Septiembre 2011. Año 5. #20

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En poesía no existen sinónimos

Elena Tamargo

Una de las intelecciones de la hermenéutica moderna es que todo enunciado debe ser considerado como una respuesta a una pregunta y que la vía para entender un enunciado consiste en obtener la pregunta desde la cual el enunciado es una respuesta. Sólo cuando se ha comprendido el sentido motivante de la pregunta se puede comenzar a dar una respuesta. La tarea de comprensión del traductor no consiste, entonces, únicamente en dilucidar, hasta en los más íntimos fundamentos de nuestro inconsciente, qué es lo que motiva nuestros intereses, sino, sobre todo, comprender e interpretar en la dirección y en los límites que están fijados por nuestro interés hermenéutico. Lo inconsciente en el sentido de lo implícito es el objeto normal del esfuerzo hermenéutico. La comprensión total, cuando se alcanza, es una interiorización que penetra como una nueva experiencia espiritual, la nueva escritura, precisamente porque el procedimiento hermenéutico se remonta a nuestros intereses y preguntas rectoras. Dice H. Gadamer que la comunidad de toda comprensión que se base en su carácter lingüístico constituye un punto esencial de toda experiencia hermenéutica. Vista así,la hermenéutica posibilita la aproximación a todo texto, cuya herramienta ha de ser la conjunción comprensión y reflexión sobre la comprensión, allí donde ambas se conforman en una sola tarea. Y si comprender, como dice Ortega y Gasset, es un acto de amor, será también un encuentro amoroso el que de esta manera  se realice.

Lo escrito es objeto preferente de la hermenéutica. Los textos no esperan ser entendidos como expresión vital de la subjetividad del autor, esperan ser leídos nuevamente por un lector ingenuo, con voluntad de escucha, con voluntad de comprensión. La experiencia hermenéutica es el correctivo por el que la razón pensante se sustrae al conjuro de lo lingüístico, y ella misma tiene carácter lingüístico.

La lectura poética con fines de traducción pertenece a otra categoría que la lectura corriente. Es el tono del poeta lo imprescindible captar, y se le va escuchando en nuestra lengua; esta es una lectura atenta, honda, de angustiosa sensación de no estar ni aquí ni allá; es una especie de trance del poema que ya no será el mismo y a la vez no debería ser otro. Y mientras se va produciendo ese binomio muerte-resurrección de sentido,el traductor sufre, y al padecer esos lapsos oscuros del tránsito hay que preservar ese aire, esa frescura original; como decía Alfonso Reyes enVisión de Anáhuac, al comentar paráfrasis de poemas ; aztecas hechas por un latinista mexicano: “que Horacio no vaya a resonar en Nezahualcóyotl”. Alfonso Reyes, quien ha escrito que traducir es un peligroso viaje sobre dos caballos en desigual carrera. En el poema no sólo se consuma la producción de sentido duradero en la palabra que se exhala, sino que en él adquiere duración la presencia sensorial de la palabra. La fuerza de la poesía lírica radica en su tono, como diría Gadamer, tono como en el griego, como tensión “como la de la cuerda tensada que es de la que brota la eufonía”. De manera que es el tono del poema lo que el traductor debe llegar a sentir para empezar así su proceso de comprensión, su proceso hermenéutico.

En poesía no existen sinónimos, no es bueno tomarse libertades con los poemas que se traducen, y una tentación difícil de vencer es la de embellecer el poema que se traduce; no es suficiente con respetar su sentido, es preciso además no forzar su espléndida llegada, espléndida por propia, original, sencillo o adusto o enrevesado o locuaz, esa es su propia lozanía. Sólo suscitando en sí mismo el traductor las vivencias originarias del poema, podrá ser éste traducido.

Todo este rodeo contiene  una manera de traducir la poesía,en la que yo considero respeto más al lector, que en el caso de la poesía es casi siempre un lector atento, informado, sensible; una manera de ofrecer la traducción de poesía que considero eleva nuestro respeto por él, una trilinguidad que ofrezca el original en la lengua de partida, la versión literal y la versión nueva, literaria, creada, en la lengua de llegada. En su antieconomía esta propuesta de traducción pretende ser al mismo tiempo libre y literal, resultando un poco aquello que Decio Pignatari hiciera con los versos de Mallarme, “Monólogo de un fauno”; tres versos por cada uno de Mallarmé. Pignatari le llamaba a esto triducción, y consideraba que era literal en tanto intentaba captar en tres sin conseguirlo  la información puesta en uno en el original; y libre en tanto dejaba escapar en algún verso, esta u otra información. Quizás a Pignatari le faltó considerar el rodeo y el valor que las herramientas de la hermenéutica ofrecen. Es preciso juntar las dos experiencias, en busca de un intrametalenguaje, pues si bien la traducción implica metalenguaje, al nivel de la creación poética no sólo toca el objeto traducible sino la naturaleza del propio signo. La traducción pretende ser una prolongación del objeto, o mejor, una proyección deformada en aquella sutil hendidura entre lo preciso y lo impreciso; un momento de una serie estocástica de una traducción.

En la acepción de Goethe (del “tercer y supremo estadio de la traducción”) y de Rudolf Pannwitz (“el error fundamental del traductor es quedarse en el nivel en el que accidentalmente se encuentra su lengua, en lugar de someterla al impulso violento de la lengua extranjera”), la conjunción de estas vías a efecto de un novedoso método sería la concepción reivindicada por Walter Benjamin como “tarea del traductor”, que envuelve la hiperfidelidad no a una forma vacía de significado, sino a una forma de significante, el modo de intencionar o de mostrar (Darstellugsmodus, dice Benjamin) del original, más allá de la rasa trasmisión del contenido comunicacional; una suerte de lugar semiótico de la empresa transcreadora. El resultado debe ser valorado en términos de su eficacia en la configuración poética de la lengua de llegada, esto es en tanto producto acabado en mi idioma en confrontación con las otras versiones preexistentes en el proceso. Lo que no impide que se repita, ahora a propósito de esta posible eficacia lograda, lo dicho por Novalis: “cuanto más poético, más verdadero” o lo dicho por Paul Celan “dice la verdad quien dice la sombra”.

Del Autor

Elena Tamargo

La Habana, Cuba. Premio de Poesía de la Universidad de La Habana, 1984; Premio Nacional de Poesía “Julián del Casal”, de la UNEAC, 1987. Germanista y Filóloga; Doctora en Letras Modernas. Académica, ensayista y poeta. Traductora de la obra de F. Hölderlin. Entre sus libros de encuentran: Sobre un papel mis trenos, Habana tú, El caballo de la palabra, El año del alma, Poesía de la sombra de la memoria y Bolero, clave del corazón. Después de una estancia en Rusia y otra en México, ahora vive en Miami.

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