Septiembre 2011. Año 5. #20

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Mujeres amadas

(Fragmento de Novela)

Marco Tulio Aguilera

Mujeres amadas

Marco Tulio Aguilera

Ed. Universidad Veracruzana, 2011

 

Mujeres amadas

Con motivo de la aparición de la tercera edición de  Mujeres amadas, publicada por la Editorial de la Universidad Veracruzana en su Colección Ficción,  Otrolunes  presenta las primeras páginas.

Llegó el fin de la segunda primavera y con ella la novedad de tu mística sensualista. Sí, claro, Dios estaba en todas partes y los pájaros y las hojas y cada mínima partícula del universo integraban su extenso y perfecto territorio, sí, Dios era una especie de savia que todo lo une y nosotros somos la cima de esta gran maravilla, pero es que acaso por esa u otras razones hemos de privamos de los frutos del huerto. Lo que pasa –te decía– es que te falta sentido de la aventura, tienes alma de comerciante, eres una maldita abadesa que guarda su cuerpo como quien invierte a plazo fijo. Piénsalo bien, esto se pudre y se seca.

—Lo que el tiempo pudre lo reverdece la virtud –respondiste. Ajá, pensé o debí pensar, es de las que todavía se atreven a pronunciar sin rubor las grandes palabras, una absolutista, una monárquica de las convicciones.

—Sí, claro, a ti lo único que te interesa es satisfacer los bajos instintos.

Pronunció las palabras ominosas bajando la voz, con un fruncimiento del cuerpo, después de percatarse de que nadie nos escuchaba.

—Quiero que entiendas que el acto que me pides es definitivo, sucede una sola vez en la vida, tiene que ser cercano a la experiencia de la gracia–. Los ojos de Irgla, tan hermosos que cualquier comparación hubiera sido oprobiosa, brillaban llenos de una serena sabiduría, de un legítimo entusiasmo que amenazaba contagiarme.

—Ha de suceder en una noche especial en la que todo se confabule, en la que tanto mi compañero como yo tengamos una sensación de felicidad incomprensible, un deseo fantástico como de arrojamos al abismo.

¿Qué responder a semejantes argumentaciones? El análisis lógico del lenguaje no surte efecto sobre los que caen en los pantanos de la fe. Generalmente hubiera dado la espalda, literal y conceptualmente, y me hubiese dedicado a otras investigaciones con el furor y desesperanza habituales, mientras llegara el momento de emprender una nueva temporada de caza.

El negocio presente, sin embargo, ameritaba mayor atención.

Tal vez fueron el rencor contra aquel cascarón de decencia o su belleza excesiva y no obstante constreñida por una extraña modestia o la sospecha de que súbitamente y con un buen trabajo de termes acabaría por caer, los que me impulsaron a seguir el asedio. Una u otra argumentación, todas juntas o las que faltan por mencionar, el infinito, me atraparon.

Existían otros obstáculos. Yo compartía mi habitación en McCollum Hall con Abusaid y Abusaid estaba enamorado de Irgla. Dos premisas y un solo intrincado problema. Abu, velludo compañero, además de apuesto, varonil y galante, era perfectamente consciente de sus ¿gracias?, ¿virtudes?, palabras absolutas que es preferible reservar para Irgla.

Había estado en África del Sur, ahorró petrodólares y ahora, entonces, estudiaba inglés –aunque lo hablara perfectamente (si hay perfección en el habla de los estibadores londinenses)– y se dedicaba a despeinar los ositos de la vecindad. Esa era su vocación, despeinador de osos, y para cumplir con ella, necesitaba muchísimo dinero, conservar el cuerpo atlético y el espíritu agudo. No hay nada que sea imposible si se dispone de una botella de champaña y muchas palabras de más de cuatro sílabas, decía Abusaid, el sinvergüenza, tan agradable que daba asco. Hasta jugando tenis lograba armar gestos ferozmente elegantes.

Mantenía con Irgla conversaciones que llegaban a durar dos horas.

—Abu, my friend, ¿estás enamorado?

—Love doesn't exist, only fucking –respondió, sus resplandecientes botas una sobre la otra, al extremo del cuerpo que yo veía desde mi cama en perspectiva. Apoyaba la cabeza en las palmas de las manos y miraba el cielo raso, soñador minotauro, el pecho robusto y velludo, lanzaba suspiros que hacían vibrar el aire de la habitación.

—Tiene unos ojos que sólo he visto ocultos tras un velo en un mercado de Khorassan.

No me molesté en imaginar cómo serían semejantes ojos –los besos de la menina Jenny ocupaban todo mi tiempo– pero luego, cuando conociera a Irgla, sabría sin saberlo que Abusaid tenía razón.

¿De qué hablaban? Pues, respondió el persa, ella me cuenta historias como la del rey que nunca ponía los pies en la tierra, un rey llamado Mohe ‘shou’ mah, quien solamente hablaba en verso y yo le murmuro al oído relatos sobre el jardín de la montaña donde los dioses beben el inmortal haoma, destilado del árbol gaokerena, el árbol de la vida, cosas de esas, tonterías para pasar el rato.

—¿Only fucking? –pregunté sonriendo.

Un día descubrí que mi novela –el único ejemplar que tenía –había desaparecido. Abusaid, entre compungido y satisfecho, confesó que se la había prestado a la mujer de ojos persas.

—Imposible negarle nada a Irgla –dijo.

La primera vez que te vi fue en una cena internacional. Había japonesas, italianas, una peruana (la maniática de Ester, esa celestina sin par), tres persas (entre ellas Mush, que fingiría desmayarse cada vez que me viera y gritaría mi ratoncito, mi pequeño ratoncito, pero nunca se atrevería a ir más allá en sus expresiones de ternura) y dos o tres mexicanas. Mi idea era manejar la indiferencia de cigarrillo enclavado en las comisuras de los labios y ceño fruncido, chico malvadote, je, pero tus ojos como un batallón a pleno galope me acometieron. Desvié la mirada hacia la mesa, me sumergí en aquel mar caótico de extrañas viandas dispuestas como para un festín de Salomón, hice unas cuantas observaciones más grotescas que graciosas, metí los dedos en alguna región gastronómica de Tailandia, me llevé algo de color encarnado a la boca y estuve a punto de escupir.

Los ojos persas seguían mis movimientos sin disimulo, con lo que podría calificarse de amable repugnancia. Fue Ester la que vino a salvarme del fuego cruzado. Me ofreció un sitio cerca de ella. Loca sociable e inglés de Macchu Picchu, comenzó a hablar por rodos los orificios –no del todo despreciables– de su cuerpo. Ajá, dijo, conque yo era el escritor, había leído en The Kansan la entrevista, decían que el éxito había llegado temprano, que ya me comparaban con…cómo se llama, ése que escribió la novela aquella llena de gente, el árbol genealógico, fíjense, muchachas, just imagine, una promesa de la literatura, ¿qué estás estudiando?

—La verdad es que yo vine a USA a hacer imperialismo al revés –respondí.

—¿What did he say?–preguntó Irgla, diplomática Irgla, dispuesta a hacer intervenir a todos en la conversación.

—Dije que vine a este país a explotar a los gringos.

—Habla en inglés –suplicó Mush, la delicadeza hecha carne.

Los ojos de Irgla, más que las palabras de Mush, me azotaron contra la pared. Caí sentado en el suelo. Agité la cabeza para aclarar las ideas y confesé:

—Doy clases de español a hordas de albinos y de paso finjo estudiar literatura hispanoamericana.

—Pues yo –dijo Ester sin que entre mi silencio y sus palabras mediara una corchea– soy de Lima y ya llevo diez años en Kansas University–. Lanzó las dos manos al aire como el mago que saca diez kilómetros de género de seda–. Tengo un novio español que se llama Manolo, ya lo conocerás.

Y claro que lo conocería. Manolo, su tono doctoral, su bigote alicaído, esos dientes nicotinosos, envuelto en una nube de humo que lo acompañaba a todas partes como el espíritu de Dios al pueblo de Israel; Manolo, el que vivía justo en la habitación vecina, separado de Abusaid y mi persona apenas por un tabique miserable, Manolo que todas las noches, puntualmente, fornicaba, ante un auditorio nostálgico, con una mujer que era, naturalmente, Ester. Ester que seguía hablando sobre el cielo y la tierra y vinculaba los platillos que estaban sobre la mesa con rostros y nacionalidades, amontonando viandas frente a su víctima al tiempo que relataba las peripecias de su llegada a Lawrence, qué desorientada estaba, decía, me entró la enfermedad del muermo, una gripe perniciosa, mocos y llanto, día y noche, hasta que zaz, me llegó el verdadero amor.

Aproveché la pausa dramática de Ester. Me puse en pie de forma algo estudiada, con lentitud e indiferencia, sin mirar hacia el vórtice de tus ojos. Caminé en torno a la mesa, levantando aquí y allá una lechuga o un rábano para darle verosimilitud a lo que cualquier despistado habría calificado de vil abordaje. Noté que Irgla dominaba la escena con naturalidad. Manejando los cubiertos elegantemente lograba suspender la atención de todos gracias a un cierto ritmo que imprimía a sus actos; ya fuera que detuviera el proceso de masticación para escuchar con mayor deleite las más atroces banalidades o que usara la punta de la servilleta para posarla en las diversas porciones de sus labios, diríase que estaba materializando en el aire una serie de cuadros memorables.

—Quédate quieta –le dije.

—¿Para qué? –preguntaste no sin cierta domesticada virulencia.

Había en tu voz una de esas leves tonadas que aparte del encanto natural poseen la particularidad de sugerir paisajes y cosas de esas a los de imaginación apresurada.

—Quiero estudiar lo que tienes adentro de los ojos –dije.

—No vas a ver lagos ni estanques –dijiste– solamente platos.

—¿Podrías ponerte en pie y caminar? –pedí.

—Soy paralítica –dijiste y con ello clausuraste el asunto.

La verdad es que estaba buscando el defecto. Aquella noche, para consolarme, inventé un lunar horrible sobre el párpado derecho. Traté entre sueños de discernir si era parte del maquillaje o un imperdonable error de quienes te fabricaron.

Por eso es que cuando concertamos la primera cita –y cómo llegué a ella es complejo de explicar; creo que Abusaid fue el pretexto, y la discusión de mi novela, la carnada– le pedí que asistiera desnuda, para considerar sin obstáculos todas sus partes.

La vi venir desde su edificio hacia el mío. Yo me había sentado en la atalaya del octavo piso de McCollum con los pies colgando sobre el abismo. Es perfecta, casi perfecta, me decía el Savonarola que llevo dentro, sabe vestirse, lo que puede ser un obstáculo, pues el más elemental tratado sobre el amor especifica que a mayor elaboración en el andamiaje mayor grado de dificultad en el proceso de seducción.

Cuando bajé estaba sentada en la sala de los televisores. En torno suyo y a distancias diversas se habían dispuesto media docena de observadores. El más osado estaba a punto de aventurar una pregunta. Parecía estar legítimamente absorta en la lectura de un libraco de lomo considerable. De vez en cuando levantaba los ojos, el resplandor de sus ojos, y sonreía a los asediantes. O es demasiado ingenua o confía en el poder de su personalidad, me dije, conociendo como conocía la calidad de las alimañas depredadoras que estaban en torno a ella.

Tras un prolongado estudio opté por acercarme. Me dejé caer pesadamente en el sillón frente a ella y le pedí que me dejara mirar de cerca su ojo derecho.

—Me niego –dijo–, no soy un caballo.

Pero ya me había percatado de que no tenía la mancha ominosa. Irgla, a su vez, se había fijado en mi aspecto. ¿Por qué no te cortas el pelo?, preguntó. ¿Para qué?, respondí. Para que no parezcas un hombre de las cavernas. Lo que pasa, expliqué, es que me gusta parecerme a Beethoven. Además, ¿cuándo has visto a un genio con corte militar?

También hablamos de otros temas, pero fueron intrascendentes. Creo.

Las cosas no eran para ti lo que aparentaban ser, los sucesos siempre significaban algo más profundo que debíamos intentar descifrar aunque supiéramos que era imposible. Si compartíamos, por ejemplo, una manzana y yo me abalanzaba sobre ella para mutilar un trozo de simetría, tú te alarmabas. Así no, decías, no seas tan primitivo, tan profano, debes aprender a respetar. Entonces tomabas un cuchillo, trazabas, con delicadas incisiones, dos líneas que se cortaban perpendicularmente en los polos. Luego arrancabas con las uñas, cuidando de no lastimar ni un gramo de carne, la piel hasta dejar el fruto totalmente desnudo, en un proceso minucioso y desesperante que podría durar media hora. Cómo era posible que no me emocionara, que no reventara de gozo viéndola honrar de tal manera los frutos de la tierra. Súbitamente la manzana ya no era una manzana sino algo más grande, algo demasiado significativo que podría perderse devorado por el tiempo irrecuperable. Irgla tomaba el fruto entre sus manos, estiraba los brazos y sostenía la manzana ya despojada de fulgor sobre las cimas de las yemas de sus dedos y permanecía mirándola y en sus ojos resplandecía una luz y en su respiración había un revuelo que yo sólo había conocido en circunstancias muy diferentes. ¿No te da pena comerte esta definición de Dios?, preguntaba. Sobre la mesa yacían los jirones de piel, colocados en un sospechoso orden. En fin, suspiraba, está visto que eres un bárbaro. Comamos, si eso es lo que te preocupa. Comamos y bebamos que mañana moriremos. Y sin embargo, había más. El ritual no había terminado. Cortabas la manzana en cuatro gajos, la abrías como una flor, separabas un trozo y musitabas una palabra. Abre las fauces, decías. El mismo proceso sufrían los otros dos pedazos. Me intrigaban las palabras que musitabas cada vez que ofrecías en sacrificio, ¿qué duda cabe?, un gajo. No quisiste revelarlas y tampoco hacía falta, eran evidentes. El último trozo –y esto tampoco quisiste explicarlo– no nos pertenecía y por lo tanto debíamos dejarlo intacto, al igual que una mínima parte de cualquiera de los alimentos. ¿Para quién? ¿Para qué desperdiciar? ¿Tributo a los espíritus famélicos? ¿Cómo vincular los dos planos? Más de treinta siglos de filosofía habían pasado sin solucionar la que parece ser una conjunción imposible. Luego supe –impulsado por la necesidad de comprenderte– que los espíritus no se alimentan de la carnalidad de los alimentos sino de una especie de efluvios que ellos emiten, lo que podría llamarse el ánima de los espíritus más simples, aleluya.

La enfermedad era grave. Entresaco algunos fragmentos de mi primera carta: «…al no arriesgarnos por temor estamos negando lo mejor de nosotros mismos: la imaginación. El arraigo y la estabilidad hacia los que tiende el hombre lo hacen semejante al mineral. Pero la tensión verdadera, su esencia más íntima, la constituye el movimiento, la capacidad de aventurarse».

—Schopenhauer –dijiste, y con ello sepultaste el argumento e iniciaste la costumbre de convertirme en un desventurado incapaz de decir o escribir algo que fuera nuevo para ti.

Mujer paradoja, estabas estudiando las doctrinas conductistas y tu lenguaje se hallaba plagado de refuerzos positivos, teorías de comportamiento, estímulos y respuestas, que se me hacían aborrecibles, tanto por su feliz convivencia con las prácticas místico-simbólicas, como por la naturalidad y certeza con que pasabas de un trapecio al otro sin perder un instante ni el resuello ni el estilo.

Mujer pública, eso eras. Encantadora de serpientes y gordas recepcionistas y respetables doctores. Contorsionista del saber social. La gordísima, esa que debía portar los brazos abiertos para contener el alud de grasa, la que atendía la conserjería de Lewis Hall, se echaba a temblar cuando te veía. Lanzaba un alarido cinematográfico, Ouuuu, here comes Irgla, lo que era una advertencia y una convocatoria a todos los presentes, entonces te salían al paso dos, tres, cinco personas que deseaban hablar contigo asuntos urgentísimos a los cuales, naturalmente, no te podías negar. Que Larry estaba tratando de acostumbrar a su canario a la marihuana y todos los días le echaba humo en el pico a la fuerza, qué te parece; que Doreen, el cínico, estaba haciendo campaña para ganar la presidencia del edificio y no prometía nada, por el contrario, afirmaba que los electores debían agradecerle su magnánima postulación; que los muchachos de Sexo al Máximo habían iniciado pláticas con la pobre de Mariko y sin duda intentaban reclutarla para deleite de dos o tres pervertidos tentados por su carne regordeta, fresca y amarilla; que Melissa por fin había perdido la pureza a manos de un árabe y ahora no sabría cómo responderle a su padre cuando le preguntara como todos los sábados por teléfono desde Cleveland, Mel, are yo still pure?; que el cuitado de Jack ya no soportaba a Ted, todo el día comiendo, todo el día viendo televisión, todo el día repitiendo con su voz de locutor las propagandas, y lo peor de todo, just imagine, manoseándose descaradamente frente a su compañero, un chico más simple que el alma de un santo y más desconocer del mundo que un recién nacido.

Extraño caso el de Irgla. Esa especie de esquizofrenia que le permitía afrontar los problemas más escabrosos de los demás, las más sórdidas situaciones, sin que ello afectara en lo más mínimo su concepción, llamémosla, casta del mundo y, sobre todo, sin que el gesto de placidez eternizado en su rostro variara en un ápice. Le parecía muy natural, por ejemplo, que Farah, la persa del noveno piso, hiciera el amor con un texas kid perdonavidas y durante el acto lanzara alaridos feroces que alertaban a todo el edificio; y tan natural le parecía, que viviendo al lado de la sufrida gozadora, podía estudiar a fondo durante los conciertos de suspiros, gemidos y llanto. Muy en contra de su voluntad y ante las súplicas de las compañeras del piso, Irgla se encargaba en forma rutinaria de tocar a la puerta de Farah para preguntarle si estaba bien. Y además aclaraba: Yo te comprendo Farah, y si vengo a importunarte es solamente con el objeto de tranquilizar a los demás que se encuentran convencidos de que te están asesinando. La persa cumplía con el ritual de las disculpas, juraba que en esta ocasión tanto ella como John habían sido especialmente sigilosos para que nadie se diera cuenta y externaba su alarma con renovado llanto y flamantes gritos: ¿qué sucedería si sus compatriotas se daban cuenta de la transgresión? Me van a matar, Irgla, tú no los conoces.

En su labor de Miss Lonely Hearts Irgla iba de un lado a otro azotada por el insomnio, aconsejaba a uno, regañaba a otro, organizaba rifas para socorrer a los que perdían el trabajo o querían retornar a sus países. No era extraño que se encerrara durante horas con un par de búfalos negros de los que tienen aretes en las orejas y las narices para tratar de conciliar a grupos que estaban dispuestos a partirse los espinazos y que cuando salieran los guerreros, fueran los dos abrazados, cantando alabanzas a Irgla en sus lenguas incomprensibles.

—Un día de estos te va a pasar algo, divina Irgla, te lo advierto, no todos los hombres son buenos como imaginas.

—¿Homo femini lupus?–preguntaba candorosa e irónica. Claro, la superioridad natural del bien, la luz siempre derrotará a las tinieblas, alabada seas.

—Mírame a los ojos y tómame de las manos, pero hazlo con intensidad. Ahora cierra los ojos y piensa que eres malvado, que me odias y que vas a hacer conmigo lo peor, lo peor de lo peor. Te doy un minuto.

Yo me concentraba. Quería gruñir pero sólo lograba articular sonidos mimosos, ridículos.

—Bueno, ¿qué quieres hacerme?

—Pss, darte un beso de lobo feroz.

—¿Ves?

—Dios mío, cómo eres cándida, ¿no ves que yo te amo? ¿Cómo voy a hacerte mal? Lo que pasa, querido repollo, es que tienes complejo de Francisco de Asís. Mira, ya no estamos en tiempo de santos. Ésos ya pasaron de moda. Ya no hay milagros. ¿No ves el mundo? En Latinoamérica deshuevan más hombres que caballos. Aquí, en USA, un perro vale por mil niños africanos.

Argumentos pálidos ante Irgla. En el fondo tenía razón. Bastaba estar a su lado para sentir un cambio de atmósfera, un ánimo de sosiego. Tal vez era simplemente que tu belleza, tu belleza indudable, desarmara a los belicosos, te colocara sobre ellos y los obligara a adorarte. Tal vez. Pero cuando pienso en bellezas de tipo místico, cuando veo las madonas de Sanzio, me doy cuenta de que hay algo inhumano en sus gestos, una especie de expresión ausente, casi estúpida, que nada tiene que ver con este mundo, mientras que cuando pienso en ti me percato de que eres demasiado humana, tus ojos son muy sensibles, dolorosos, dulces, ojos de saúd, siempre con una vehemente pasión compartida, verdaderamente sufres por los que se acercan a ti, pero tienes una fortaleza que te permite flotar donde los demás naufragan, una lucidez mayor que te permite arreglarlo todo a veces mediante el simple cambio de disposición de los objetos en un cuarto.

Otra de mis cartas de amor decía: «y sin embargo se puede suponer que habrá un instante en que se concilien la estabilidad y la imaginación: cuando el otro resuma las posibilidades, cuando el otro sintetice a todos los posibles otros. Entonces el arraigo se transformará en aventura y el ser humano logrará su máxima expresión: se transformará en obra de arte.»

Levantaste los ojos del texto y dijiste Paul Valery.

¿Qué hacer? Eras invulnerable. Mi tesis de que las callosidades femeninas se ablandaban con frases célebres no funcionaba sobre tu excelsa maquinaria. Además existía el problema de que mis actos, los arrebatos que suscitaba tu contención, no coincidían con los discursos de mis epístolas a Santa Irgla.

 

BLANCO MAYOR

En mis investigaciones hallé una frase digna de consideración. «Si queréis conquistarla, pegadle un puñetazo en la nariz.» Creo haberte hecho más que eso. Te acusé de cursi, de mojigata, de taimada, de solterona precoz, luego te hice las descripciones más minuciosas de mis gozosos pecados, más tarde te zampé una cachetada en pleno centro de Kansas City (está bien esperar hasta que la dama escoja un vestido que le agrade, pero no pasar tres horas a la puerta de una tienda y luego recibir un regaño por confraternizar con una vaquerita del Medio Oeste). Tuve extensas conversaciones con Ester y la convencí –aunque ella no necesitaba demasiado verbo para aceptar lo que era una gloriosa práctica, un puntual ejercicio de pasión hacia Manolo– para que te aleccionara y te dijera que aquellito era lo mejor de la vida y que era el colmo de la aberración que a los veinticinco siguieras virgen.

Antes morir que pecar. Ésa era una de tus banderas. La otra: ya no hay moral. Poco originales, es claro, pero efectivas cuando se trataba de poner escudos invulnerables contra mis argumentos. ¿Qué debía yo hacer para acceder al añorado chumpulum? ¿Esperar pacientemente el rayo de la gracia, la anunciación celestial, la armonía de las esferas? Te di prolongadas conferencias sobre la necesidad de trascender el umbral, te pinté con mis mejores colores las delicias que estaban agazapadas al otro lado, hasta llegué a afeitarme, a cortarme el pelo, a comportarme como el gentleman que no había sido jamás.

La voluntad, dijiste, mi voluntad, no tiene nada que ver con el asunto del chumpulum, discúlpame, quizás un día de estos en algún sueño aparezca la clave. No creas que no he estado tentada durante tantos años de vida a entregar mi virtud a algunos de los que me han hecho la corte.

Entre pausas y aplazamientos, superando mil rabietas porque debía hallar un hueco semanal en tu agenda de consultora sentimental, consciente de que yo era apenas uno, no del todo privilegiado, entre tus asediantes, me fui enviciando contigo. Cumplía de mala gana con mi trabajo de profesor y jamás emprendía las lecturas asignadas. La profesión del amor, del amor verdadero, supongo, ocupaba todo mi tiempo. A veces el alto honor de compartir una película contigo y sentir que tu mano se abandonaba tal vez por compasión a la mía. Y en ocasiones la explosión: Vamos, Irgla, metámonos en el baño, encerrémonos en el salón de música, besémonos como locos a ver si convocamos de una vez a los malditos espíritus que te protegen el coñito.

Bastaba una sola palabra que aludiera directamente a tus partes secretas, aunque fuera pronunciada con todo el cariño y la devoción del mundo, para que te pusieras de pie, toda dignidad y trapío, y salieras de mi vida durante una o dos semanas.

Si el asunto era buscar rincones propicios, ombligos de energía o fuerzas confabuladas, yo estaba dispuesto a agotar el campus de Lawrence. Hallé dos o tres rincones alejados del mundo. Allí fuimos a experimentar nuevas formas de agresión. Nos perdíamos en los extensos laberintos de Watson Library, bajábamos a las catacumbas de los incunables en el romántico ascensor de rejillas y agotábamos tardes enteras fingiendo estudiar –bueno, por lo menos yo fingía, pues, ya lo dije, no tenía otra cosa en mente que aquel monstruo de indiferencia– y el resultado fue que mientras Irgla se transformaba en la mujer «A», yo me torné en la vergüenza indudable del Departamento.

—Mira –le dije señalando a una anciana flaca, encorvada como un garabato, ataviada con una especie de turbante sucio y un kaftán de tela basta–: ése es tu futuro.

El trasgo se hallaba inmóvil, como empotrado en su cubículo.

Así la vimos durante meses, siempre en la misma posición, los tobillos juntos y las piernas abiertas. Hasta llegué a tomarle cariño y entendí la alta finalidad de su vida: probar con la ayuda de una computadora que todos los personajes femeninos de Shakespeare no eran sino variaciones de uno: Catalina, la fierecilla domada.

Te llevé al cementerio abandonado y te hice pasar sobre el que desde entonces comenzaste a llamar el Puente de los Saludos. Leímos las inscripciones en las lápidas. Hallamos que la mayor parte de las tumbas correspondían a víctimas de la última matanza de blancos que hicieron los sioux o los cheyenes a principios del siglo XVIII. Nos gustó particularmente una estrofa que pudimos descifrar tras arrancar el pasto y limpiar la tierra. Allí yacía enterrada una pareja de cuáqueros (antiguos fabricantes de avena) que murieron calvos y abrazados. Decía Rejoice those who lived and loved on earth for you will live and love again.

—Contra el fuego prevalecerá el amor: contra la muerte y su instrumento, el tiempo –dije.

Irgla me miró con cierto escepticismo. ¿Hablas en serio?, seguramente eso pensaba. ¿Hablaba yo en serio? Confieso que creo que sí.

Había tal silencio cuando los autos no pasaban raudos o cuando los trailers no hacían retemblar la tierra con su innúmera cantidad de llantas y su estruendo de mil cuadrúpedos metálicos, que se escuchaba, casi se podía sentir sobre la piel, el aleteo de las golondrinas, mugidos de vacas que podrían estar a kilómetros de distancia, el chapoteo de los peces en estanques perdidos.

Al otro lado de la carretera interestatal, allende el Puente de los Saludos, estaba la Universidad de Kansas en Lawrence.

Cada vez que pienso en Irgla y ella no está a mi lado me da una terrible ostalgia. Es sabido que la ostalgia se diferencia de la nostalgia, en que es más profunda y dolorosa. La ostalgia es una nostalgia que viene desde los huesos. Irgla es de ese tipo de mujeres que solamente se podrían evocar recurriendo a fragmentos de otros seres, a rasgos de la naturaleza, a gestos sólo hallables en ciertos animales de feliz placidez. El cuello de Lucrezia Panciatichi de Bronzino: alto, esbelto, delicado y sin embargo firme, con algo de cisne y algo de columna. Un cuello, diría, privilegiado, que utiliza grácilmente y sin conciencia del estrago que causa en los admiradores. El rostro delicadamente ovalado en el que las mejillas crean sombras que Rembrandt se hubiera empeñado en vano en imitar. Mejillas frutales y besables durante cuatrocientos años. Ojos grandes. De ciervo herido. De saúd. Ellos fueron el motivo de uno de los únicos textos luminosos que he escrito en mi vida. Lo escribí a la semana de conocerte. Comienza así: «Sus ojos enormes y tristes, sus hábitos simples y plenos de significados, la gran emotividad que imprimen a cada gesto, la misteriosa impresión de ausencia o descuido, la radical soledad que parecen sufrir a pesar de un desamparo que exige a gritos protección, caricias interminables y sin embargo sutiles…»

A Irgla también le llamaron la atención mis ojos.

—Miras demasiado fijamente –dijo– casi no parpadeas. Tienes ojos de violador, de loco peligroso.

La brisa hubiera doblado tiernamente los tallos del trigo joven si el campo estuviese sembrado. El sol del otoño iluminaba la tarde. Apoyados en la baranda del puente sobre la carretera interestatal vimos fenecer aquel día memorable en que conjeturé con alegría que no conocías ni siquiera los rudimentos del beso más casto. Como loquillos estuvimos saludando a la distancia a los que pasaban en sus autos rumbo a otros estados menos felices.

Una vez puesto el pie en el primer escalón, logré convencerte que los que bien se aman –y ya era evidente que nosotros iniciábamos ese deleitoso camino– aman la soledad y aborrecen cualquier estorbo de la compañía y conversación y por ello era indispensable que nos aisláramos del mundo, aunque fuera encerrándonos en el Salón de Música de Lewis Hall.

Es sabido que el disimulo es madre del abrazo y el abrazo cómplice del beso y éste a su vez impone que los cuerpos se acomoden y se junten. Para Irgla tales manifestaciones de, digamos, cariño, eran motivo de cautos júbilos que no podrían calificarse de transportes; para mí llegaron a ser desfogues de pasión que mancharon algo más que mi alma. Del salón de música salías incólume, ordenada y pulcra, luciendo la sonrisa de Doctora Corazón que te había hecho famosa. Te burlabas:

—Ajá, conque el lobo feroz, muy gran gurú, don Barbarroja, ¿cómo es posible que todavía tengas esas debilidades de adolescente?

—Lo que pasa es que eres frígida. A ver, ¿cómo haces para no emocionarte cuando te acaricio las cabritas?

—Pues pienso en Dios, en Santa Lucía, a la que no la movían ni diez bueyes, desconecto el vínculo entre el estímulo y la respuesta, cruzo los dedos atrás de tu nuca bárbara y me digo «todavía no, todavía no estoy lista, Dios, dame fuerzas para soportar esta prueba».

Luego me contaste que nunca te habías tocado por allá, que jamás habían tenido debilidades «naturales», que lo único relacionado con el sexo que habías visto en la vida (aparte del artístico pipí del David de Miguel Ángel) era a un perro vecino cuando se le subía a la pobre de Lady Diana. Recuerdo –dijiste– que mamá corrió a cubrirme los ojos con la mano y le dijo a la sirvienta: «Rápido, échales una sábana encima.»

—No te creo –dije– una mujer como tú debe tener su historia.

—La virtud –¡de nuevo!– carece de historia, sólo el pecado la tiene.

La frasecita tenía lo suyo. Tuvo por lo menos justificación a lo largo de nuestra relación. Nunca llegué a saber de tus labios ni una sola escena ambigua o coherente de tu pasado.

—Por lo tanto –agregaste– supongo que tienes mucho que contarme, ya que presumes de pecador empedernido.

Ventura (Ventura soy yo) sufrió lo indecible cuando Jenny le soltó a quemarropa que todo había terminado, kaput, the end, muito prazer, caro menino: vamos a cumplir con el trato: cuando llegue la primavera y asomen los primeros brotes de verdor, arrivederchi latin lover, porque como sabes, pronto vendrá mi boy friend –no, la palabra fue fiancé– y volveré a la senda de la respetabilidad, nos casaremos de blanco, con tuxedo él, gran pastel y muchísimos invitados, el Departamento de Español en pleno y tú, minino, no asistirás por obvias razones, ¿qué te parece?

A Ventura, que había gozado de un bello y fulminante romance con la pequeña Jenny, le pareció una locura: cómo terminar así, tan fríamente, con un apretón de manos, algo que había sido tan aparatosamente bello.

Hacía apenas un año, casi recién llegado de Colombia, la primavera le había reventado en pleno centro del corazón. En lugar de tomar el autobús desde McCollum hasta el Departamento de Español, decidió caminar, o más que caminar, ir de salto en salto, de asombro en asombro, descubriendo los brotes de una vida que apenas tuvo tiempo de sorprender en el instante en que alcanzaban su esplendor. Los gringos, acostumbrados ya al suceder de las estaciones, lo miraban risueños y condescendientes, indígena en el salón de espejos, ¿es que nunca habías visto una primavera? Pero Ventura no les prestaba atención. Los ojos se le extraviaban en aquella resurrección de colores tras la temporada deslumbrante al inicio y luego monótona de la blancura infinita. El aliento no le alcanzaba para aspirar tantos y tan diversos aromas. Los lirios del campo que surgían al azar con su bíblica y humilde belleza; los narcisos con sus enigmáticos dibujos, mensajes: las lilas en macizos de un amarillo pálido que convocaban halos de abejas aburguesadas, ahítas de dulzura; los jazmines de Virginia, tan carnales, tan desvalidos; los jardines acuáticos que hacían florecer islas verdes, violetas, blancas en la superficie de pequeños lagos de penumbras entrevistas a través de bardas; casas de seres felices, tal vez suspiraba Ventura; nenúfares, lotos, oleadas de retamas rosadas embelleciendo una llanta abandonada en un patio; los basureros iluminados por destellos celestes, por rojos nobiliarios; el verdor inocente de los primeros brotes, formando un cielo terrenal; Ventura de rodillas juntando flores, besando la tierra, oh, haciendo el amor con el tiempo. Era, en fin –para todo había clasificación– la proverbial spring fever, una enfermedad del alma, decían, que atacaba con mayor rigor a los extranjeros y que a Ventura, en la soledad de sus primeros días, acometió con particular severidad porque nunca hasta entonces, dijo, había visto en el mundo un cambio tan deslumbrante, de la negación total, del cero absoluto, a una explosión de belleza verdaderamente salvaje y tan perniciosa que se le metía a la sangre y lo hacía delirar. En mi tierra no conocemos esto, decía, allí el paso de un estado al otro es tan gradual que no nos damos cuenta, el tiempo no está tan presente ni se halla cortado a lo esquizofrénico, allí el esplendor parece estar distribuido a lo largo de todo el año. Y mientras teorizaba seguido por Becker, dispuesto siempre a acolitar cualquier cambio de ruta, Ventura se instalaba florecillas en barba y cabello y bolsillos y entreveradas con los cordones de sus zapatos y asomando entre las páginas de los libros. Hay que celebrar la llegada de la primavera, dijo Becker, y se sentó en la acera a forjar un vasto puro de hierba. Amorosamente desmenuzó el contenido de un paquete del tamaño de su mano y luego, luchando contra la brisa, logró fabricar un artefacto de dimensiones inconcebibles. Estuvo contemplándolo durante un momento, las manos juntas, en actitud de budista reverencia y luego le dio fuego. Una columna de humo nubló el paso de los estudiantes. Hay para todos, decía Becker. Y si él decía que para todos, era en serio. Si algún policía hubiese pasado, Becker, con esa decencia burlona que siempre tuvo hacia la autoridad, le hubiese ofrecido un trozo de paraíso.

—¿Quieres? –preguntó a Ventura.

Ventura se hallaba absorto masticando hierba, en cuatro patas.

—Ahora comprendo a las vacas –dijo.

—¿Quieres?

—Imposible. Ya mis sentidos están echando humo. Otro poco de belleza y se me revientan los órganos de la felicidad.

A Becker no le interesaba ir a dictar clases. Estaba absorto en un milímetro cuadrado de pétalo y de allí no lo sacaría ni un batallón de académicos.

—Aquí me quedo hasta la próxima primavera –dijo, y Ventura supo que tendría que regresar al anochecer para llevarlo a su casa, aunque fuera con el auxilio de la fuerza bruta, si no quería ver a su amigo adornado con esposas o en el hospital universitario.

Ventura llegó al Departamento de Español disfrazado de primavera. Recorrió los corredores del primer piso y saludó al decano y besó a la secretaria Loefer, de frondoso pechamen; feliz, llegó a su oficina, en el sótano, tras deambular por el complejo subterráneo donde los estudiantes de la maestría dilapidaban casi de perfil sus vidas en medio de lecturas mezquinas, celéricas: cada obra maestra tiene un misterio, una fórmula secreta que deben hallar y convertir en cifra, ¿cómo?, lectura, jóvenes, kilómetros de letra impresa, toneladas de papel, anfetaminas, café descolorido, una sonrisa de vez en cuando y mirar de reojo el mundo exterior. Ventura tiró los libros sobre su escritorio y sacó a pasear su papel de violetera. Colocó flores en la máquina de escribir del taciturno, en la biblioteca de la Di Meola, regó a lo largo del corredor, formando un rastro que lo llevó directamente a la cabellera de Jenny Preston, cuyo portentoso cerebro, coronado por las flores blancas, adquirió cierta dignidad clásica algo reñidacon su overol. Sin separar los ojos del libro lanzó una mano al aire como quien espanta un insecto.

—Déjame en paz, minino, que debo leer cien páginas en menos de una hora –dijo. Y sin embargo permitió que Ventura siguiera distribuyendo aquí y allá las pequeñas flores silvestres.

Tan concentrado estaba que no se dio cuenta del momento en que Jenny empujó la puerta con su pie de japonesa y, sin preámbulos o disculpas, se le colgó del cuello y le dio un beso extraordinario y sorpresivo.

Luego, ya libre de sus brazos pero prisionero del asombro, Ventura se involucró en una larga e inquisidora mirada que los ojos de Jenny no acertaron a desarmar.

—¿Yo qué hice? –preguntó Ventura sintiéndose acaso culpable de haber alcanzado algo semejante a la dicha sin haberla merecido.

Jenny se descolgó de los hombros del seductor, bajó la cabeza y observó con remordimiento el libro.

—Discúlpame –dijo– no pude evitarlo. En lugar de concentrarme, me puse a meditar en las palabras de Góngora.

—¿Góngora?

—Sí, Góngora tuvo la culpa. Escucha: “Goza cuello, cabello, labio, frente, antes que lo que fue en tu edad dorada oro, lirio, clavel, cristal luciente, no sólo en plata o viola trocada se vuelva, mas tú y ello juntamente en tierra, en humo, en polvo, en sombra, en nada.”

—¿Te estás aprendiendo de memoria los poemas? –preguntó Ventura consciente de que cometía un error.

—Me basta una lectura para memorizar lo que me agrada –dijo Jenny levantando su cabeza sobre un cuello largo, diáfano, nórdico, pero con pliegues de antigua gordita.

—Ahora –dijo volviéndose a sentar, los codos flanqueando el libro, el cabello delgado, casi transparente, cayendo sobre las páginas– vete.

—Hablemos de amor –dijo Ventura, aferrándose a la última posibilidad.

—Del amor sólo queda el veneno –citó Jenny–. Por favor vete.

Ventura buscó una estrofa para responderle pero halló que su cabeza era apenas un hueco lleno de nueces.

—No admito actos motivados por simples palabras –dijo–. Exijo una explicación–. Atrajo una silla, abrió las piernas y se sentó frente a Jenny. Colocó su cabeza sobre el libro abierto y miró de cerca sus eruditos ojos limpios. Las florecillas se deslizaron del cabello de la Preston y cayeron sobre la barba del asediante. Un bello rictus de resignación se dibujó en los labios de ella y se inició la confesión.

—Desde aquel día en que me acariciaste la cabeza en público sin ningún motivo, siento escalofríos cada vez que pasas a mi lado. Y conste que en el fondo te detesto –dijo–; no admito tu actitud eternamente deportiva.

—¿Yo te acaricié la cabeza?

Jenny siguió hablando ensimismada.

—Fue un acto involuntario, como el del perro que segrega saliva. Perdóname. Déjame en paz. Vete. Que no lo sepan en el Departamento. No volverá a suceder.

—¡Pero si yo quiero que vuelva a suceder! –gritó Ventura levantando una estela de flores.

—Es que estoy comprometida. Me casaré –suspiró–la próxima primavera.

—Pss, falta un año. De aquí allá, imagínate.

Y en diciendo imagínate envolvió a Jenny Preston (quién lo diría: ella que aterrorizaba a Brushwood con sus observaciones de inabarcable agudeza) en un abrazo tan entusiasta que la trasladó de su silla de ella a sus piernas de él, que la hizo volar en torno a la oficina y la depositó, no sin ternura, sobre el libro. Cayó apenas lo necesario el overol, descendieron los panties, las breves nalgas de Jenny se aposentaron sobre la antología Renacimiento y barroco de Elías L. Rivers y allí, así, frugalmente, en el centro del ignominioso laberinto de grandes devoradores de libros, burlando la vigilancia de los centuriones, de los negros nubios y los viejos y tristes barrenderos, se consumó el acto de la consagración de la primavera.

(Irgla no creyó el relato. Yo confesé que lo del acto consagratorio era ficción, pero juré que el beso era verídico y que la comunicación íntima se inició al poco tiempo.)

—¿Y Becker? –preguntó Irgla–. ¿Qué pasó con Becker?

—Tuve que ir a buscarlo a la cárcel porque se metió a un jardín a comerse las rosas orientales de una viejita maniática de esas que siempre hay en los pueblos del Medio Oeste.

Miré a Irgla tratando de descubrir el efecto que la historia le había producido.

—¿No tienes comentarios? –pregunté.

—¿Jenny es la enana escuálida con la que te vi fingiendo hablar en portugués frente a Wescoe?

Confesé que sí.

La sonrisa de Irgla –conmiseración, sorna, tristeza, desencanto– vedó toda respuesta.

Abusaid se dio cuenta de que yo le estaba arrastrando el ala a la mujer de los ojos velados. No dijo nada. Se limitó a iniciar una rabiosa guerra de silencios. Procuraba estorbar mis rituales y anticiparse en todo. Ocupaba el espejo con mayor asiduidad y emprendía sus letanías quejumbrosas en los instantes en que yo pretendía dormir. Sus ejercicios matinales, esa lucha sin tregua contra el insulto de un abdomen poco a tono con su imagen de hombre de mundo, se hicieron estentóreos, obscenos, vengativos. Sobra decir que no volvimos a filosofar sobre el amor, a jugar tenis o a compartir confidencias. El teléfono, situado exactamente entre las dos camas, fue objeto de asedio y espionaje. Irgla fingía ignorar la contienda que su gloriosa persona suscitaba. Hablaba indiferente con uno u otro e incluso llegaba al extremo de pedir cambio de interlocutor. Si resultaba ser yo el más rápido en desenfundar el auricular, el persa atacaba una canción. Los ojos cerrados, ligeras palmadas en sus muslos, susurros, invocaciones, o más molesta aún, la monótona cantinela de sus rezos, las cuentas de un collar de ámbar fosforescente discurriendo entre sus dedos. Mi venganza –que en realidad no era tal, pues yo no lo hacía con mala voluntad sino como la continuación de una costumbre– llegaba al amanecer. Poseído por las musas caprichosas que me visitaban en los sueños me levantaba a escribir a máquina. Seguía obsesionado por la idea de escribir una novela que permaneciera enteramente en el plano onírico y que incluyera en diez o doce figuras básicas –confesémoslo, arquetípicas– a todo el género humano en todas las circunstancias posibles. Una especie de ars combinatoria como la de Bacon, pero aplicada a la literatura. Quería ser, digamos, el Santo Tomás de la Literatura Contemporánea. Ni más ni menos.

Meses antes Abusaid me hubiese traducido sus cánticos, los habría ilustrado con recuerdos de infancia, descripciones de la topografía o costumbres de su país. Ahora, entonces, eran refugios contra la soledad y la derrota. Aunque lo negara se había enamorado de Irgla. Sus teorías sobre el amor como invento, como mentira para sobrellevar el radical aislamiento al que están condenados todos los hombres, eran máscaras que pretendían paliar su fracaso. Era falso aquello de que love doesn't exist, only fucking. Falsísimo. Yo acepté tal postulado en el instante en que llegué a mi habitación hecho trizas tras romper con la menina Jenny. Pero lo hice porque era conveniente y porque quería creerlo.

Abusaid lanzó una carcajada casi injuriosa cuando le conté la razón.

—¿Conque era eso, ah, mal de amores, mal de tontos?–. Tenía una serena forma de existir, una sostenida indiferencia, hablaba moviendo apenas los labios, como una esfinge–. Ventura, olvídate del asunto, el amor no existe, sólo la fornicación.

Emitió otra carcajada teatral. Su cuerpo se encrespó por un instante y luego se aquietó. Soberanamente extendido sobre la cama dijo:

—Y menos con las norteamericanas. Para ellas el amor es una contabilidad de orgasmos.

El sabio Abusaid me convenció.

—Todos los líquidos del cuerpo no son más que uno –dijo–. La densidad varía, pero el gasto de cualquiera de ellos da como resultado la calma.

Creí entender que me estaba invitando a sacarme a Jenny del cuerpo mediante un partido de tenis.

—No –explicó–: hoy debo guardar mis humores para Lily White. Vete a jugar básquet.

Era una orden y la obedecí. Me puse ropa deportiva y bajé corriendo las escaleras de McCollum.

Allí estaban mis negros preferidos. Big Ben, el primero, más de dos metros de elegante pereza, sus manazas como palas; también Bull, pequeño y jactancioso; Bird inventando ritmos con los chasquidos de sus dedos y mil formas de silbar; Lake, fino, silencioso, adicto a los secretos. Aceptaron que Mister Colombias –denominación que me asignó Big Ben al instante de conocerme; para él, como para muchos de los de su raza, lo primero era marcar con un apodo, generalmente marcial, a sus amigos: era la forma más sencilla, quizás reminiscencia del pasado esclavista, de iniciar el juego de las complicidades– formara parte de su equipo. Más que participante fui espectador de un baile ceremonial en torno a la canasta. Todo salto, giro o finta eran parte de una coreografía que sin plan previo iban descubriendo. Si uno quería entrar en los secretos del juego era necesario poseer las dotes de un profeta. Nunca la lógica, el orden o el camino más corto, nunca el pase simplemente efectivo, sino el absurdo, el desorden, el adorno, la fiesta. La bola giraba en la punta del dedo índice de Ben, caía a lo largo del brazo, adquiría vida propia y rodaba sobre sus hombros, tras la cabeza, llegaba al hombro opuesto, que con un suave envión le daba impulso para seguir su camino siguiendo el otro brazo hasta llegar a la mano contraria, luego al suelo de donde rebotaba en medio de sus piernas y se elevaba hacia la otra mano que la esperaba atrás. Súbitamente la bola ya estaba en poder de Bull, quien sin dar tiempo a que los del equipo contrario lo marcaran miraba hacia la derecha y lanzaba la bola hacia la izquierda a una altura inverosímil; de la nada surgía Bird quien en lugar de tomar la bola, lo que hacía era usar las yemas de sus dedos como repelente, colocarla a la altura de la canasta, para que Lake se levantara del suelo de espaldas a la canasta y con la mano derecha, diríase con desprecio, la clavara mansamente. Y luego era la celebración. Mirarse agachando la cabeza, inmovilizarse en la sonrisa, contener la emoción, sentir que el tiempo pasa, escuchar los silbidos de Bird, los aplausos de Lake, los aullidos simiescos de Ben y finalmente abalanzarse los unos sobre los otros Oh, yea, number one y comienza el baile y la canción, reviviendo quién sabe qué ocultos demonios que los demás, nosotros, no alcanzábamos a comprender. Frente a ellos, los del equipo contrario, un nativo de Oklahoma, un argentino, dos brasileños y el griego (nunca creí justo llegar a conocer a un descendiente de Ulises jugando basquetbol y menos que fuera ventripotente y tonto tomo Nikos) no eran más que habitantes de un mundo pálido, carente de música, elemental.

Hay pocas verdades absolutas. Una de ellas es ésta: cuando el ser humano se halla al borde de la resistencia, agobiado por la desesperanza y se siente estúpido, inútil, mierda en su estado más puro, le basta enfrentarse y gozar de una obra de arte para salir del abismo. Esa misteriosa alquimia que produce el arte surge de extrañas fuentes que no quiero o puedo desentrañar. Después del partido de básquet, sudoroso y feliz, regresé a mi habitación convencido de que había participado en un ritual, en una especie de exorcismo, y que ya Jenny había sido expulsada de mi cuerpo.

Un día Big Ben se sentó a mi lado en el salón de lectura y me dijo:

—Quiero ser amigo tuyo–. Era la primera vez que lo veía.

Aunque en realidad lo primero que hice fue olerlo. Una compleja mezcla de perfumes y lociones lo envolvía, lo identificaba. También su tamaño, su elegancia. Era parte de esa nueva raza de negros que ocultan tras el exceso lo que el pasado no quiere recordar.

—¿Eres colombiano? Oh, uh, Colombia, tierra de selvas, golden, culebras gordas, eh, eh, uh, me caes bien muchacho. Quiero tener un amigo colombiano para poder contarle a Maryann, ey, sabes qué, tengo un amigo de Colombia; Colombia, South America, no Columbia, negra ignorantona.

Hablaba con voz grave, de negro jazzista, despernancado, a su antojo, imperial Big Ben.

—Y como me caes bien te voy a conseguir novia, novia rica, con apartamento en Kansas City, cerca del City Plaza y con Mercedes Benz, ¿qué te parece? Te he estado siguiendo los pasos y te he visto casi siempre solo; malo, malito; uno viene al mundo a hacer amigos, a darle gozo a las mujeres y tú dirás qué quiere este negro sino joder y es porque no sabes que yo soy benefactor de la humanidad.

Durante varias semanas –después de terminar con Jenny, antes de conocer a Irgla– estuvo insistiendo en que lo acompañara a Kansas City. Decía que ya Mary Lou estaba advertida y que todos los sábados se le echaba a perder un pollo, un pobre pollo que había aderezado con cariño para el desconocido, además de una buena botella de vino alemán que viernes a viernes compraba a razón de veinte dólares la pieza y que terminaba por beberse sola, abandonada, al borde de la hepatitis.

—¡Se ha hecho tantas ilusiones contigo! –decía Big Ben palmoteándome la espalda–. Le dije que eras un escritor muy famoso y para probarlo le llevé el recorte del diario. Te pinté como un tipo atlético, de vestido estrafalario, con gestos de persona importante, un amante insaciable, un filósofo de la vida y le narré, tú sabes que un toque de aventura las vuelve locas, algunas de tus hazañas con las ballenas en el mar de Baja California y con los salvajes en las selvas del Borneo, porque es cierto que estuviste en Borneo, no me vayas a dejar mal, eh, loverboy, whatchasay?

Pronto Big Ben comenzó a difundir sus fantasías por todo McCollum. Su facundia y su convicción eran tales que ni siquiera se detenía cuando yo entraba a un salón y lo sorprendía mintiendo despiadadamente. Supe, gracias a su imaginación, que yo había enamorado a una tribu de pigmeas y no tuve otra alternativa que seguirle la corriente.

—Somos hermanos, ¿no es cierto?, loverboy.

Sí, Big Ben, pero por favor no cuentes más mentiras porque un día de estos me vas a meter en un lío. ¿Mentiras?, ¿mentiras?, gritaba atiplando la voz, ¿me vas a decir que no eres Mister Colombias, Supercolombias? No había forma de parar a Big Ben. Contradecirlo era clavarle un puñal a la fantasía más descabellada y feliz que se pueda concebir. La credibilidad era parte de su prestigio y por ello el negro aunque escogiera a los más ingenuos para hacerlos víctimas de sus insensateces, no por ello descuidaba el asunto de las pruebas materiales. De su amistad con algunos auténticos africanos –que tenían halos de príncipes tribales– Ben extraía no sólo argumentos para sus historias sino objetos que fundamentaran sus fábulas.

Aprendí pues a capotear los temporales de locuras de Ben y si alguien me detenía en el comedor o en el camino hacia Wescoe o interrumpía mis lecturas para preguntarme cómo eran en verdad los habitantes del Tíbet, esos lamas, tú sabes, los del oooohm, no los que andan repartiendo paraísos por aquí, yo, si estaba de buen humor, hacía una descripción detallada de sus atuendos y costumbres e incluso llegaba a inventar una aventurilla, no demasiado inverosímil, para complacer al curioso.

Ya habiendo conocido que Ben era inofensivo y que su vida dependía de sus invenciones, suponiendo además que una vez desenmascarado me dejaría en paz, decidí aceptar, después de veinte invitaciones, la oferta de ir a Kansas City a conocer a la saudadosa Mary Lou. Coroné mi pelambre con una cachucha marca Basque que me prestó uno de los tímidos polacos del edificio, me anudé –para dar el aire exótico– un pañuelo raboegallo al cuello y abordé el enorme auto negro de Ben. Falta algo, dijo Ben, y abriendo un compartimento expuso un muestrario completo de perfumes y colonias. Estuvo dudando un rato y finalmente escogió un líquido de color azul profundo que me esparció él mismo por el rostro y el cuello con sus enormes y cálidas manos.

—Estás arrollador –dijo–. Si yo fuera mujer, hum –agregó amenazándome con un beso.

Manejó por la interestatal con un pie sobre el asiento y otro distribuyéndolo entre el acelerador y el freno. Exhibió la potencia y fidelidad de su equipo de sonido, se preció de la nitidez de la imagen de su televisor y de la variedad del bar. Soy un sultán, dijo, y tengo a mi disposición el mundo. Yo sólo tenía que decirle oh yea para que se sintiera feliz. Y lo dije unas doscientas veces, persuadido de que una vez que Mary Lou no apareciera, volveríamos incólumes a Kansas University, donde, ay, me esperaba el aburrimiento.

Pero Mary Lou existía y efectivamente tenía un pollo en el horno, una botella de vino alemán y me estaba esperando, convencida de que yo, holly hole, era una especie de nuevo Valentino. Cosas absurdas de este mundo: Mary Lou estaba dispuesta a ser mi amante de fin de semana y ponía a mi disposición un apartamento que he de calificar sin rubor de fabuloso, alfombras y cortinas de colores alucinantes, terciopelo rojo cubriendo los muebles, televisores de diversas magnitudes en varias habitaciones, teléfono en el baño (Becker tenía una biblioteca de autores morbosos frente al excusado, lo que me parecía más racional y humano, hasta ecológico), aire acondicionado, calefacción, un aroma distinto para cada estancia, enormes ventanales desde los que se podía contemplar el City Plaza como un aeropuerto, y, en el centro de todo, Mary Lou, una rubia tan bella que parecía obra de un Frankestein pervertido. Tal vez el affaire hubiera progresado si Mary vistiera bluejeans, una camiseta con la facha del Pato Donald y tenis deshilachados, si no hubiese abierto la puerta con un dispositivo electrónico y no me esperara cruzada de piernas, hierática, petrificada en una sonrisa de fósil que ya había visto mil veces en las pantallas.

—Bueno –dijo Ben como quien entrega una pizza a domicilio– parece que simpatizaron a primera vista. Buen provecho.

Eso dijo y se fue.

Estuve a punto de correr tras él pero no me atreví. El olor del pollo era apasionante. La dama –porque era una dama, sin duda– cambió de pierna para exhibir el otro muslo. Muslo digno de respeto que curiosamente me hizo pensar con más ahínco en el pollo. Su sonrisa-expectativa cambió sucesivamente a sonrisa-languidez, sonrisa-impaciencia, serenidad, desolación, intriga, aburrimiento, bostezo, ira y finalmente sonrisa-resignación. Pasamos una de esas noches infernales en las que se espera algo del otro, pero temiéndolo, y tratando de llenar el tiempo con palabras. Vimos televisión y llevamos el atrevimiento al punto de estudiar las palmas de nuestras manos e inventarnos improbables futuros. Bebimos vino, salimos a caminar, nos miramos a los ojos como quienes miran una pared y saben que no hallarán escapatoria.

Cuando Big Ben pasó a recogerme con su sonrisa de gran cupido oscuro en sus labios, Mary Lou y yo nos despedimos jurando que nos veríamos todos los fines de semana, pero sabiendo que era la última vez, afortunadamente.

—Como aventura para una novela barata está bien –dijo Irgla. Pero es totalmente inverosímil.

—Además –agregó–apareces como un personaje tímido y superficial, estúpido, al igual que Mary Lou.

«Y una vez descubierto el amor –pero, ¿cómo reconocerlo? Tal vez por su carácter fatal y definitivo, por un sentimiento de inicio de los tiempos y anulación de la historia– sería una locura ocultado. Hay que lanzarse desesperadamente, como si fuera el último y único acto de la vida, y consumado pronto. ¿Por qué? Porque sólo a partir de la consumación –no hablo del acto físico, que es importante pero no fundamental– comienza la construcción de la vida humana. A partir de ese momento ya se ha solucionado el problema más angustioso que afronta el hombre –la soledad– y se pueden comenzar a desarrollar las potencialidades.»

Del Autor

Marco Tulio Aguilera

(Bogotá, 1949)  Publicó su primera novela en Buenos Aires cuando tenía 24 años. La obra Breve historia de todas las cosas fue presentada con gran estruendo publicitario por Ediciones La Flor, diciendo que era mejor que Cien años de soledad y que Marco Tulio era un escritor mejor que García Márquez pero sin bigote. La crítica se ensañó con el novato. Mediando el año 2002 Marco Tulio ha publicado más de veinte libros, ha recibido decenas de premios literarios, entre nacionales e internacionales; ha sido aclamado por críticos y lectores de muchos países. Entre sus títulos memorables están Cuentos para después de hacer el amorMujeres amadas y Los placeres perdidos. A principios del 2002 aparecieron en México las novelas La hermosa vida y La pequeña maestra de violín, pertenecientes a la tetralogía El libro de la vida, cuyo primer volumen, ya publicado, se llama Buenabestia / Las noches de Ventura.

Marco Tulio Aguilera es investigador de la Dirección Editorial de la Universidad Veracruzana, en México; durante cinco años ha mantenido el máximo nivel de productividad académica de dicha universidad; ha sido galardonado con los títulos de Creador Artístico y Creador con Trayectoria del Estado de Veracruz; ha sido becario residente del Centro Banff para las Artes de Canadá, y ha dictado conferencias en universidades de varios países.

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