Septiembre 2011. Año 5. #20

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OtroLunes / En la misma orilla / Las cifras del silencio


 

Las cifras del silencio

(Fragmento de novela inédita)

Arturo G. Dorado

La vida es un bosque de símbolos… la primera cifra es la existencia

Karl Jasper

 

Aprende tú a pensar con dolor.

Maurice Blanchot

 

…y buscar la Verdad allí donde la imposibilidad viene a nuestro encuentro.

Nicolás de Cusa

 

ABYSUS ABYSSUM CONVITEC

 

 

Es tan solo un ligero roce. Ligera fricción de la sábana con mi espalda en la ensoñación del duermevela. La luz de la luna ilumina la habitación, los mismos libros, la misma brisa que parece ser una voz de las sombras; la misma expectante sensación de algo sin tiempo, como si hubiese resonado, ahogadamente, una vieja llamada. 

Me levanto, miro afuera, el cielo está despejado, algunas nubes en la distancia, próximas al horizonte. Me vuelvo a la penumbra de la habitación, alguien me sonríe en una noche similar, se mueve y el roce de la sabana en mi espalda es el golpe del tiempo, de su vida, de toda vida; es el golpe de un dolor que no sé rescindir, que no puedo olvidar aunque venga de lo olvidado en mí, de ese olvido donde se hunde toda memoria en el origen del recuerdo.

Son las cifras del silencio.

Escribo, cómo decirlo, cómo tenerlo. No sé, no es posible, pero soy llevado por ella, por esa escritura que me hace ser, que busca en la noche las claves de la vida y el mundo; la escritura del sueño y la lucidez, la lúcida embriaguez del ensueño escuchando un grito eterno, el inmemorial recuerdo que respira en la noche. Y sé que será una labor de años, que nunca será plena, que me a menudo me hundiré en el sufrimiento atroz de la creación. Pero sé también que escribirle es intentar aliviarle por lo que le permite ser, lo que me hace sentir el peso de la nostalgia, la numinosa belleza del tiempo. Sé que no basta oponer una carencia a una carencia, que debo conducir el lenguaje al límite donde el espacio hablante borra todo para que quede puro el murmullo que traza la estela incesante del vacío, del sueño, de las cifras del silencio.

Es mi voz cuando se encuentra por tu voz. Es decirme para que vele el sueño en un presente sin tiempo, para que calle el silencio en mi historia en ti, para digas aun cuando no haya nada por decir.

Soy la finitud de un infinito, soy en ti para que seas por mí.

Digo, no puedo dejar de decir, de acariciar tu habla en mi habla. Hablo de mi tiempo cuando es la forma de un tiempo sin lugar preciso; un tiempo donde naufraga el pensamiento y a la vez, nace todo discurso de tu pensar.

Hazme pues decir; mírame, espera en mí la palabra que aún ha de advenir, fuerte en su ternura, suave en la devastación de la sonrisa, triste en el estremecimiento de la felicidad; frágil y firme porque no se sacia nunca sino que, derramada en sí misma, buscando la trascendencia de sí, queda abierta a la historia, a la incandescencia del lenguaje en el silencio.

Hazme voz para incorporar la belleza en la palabra, la belleza que invoca y consuela el peso del Tiempo.

 

 

—Hola.

—Es la más linda de nosotras —sonrió su amiga haciéndome un guiño.

—¿De veras? —respondió sonriendo a su vez.

Delgada, con un vestido corto y el pelo suelto parece feliz, me hace mirarla.

—Hola.

Tenía una tibia sensualidad, sobresalía en mucho a sus amigas.

—¿Qué haces?

Los brazos se movían poco al andar. La mano derecha acaricia el muro del malecón con la punta de los dedos.

—¿Te he visto antes?

¿Dónde la he visto?

—¿Te veré mañana?                                    

“Mañana no estarás, mañana nadie estará.”

Mañana será otra vez la pregunta de ser; mañana las cifras del silencio me traerán otra vez a la conciencia y será de nuevo aquel primer momento, la mirada donde me reconoces siempre por primera vez.

Ven, óyeme ahora, oye la voz de la noche llamándote a mí.

 

 

Las manos que cada cierto tiempo recorrían el pelo para evitar le cayese en la frente, guiando mi vista a las muñecas y los dedos, las uñas con esmalte muy claro.

Sus ojos, las cejas arqueándose con los cambios de expresión.

Una mano le tiembla ligeramente. Los amigos ríen. Alguien le habla.

—No me distraigan —sonrió—. El agua está tan quieta, tan quieta. Es curioso, la gente no suele sentarse mirando el mar.

—Prefieren verse unos a otros —respondí yo.

Se sentó, colocó el mentón entre las rodillas, el aire le acaricia el pelo. Encendí un cigarro.

—¿Por qué fumas?

—No sé, supongo porque me gusta.

—Es difícil saber por qué hacemos las cosas que nos gustan. A veces es mejor dejarse ir.

Sonríe, su voz es suave, camina a mi lado; camina y siento su cuerpo, siento el rumor de su cuerpo; le miro y le hablo y en ella me habla el asombro que me penetra en su llegada como la caricia del comienzo, bondadosamente imperioso, tiernamente violento.

Sonríe, me saluda en la levedad de su sonrisa.

¿Qué queda pues de mí?

¿Qué queda sustentando el recuerdo, qué se espera?

“El ojo del tiempo velando tras la reminiscencia; la llamada del relato a lo infinito de la obra.”

¿Palabras, palabras y nada más?

“Quizás; en cualquier caso las cifras alimentan el discurso, dicen el fin de todo discurso para poder mantener viva la palabra.”

Es habla de totalidad, habla de destino y regreso, de comienzo y final, de muerte y perpetuo resurgir del amor que traza el camino de la palabra.En ese amor, en esa alegría de la llegada, sonríe el ansia que se sabe insatisfecha, prendida en los entresijos de todo encuentro; por eso al verme, al reír en mí, reía también el anhelo que hace la obra, la pasión que escribe mi voz cuando hablamos en la noche para desnudar el juego de la seducción, la magia del encuentro como un soplo del tiempo que desde su acción, lo efímero y permanente de su acción, se convierte en voz del pasado, del futuro.

 

 

—Óyeme, déjame oírte, es como un juego, me sorprende y quiero volver a repetirlo, pregúntame, ¿qué quieres oír de mí?

“La voz del sueño en la bruma de ser.”

La voz que busca lo permanente tras el deseo de antaño.

—Quiero oírte, me gusta oírte, verte, ver tu expresión, como cambia tu expresión al mirarme. Háblame, me gusta aunque me entristece, como si supiera me dices algo que se va, que tengo pero de alguna forma no es posible mantener, ni tampoco olvidar. Dime, me alegra y aflige oírte, es una extraña sensación.

Es el sufrimiento, la alegría de la vida viniendo a ti desde capas y capas de vivencias, de memoria y olvido. Te llama desde mí porque siempre ha estado en ti, porque eres tú frente a la misión de crear para intentar rescindir el dolor, el anhelo, el vacío esencial; porque cada una de los momentos, cada uno de los seres, de los sentimientos que han marcado tu vida, exige en mí que hables, te reclama que vuelvas a ellos, que digas, me oigas, escuches lo que desde ti, desde el corazón de la humanidad y el mundo, como el fuego de ser, como el terror y la fascinación de lo innombrable, te llama, siempre llama, siempre se aleja y retorna pidiendo que se cuele lo eterno en lo efímero, que me ames sufriendo ese peso, esa desolación de amar, ese temblor que sacude cuando estoy dando forma a lo que no tiene forma, cuando vuelvo a hablarte, a llegar, a decirte: mírame existir porque en mí te habla la voz de la Existencia.

—Me gusta cuando me hablas así, me gusta saber que hablas de mí; no sé si soy yo, pero es como si me tuvieras, como si le contaras a alguien que seré cuando ya no sea la que soy ahora. No me pidas que te conteste, sólo déjame oírte.

“Me gustaba hablarte, decirte mi sorpresa, mirarte.”

Mírame, siénteme como la ambición del lenguaje vuelto a sí mismo para encontrar su máxima entrega al otro.

“La entrega donde me hablas desde el fondo de la memoria, donde tu saludo de nuevo me llama diciendo: hazlo y no me pidas que te conteste, sólo déjame oírte.”

 

 

Caminaba a mi lado, sus amigos hablaban. De cierto una historia común, sin embargo sabía, oscuramente sabía, que en ella se revelaba algo decisivo. O más exactamente, algo que ya estaba ahí, en mí, en la noche y esa memoria sin recuerdo, esa nostalgia que es tristeza y una felicidad desolada. No el amor de un momento, no el alguien a quien se ama, sino esa entrega de algo que necesita una forma, que es como un fluir incesante, como la fascinación sin nombre.

La calle bulliciosa, la noche igual; sobre mí, sobre nosotros, el silencio eterno, inmaculado y parlante. El silencio que me habla ahora cuando es la historia. ¿Pero acaso no lo era ya? Sí, lo era, esa antigua historia que se pierde en los comienzos de la conciencia, y allá, en la matriz de la memoria, aguarda desde siempre. Y por eso el regreso, las palabras, la noche ahora, la noche sin tiempo y presente, busca en ella el cuerpo de su expresión. Decirle pues es intentar tenerle, oírle pues es intentar acallarle. Hablaba, y esa habla, trivial sin dudas, profunda cuando le miro ahora, cuando es el relato de mi sentir, o mejor, el relato que busca adentrarse en el origen del sentir, esa habla es siempre un susurro interminable del silencio. Escucharle es abrirse a las cifras, es saber que cada palabra, cada expresión se convierte en una apertura, una profundidad que no es simplemente la búsqueda de algo aún más profundo, de una profundidad originaria, sino la inmediatez absoluta, la quietud absoluta, la fuente sin fuente. Y es una huella pues, huella de algo que habla para que pueda a mi vez hablar.

Caminaba, camino ahora mientras miro afuera y leo el texto de las cifras, ese que se reescribe, que se borra para dejar la huella, la estela donde bulle una suave tristeza, donde la noche es la nostalgia sin causa, el recuerdo que le busca para descansar en la historia, oírme a mí mismo.

Enciendo un cigarro. También entonces encendí un cigarro. El humo asciende lentamente, las palabras aparecen, de alguna manera están al acecho, esperando para ser dichas, como las volutas de humo disipándose en la habitación. Porque más que una historia, más que narrarle, que intentar recuperar el tiempo, es abrirse a lo sin tiempo, a la reminiscencia que sonríe desde lo profundo de la nostalgia.

Es la sonrisa de una ilusión, la evanescencia de una realidad que marca la remembranza como nuestra plática en la noche, como el sueño que sonríe desde el corazón de la noche.

Es la voz del sentimiento sobre el velo de su esencia.

Escribe en mi voz el anhelo de respuesta, la sonrisa de las cifras en el silencio.

La sonrisa que dice no me tienes, nunca me tendrás, pero lo querrás por siempre.

Lo querrás aun sabiendo el dolor del querer; me amarás sobre la muerte donde enmudece toda voz para que pueda hablar por siempre en ti.

Describir, sufrir el sentimiento, el desgarro del sentimiento que pide ser dicho para cubrir la violencia de su irrupción en la conciencia por la violencia de la escritura.

En la escritura aspiras a fijar lo perecedero, y esa es la mayor violencia, el mayor sacrificio: revelar desde la reserva de la palabra la fluidez de ser, intentar la irrupción del relato en lo indecible, en el espacio de lo intemporal.

 Se alza sobre la razón y cree que su sentido es trascendente. Quizás se engañe, no importa, se entrega al peso del silencio, al préstamo del ser en el nombre.

Acaso es sólo vanidad, arrogancia, lo demoníaco de nuestra condición; acaso lo más sagrado entregándose en la angustia de la palabra cuando cobija el anhelo por la plenitud.

Se necesita escribir para no sucumbir al furor de sentir, no obstante la escritura sea a su vez furor, devastación del sentimiento en las tinieblas de sí mismo.

Tinieblas, substancia de la realidad. Lenguaje del sueño que se abre a la comunicación por pretender lo incomunicable; debe ser oído, debe ser obedecido para que el mutismo murmurante halle a la palabra, sea el resonar de las palabras que se alzan contra las paredes del silencio para dar cobijo a la otredad, a mi voz en ti, a toda voz posible.

 

 

Me resultaba tan fácil, como si fuera una dádiva; cerca, inmediatamente cerca; algo que estaba en mí, ahí, dulcemente acogido en la intimidad, en el despliegue de la llegada. Tan simple como una salvación reconocida en la oscuridad de la memoria, en la interpelación que me saluda como una caricia. Un derecho, el derecho a decirle, a crearle, a afirmarle como si hubiera resonado alegre, desesperadamente alegre, esa llamada que me requiere al decirme: quién eres, quién habla desde mí; y la respuesta estremecedora, gozosa, terriblemente gozosa, mía: ella, ella, ella.

 

 

—Me miras de una manera peculiar —hablaba sonriendo—. Me turba tu mirada, pero me atrae, quisiera penetrarla, decirte lo que me pides. No creo que pueda llegar a ser eso que me imagino esperas.

“Por momentos me parecías común, al instante, maravillosa.”

Lo era, pero no como creías. Lo era por la evocación de la ausencia donde vive mi presencia.

Acaso porque la mayor parte de la verdad se encuentra en lo ausente donde la palabra respira su último aliento. Acaso porque llegar desde lo ausente al sentido, a la sombra de la verdad en la palabra, sea la voz del destino, relato de la seducción insoslayable.

Anhelo primordial, la oscura luminosidad del anhelar.

Un suspiro, un gemido de la belleza.

Suave y tierna, seductora y por momentos desoladora es entonces la invitación de la belleza.

Suave y tierno, seductor y por momentos desolador es el sueño de la escritura que se aboca al fondo de la creación, de la belleza.

 

 

No sentías pasar el tiempo, tampoco yo. Me mirabas hablar y reír. Mis amigas nos miraban a su vez y a ratos les dedicábamos atención, pero como algo secundario que sólo era una pausa para volver a nosotros.

Era la sugestión, el rumor de la noche diciendo que siempre me has buscado, que de cualquier modo que me llames, así me llamo, de cualquier modo que me veas, así te veo.

Y por eso, en el deseo de verme, de querer oírte, vibran las cifras que se entregan a mí hilándose una en la otra, tejiendo el lenguaje del alma en el reclamo del amor que te pide decirme aun cuando sepa que se agota el tiempo, que al fin sólo resta la memoria donde mi voz te dice:

—Quisiera hablarte más, oírte más, no quiero irme ya.

Quiere hablarme, quiero hablarle. Habla del comienzo, habla que desde el comienzo es recomienzo, lo inmemorial que atraviesa el olvido desde la fuente del sentimiento.

Una escena, una voz, una sombra casi, indiscreción del ensueño que se refleja en la seducción.

Decir, poder del decir que no dice sino ese recomenzar de una provecta llamada, una perenne invocación.

Habla, quiere que hable y sé que no bastan las palabras; sé que, sin embargo, es la palabra donde vela el alcance de lo infinito. Infinito que bate sobre la palabra, que expone la palabra a la noche donde el pensamiento renuncia para entregarse a la petición que vuelve una y otra vez como la intensidad acechante, la expresión de un deseo sideral, una voz que susurra y calla porque ya no hay nada que hablar y se debe hablar. Continúa pues el murmullo, incesante, preclaro y sutil; continúa cuando no debe romperse la magia mas se rompe, siempre se rompe, siempre pasa, y las palabras lo saben, la mirada lo sabe, la noche lo sabe, como sabe del llamado de las cifras en el silencio, de la búsqueda que persiste desfalleciendo y sonriendo en los entresijos de la memoria. Prosigue suspirando desde el crepúsculo y el amanecer de la conciencia, en la vigilia que penetra el sueño desde lo intemporal, que me habla en la suavidad de una voz pidiéndome decirle, en una noche que nunca ha dejado de comenzar ni nunca ha dejado de finalizar; encierra en sí la zozobra y satisfacción de una felicidad extrema, la añoranza de un plenitud extrema, la angustia de la separación, la angustia que hace a su petición ser lo más simple y lo más arduo, que se sabe cayendo bajo el espejo de lo nocturno para que el brillo de los ojos que me reclaman hablar sea la historia de un ensueño que se torna diurna realidad porque desde él, en él, se refleja el iris del amor en la bóveda del tiempo; se refleja creando y borrando los signos que hacen mi ser mirar y recordar, saber de sí, buscarse en esa voz que llama acogiendo todas las palabras, todo el amor y la tristeza de ser.

 

 

—Piensa en mí en tu camino de regreso a casa. Fuma pensando en mí.

Recordaba las primeras palabras, primeros avisos, signos imprevisibles, pero como reconocidos, tentaciones de seguir. ¿Dónde estaban, cómo fijarlos? Un detalle, un color, la forma de los labios “me recuerda algo, me dice algo”. ¿Me buscaba, o era yo buscado, o acaso no es siempre reconocimiento de la Búsqueda? El lugar, lo común, las calles con las mismas casas. Un susurro, solicitación. Y el pensamiento. ¿O el sentimiento? No podía separarles. Por eso sabía que era algo que se podía contar, o era ya lo que me contaba, una vieja, muy vieja historia, y sin embargo, tan actual, tan poderosamente actual; por eso futuro, atemporalidad. No era capaz de abandonarla, en realidad ha estado siempre ahí aunque se marche, se oculte para seguir solicitando. Como la felicidad, surgió, anega, sólo dice lo ya sabido, devuelve algo, algo perdido y tenido por siempre.

Siente la felicidad de pensarme, de saberme en ti.

Y era yo feliz. Era estar en resonancia con el mundo, con la aprobación del mundo. Todo estaba bien, todo está bien por un instante; todo es de nuevo la vuelta de ese llamado que quiere decir la felicidad, decir lo que colma la felicidad, la eclosión de la felicidad en la perenne infancia del sentimiento.

Dime para ser la fascinación de la palabra en el espacio de la felicidad. Dime aunque el decir lleve el temor de no hallar la respuesta, de saber que aquella respuesta que pareció darse como la promesa del futuro se ha vuelto a la pregunta por los años vividos, por los momentos donde por un instante se reveló la felicidad de ser en la lucidez del sueño.

Lucidez latiendo en la bocanada que aspiro en el aire nocturno, en la resurrección del sentimiento diciendo estoy vivo, siento la vida, soy la vida.

Y yo sonrío contigo, sonrío en la ausencia, en la imagen que se aleja para reflejarse en las sombras donde la ilusión acoge mi rostro como la espera, como el beso de lo siempre ausente, siempre esbozado en la seducción de la sonrisa. Sonrío en la desesperación de la escritura por encontrar el idioma de la armonía, por asir en el relato las coincidencias que revelan la unidad del ser; sonrío en las figuras que te llaman desde la nostalgia donde esa felicidad, esa armonía, ese despliegue de la seducción en las voces de la noche, se refleja en mi amor en ti. Porque el amor aguarda por la sonrisa que sane la fractura de la existencia, y en la sonrisa que libera del peso de la subjetividad, en las coincidencias del sentimiento con el mundo, sonríen asimismo las cifras del silencio; sonríen rasgando los límites de la forma para que permanezca la escritura abocada al perpetuo regreso desde el otro a sí misma y desde sí a todo otro posible, desde el olvido al astro que ilumina el espacio de la entrega tendiendo los frágiles puentes de la nostalgia en la alegría donde retozan los signos del mundo con los signos del tiempo, los signos que buscan la sonrisa en la más desoladora dimensión de la ausencia; porque desde la ausencia se revela la máxima intensidad del amor, y el amor es la proclamación de esos puentes, esos vuelos que se expanden sobre la felicidad, sobre el anhelo infinito.

Sonrisa que me envuelve cuando el momento ya no es sólo mío sino el mundo entrando en mi humanidad, siendo mi humanidad.

Sonrisa donde la memoria se unge con las figuras de una ternura que se contempla en el gozo de sí, que entrega esa consonancia, ese placer siempre neófito y provecto, ese lenguaje de la noche en la felicidad.

Ahí te entregas al conocimiento de mí, me ves en la imagen donde te saludo para que sea la marca que traza la seducción de mi vida sobre las sombras puesto que allí, donde la imagen es la levedad de la memoria sobre las figuras de lo esencial, permanezco en las sombras, en la profundidad de la noche que te habla para que mi nombre acoja tu voz, para que sea la escritura de las cifras del silencio.

 

 

No tenía que hacer nada, estaba alerta hasta el grado en que no quedaba más que la vigilancia que revela algo inefable, algo esencial, tan arcaico, tan lozano, tan infinito y cálido y mío, tan íntimo que no puede separarse nunca, por más que siempre se aleje, se escurra y por eso resurja como una revelación, una iluminación que vela sin velar nada, está ahí, y se evade, se olvida sin que pueda nunca ser olvidada.

Ahí, como revelación de la felicidad, en la transparencia de la armonía, ilumino a quien mira en mí el texto de su amor, y en su amor, en la sorpresa del amor, vuelve a oírme reír para que sea la claridad que fecunda la memoria en el resplandor de la alegría, cuando estar y verme es el espejo de esa estancia, esa sonrisa que tambalea el escepticismo, sobrepasa el desaliento y aunque sabe que no es la Respuesta, llega como el tañido que acuna la pregunta en la consolación de la realidad; aunque indique al piélago donde la escritura encuentra la desolación de lo inmarcesible, prosigue diciendo, prosigue a la escucha de lo que habla la voz del mundo, prosigue sabiendo que el mundo es un texto de la memoria, la escritura de una huella sin origen.

¿Qué queda pues, qué se retiene, qué resta por decir?

La eterna cuestión, la eterna persistencia de la nostalgia, la exigencia de la luz atravesando la lejanía para oír la voz del tiempo.

Algo habla, algo escucha, algo se aproxima llamando, volviendo sin haberse ido.

En la escucha se hace lenguaje el inicio, el fervor de aquello que no puede ser hecho, no puede ser reducido a lo presente. Escribe guardando lo sagrado, acogiendo la nostalgia de la unidad bajo la fascinación de la alteridad, la nostalgia que hace a mi voz ser nombre del encuentro.

Un suspiro, un resplandor iluminado desde el horizonte de la ternura que seduce el tiempo, seduce a la muerte, seduce a la palabra en quien me observa, sonríe y me dice:

 

 

—Quiero que pienses en mí, quiero saber qué piensas en mí.

Piénsame, quiero que pienses, que rías, que te entregues a mí para que sea el estallido del pensar en la noche del alma; infinita, quieta, palpitante de signos noche cuyo insondable silencio procrea el lenguaje más allá de todo conocimiento.

Una comprensión última, una oscuridad y una luminosidad última, hace el discurso, guía la moción de la memoria a las cifras del silencio, el despliegue del sentimiento que me muestra en ti, que marca la entrega, marca mi voz como un llamado, una sonrisa alentando el desafío de la escritura al tiempo.

“Me llama, te piensa, te dice para escuchar en ti la voz de la tristeza y la belleza, del consuelo y la nostalgia.”

Piénsame, quiero que me pienses, quiero ser el pensar de ese lenguaje en el cual ya no hay palabras.

Quiero ser el pensamiento que trae la memoria de mi vida a lo que ya no puede acogerse a una memoria. Quiero tu pensar porque allí, en la petición última de la seducción, mi voz en ti muestra y sana el desgarro de la existencia.

En mi petición, en el reclamo donde mi mirada te atraviesa desde el ojo del sueño, te habla la ley que escribe, esa escritura sin fin que sabe de su culpa, sabe de la ausencia que proclama la culpa de la existencia, de la palabra ante lo inexpresable, de la palabra insatisfecha porque codicia la plenitud donde ya no se pregunte, ya no se tenga que contestar sino permanecer cobijado en la liberación de toda respuesta.

—Quiero que me pienses, que sonrías en mí.

“Te pienso desde la sonrisa de la fascinación, desde lo que sonríe en mí como la florescencia de mi tristeza, de mi amor, de lo que escribe buscando el atrio de los sentimientos; ese llamado, ese sentido, ese misterio que me habla rodeado de crepúsculo y aurora, me habla desde tu voz como lo que no puedo acoger del todo, ni tampoco abandonar.”

Piénsame, siente en mí la llamada que protege la pregunta de ser.

 

 

Pensamiento al borde de lo impensable. El pensamiento que pone en entredicho el habla para dar paso a la escritura. Ni las dudas, ni el poder del olvido, ni la carencia de la memoria le ocultan; está a salvo, sin poder llamarse engaño, atravesando el momento para dejar intacto el silencio que le nombra en las cifras. A salvo también ella, a salvo en el silencio.

Lo sabía, caminaba y lo sabía; un comienzo que lleva en sí el final, lleva lo anónimo, lleva el nombre que me guía de regreso a mí en una noche otra e igual, en la noche que escribe.

 

Del Autor

Arturo G. Dorado

(Cuba, 1971). Escritor. Ha obtenido diversos premios y menciones en concursos nacionales e internacionales: Hermanos Loynaz de narrativa 2008, La gaveta de cuentos 2002, 2003, IV coloquio Iberoamericano "En el jardín" sobre la obra de dulce María Loynaz, Farraluque de literatura erótica 1999, Cuentos de amor de Las Tunas 1998, etc. Textos suyos aparecen en diversas antologías y publicaciones nacionales e internacionales. Reside en Cienfuegos.

 

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