Septiembre 2011. Año 5. #20

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Los libros y los días

Temístocles Roncero

El mundo parecía morir todas las tardes y todo se volvía  aparentemente inmóvil. Para decirlo de una vez, el verano era como un verde sueño febril, o como una silenciosa y enloquecida jungla de invernadero.

Carson McCullers.
Frankie y la boda.  

 

Anoche me ocurrió algo curioso. Era tarde y estaba en la cama, dando vueltas, sin poder conciliar el sueño, y la luna, redonda y pulposa, se colaba en mi dormitorio a través de la persiana dibujando rayitas blancas. Una noche solitaria, similar a cualquier otra, algo más larga y fresca debido al declive del verano. El jazmín perfumaba el patio. Afuera no se oía un alma.

De repente, algo quiebra esta quietud. Un ruido irrumpe en la casa y atraviesa los portales, sube las escaleras y me habla al oído (lo hace en el izquierdo; el derecho hace ya tiempo que dejó de funcionar o, mejor dicho, funciona cuando quiere). Se trata de un susurro quedo y persistente, tan suave como una caricia o esta brisa de finales de agosto, cuyo origen me es dificultoso revelar. Agudizo aún más el oído (el izquierdo, claro; el derecho duerme a oreja suelta) y averiguo que proviene de la puerta, que están llamando en ella. No lo hacen al llamador ni al timbre ni tampoco fuertemente, con la palma de la mano, como tanta gente de aquí o yo mismo cuando era joven, sino que más bien parece el golpeteo de alguien muy débil y escaso de altura, quizá un niño pequeño (no entiendo qué puede hacer un niño levantado a estas horas), una especie de rasgueo leve en la madera, la acción del que quiere llamar y no puede o no sabe cómo y sin embargo lo hace.

A tientas me incorporo (también se ha ido la luz), abro el balcón y no consigo distinguir nada. La luna es envuelta por una nube. Todo es negro como boca de lobo. Pregunto quién anda ahí, nadie contesta pero siguen llamando. Regreso a la cama y cierro los ojos, intento olvidar que alguien que no veo ni tampoco responde llama a la puerta a estas horas, horas en las que nada bueno suele ocurrir, por lo menos en las películas y en los cuentos, me temo que en la vida real tampoco, pero el golpeteo no cesa y bajo a ver quién es.     

Según desciendo las escaleras los golpes arrecian en ritmo e intensidad, se hacen más apremiantes, algo más violentos, o será que al estar más cerca los oigo mucho mejor. He cogido un bastón por si tuviera que defenderme, nunca se sabe. De nuevo pregunto quién llama y sigo sin obtener respuesta. Abro la puerta y recibo el aliento del aire, nada más. Miro a un lado y a otro de la calle. El bar de Bartolo hace ya tiempo que echó el cierre. Quizá todavía quede algún cliente apurando la última copa, remoloneando el momento de llegar a casa y estar solo, o el mismo Bartolo barriendo y fregando el suelo, pasando a limpio las cuentas del día, pero sería raro, ya es muy tarde. Al fondo se recortan los árboles de la plaza, entre las ramas se vislumbra el campanario de la iglesia. 

Algo me agarra la pierna derecha. Doy un respingo y caigo al suelo. Cuando consigo levantarme del zaguán, no sin gran esfuerzo y dolorido, dos enormes ojos me acechan, redondos y profundos como pozos, sus pupilas gotas de aceite. Es un gato. Un gato pequeño y anaranjado, de piel atigrada y largo rabo, que viene de vete a saber dónde. Me mira fijamente, en silencio, como si quisiera revelarme el secreto de la vida. Su mirada confina mis temores a la esfera de los malos sueños, y también me trae el recuerdo de un gato que tuve cuando era niño y que era igual a éste, o quizá sea el mismo, aunque descarto la idea por imposible, murió hace ya demasiado tiempo y mi padre y yo lo enterramos en la huerta, a la sombra de una higuera. El gato parece saber lo que pienso y sonríe. Una sonrisa irónica, traviesa, que suaviza sus facciones gatunas y hace vibrar sus bigotes. A modo de adiós inclina la cabeza, se da la vuelta y desaparece, se deja engullir por la noche y me quedo solo.

 

Te cuento esta historia para rellenar espacio, lo admito. El verano se me ha ido en dar largos paseos por el campo y mirar crepúsculos y racimos de estrellas, en jugar al dominó con los amigos, y en leer, claro, pero sobre todo algunos libros que tenía pendientes y otros a los que quería regresar, clásicos en su mayoría, antes de cruzar la calle del siempre.  Como es habitual el otoño se presenta cargado de novedades literarias y me espera un atracón de órdago, el banquete de Lúculo y las bodas de Camacho juntos, así que tenía que recuperar fuerzas. No obstante, he disfrutado de algunos libros actuales que paso a recomendarte. Toma papel y lápiz.

 

La editorial Tusquets publicó hace unas semanas Vive como puedas, excelente novela de Joaquín Berges cuya segunda edición acaba de llegar a las librerías. Una historia humorística y llena de ternura, de final triste, homenaje al cine de Frank Capra y a la literatura del británico David Logde.  Y dos libros de bolsillo: Vientos de cuaresma del cubano Leonardo Padura, segunda entrega del policía Mario Conde y para mí la más notable de toda la saga, y Entre líneas: el cuento o la vida de Luis Landero, precioso tratado acerca de la vida y la literatura que he leído dos o tres veces desde que se publicó hace varios años.

 

Otro libro sobre literatura pero esta vez de la mano de Alfaguara, El amor de mi vida, recorrido por algunas de las lecturas y escritores preferidos de Rosa Montero, conjunto de reseñas y semblanzas publicadas en El País entre 1998 y 2010. Y continúa el rescate de la obra del afamado periodista Gay Talese, cuyo Honrarás a tu padre, un mamotreto de 600 páginas deliciosas, constituye el mejor reportaje escrito nunca sobre los secretos de la Mafia.

 

Salen al mismo tiempo las novelas de dos jóvenes y reconocidos escritores hispanoamericanos que además cuentan algo muy parecido. Formas de volver a casa (Anagrama) de Alejandro Zambra y El espíritu de mis padres sigue subiendo en la lluvia (Mondadori) de Patricio Pron, cuyo brillante libro de cuentos, El mundo sin las personas que lo afean y lo arruinan, siempre se lo recomiendo a las personas que quieran iniciarse en su obra literaria.

 

Ambos títulos indagan en el pasado de sus autores y en la responsabilidad que tuvieron sus padres en momentos convulsos de la historia: la dictadura de Pinochet en el caso del primero, y la dictadura argentina de 1976 en el caso del segundo.  

 

 

 

 

 

Otra novela de un autor muy joven, nacido en 1983, y que está dando bastante que hablar: Richard Yates (Alpha Decay) de Tao Lin. Novela escrita casi en su totalidad utilizando las conversaciones de chat que mantienen dos adolescentes. Historia de amor desgarrado e imposible, que refleja muy bien el desvalimiento y el nihilismo que nos atenaza a todos en la adolescencia.

Y ya, para terminar, un libro que me regaló mi amigo Solutor después de haberle entusiasmado, Verano y amor (Salamandra) de William Trevor. De nuevo una historia de amor, pero esta vez entre adultos y ambientada en la Irlanda rural de los años cincuenta. Narración lenta y delicada (como toda la gran literatura irlandesa), sus protagonistas, un joven fotógrafo y una chica casada con un granjero, se verán abocados a un torbellino de sentimientos en sesenta páginas finales que no se leen, se devoran.

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