Septiembre 2011. Año 5. #20

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Ay, Lichi, Lichi

Alejandro González Acosta
Lichi Diego y su padre, el gran Eliseo Diego

 

Para Eliseo Alberto de Diego García Marruz Fernández Cuervo Giberga y Badía, en sus 60 años, hoy.

En Villa Berta de los Ángeles,

Arroyo Naranjo del Recuerdo.

Reparto La Eternidad.

Domicilio conocido.

Querido Lichi,

La verdad, te escribo con una mezcla de dolor y molestia, pues no acabo de entender por qué te adelantaste en irte. Y conste que me he esperado hasta el último momento de tu cumpleaños para hacerlo. Nos quedamos con todo preparado para celebrarte en tus 60 años, junto con tu gemelita Fefé. ¿Qué necesidad tenías de dejarnos tan pronto? Ya sé que allá te esperaban tus papás y tu hermano, tus abuelos y los mil personajes que pariste con tu imaginación, pero mira cuántos nos hemos quedado aquí, llorándote y echándote de menos. Con toda tu proverbial imaginación, no te puedes ni acercar siquiera a la desolación que dejaste en Peyi, que anda como gorrión mojado; o en Baró, inusitadamente serio; o en Cecy, que hasta los ojos se le apagaron; o en Rafa, quien no acaba de creerlo; o en el Bola, el Bolita, que como se le secó algo dentro; o en el inmenso Jorge que siendo tan grande no le cabe todo el dolor de tu partida y le brota por los ojos; o en Rubén y, como él los llama, “tus habitués”; y en tantos y tantos más. Y de María José y Fefé, mejor ni te cuento. Sólo te diré que te habrías sentido muy orgulloso si hubieras visto a tu hija llevando todo esto con madurez total, fuerte y recia: le salió la estirpe y la casta; y a la endeble Fefé, que no sé de dónde sacó fuerzas también para aguantar a pie firme esta nueva montaña de dolor que le cayó encima, pues ya son muchas y forman una cordillera de tristezas.

Sabes que, como los Huxley o los Mann, tu familia tiene una enorme responsabilidad. Siempre te decía que “no es fácil ser hijo de un poeta como Eliseo Diego”. Y lo peor es que si Eliseo no hubiera sido tu papá, quizá muy probablemente habrías sido hijo de Lezama Lima, de quien se dijo sintió penas de amores por la joven Bella, pero apareció “el samurai” y le ganó la plaza. Pero lejos de negarlo, asumiste ejemplarmente tu herencia y por Eliseo te llegó la poesía, la escritura, la literatura, y por Bella, la cocina. “Con pura magia satisfechos”, acotaría Rapi, ese “ilustrador inglés del siglo XVIII” como me dijo el gran Félix Beltrán cuando me llamó desde New York, desolado al enterarse de tu noticia.

Todos en tu familia adoraban la música, incluidos tus tíos y primos, y ser músico era la aspiración más alta. Por eso me confiabas un día que aunque quisiste estudiar piano, no te fue bien por ese camino. “Y en mi casa, si no sirves para músico, entonces tienes que ser poeta”, me dijiste.

Debes saber ahora que te fuiste, Lichi –ese “escritor chino disfrazado de cubano, Li-Chi”, como bromeé algún día en Bellas Artes- que eres parte sustantiva del patrimonio emocional de muchos, quienes ahora, al irte, somos un poco más pobres, un tanto más tristes. Así nos dejas.

Habrá que levantarte un monumento algún día y tengo varias ideas. Por ejemplo, podría ser en Villa Berta, en el puente de hierro que construyó tu bisabuelo, donde decidiste ir finalmente para mezclarte con el agua del río que corre bajo él, frente al terreno en el cual querías hacer una casa de retiro para todos los cubanos errantes por el mundo, y que administraría Fefé, claro está. Madeline Cámara, presente en aquella conversación, deseaba que la hicieras en Cojímar, por razones que ella entiende. También otro monumento que sé te emocionaría, porque lo hablamos, sería en Tejocotes, pero no en tu edificio, sino el de enfrente donde decías:”Ay, Ale, si tuviera mucho dinero compraría esa pared de enfrente y la cubriría de arriba abajo con un cartel de Jennifer López, vestida con unos pitusas bien apretaditos, agachándose para recoger del piso un pesito…” Carlos García podría pintarlo, creo.

Pero una casa donde siempre me dijiste querías pasar tus últimos años, y, como no existe tal, algún día pondremos aunque sea una piedra con tu nombre, era mirando al mar desde la loma de Santa María del Mar (¿o era la de Guanabo?), rodeado de flamboyanes: para ti era ese el paraíso terrenal. Y tienes razón, se le parece bastante.

Ay, Lichi: Dejaste tantas historias por escribir, tantos platos por cocinar… Aquella deliciosa anécdota tuya (si non e vero e ben trovato) de tu abuela y la matriarca de los Kennedy, Rose Fitzgerald… Y la de la orquesta atrapada en un barco de guerra… Y la del libro inédito de Juan Rulfo, titulada “La cordillera”… Muchas historias, Lichi, muchas historias que se te quedaron por escribir.

Lichi querido: hay que decirlo, a ti te mataron tres de tus grandes amores: la tristeza (que es una forma del amor), la cocina y la literatura, porque metido en la fantasía de tu imaginación portentosa nunca aceptaste aterrizar en esta realidad terrible donde la gente enferma y se muere… Absorto en tus fantasías deliciosas, Lichi querido, y perdóname que te lo diga pero si no es ahora, cuándo, es que se puede vivir de la literatura pero no en ella, pues se corre el riesgo enorme de morir por eso. Tú asumiste ese peligro y te lanzaste a él de cabeza, como si fuera la playa de Jaimanitas. Y es que tú, Lichi incorregible y tozudo, mantuviste siempre muy ocupado a tu Ángel de la Guarda, de susto en susto, por eso te mandaron otros tres de refuerzo: Peyi, Jorge y Juan Carlos…

Yo te veía fugazmente en la Revista Cuba, donde tú estabas de planta y yo era colaborador pues tenía mi plaza como profesor universitario en el “Varona”, desde 1978 hasta 1987, que vine para México. Ahí compartíamos espacio y sueños, en especial en la sección “Contrapunto”, donde publiqué durante más de diez años mis artículos con el título general de “Joyas de papel”, que después, seleccionados y formados como libro, fuiste uno de los jurados que me premiaron en el Concurso “13 de marzo” de la Universidad de La Habana, nuestra alma máter, y tuviste la exagerada generosidad de prologar en 1983 con palabras que son regalos preciosos que atesoro en mi egoteca:

“Quiéralo o no Alejandro González Acosta, sus Joyas de papel están predestinadas a ser juez y parte de sí mismas, pues tengo el convencimiento de que, en breve, este libro habrá de convertirse en materia de su propio estudio. Así, en una suerte de autofagia literaria, Joyas de papel será asumido críticamente por Joyas de papel porque es un libro tan, pero tan raro entre nosotros, que bien merece ser incluido en una historia de libros raros”.

“Gracias al amor de polilla que Alejandro padece por la letra impresa, gracias al amor de campeonato que Alejandro siente por el periodismo, su libro resiste la gran prueba de fuego que significa el eterno duelo entre la seriedad y la amenidad”.

Y hasta agregaste como exergo la estrofa de una “Tonada de son oriental” que siempre he sospechado te la inventaste:

La vida es hoy como un libro

Que escribimos al vivir.

¡Si al morir no muere el libro

Se vuelve todo a escribir!

Y ante tanto despliegue de elogios con mis líneas, pusiste el parche antes que brotara el grano, y advertiste algo que desde ya era un hecho evidente y robusto: asumiste la certeza de la amistad en el caso probable que alguien dijera que “mi presentación es desproporcionadamente  elogiosa – y trate entonces de justificar esta desproporción con el argumento indiscutible de que Alejandro y yo somos buenos amigos”… En efecto: si alguien supo ser generoso hasta la injusticia por la causa suprema de la amistad, ese fuiste –eres- tú, Lichi…

 

Eliseo Lichi Diego y su padre Eliseo Diego

Pero aún más que en la Revista Cuba nos veíamos en las tardes del “Amadeo Roldán”, o en las noches del “Federico García Lorca” cuando había Sinfónica o Ballet, donde llegabas envuelto, como nuevo Lohengrin, entre las alas de un cisne… Nos cruzábamos a cada rato en el barrio, El Vedado de nuestros pecados juveniles, nunca tan presurosos que no nos diera tiempo para una charla caminera o esquinera. También nos tropezamos muchas veces en los Festivales de Cine Latinoamericano, en las salas, o en aquellas noches tremendas e inolvidables del Hotel Nacional. Recuerdo una, cuando cumplías años igual que ahora, y como me dijiste que él andaba muy triste, le presenté una ninfa increíble a Wichy Nogueras, la sílfide Isis Armenteros, que después sería su amada final. Pompeyo Pino Pichs (decíamos que era un nombre perfecto como seudónimo, pero real) de testigo. Y estábamos en la larga mesa de tu onomástico, y Joaquinito Ordoqui, con el abrigo sempiterno de su papá, lloraba su tristeza en tu hombro, absorbente como pocos. Ahora se estarán poniendo al día, par de osos tiernos, abrazados y danzando. Seguramente, como diría Bella, se la pasarán muy bien: no habrán parado de llorar. Y tengo la certeza de que Wichy, viéndolos mientras se retoca coquetamente su cabellera rojiza, te dedicará unos de sus memorables epitafios. Quizá por eso ha llovido y tronado tanto en estos días acá abajo: vaya pachanga que tienen ustedes allá arriba. Y por supuesto Pirole les estará tomando las fotos para el recuerdo… No te perdono que te hayas ido, entre otras cosas, Lichi, porque tú tenías que haber escrito, como quedamos cuando leí el hermosísimo obituario que dedicaste a Joaquinito, el mío, y no al revés.

Vienen tantos nombres, tantos sitios, tantas ocasiones ahora a la mente…  Ernesto Fernández, el fotógrafo, siempre me decía cuando hablaba de ti: “Este Lichi es tremendo. Uno cualquiera llega a un lugar y tiene que hacer mil esfuerzos para caerle bien a la gente y ser simpático, hacer chistes y meter mentiras, pero a él sólo le basta estar y quedarse callado. Y todo el mundo lo quiere”. Así era y así seguirá siendo, Lichi, porque cada quien te leerá, te conocerá y amará, mientras haya lectores y vida en este planeta, la “enorme lágrima azul” como la llama Jorge.

Te veo ahora, Lichi, con tu estampa que siempre se me hacía una combinación del rostro de Robert de Niro con la corpulencia de Gerard Depardieu, y la ternura de un niño. Más que escribir, te desnudabas; más que desnudarte, te desollabas y dejabas a la vista lo más tierno de ti, tu carne sangrada y tu espíritu doliente. Y luego, si alguien te decía “cursi”, pues qué bien: si ser tierno es ser cursi, bienvenida la cursilería. Allá el que no lo entienda, ni lo sienta así.

 

Eliseo Lichi Diego

Y fíjate que eso de tu simpatía es muy cierto y lo vi funcionar muchas veces: convoco a todas las fuerzas universales, para evocar tu amada sombra, que ahora espero ya esté tranquila y sosegada en su nuevo hogar, ese lugar donde según los antiguos griegos citados por Alfonso Reyes “yacen los muchos”. Y la verdad es que recién golpeado por la noticia esa mañana dolorosa de domingo, que me dio tu hermana apenas unos minutos después cuando decidiste dejarnos, aún no la asimilo y mantengo la ilusión de que sea una broma y te aparezcas de pronto desde atrás de una cortina y digas: “¡Caballeros, estaba bonchando nada más: aquí estoy!” Pero como por más que he esperado esto no sucede, pues ya empiezo a aceptarlo y ahora te escribo esta cartita, que espero te llegue en este día de hoy que cumples 60 años, pues “en la guerra como en la paz, mantendremos las comunicaciones”.

Recuerdo cuando llegaste a México, involucrado en aquel proyecto de García Márquez que creo se llamaba “El escritorio” (antes habías trabajado con él varios años en la creación de la Fundación del Nuevo Cine Latinoamericano, en la que fue casa de Beba, Flor Loynaz), que fui a visitarte varias veces, primero en un departamentito en la Colonia Atletas, por Churubusco, y luego en la Romero de Terreros, en la calle Cerro del Hombre (nombre que ni mandado a hacer para ti). Allí tenías por vecina a María Novaro. Y allí también te vi, con María José de brazos, sin camiseta, y alguna vez me confesaste que le habías “dado el pecho”. Sin desdorar sea dicho: fuiste tremendo papá y tremenda mamá al mismo tiempo. Y empezaste a cocinar. ¿Recuerdas aquella bronca enorme en 1984 cuando ella nació, para que un autoritario oficinista cubano de quinta aceptara que Mari Carmen y tú tenían todo el derecho para ponerle ese nombre? Creo que esa fue una de las primeras broncas públicas de “Macho Rico”, quien se batió como D’Artagnan en tu defensa. Después anduviste persiguiendo el amor por el rumbo gélido del Desierto de los Leones, cuidado como nunca antes ni después. Después vinieron la casa de Homero, otra fugaz por la callecita América de Coyoacán en la cual soportabas con paciencia franciscana la gritería constante de Juanpín; otra en Cuernavaca, donde te resbalaste con una botella saltando no sé qué barda, y terminaste forrado en prótesis y cables que cuando te vi parecías el módulo lunar “Lunajod” (cómo nos reímos), y finalmente Tejocotes, donde te anclaste y creo sentiste más a gusto: tenías que ir a parar en una calle con el nombre de una fruta la cual según sé sólo sirve para añadirla al mexicano “Ponche de Navidad”, como de pastorela… Y es que tu casa siempre fue como el portal de Belén, abierta para los jodidos sin hogar, que ni falta hacía que tocaran la puerta o entonaran villancicos.

 

Lichi Diego y su padre, el gran Eliseo Diego

Llegar a tu casa, dondequiera que estuviera, lo mismo en El Vedado, que en México, era “una fiesta innombrable”. Te llevaste un pedacito de Cuba contigo y hasta anunciaste que te ibas a robar La Habana: sobre aviso no hay engaño. Lo cumpliste. Me gustaría preguntarle a tus vecinos de aquí, todos ellos aunque no estoy seguro de la sucesión de tus casas, qué habrán sentido tantas veces cuando les llegaban los aromas de las pócimas maravillosas que cocinabas. Y la gritería de tus invitados. Y la música constante. Eso, y el tecleo desde temprano: comprensivos y valientes ellos. Mira que aguantarte así. Porque eras un miliciano del teclado: desde temprano te levantabas a escribir, pues, decías, “después llegan los amigos y ya no hay tiempo”. Me gustaba también verte bailar, torpe pero eso sí, siempre con mucho sentimiento, a tu manera, como en todo lo demás: un elefante enamorado. De un lado a otro, con asimétrico vaivén. El ritmo lo llevabas en otra parte, no en los pies. Tus manos, grandes y de dedos gruesos, como de bodeguero. A quién sino a ti se le pudo haber ocurrido tratar de ser pianista con esos dedos. Ni aunque fueras sobrino de Felipe Dulzaides. Pienso que estaban hechos para amasar el pan, revolver el congrí, mezclar el sofrito del tamal, para levantar la levadura a golpes, para golpear las teclas una tras otra, implacable, certeramente. Pero alguna vez te escuché tocar, en casa de Pablo Armando, en Miramar, rodeado por su colección de tacitas primorosas: el corazón desecho entre tus manos, diría Sor Juana. Recuerdo que tocaste “The piano man”, de Billy Joel, a quien en esos días esperanzados e ingenuos de Jimmy Carter, fuimos a ver tocar, con muchos otros, en el “Karl Marx” (antes “Blanquita”). La canción estaba escrita para ti, mi amigo…

Imagino que ahora estarás con San Pedro perfeccionando el tamal en cazuela que afirmabas se comía todos los domingos en el Cielo. Pero ahora, con tu sazón, seguro quedará más rico. Y es muy probable que como contraseña para el pase, hasta le habrás confiado la receta a San Ignacio de Loyola, que por ser su día el de tu partida, 31 de julio, seguro estaba de guardia en la Puerta.

Eras muy generoso con tu mesa y con tu tiempo. Pero cómo te negabas a aceptar que otros frijoles negros, los míos, igualaran y hasta pudieran superar a los tuyos. Tragabas una cucharada y decías bajito, a regañadientes, “la verdad, están buenos”. Y aquellas habas con aceite de oliva, cómo te gustaron: te salieron lágrimas de niñez, que yo las vi.  Margarita es testigo, y estuvo allí, con su abrazo de corazón entero, junto a tu cuerpo rodeado de flores… “Te agradezco tanto haberme dado a Lichi”… No es así: tú te dabas. Yo ni qué. Y también, cuánta tierna paciencia y cariño derrochaste con Juanito, que te llamaba “tío”. También te agradecemos esto: como niño que eres, tú los entendías mejor que nadie.

Siempre diste mucho más de lo que recibías. Éramos tan jóvenes y bellos los de entonces, evocaste en tu Informe. Tan insultantemente bellos y jóvenes. ¿Recuerdas a Caritina Chacón, la mulata de la Revista Cuba? Ella decía que cuando salíamos a la calle Reina desde la esquina de Lealtad, tú, Manolo Pereira (“el príncipe danés”), Antonio “El Niño” Conte (“el sultán indú) y yo, había que advertirles a las muchachas que pasaban: “¡Cuidado, niñas! ¡Que ahí van Los cuatro jinetes del Apocalipsis!” Qué tiempos aquellos, ¿verdad? Ahora, como diría el gran filósofo español Juan Legido, “que nos quiten lo bailado”.

 

Una vez logré que fueras a la casa de Acapulco, desde donde hoy te escribo; te asomaste aterrado al abismo y te aferraste a una columna: padecías de vértigo. Te aterraba el vacío. Otro, gran poeta también, Vicente Quirarte, sufrió de lo mismo en igual lugar. Y me pregunto por qué a los poetas les duele tanto el vacío… ¿Será por eso que llenan el aire de metáforas, como una escala de Jacob? Ya no volviste, y mira que te lo pedí…

 

Eliseo Lichi Diego

Eras un pan, Lichi, pero también eras un guerrero, por eso creo que al final te ganó la ira algunas veces y te negabas a aceptar lo que pasaba y en ocasiones hasta triunfó la rabia contra ti mismo y contra todos. Lo entiendo. No es fácil sentir que te faltan las fuerzas y que hasta para vencer la altura breve de una acera, te parecía “coño, Ale, como si fuera subir el Everest”, cuando te llevé para que Zuzell te examinara la primera vez. Con dolor me pediste que te subiera un pie, y luego el otro, a ti, que subiste los Cinco Picos y hasta el Escambray, como cuando escribiste tu primer reportaje, sobre la Sierra Maestra. Y qué sabio eras: “Yo creo, Ale, que mis riñones jodidos algo han tenido que ver para que encuentres el amor”. Tenías toda la razón, Lichi, toda la razón. Esa también te la debo.

Supongo que te hayan estado esperando tantos: por supuesto, Bella y Eliseo, Rapi, pero también Gastón Baquero, José Lezama Lima, Julián Orbón, el Padre Gastelu (siempre que me llamaba desde Miami me preguntaba por ti, su otro sobrino), Nicolás Guillén (siempre dijiste que la gente lo había olvidado injustamente y es verdad). Y ahora allí estarás, como diría él, “a golpe y golpe, el corazón marcado”.

Tu decías que Dios creó al mundo para que una tarde de noviembre de 1788, un muchacho de treintaytantos años llamado Wolfgang Amadeus Mozart compusiera la Sinfonía 40 (en realidad, tú sabías que fue el 25 de julio, pero querías que fuera en noviembre porque el otoño es más melancólico que el verano, y concedido). Esa precisamente y no otra, llamada la “Gran sinfonía en Sol menor” (KV550), y que se esperó “quince millones de otoños” para lograr su propósito (Dios tiene una gran paciencia, pero no es mérito, porque Él tiene todo el tiempo) para que el austríaco inquieto y retozón creara esa obra llena de “pasión, violencia y dolor”, “melancólica y rebelde”, de “tono trágico y emocional” (cada epíteto se te podría aplicar, Lichi). Pero creo que la intención de Dios fue más allá: también creó al mundo para que un 22 de noviembre de 2007 tú publicaras en Milenio “Una licencia literaria”, donde desenmascaraste al mismo Dios y sus razones, y antes y después de eso todas tus obras, y que poblaras el mundo con tu sonrisa extraña que nunca era risa abierta de carcajada, sino medio mueca, y llenaras el aire con aromas de frijoles negros, así que a la paciencia de “quince mil millones de otoños” de Dios, agrégale 219 años más.

Quiero, necesito pensar, que te fuiste sin dolor, sin miedos: que subiste a la camilla repleto de ilusión y esperanza de que con el nuevo riñón se acabarían tus suplicios de las hemodiálisis (recuerda: te hacías dos, no tres a la semana, como nos mentiste quizá para no preocuparnos) y que nunca más recuperaste tus sentidos una vez te aplicaron la anestesia. Me aferro a eso, que ni cuenta te diste del viaje que emprendías. Cerraste los ojos y los abriste del otro lado, donde estás ahora.

Ay, Lichi querido: siempre lo he dicho, pero ahora lo creo aún más, los seres queridos, no “se nos van”: se nos meten dentro. Y ahora tú estás entrañablemente sumergido en cada uno de nosotros, ya para siempre.  Desde este momento no tendremos que esperar que descuelgues el teléfono para responder con voz apagada y estertores de asfixia, o ir a verte. Ahora cada uno de nosotros, los que quedamos de este lado, podremos conversar contigo desde adentro, con sólo decirte, “oye, Lichi, qué te parece esto…” Todo esto para aclararte que no te irás tan fácilmente, con esa fuga de cimarronzuela de rojos pies que emprendiste.

Me rompiste uno de mis ritos preferidos: cada jueves, en la mañana temprano, colaba el café y me iba a la esquina a comprar con Yolanda el Milenio que me guardaba para mi deleite. Después de leerte, te llamaba para aunque fuera con prisa comentarte lo que habías escrito y saber de ti, en esa ciudad donde las distancias hacen tan difícil el encuentro frecuente. Ahora sigo yendo los jueves por el Milenio, que ha tenido la acertada idea de irnos preparando para tu partida y te sigue publicando en tajadas de tus colaboraciones, como para que nos vaya doliendo menos: esa exquisita cortesía mexicana, caray.

Contigo se va, te la llevas de cuajo, gran parte de la grandeza de la cubanía de veras, la cortés y mesurada, la fina delicadeza insular, la hidalga, la que sabe estar sin perder sabor, con el toque justo de sal y pimienta, todo al punto y en “baño de María”, tibiecita y arropadora. Lo dijo Sergio Ramírez con toda justicia, hablando de ti: “Como éste, ninguno”. Sería tu mejor epitafio. Único.

Nos dejaste esperando por tu discurso cuando algún día recibirías el Premio Nobel de Literatura, para el que siempre estuviste trabajando, cuando pasadas las tormentas del presente los viejitos suecos quisieran conceder por primera ocasión el galardón a un cubano que fuera a la vez “de adentro y de afuera”, tú, que desde la isla abrazabas al mundo y desde el mundo gritabas por la isla. Muchos estábamos ahorrando para el pasaje a Estocolmo…

Mira cuántos hicieron por salvarte, muchas veces a pesar de ti mismo: lo mismo tus amigos y familiares, que –por igual y con idéntico amor- los médicos y enfermeras del “Hospital Hermanos Amejeiras” de La Habana y  del “Hospital General de México”: a todos subyugabas, todos terminaban adorándote y hasta los convertías en tus cómplices. Nos mentías y te mentías, pero, como dijiste tan bellamente, “hay mentiras que merecen ser verdades”. Mas tus pulmones y tu corazón no pensaron igual: se pusieron de acuerdo con tus riñones para alejarte de nosotros.

Te entregaste todo a tu país (por partida doble, Cuba y México, como bien nacido que eres), a tu escritura, a tus amigos, a tu familia. Te diste todo, sin reservas, botarate de belleza, manirroto de cariño. Podrías afirmar con justicia lo mismo que me dijo Dulce María Loynaz en nuestro barrio de El Vedado un día hace muchos años: “Eso hice. Eso pude. Eso valgo”.

Tu papá, tan generoso y tan sabio siempre, nos dejó “el tiempo, todo el tiempo”.

Eliseo Lichi Diego

Tú, por no ser menos, elegante y cumplido caballero cubano, nos heredaste la tristeza, la enorme inmensidad de la tremenda tristeza. Y en eso aquí estamos todos, apurándola como un largo trago de ron, a tu salud eterna, creo que nunca mejor dicho. Terminaste tu historia: ahora empieza tu leyenda. Descansa en amor, Lichi. Amén.

Siempre tu amigo,

Alejandro González Acosta

“La Jocuma”. Acapulco, 10 de septiembre de 2011.

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