Septiembre 2011. Año 5. #20

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Entre islas: cinco poetas cubanas

Por Aimée G. Bolaños

Indómitas al sol

Cinco poetas cubanas de Nueva York

Editorial Betania, 2011

 

Indómitas al sol

Reunidas, gracias a la edición de Felipe Lázaro en Betania, las poetas cubanas de Nueva York: Magaly Alabau, Alina Galliano, Lourdes Gil, Maya Islas e Iraida Iturralde muestran su notable variedad, a la vez, expresiva de un  espíritu común como artistas viajeras de memorias y miradas transculturales.La visión de una poesía viva, nunca cuerpo textual cerrado, conduce a otras lógicas culturales, a otros conceptos de literatura y  prácticas críticas.  Siendo así, la pregunta de cómo esas poetas de Nueva York forman parte de la cultura cubana, sobre sus formas de inclusión y participación en la historia literaria, se hace presente, de modo implícito o marcado, en este discurso poético y crítico para tender puentes de comunicación estética entre lectores y poetas.

En cuidada edición, que incluye prólogo, ensayos críticos y un estudio epilogal, cada individualidad se mira y es mirada en diversos espejos, el discurso crítico reflejando facetas. Así Odette Alonso, en “Una estrella de cinco puntas: mis poetas de Nueva York”, lee como poeta y a partir de sus saberes en la organización de antologías. Su presentación evidencia los nexos genealógicos de la poesía del exilio, que viene de Martí, Heredia y Tula, con su emblemático su “Al partir”, poetas errantes no por ello menos cubanos. “Poética del espacio en Alabau, Galliano, Gil, Islas e Iturralde”, de Elena M. Martínez, focaliza las representaciones espaciales, tanto insulares como viajeras,marcando lugares no solo de encuentros, anagnórisis y epifanías, sino de dramáticas vivencias da soledad y desarraigo, alegóricas del oficio y el exilio, tanto en su sentido histórico como existencial simbólico. Al pensar el tema de la habitabilidad en la diáspora, citando a José Olivio Jiménez, identifica el lenguaje como la casa verdadera y destaca que “estas cincos poetas fundan un espacio de libertad por medio de las palabras” (p. 98). Perla Rosencvaig también contribuye a esta perspectiva: la lengua materna no solo protege, sino les permite “seguir compartiendo la ilusión de no haber perdido del todo su conexión con la patria distante, la cual rescatan en cinco corpus de poemas modulados en tonos distintos” (p. 100). Con la visión de una antología precursora – Felipe Lázaro, Poetas cubanas  en Nueva York, Betania, 1991-, revisita a las poetas, veinte años después, y se detiene en un proliferante imaginario, cuyos signos y símbolos no han cesado de reconfigurarse. Ampliando las posibilidades de lectura, lejos de concluir, Mabel Cuesta propone su “Estudio epilogal”, en el que repasa temas y modos compositivos, a la par que privilegia textos inéditos, reflexionando sobre las fracturas y productividades de la experiencia de diáspora, incluida la propia, como poetas en tránsito. Significativamente todas las críticas contienen reflexiones personales. Dejan vislumbrar historias de desarraigo y relocalización, con lo cual las autoras también contribuyen a otros accesos a la literatura, así como a la reescritura de la historia de la poesía cubana.

Una bibliografía acompaña para documentar de manera eficaz los estudios críticos, si bien podrá ser completada por investigadores, profesores y conocedores del tema, especialmente en relación a la todavía dispersa fortuna crítica de las poetas. En este sentido, llama la atención hacia tareas de un futuro que ya está aquí, indicando la necesidad de registrar ese vasto corpus creativo de la cultura cubana, tanto en el orden de la praxis artística como de los estudios literarios.

Por último o en primer término, siendo lo principal, relucen los textos de las poetas. Allí está el centro fulgurante de esta antología que nos permite leer de modo relacional, juntando fragmentos significativos de una obra que se renueva y continúa, cada artista un universo de significados en expansión, particularmente palpable en los inéditos que, con excelente criterio, han sido incluidos en la antología, receptiva de la obra en proceso.

Al leer el libro como un todo, descubrimos mundos poéticos cósmicos y de islas, subjetivos y sociales, erotizados y místicos, espiritualizados y referenciales, violentos y de inefable armonía, de la memoria imaginaria y visionarios, de pensamiento y autorreflexivos, herméticos y translúcidos, esotéricos y telúricos, ficciones que dan forma a un sujeto poético plural, de innumerables camadas de significados y centros, en permanente redescubrimiento de sí mismo, volcado al autoconocimiento y la autocreación. En el contexto mayor de la estética de la diáspora,  recurren, con acento intensamente personal, las relecturas míticas y de la historia de la cultura espiritual, la autoficción y las heterotopías, la tematización de la escritura y el oficio de escriba en una visión transnarcista y de posexilio que desarrolla un rico imaginario de los viajes y la memoria, del desarraigo y el imposible retorno, a la vez, de la experiencia de refundación identitaria y recomienzo. La mujer artista, que está en el centro vital de esta poesía, es creadora y criatura formidable de la ficción poética, sobreviviente de los desastres de la historia, entre la pérdida y otras formas de pertenencia, entregada con pasión al arte de la palabra.

La antología también nos entrega juicios de riqueza teórica y operativa, conceptos claves que inician y guían en el arte hermenéutico. Pero, sobre todo, se abre paso el sencillo, altamente complejo y lleno de consecuencias placer del texto. Diversas trayectorias son posibles: de la crítica a la poesía o camino inverso. De un texto crítico a otro, para explorar puntos de vista y metodologías. De una poeta a otra o cada una en su singular universo; de un poema a otro, o imantados por un poema único, que nos toca de manera sobrecogedora y excluyente. A partir de las variaciones tonales y temáticas, pensando analíticamente una poesía de estéticas singulares y de diferentes poéticas, que comparten el origen común y los espacios simbólicos – la ciudad de Nueva York, el mundo, los viajes y hogares de la diáspora - de contradictorios sentidos socioculturales y existenciales, vividos de manera única por cada poeta. O, simplemente, dejándonos llevar, sin asideros teóricos o referenciales, por el vuelo imprevisible de la imago que está más allá de los avatares del tiempo, de cánones, ideologías y sistemas literarios, en la recreación de las maravillas de las ínsulas, trascendidas sus “fatalidades”, sean históricas o del imaginario.

Es, entonces, que la poesía acontece. Las palabras, hasta las más gastadas por el uso, renacen para significar lo que no tiene nombre, en una dimensión que trasciende cualquier intento interpretativo, creando una música verbal de profundas resonancias espirituales, señal de que llegamos, realmente, al reino de la poesía. Con Alina Galliano, pudiéramos decir: “Yo camino mis días sin justificaciones,/ los caminos a sabiendas de que no tienen límites/ ni pueden ser nombrados” (p.39)

Agradezco a Magaly Alabau, Alina Galliano, Lourdes Gil, Maya Islas, Iraida Iturralde su discurso poético indefinible, inagotable. Y, sin dudas, convido a compartir la experiencia lectora de esas cubanas transnacionales, viviendo sus metamorfosis y tránsitos multiculturales, en el pleno ejercicio intemporal de la poesía, que un poeta-editor inspirado, Felipe Lázaro, ha sabido convertir en libro.

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