar sin piedad con  la empresa encargada de los espejuelos y aun con las ópticas más lejanas. “No hay micas, ni armaduras ni tornillos ni la graduación de la vista que llevas ni un carajo, he buscado como no te imaginas, he propuesto, a cambio, ron de la reserva de Cultura, papel para escribir, entradas gratis a un teatro, hasta libros de poesía, y nada, ni cojones, ésta es la peor derrota de mi vida como administrador socialista”, me dijo Felicito cuando al fin claudicó… Y ya te imaginas, Mario, cómo se siente quien necesite desesperadamente leer, como igual es la desesperación por comer, digamos, y no pueda hacerlo, o lo haga a costa de encenderse los ojos como tizones y repletarlos de orzuelos, y sólo durante una miserable jornada de lectura...

   —Horrible, horrible –repite y se da el ron hasta el fondo.

   —No, yo traigo la intención de beber poco –le respondo cuando me pide dejar en limpio el vaso.

   —¿Trajiste la receta? –Se pone en pie, se pasa la mano por la cabellera crespa, camina de un lado a otro mirando hacia el piso mientras no deja de mesarse el cabello.

   —Aquí está —le respondo sacándome la receta de un bolsillo del abrigo. Se detiene frente a mí.

   —Está bastante mugrosa esa chamarra –apunta señalando con el índice mi torso, y toma la receta. Va con su andar de pasos cortos y rápidos y se sirve otro trago. No deja de balancear la cabeza.  

   —Mañana te traen los lentes a domicilio.

   Me pongo en pie y vamos a la cocina, él termina el trago y friega los vasos.

   —Te has venido quejando del color gris de esta ciudad, pero tú traes un gris ceniciento, como otros cubanos que he visto recién llegados… Debe ser que la piel pierde resplandor con la miseria… O nomás fíjate en los indigentes de aquí... Y otro detalle, Caribe: aquí no hay ni ríos, los fueron tapiando hace tiempo… De modo que ni siquiera ríos, así que mar… Estás jodido.

   Me invita a caminar hacia la puerta y ahí quedamos de frente al interior.

   —Ahí en ese rincón hay un radio... si quieres ponerte triste, conecta la emisora El Fonógrafo. Mesa de comer ya ves que no hay, come en el escritorio, que donde quiera se come si hay comida. Allí ves  una guía con todas las estaciones del Metro, para ir al Centro tienes que agarrar dos metros y un microbús, que Dios te mime en este caso. Yo me encargo del pago del teléfono, la luz y el agua, ¿sale?... Toma los baros —me entrega los trescientos pesos.

   —Y ahora, mi querido Caribe, te dejo en la soledad –dice ya en la puerta mientras nos estrechamos la mano.

   Da unos pasos. Pero regresa:

   —Oye... y se me olvidaba: aquí hasta los buenos son malos... Así que no confíes ni en mí.

 

 

La celda

Viniendo de las islas de la revista, luego de una conversación anodina con Jeffrey —en la cual, sin embargo, fue posible advertirle el veneno, verdoso, que trazumaba desde su saliva—observé una modelo que hacía sesión de fotos en el salón que se hallaba antes de los pasillos exteriores. Parecía, ella, la modelo, un esqueleto iluminado, sólo con residuos de mujer.  

   Tomé el ascensor. Cuando Patricia Pensamiento salía de éste. Me saludó como quien se encuentra muy lejos. La observé andar, ella ya de espaldas, y me confirmé lo que había pensado tantas veces: nada tenía que ver la melancolía, o ese arrobamiento de los crepúsculos, o el candor de las flores de la vicaria, con aquel cuerpo que, más bien, era uranio enriquecido.

   Concluí que Patricia Pensamiento tendría de por vida una carencia: nadie, en verdad, la amaría; estaba condenada a ser deglutida.

   Caminaba como siempre, con la nariz adelantada como si, con ésta, fuese buscando, en el aire, un hilo invisible.

   En esas tardes en que la lluvia era inminente Sandra y yo nos refugiábamos en una caseta de bombeado de agua, a mitad de la colina, donde sólo podría caber una pareja de amantes: las respiraciones se enlazaban.

   Averigüé. No debía estar en la memoria genética, ni en las costumbres o el folclore heredados, ni en películas vistas o anécdotas escuchadas: Sandra Vélez besaba así, como con chupetoncitos rápidos, tal esos mordiscos que dan los peces a sus alimentos, por alguna razón que se hallaba en los Misterios.    

   Jeffrey Mendoza, últimamente, se masturbaba hasta tres veces al día. Patricia Pensamiento, su subordinada, remachaba su sexo —aun más y más fácil cuando andaba vestida con pantalones—, si era posible casi al alcance del olfato de Jeffrey y, cuando éste metía sus ojos pálidamente negros hacia la inverecundia, ella le sonreía segura de que Jeffrey, de inmediato o en cuanto su trabajo se lo permitiera, iría al baño.

 

 

Todavía Sandra Vélez, a cada rato, persiste en abrir los ojos y mirar al cielo cuando está en los instantes de suma excitación, y aun si se halla a medio gemido del orgasmo. Así interpretó ella lo que tantas veces le repitió el párroco: comunicarse con Dios, o agradecerle de esta forma, en cada momento de la vida, fuere cual fuere. También le dijo que el destino de hombres y mujeres Acá Abajo era crecer y multiplicarse. Ella le temió tanto al párroco que cuando ya tenía tres hijos, y el marido le dio la orden de utilizar el condón, no fue más a la iglesia. Antes, consultó con el párroco si no era pecado el sexo anal; el padre cura le respondió que trajera al marido a Confesión. El marido no fue, le dijo a ella que le preguntara al párroco si podía llevarla a Salubridad a que le pusieran un dispositivo intrauterino, y que a él —el marido— ya le estaba pareciendo bien resignarse a confiar sólo en la Virgen de Guadalupe. El párroco rechazó la sugerencia del dispositivo intrauterino y le comunicó al marido por medio de Sandra que habrían de resguardarse del sexo doce días antes y doce después de la menstruación. A Sandra Vélez le pusieron el dispositivo. Pero su organismo lo rechazó. Entonces el marido aceptó que en el Centro de Salud le dieran un paquete de condones —de esos que llaman “lienzo mexica”—cada quincena. El argumento del marido: cuando él se emborrachaba quedaba fuera de combate para escuchar las matemáticas de ella acerca de los doce días antes y doce después; y entonces, en fin, sólo estaba presto para coger, ni remotamente para hacer cuentas.

  La vida ha querido repararme  varios oficios adyacentes, entre ellos el de traductor de jerigonzas y asuntos trillados, como es el caso del párrafo anterior. Y además me ha exigido, la vida, esa paciencia del buen mentor para ponerme al ras con personas como Sandra Vélez.

   Mucha brega empleé para que ella cerrara los ojos. “Olvídate de allá arriba, Sandra, y pon la fe en tu interior... Y agradece más bien a Fidel Castro, que hasta tus faldas me trajo, tal como se lo agradezco yo”.  Le repetí, con ese tono del evangelizador, infinitud de veces luego de las charlas postorgásmicas allí en la colina.

 

Del Autor

Félix Luis Viera

(Santa Clara, Cuba, 1945). Poeta, cuentista y novelista. Ha publicado los poemarios: Una melodía sin ton ni son bajo la lluvia (Premio David de Poesía de la UNEAC, 1976, Ediciones Unión, Cuba), Prefiero los que cantan (1988, Ediciones Unión, Cuba), Cada día muero 24 horas (1990, Editorial Letras Cubanas), Y me han dolido los cuchillos (1991, Editorial Capiro, Cuba), Poemas de amor y de olvido (1994, Editorial Capiro, Cuba) y La patria es una naranja (Ediciones Iduna, Miami, 2010); los libros de cuento: Las llamas en el cielo (1983, Ediciones Unión, Cuba), En el nombre del hijo (Premio de la Crítica 1983. Editorial Letras Cubanas. Reedición 1986) y Precio del amor (1990, Editorial Letras Cubanas); las novelas Con tu vestido blanco (Premio Nacional de Novela de la UNEAC 1987 y Premio de la Crítica 1988. Ediciones Unión, Cuba), Serás comunista, pero te quiero (1995, Ediciones Unión, Cuba), Un ciervo herido (Editorial Plaza Mayor, Puerto Rico, 2003), la noveleta Inglaterra Hernández (Ediciones Universidad Veracruzana, 1997. Reediciones 2003 y 2005) y El corazón del Rey (2010, Innovación Editorial Lagares, México). Su libro de cuentos Las llamas en el cielo es considerado un clásico de la literatura de su país. Varias de sus creaciones han sido traducidas a diversos idiomas y forman parte de diversas antologías publicadas en Cuba y en el extranjero. En su país natal recibió diversas distinciones por su labor en favor de la cultura. Fue director de la revista Signos, de proyección internacional y dedicada a las tradiciones de la cultura. En México, donde reside desde 1995, ha colaborado en diversos periódicos con artículos de crítica literaria y de contenido cultural en general, ha impartido talleres literarios y conferencias, y asimismo se ha desempeñado como asesor de variadas publicaciones periódicas.

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