Septiembre 2011. Año 5. #20

Tamaño de la Letra: Mayor | Normal | Menor




 

La marca de suerte de las bestias

Amir Valle
Rita, Alida y Carmenza, hermanas de Hugo Spadafora Franco se manifiestan frente a la Procuraduría de Italia

El cuerpo del panameño Hugo Spadafora Franco apareció en el río La Vaquita hará exactamente 27 años. Decapitado, con evidentes signos de tortura, dentro de una lona verde, desteñida, con la leyenda “Domestic US Mail j 460”. Y el crimen, sólo en apariencias, no quedó impune, pues en 1993 el cabecilla de aquel asesinato político, el exdictador Manuel Antonio Noriega, fue llevado a juicio junto a los dos ejecutores del crimen y otros implicados.

Repito lo dicho: “sólo en apariencias”. El general Manuel Antonio Noriega, uno de los militares más corruptos que conoció la historia política de Panamá, fue condenado por las ya conocidas implicaciones directas que tuvo en uno de los más peligrosos flagelos que pudren esta parte del mundo: el narcotráfico, pero bien es sabido que su responsabilidad por los crímenes ordenados directamente por él o que cometieron durante su mandato algunos de sus más leales colaboradores apenas fueron tenidos en cuenta en las causas que contra él se establecieron. De modo que resulta natural que tanto la familia de Hugo Spadafora Franco como las familias de otras muchas víctimas se sientan estafadas por la justicia panameña e internacional.

Lo cierto es que, en materia jurídica, muchas veces nos parece que las leyes internacionales están hechas para favorecer a los dictadores, aún cuando hayan cometido crímenes de lesa humanidad. El ahorcamiento de Saddam Huseim, el fusilamiento de Nicolau Ceaucescu, por sólo poner dos ejemplos, son casos muy aislados donde se hace justicia a personas que, en virtud de sus crímenes, ni siquiera merecen ser considerados seres humanos. Y lo sucedido, otro ejemplo, con Augusto Pinochet, o con los militares que encabezaron la sangrienta dictadura argentina, es algo preocupante pues evidencia una verdad irrefutable: intentando ser “civilizados”, “democráticos”, “justos”, se defiende en extremo grado el derecho de un criminal (generalmente confeso y no arrepentido) y se violan así los reclamos y derechos de justicia de miles y miles de personas que sufrieron los desmanes del condenado mientras tuvo en sus manos el poder.

Si se pregunta a los familiares y descendientes de las víctimas de Manuel Antonio Noriega, un anciano al que el presidente panameño Ricardo Martinello quiere “dar un trato humanitario debido a su avanzada edad”, todos responderán que Noriega aún debe pagar sus crímenes, sin los favoritismos que él no les ofreció a sus víctimas años atrás. Y si se pregunta a la familia Spadafora la respuesta es clara: el juicio que por el asesinato de Hugo Spadafora Franco se le hizo a Noriega y sus cómplices fue una farsa, que parece haber sido preparada por pésimos estudiantes de derecho y no por profesionales de las leyes, hasta el punto de que las penas a las que fueron condenados resultan risibles, en comparación con el crimen cometido.

Hace 18 años tuvo lugar la farsa. El Tribunal Superior del Tercer Distrito Judicial condenó a Manuel Antonio Noriega, a Francisco Eliécer González Bonilla (alias “Bruce Lee”) y a Julio César Miranda Caballero (alias “Muñecón”, a cumplir condenas de 20 años de prisión por el homicidio. Sin embargo, estos dos últimos salieron de la cárcel en el año 2010 y Noriega no pudo ni siquiera comenzar a cumplir su condena porque ya estaba en cárceles norteamericanas condenado por narcotráfico. El resto de los implicados en el crimen: Luis Papo Córdoba, Agustín Olmedo De Gracia, Mario Abel Del Cid Gómez, Adán Pittí Guerra, Eliécer Rivera De Gracia, Demetrio Rodríguez Gutiérrez y Jorge Antonio Villa Morales fueron declarados inocentes por un jurado de conciencia.

¿Resultado? Una desilusión absoluta de la justicia panameña. Agravada ahora por la extradición solicitada por Panamá; una extradición que pretende que Noriega cumpla la condena que le resta en territorio panameño y que Francia, país donde se radicaba el ex dictador desde el 2010, piensa hacer cumplir en el mes de octubre de este 2011.

 

Hugo Spadafora Franco

La burla parece empezar de nuevo. La farsa continúa. Ya corren rumores de que Noriega recibirá un “tratamiento especial humanitario”, y el propio presidente panameño Ricardo Martinelli se ha encargado de dejar claro que la condena que deberá cumplir el exdictador deberá “humanizarse” en consideración a la avanzada edad del condenado. Todo lo cual, según se aplica en nuestros países latinoamericanos tan predispuestos al olvido cuando es conveniente o cuando corre el “poderoso caballero Don Dinero”, quiere decir sólo una cosa: Noriega estará en su cárcel mejor que en un hotel cinco estrellas, y ya, si hacemos caso a los rumores, se habla de que le están construyendo una celda especial que incluirá un espacio de juegos para que este criminal que no se arrepiente de sus crímenes pueda disfrutar del cariño de sus nietos.

Parece que no importa ya que sólo por acusar a Noriega de estar hundido hasta el cuello en la corrupción nacional e internacional vinculada a las drogas, el tráfico ilícito de armas y el abuso de poder, Hugo Spadafora Franco fue asesinado y la orden fue dada por Manuel Antonio Noriega, y mucho menos parece importar la brutalidad del crimen: arrancarle la cabeza al cuerpo vivo utilizando un cuchillo de cocina, para arrojar luego el cuerpo torturado a un río y conservar la cabeza como un trofeo hasta el punto de que incluso hoy no se sabe a ciencia cierta qué hicieron con tan macabro trofeo.

 

La marca de suerte de las bestias persigue y protege a Noriega, ¿quién lo duda?

En los momentos en que se escribe este artículo, la familia Spadafora, gracias a sus raíces italianas, e intentando que la justicia caiga de verdad sobre este criminal, ha pedido a las autoridades políticas y judiciales de Italia que pida la condena de Noriega por tribunales italianos, con lo cual dejan a la sociedad panameña un claro mensaje: no se puede confiar en el sistema judicial de un país que quiere otorgar a un criminal un trato “humanitario” que niega a otros ciudadanos con menos crímenes, y lo hacen convencidos de que detrás de todo ese entramado está corriendo el dinero que busca hacer más plácidos los últimos años de un dictador que ni siquiera ha pedido perdón por todos los muertos que le persiguen.

Rita y Alida, hermanas de Hugo Spadafora Franco se manifiestan frente a la Procuraduría de Italia

En conversaciones que he sostenido con colegas periodistas y escritores panameños en estos últimos meses, he quedado sorprendido de que todos están convencidos de que Noriega no pagará por sus culpas. Todos, sin ninguna excepción, creen que el estado de corrupción general que existe hoy en Panamá impedirá que el exdictador cumpla su condena como debiera ser: sin nada que lo favorezca, sin distinciones por su supuesta “historia” en la Historia de la nación, y se sienten partidarios de las víctimas: “Si no se le aplica la justicia a Noriega”, me comentó un periodista que pidió no ser identificado por temor a represalias, “la historia judicial de Panamá estará sentando un precedente vergonzoso que seguirá pudriendo el cuerpo ya enfermo del sistema judicial, legislativo y político en el país”.

Son palabras muy duras, pero ciertas. Y son precisamente los ciudadanos de a pie, aquellos que sufrieron los desmanes de la dictadura de Noriega, aquellos que vieron con sus propios ojos la desvergüenza con la que los “amiguetes” de Noriega cometían sus crímenes contra la población, aquellos que tuvieron que callar ante la corrupción administrativa que se extendió como pocas veces antes por todo el cuerpo del Poder Ejecutivo…, en resumen, el mismo pueblo panameño es la única fuerza que puede evitar que el desastre continúe y se perpetúe. No basta con asentir ante los reclamos de las familias de las víctimas de Noriega: es necesario entender que hay momentos en que apoyar a quienes deciden levantar su voz contra este tipo de injusticias históricas es el mejor modo de evitar que el mal llegue hasta nosotros mismos, aún cuando nos parezca que es un problema de otros.

En una de las más impresionantes novelas que he leído en los últimos años, ¿De qué mundo vienes?, escrita por el novelista panameño Luis Pulido Ritter, y donde se aborda la problemática de los vínculos de las “familias” de narcotráfico de Panamá con “familias” de ese negocio en la vecina Colombia, descubrí una lección de humanismo social realmente aterrador: ver pasar la desgracia ante nuestros ojos y no hacer nada para evitar que esa desgracia continúe, crezca y se expanda a todos los sitios, sólo conduce a un camino inevitable: algún día esa desgracia también llegará hasta nosotros.

También, un amigo pañameño me hizo una reflexión que me pareció, a un tiempo, mítica e interesante, nacida de esa mezcla de realismo mágico y realidad total con la que los latinoamericanos contemplamos nuestro día a día:

-- Un cuerpo sin cabeza, según la mitología caribe1, está condenado a no descansar. La cabeza resguarda el espíritu, la esencia de vida de cada persona, y estará buscando al cuerpo hasta que lo encuentre, o hasta que las causas que la deprendieron del cuerpo se aclaren.

Según ese amigo, Antonio Javier Cedaya, historiador, el espíritu de Hugo Spadafora Franco seguirá persiguiendo a Noriega hasta que pague por todas las culpas. “Estoy seguro de que Noriega no conocía la mitología de los indios caribe; de haberla conocido, jamás hubiera permitido que la cabeza de Spadafora se perdiera, Dios sabe en qué sitio”.

Lo cierto es que ese espíritu de justicia ha impregnado hoy el día a día de la familia Spadafora y de otras familias de las víctimas, que aún se sienten comprometidas con la verdad, con la necesidad de la verdad, con la lucha para que la suerte que protege a las bestias criminales como Manuel Antonio Noriega no se cumpla en este caso, con la imperiosa necesidad de que tantos crímenes no sigan quedando impunes.

Notas del artículo

1.- Los Caribes se agrupaban en clanes familiares de linaje ancestral llamados Cacicazgos que eran una forma de gobierno que no distinguía en sexo, poco a poco, en las Antillas, cedieron terreno a los matrilineales común en esta gente, un ejemplo de esto es: La Cacica Gaitana en Colombia. Predominaba la exogamia y era frecuente la poligamia, siendo la posición de la mujer inferior a la del hombre. Cultivaban maíz, yuca, frijoles y frutas tropicales, especialmente en las Guayanas y las Antillas. La pesca constituía también parte de su actividad. Las primeras crónicas los describen como un pueblo agresivo y practicante de la antropofagia y así del nombre de este pueblo los conquistadores llamaron a esta conducta: “caribelismo”, para finalmente y con el paso de los años evolucionar en la palabra: Caníbal o Canibalismo.

Este Lunes »

Unos escriben »

Otros miran »

OtroLunes conversa »

Punto de mira »

Cuarto de visita »

En la misma orilla »

Recycle »

Librario »